Escarnio

Coradino Vega

Fragmento

cap-1

 

Al vientre de la ballena se entraba por un porche acristalado sobre el que se erguía un coloso de ladrillo pálido, diseccionado por una sucesión de escaleras diagonales, incongruente con el verdor de la ciudad universitaria. Dentro había un tono de penumbra que contrastaba con la claridad de finales de septiembre. Mi padre había dejado en la tienda a Hipólito solo, después de repetirle tres veces cómo funcionaba la caja registradora y anotarle con números grandes el teléfono de la policía. Tras hablar con mi madre, se empeñó en llevarme hasta allí en su Peugeot 504, en un interminable viaje para el que me despertó a las dos de la madrugada.

—Siempre es mejor salir con tiempo —dijo la tarde antes—, ¿y si pinchamos?, ¿y si nos perdemos?

—Pero en ningún sitio dice que tengamos que entrar a una hora determinada —intenté convencerle—. Da igual si llegamos por la mañana o por la tarde.

Sin saber cómo ni cuándo se produjo el cambio, mi padre ya no escuchaba a nadie. Protestaba por todo. Vivía en un estado de tensión permanente. Cuando entramos y se topó con la ventanilla en la que se apostaba el recepcionista, un hombre pequeño con gafas de cristales opacos, casi le da un infarto. Los rayos de luz que se colaban de la calle daban algo de colorido a la vidriera que franqueaba el acceso al salón de actos. Mi nombre no aparecía en el listado de nuevos internos. El celador llamó a dirección, pronunció mis apellidos mal y luego se corrigió, cuando mi padre hizo referencia a Torres-Navarro con cautela, anormalmente pudoroso, pues siempre había sido un torrente de energía que entraba en los sitios avasallando, ocupando con su metro noventa y su vozarrón todo el espacio. Trinitario asumió la orden recibida por teléfono y sonrió por primera vez, como una ardilla. Mi padre miraba hacia arriba y abajo, a izquierda y derecha, mostrándose amable y exageradamente educado. Le temblaban las manos. Yo le contemplaba y no reconocía al desconocido irritable en el que se había convertido ni al hombre joven y fuerte que, durante mi adolescencia y última niñez, saltaba para coger del último estante las bombillas de doscientos vatios. Al fondo del pasillo, una virgen del tamaño de un crío de doce años parecía señalar las escaleras. Los corredores eran oblongos, con el suelo reluciente, la semioscuridad constante y aquella peste a col que parecía emanar de las paredes. «Debe de haber un error», dijo cuando Trinitario abrió la habitación, situándose entre las dos camas, sin soltar las maletas. Entonces apareció Argente, el administrador del colegio, con su cara ancha y sus ojos de búho detrás de aquellas otras gafas manchadas de lamparones amarillos. Tenía una frente amplia y un aspecto digestivo. Su cabeza era lo bastante grande para hacer perder el equilibrio a un hombre menos determinado. Nos preguntó si teníamos algún problema y mi padre dijo que no, y después que sí, y luego que no, y al final tartajeó que habíamos solicitado una habitación individual expresamente.

—El reparto está completo —dijo Argente—. ¿Quiere que lo modifiquemos todo de nuevo?

Mi padre trató de insistir pero, como las palabras le aleteaban secas en la boca, fue el recepcionista quien le susurró algo al administrador en la oreja.

—García Blanco, Carlos, ¿no? —cambió de pronto el rictus de Argente, mirándome con una sonrisa oblicua—. Mañana veremos qué podemos hacer. Pero de momento tendrá que instalarse en esta habitación. Por una noche no creo que pase nada —dijo con retintín—. Además, la mayoría de los colegiales aún no ha llegado.

—Se lo agradeceríamos mucho —repitió varias veces mi padre.

Y sin embargo, cuando aquellos dos hombres vestidos de azul oscuro y gris desaparecieron con sus respectivas gafas, nos quedamos mirándonos de forma dubitativa, esquiva, hasta que mi padre rompió el silencio.

—Tranquilo, verás cómo todo va bien —dijo sin convicción, de un modo tan acongojado como la expresión que debía de reflejar mi rostro—. Aunque si quieres, buscamos otra cosa.

Yo negué con la cabeza. Había fingido dormir durante la mayor parte del trayecto.

—Aquí estarás mejor que en un piso.

A fin de cuentas era lo que habíamos acordado, con mi madre de mediadora, como si hubiésemos firmado un acuerdo de paz después de un conflicto bélico. Pero ¿cuándo había empezado la guerra? El curso anterior me matriculé en la Facultad de Derecho de Huelva después de pasarme todo el verano dudando.

—Si a mí me parece muy bien que hagas lo que te parezca —decía mi madre a punto de que se me agotara el plazo—. Pero tu padre piensa...

—¿Cómo que su padre piensa? —exclamaba él desde el cuarto de baño, donde se restregaba la mugre hasta dejar el lavabo embadurnado—. ¡Lo pensamos los dos! Lo hemos hablado millones de veces. Que con las notas tan buenas que tiene, debería aspirar a lo más alto.

—No comprendo qué quieres decir con «lo más alto» —replicaba yo, perplejo por que las conversaciones con mi padre se hubieran convertido en una dialéctica entre la cerrazón y el sarcasmo—. ¿Qué quieres de mí? ¿Que me convierta en ministro de aquí a diez años?

—Tú sabes bien que Filología no tiene salidas —terciaba mi madre reproduciendo los argumentos que oía en la sala de profesores cuando pasaba la hoja de firmas para la convocatoria de un claustro—. Después tendrías que hacer unas oposiciones muy sacrificadas y acabarías llevando una vida pequeña. Tú vales mucho, corazón. Te mereces otra cosa.

—¡Tu tío Luis dice que el futuro está en las tecnologías informáticas! —gritaba mi padre con la puerta del dormitorio entreabierta, mientras se ponía el pijama—. ¡O en las finanzas!

—Pero ¿de verdad pensáis que lo que a mí me interesan son los ordenadores y los índices bancarios?

—¿Entonces qué es lo que te gusta, cariño? —se esforzaba mi madre, cogiéndome de la mano, como si tuviera diez años. Yo sentía su mirada llena de admiración y expectativas clavada en mi perfil, y eso me producía un asomo de parálisis a la vez que cierta urgencia por independizarme.

—¿Acaso crees que a mí me gustaba pasarme el día reponiendo neumáticos con quince años? —gritaba mi padre con el batín de invierno cuando aún no había terminado el verano.

Había sido mozo de taller, trabajado en los astilleros y, tras la regulación, se deslomaba en la ferretería que abrimos a dos manzanas de casa, en la avenida de Santa Marta, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, seis días a la semana. Desde que entré en el instituto le ayudaba en la tienda. Cuando yo no tenía que estudiar, mandaba a Hipólito a hacer arreglos bajo la excusa de que así prosperaba un negocio. Disfrutaba enseñándome todo lo que había que saber sobre el mundo de las brocas y las tuercas. Hasta ese momento había sido un hombre jovial, que se ponía a hablar con cualquiera sin venir a cuento. Con sólo ver la cara de quien entraba por la puerta, ya sabía qué repuesto venían buscando y en qué cajón o balda lo tenía almacenado. Seguía militando en la UGT después de su despido en los astilleros. Siempre le había pagado a Hipólito, el chaval que le ayudaba en la tienda o con las chapuzas a domicilio, incluso los días en que no había ningun

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