Felipón (Caballo de Troya 2016, 6)

David Muñoz Mateos

Fragmento

cap-1

 

Hace sesenta años que nos reunimos en la sala de juntas del Ayuntamiento para decidir el destino de la barriada de San Nicolás. La que fuera una aldea al oeste de la ciudad, siguiendo el curso del río, se encontraba cubierta de chabolas de chapa y tablones, envuelta en furia, y estaba siendo cercada por la creciente geometría de avenidas residenciales. Era hora de informar a los tres clanes gitanos que la habitaban, sentenciamos, de que su situación era completamente irregular, de que debían abandonar el asentamiento sin dilación. Esgrimiendo informes de urbanismo grapados y sellados y firmados convenientemente y estrenando camisas pálidas y pantalones de importación, les comunicamos a los patriarcas que las ordenanzas eran ineludibles. Ignoraban, probablemente, que todo imperio se ha fundado en la misma, legítima petulancia. Lo que sí parecían comprender es que tanto nuestra palabrería y nuestras justificaciones como los furgones policiales que nos rodeaban, esa violenta precaución, no era más que una forma de diluir responsabilidades. Fueron realmente expeditivos: al cabo de dos días las gitanas habían recogido sus pertenencias, fijado un nuevo rumbo y desaparecido con toda la prole. Sobre la arena, a la sombra de imponentes esqueletos de hormigón que se alzaban como desperezándose, estirando los bostezos, solo quedaron columpios oxidados, sillas plegables, retales de plástico.

Con el paso de los meses los armazones enrojecieron de ladrillo y sol y se llenaron de cuerdas de tender en las que colgaban uniformes de enfermeras y de mecánicos sonriendo rutinas y vacaciones hacia la barriada. Aprobamos el proyecto de un pabellón multiusos para el solar y no quisimos saber en qué concejalía se desvió el dinero de esa partida ni a quién pertenecían los terrenos recalificados que finalmente albergaron el polideportivo Renato Fuentes en el otro extremo de la ciudad. Las quejas vecinales por el abandono de la veintena de locales y las dos plazas que aún hoy forman la barriada fueron ignoradas. Los hijos de los obreros, al volver de la escuela, se detenían a investigar entre somieres de alambres retorcidos y de allí sacaban tesoros: enciclopedias podridas de lluvia, revistas pornográficas de páginas descoloridas, fotos punteadas de aljófares cerosos. Cadáveres de roedores. Cuando el olvido institucional se hizo evidente, la gatería salvaje franqueó el acceso a la barriada de San Nicolás a jóvenes violentos y oscuros: un constante goteo de rabia y miradas vacías escupido desde las cloacas. Ocuparon las chabolas, armaron los despojos, levantaron las puertas metálicas y convirtieron la barriada en un símbolo de resistencia urbana durante los años setenta y ochenta. Fueron perdiendo violencia progresivamente, anestesiados unos por el sueldo de profesores de arte en un instituto de la periferia y otros, menos aptos, por la heroína. Los periodistas dijeron que habían sido derrotados; los poetas, que derretidos, y juntos se dispusieron a verlos claudicar ante la siguiente oleada de invasores que, desde los chalets de las afueras, trajo paz, arrogancia y permisos para el aprovechamiento de los locales en el floreciente negocio del ocio nocturno y de la industria cultural. Al poco de que comenzaran las remodelaciones de los interiores, la barriada se infló de música y de luces. Se organizaron mercados de ocasión los viernes por la mañana donde se vendían retratos gastados de nuestro último dictador. Una inscripción conmemorativa se inauguró en el local donde había muerto de sobredosis un cantautor felino, adicto a su éxito y a su tristeza. En el escaparate de una de las nuevas galerías de arte, junto a ridículos panfletos políticos, se colocaron fotografías de niños gitanos que hace sesenta años miraban directamente al objetivo, raquíticos, empecinados, y que ahora parecen señalarnos con el dedo cuando salimos tambaleándonos, felices, de los bares de la barriada, borrachos de belleza y de lealtad.

Casi medio siglo después de aquella tarde en que nos atrevimos a entrar por primera vez en territorio gitano, la universidad le proporcionó a la ciudad la nada despreciable media anual de seis mil estudiantes europeos, sin contar con lo europeos que regresaban los nativos después de emborracharse durante nueve meses en una de las grandes capitales culturales del continente. Europeísimos. Ryanair se hizo con el monopolio de las subvenciones estatales y un diputado provincial impulsó la reforma del antiguo aeropuerto militar para conectarlo con Kassel, Budapest, Liverpool, Estocolmo. Las secretarías culturales de la Unión empezaron a subvencionar actividades artísticas underground en la barriada y a organizar ciclos y encuentros para que el modelo se difundiera por otras ciudades. Fue así como las dos plazas se convirtieron en una experiencia, reseñada en los blogs y en los dominicales, orgullo secreto, merodeo turístico y, finalmente, agente económico de la ciudad. Según el análisis del grupo de cínicos profesores de filosofía que se reúnen en una terraza junto al río, la lógica se reprodujo de la siguiente manera: primero llegaron los jóvenes alternativos, inquietos, lo suficientemente sentimentales como para creerse exclusivos, y poco después aparecieron de visita sus padres, burgueses, lujuriosos, lo suficientemente epicúreos como para creerse igualmente exclusivos, que preferían tomarse unos gin-tonics en los bares más caros y dormir arropados por el wifi bajo pantallas de plasma de cuarenta pulgadas a bailar y mirar a la luna insignificante que nos llena de deseo y sentirse parte de una Europa que... bueno, a perder el tiempo.

Pero quizá nada de esto habría sucedido de no ser por dos acontecimientos prácticamente milagrosos. Quizá, quién sabe, no se habría dado tal embellecimiento, no habríamos sucumbido a tal prestigio. Era la Nochevieja que estrenaba el nuevo milenio. Nos congelábamos en abrazos y licores cuando la enorme farola entre las dos plazas, la que había sido reventada a pedradas por los gitanos, se encendió sin previo aviso, poderosa: tres breves chispazos de pirotecnia en cada una de las lámparas, varios chisporroteos como de carraspera y finalmente un fogonazo denso, lluvioso, bajo el cual el óxido de los columpios y las piedras de los muros reverdecieron y a los borrachos se les enturbió la mirada. Nos pareció que por fin estaba completa, la barriada, inaugurada. La gozamos en hurras, vítores y aplausos. Disfrutamos tanto de esa noche, deslumbrados y vivificados por el frío, que hasta la mañana siguiente, despertando al martilleo de la sien y el aliento a cigarrillo, no nos enteramos de que la barriada era el único lugar de toda la ciudad donde había aparecido la luna. Que solo desde allí la habíamos visto. Que la luna se había quedado con nosotros en la barriada.

Nadie recuerda el momento en que resultó evidente que ya no iba a moverse de ella. Cuando salimos a fumar a los balcones de la barriada podemos ver el gajo blanco viajando de este a oeste, alzándose sobre el tejado del Calypso y acabando la noche tras El Búho. Sin embargo, no es visible en ningún otro lugar de la ciudad. Su presencia, comprobamos con falso sobrecogimiento, ha sido sustituida por el halógeno del helicóptero de la Cruz Roja que vigila cada noche el rostro del río, las orillas y los puentes desde los que cuerpos plomizos y bamboleantes, ebrios de coraje, se sumergen en sueños grabados de negro y verde, carentes de plata.

¡Qué razón tiene la luna!, pensamos en secreto, mientras las héli

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