Desorientación

Elisa Iglesias

Fragmento

Desorientación

Uno

Por entonces tenía contacto profesional con la realidad. Y no se quejaba. Era indudable que algo le estaba sucediendo, a nadie se le escapaba que los últimos tiempos se había vuelto silenciosa. Morosa. Manifestaba un principio de desentendimiento que, a la vista de las circunstancias, para mí resultaba irritante: me sacaba literalmente de mis casillas. Su madre pensaba que se debía a la astenia, y era lógico. Faltaban pocos días para que empezase una primavera que se vaticinaba especialmente neurótica. Despertados por un mes de enero insólitamente caluroso, los brotes en las ramas aguardaban, expectantes y temerosos, las súbitas recaídas a temperaturas invernales que nos alteraban el ánimo. Vivíamos en estado de alerta meteorológica por frío y nieve en invierno, pero a las brevísimas primaveras que precedían a los largos veranos de inspiración saharaui ya nos habíamos acostumbrado. Los dábamos por hecho. Sabíamos que terminaríamos acostumbrándonos a cualquier cosa, porque somos animales de costumbres más que otra cosa. Lo de Alicia, sin embargo, me llenó de perplejidad.

De la noche a la mañana lo abandonó todo: marido, trabajo, casa, amigos, familia, créditos. Ese era el hecho cierto que nos correspondía asumir a los demás, las razones teníamos que imaginarlas. De mí ni siquiera se despidió. Dio por sentado que lo comprendería, o temió que me entrometiese en sus asuntos, quién sabe. Me dolió porque nunca me hubiese atrevido a tal cosa. Éramos amigas desde la infancia. Por entonces seguíamos viéndonos un par de veces por semana, como mínimo. Quedábamos para comer, íbamos al cine, al teatro, a exposiciones, dábamos paseos, tomábamos cañas: excusas para seguir conservando el hilo —un tanto enmarañado— de nuestra conversación en el desorden madrileño. Nos gustaba sentarnos cómodamente frente al estanque de nuestra amistad. Observarlo por encima, sin reparar demasiado en las frustraciones, dudas y propósitos que allí flotaban , más parecidos a carpas en el fango de un parque público —el Retiro, sin ir más lejos— que a pececillos de pulcro acuario japonés, todo hay que decirlo, pero aun así nos atrevíamos a mirarlos, y llegado el caso a reflexionar. Evitábamos tocar el tema de mi desventaja, eso también. La sabíamos dentro, capaz de emerger en cualquier momento como hacen las tortugas cuando les viene en gana, pero por lo general la soslayábamos, pues con esta se nace, se vive y se muere sin que sea precisa su reproducción —ni aconsejable—. Yo estaba, en definitiva, convencida de que unas leves ondulaciones en el agua de aquel estanque bastarían para pronosticar los nubarrones de un cambio de esa naturaleza. Me equivocaba.

Una mañana Pablo me llamó a la oficina para decirme que Alicia se había marchado a la India, «indefinidamente». Me quedé petrificada. ¡Traidora!, pensé para mis adentros, ¡traidora, traidora!, seguí pensando mientras Pablo me comunicaba los detalles concretos de lo que resultaba ser una fuga premeditada e imperdonable. Cuando colgué el teléfono las paredes de la oficina se reblandecieron como uno de esos libros desplegables infantiles con fabulosos armazones de casas, bosques y barcos piratas que los niños desmontan a su antojo. Sentí una punzada de algo sospechosamente parecido a la envidia, y no a una envidia sana, sino rencorosa y retorcida, una envidia en la cuerda floja que tan trabajosamente tensaba de lunes a viernes en aquel despacho provisto de un armario con amenazas a plazo. Recordé la última vez que nos habíamos visto, la semana anterior, en una exposición de jardines zen que a ella le entusiasmó y a mí me dejó indiferente. Desde que empezó a practicar yoga Alicia se había aficionado a cualquier tipo de orientalismo, sin ningún criterio. Yo le reprochaba que hubiese trasnochado a la moda New Age, impuesta por la mercantilización de la irracionalidad de un siglo que se auguraba todavía más destructivo que el anterior. Cuando le decía cosas así (y otras peores que ya no recuerdo) Alicia estiraba el cuello como disimulando alguno de sus ejercicios respiratorios y sonreía condescendientemente antes de cambiar de tema. Nunca respondía a mis provocaciones. Así que con el tiempo, el yoga y la sabiduría oriental se convirtieron en una de esas cuestiones de elección personal que respetamos con una íntima sensación de superioridad no exenta de matices, matices que cobraron todo su colorido la mañana de marzo en que me vi sentada en el blanco despacho de mi estudio jurídico, dentro de un cuento que ella había cerrado infantilmente para jugar a otra cosa. ¿A qué? La pregunta me persiguió durante semanas.

Empecé a enviarle emails. Confiaba en que la sagrada vaca electrónica le haría recapacitar con mis mensajes. Según Pablo no los leería porque se había recluido en un ashram en el norte de la India donde probablemente no tuvieran ordenadores ni internet. Yo seguía insistiendo. Sabía que la determinación de Alicia a menudo tambaleaba y, picada por la curiosidad, terminaría ingeniándoselas para consultar su correo allá donde estuviese. Así fue. Al cabo de tres meses obtuve respuesta:

Querida Claudia: si quieres conversar conmigo tendrás que venir a la India. SAT NAM

No me hizo falta imprimirlo. Lo escueto de la contestación en un primer momento me fastidió, sobre todo porque sabía que no volvería a hacerlo. Después me alivió pensar que era una respuesta muy propia de ella y síntoma de que el yoga y la meditación no habían conseguido liquidar su individualidad para fusionarse con el TODO, si es que era aquello lo que pretendía. Llamé a Pablo y quedamos en vernos después del trabajo en un café de la Plaza de Oriente.

Para ser un hombre abandonado Pablo tenía buen aspecto. La añoraba con tranquilidad. Al fin y al cabo no se había fugado con otro. «Volverá. Después de cierto tiempo nadie en su sano juicio soporta la soledad», dijo percatándose inmediatamente de haber metido la pata diciéndome eso a mí, divorciada y sola desde hacía años. No se lo tuve en cuenta porque tenía razón. Cambió de tema; me contó que había encontrado un colaborador poniendo un anuncio en el tablón del Colegio de Arquitectos, y que de momento la ejecución de las obras marchaba sin contratiempos. El problema eran los concursos. Seguía teniendo buenos contactos en la Administración pero sin Alicia no se animaba a presentar ningún proyecto. «Y todo por aquel condenado viaje a la Bienal de Estambul del verano pasado. La culpa es del cretino de Koolhas. Fue aquella exposición sobre el urbanismo en el Golfo Pérsico que se titulaba “la era de la compleción” o algo parecido. Habían forrado la sala con fotos satélite del Golfo, superponiendo recortes de periódico con noticias de los conflictos en la región y fotografías de nuevos resorts turísticos y edificios emblemáticos junto a las de los campamentos de los obreros en el desierto, verdaderos barracones para esclavos, no te lo puedes ni imaginar, Claudia. Alicia se quedó toda la tarde en la instalación. No quiso ver nada más. Yo preferí seguir el recorrido, más que nada por hartazgo

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