El lenguaje de las células y otros viajes

Nacho Gallego

Fragmento

Inicio

Durante uno de mis tratamientos de quimioterapia, un amigo me dijo que eso de la quimio debía de ser muy jodido. En sus palabras había un reconocimiento patente de su ignorancia hacia algo desconocido por él. Pero también había una provocación, un deseo de comunicar. Mi amigo abría una puerta por la que yo podía o no entrar, toda una invitación al desahogo. Del otro lado de esa puerta, estaban los demás.Y, con ellos, la posibilidad de salirse por un rato de mi cuerpo averiado para tratar de comunicar mis sentimientos, frustraciones; en definitiva, cómo estaba viviendo yo todo eso. Desde el inicio de mi enfermedad se han abierto muchas puertas como esa y, tan sólo después de muchos años, me he atrevido o, mejor dicho, me he permitido cruzarlas. Pero para ello, como no podía ser de otra manera, ha sido necesario emprender un largo proceso de búsqueda. Gran parte de esta búsqueda la he hecho en solitario, obedeciendo a una pulsión bastante frecuente por la que uno trata de resolver en casa sus propios problemas.

Durante toda mi vida, yo siempre había gozado de una salud envidiable. Y un día como otro cualquiera supe por los médicos que mi cuerpo estaba incubando un cáncer. Es como si, de repente, me hubiera tocado el premio gordo... en un concurso para desahuciados. Le ha tocado un Cáncer. La repetición de estas dos sílabas juntas crea un ambiente de terror y seriedad absoluta a su alrededor, hipotecando de inmediato la salud del que escucha su sonido. Quizás, por eso mismo, pocas veces se conjura, para no hundir al enfermo bajo el peso de semejante pancarta. Con el tiempo, las dos sílabas van formando un nudo alrededor del cuello, cada día un poco más apretado, hasta que nos surge de las entrañas una necesidad, largamente postergada, de gritarlas con todas nuestras fuerzas: ¡cán r!, para exorcizar de una vez por todas su efecto paralizante.

En algún momento, parece como si nos llegara la hora de las grandes preguntas. Y cuántas veces se tiene la impresión de que nos quedan grandes de talla. En mi caso, la enfermedad —como en otras personas puede ser un accidente, la pérdida de alguien, casi siempre un acontecimiento extraordinario ligado al sufrimiento— trajo consigo inexorablemente estas molestas preguntas, más molestas quizás cuando se instalan en plena juventud, como la de mis veinticuatro años: ¿por qué me ha pasado esto? ¿Quién soy yo? ¿A qué he venido a esta vida?, y un largo etcétera. La convivencia con estos nuevos inquilinos de la conciencia fue como la de dos vecinos de un mismo edificio que no se dirigen la palabra. Ante algo impuesto, no elegido, yo trataba de escapar por la puerta trasera. La enfermedad —y aquí empezamos con las metáforas de la enfermedad— era en ese entonces un sinónimo de condena y de malestar físico; de humillación. Y tras ella, como su sombra, estaba la pérdida de confianza en mi cuerpo. «¿Cómo pudiste hacerme esto, viejo? Yo que te daba todos los caprichos...» Cuanto antes pasara por ello, mejor. Y así, poder volver a ser el de antes. Eso es lo que me decía a mí mismo: el de antes. La libertad llegaría con el fin de la condena. Sin embargo, después de mi primera recuperación yo ya no era el mismo. Ni tan libre como pensaba. Algo había cambiado y no era capaz ni de comprenderlo ni tampoco de compartirlo con familiares y amigos. Las estadísticas médicas me jugaron en contra y volví a caer enfermo sucesivamente cada tres años. Aquella repetición parecía obedecer a una lógica celular implacable, casi matemática, y con el tiempo se fue convirtiendo en una especie de maldición con un mensaje oculto en su interior. El tiempo no me pertenecía y desintegraba mis planes continuamente con un simple parón de sus agujas. Pero, de hecho, el tiempo nunca me había pertenecido. La diferencia es que, ahora, lo sabía.

Si se tropieza una y otra vez con la misma piedra, tarde o temprano sobreviene una fuerte crisis personal. Hasta que esta no golpea, simplemente no somos capaces de enfrentarnos a lo que nos sucede. La crisis fue para mí una ocasión única para cambiar y reinventarme, no sólo para sufrir. Me mostró las dos caras de una misma moneda: mi propia vulnerabilidad, por un lado, y la tremenda fortaleza que provenía de su aceptación, por el otro. Como un junco golpeado por el viento, no tuve más remedio que doblegarme y agachar la cabeza con humildad; un poco tenso al principio, es cierto, pero de a poquito como que me fue saliendo de forma natural, aceptando la vida tal y como venía a mano. Tuve que aprender a compadecerme para quererme de veras: así, porque sí, sin condiciones.Y, más difícil todavía, dejarme querer por los demás, a su manera. Ante las grandes preguntas, fueron apareciendo como por arte de magia grandes personas que me ayudaron a enfocar las preguntas verdaderamente importantes, no necesariamente a encontrar «mis» respuestas. Sin la ayuda de estas personas mágicas, nunca habría llegado a donde creo encontrarme ahora. Sólo cuando les abrí la puerta de par en par, entró a raudales la luz que irradian los que en todo momento están ahí, a nuestro lado, y, de algún modo, nos cubren la guardia. Han sido como ángeles para mí, pues me han dado alas, unas hermosas alas para lucir en esta libertad recién estrenada.

Uno no sólo se enamora de su novia-mujer-amante, también de sus amigos.

Este libro es un auténtico rompecabezas en los dos sentidos de la palabra, como también lo es la propia enfermedad. Está escrito a varias voces, muchas de ellas en tercera persona, como si fuese una novela que necesitara de muchos personajes para ser contada.Yo me he sentido siempre un observador de mí mismo: las cosas importantes no eran exactamente las que pasaban y cómo pasaban. Me era necesario buscar una mirada distinta, desde afuera, y la encontraba en los demás. El otro tiene siempre algo que es nuestro, que nos pertenece, y eso nos mantiene en una búsqueda constante de los pedazos que andan diseminados por ahí. Este libro trata de comprender esas miradas y enfocarlas a través del prisma de la enfermedad para dar cuenta del tremendo calidoscopio que aquella conforma. Sus múltiples voces y perspectivas son un intento de reflexionar en voz alta acerca del disparador que supone una experiencia tan intensa para cada uno de sus protagonistas. Por eso, es una novela y no lo es, tiene algo de autobiográfico aunque no trate de serlo, e introduce una serie de reflexiones sin pretender ser un ensayo. En realidad, no sé lo que es.

Un bar. Lugareños que entran y salen. Pido un café: corto y con leche bien caliente. Escojo una mesa de madera que me permite observar todo lo que ocurre en el recinto. El vapor del café penetra por la nariz, lo que extiende una sensación de placer por cada poro de mi cuerpo. Ya está un paisano echando monedas a la máquina de las frutas. No soporto ese ruido. Penetra en los tímpanos y me campanillea el páncreas con el hígado. Desvío mi atención hacia un hombre pequeño, de edad indecible, bajo cuya gorra de pueblo se agazapan unos ojillos curiosos y, a la vez, inmutables, como abiertos a la novedad imperturbable. Su cara de higo arrugado tiene un perfil asombrosamente afilado, coronado por unas napias amenazantes. La boca hermética, sellada por la falta de uso. Pero... el hombre se marcha. Ahí va mi único azuce literario entre estas cuatro paredes. El flipper vuelve a incordiar con sus agudos sonidos, insoportables. La radio ronronea noticias locales. El café se terminó. El depósito ya está lleno. Nada atrae la atención, tan sólo la búsqueda imaginada del siguiente momento dedicado a los sentidos, al ensimismamiento más absoluto. El estar en medio del calor humano, sintiéndose seguro, chupando de él como un niño pero sin irradiar nada a cambio. Observar imp

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