El placer del amor

Alain de Botton

Fragmento

cap-1

Fatalismo romántico

1. En ningún lugar es tan intenso el anhelo de un destino como en nuestra vida romántica. Obligados con excesiva frecuencia a compartir nuestro lecho con gente incapaz de sondear nuestra alma, ¿por qué no podría perdonársenos por creer —contraviniendo todas las normas de nuestra época ilustrada— que estamos destinados a conocer al hombre o a la mujer de nuestros sueños? ¿No podría disculpársenos cierta fe supersticiosa en que alguien acabe apaciguando nuestros lacerantes deseos? Y aunque nuestras súplicas jamás reciban respuesta, aunque es posible que las relaciones marcadas por la incomprensión mutua no tengan fin, si los cielos llegaran a apiadarse de nosotros, ¿cabría esperar realmente que atribuyamos el encuentro con nuestro príncipe o nuestra princesa a una mera coincidencia? ¿No podríamos por una vez evadirnos de la lógica y leer en todo ello una parte inevitable de nuestro destino romántico?

2. Sin pensar en absoluto en historias de amor, una mañana de principios de diciembre iba yo sentado en la clase turista de un avión de la British Airways que cubría el trayecto entre París y Londres. Acabábamos de cruzar la costa normanda, donde un manto de nubes invernales había dado paso a un paisaje ininterrumpido de brillantes aguas azules. Aburrido e incapaz de concentrarme, cogí la revista de la compañía aérea para leer al descuido información sobre las ofertas hoteleras de los centros turísticos y los servicios del aeropuerto. Había algo tranquilizador en ese vuelo: la sorda vibración de los motores, el silencioso interior gris y las sonrisas dulces de las azafatas. Un carrito con un surtido de bebidas y aperitivos avanzaba por el pasillo y, pese a no tener hambre ni sed, me transmitió esa vaga expectativa que pueden despertar las comidas en los aviones.

3. Quizá con cierto morbo, la pasajera sentada a mi izquierda se había quitado los auriculares para leer el folleto sobre medidas de seguridad colocado en el bolsillo del asiento delantero. Describía el accidente ideal: los pasajeros aterrizaban con suavidad y en calma sobre tierra o agua, las señoras se quitaban los tacones altos y los niños inflaban correctamente los chalecos salvavidas con un fuselaje aún intacto y un combustible que, oh, milagro, no era inflamable.

4. —Si este aparato se viene abajo, no habrá quien se salve. ¿Qué querrán decir estos bromistas? —preguntó la pasajera sin dirigirse a nadie en particular.

—Creo que quizá eso tranquilice a los pasajeros —repliqué, pues yo era su único oyente.

—Ojo, que tampoco es una mala manera de irse, y muy rápida, sobre todo si la nave choca contra tierra y vas sentado delante. Un tío mío murió en un accidente aéreo. ¿Algún conocido suyo ha muerto así?

Nadie, pero no tuve tiempo de contestarle, pues se acercó una azafata que, ajena a las dudas éticas que acabábamos de atribuir a sus superiores, nos ofreció un refrigerio. Pedí un vaso de zumo de naranja, y estaba a punto de rechazar una bandeja de bocadillos poco apetitosos cuando mi compañera de viaje me susurró:

—Cójalos, yo me los comeré. Me muero de hambre.

5. Tenía el pelo castaño y tan corto que dejaba la nuca al descubierto; sus grandes ojos, de un verde acuoso, se negaban a mirar los míos. Llevaba una blusa azul, y una chaqueta de lana gris le cubría las rodillas. Sus hombros eran delgados, casi quebradizos, y el desaliño de sus uñas revelaba que se las mordía a menudo.

—¿Seguro que no le apetecen?

—Nada, de verdad.

—Disculpe, no me he presentado. Me llamo Chloe —dijo tendiéndome una mano por encima del brazo del asiento con una formalidad un tanto enternecedora.

Siguió luego un intercambio de datos biográficos. Chloe me contó que había ido a París para asistir a una feria de muestras. Desde hacía un año trabajaba como diseñadora gráfica para una revista de modas en el Soho. Había estudiado en el Royal College of Art; había nacido en York, pero se trasladó a Wiltshire siendo una niña; en ese momento —tenía veintitrés años— vivía sola en un apartamento situado en Islington.

6. —Espero que no me hayan perdido el equipaje —dijo Chloe cuando el avión inició el descenso hacia Heathrow—. ¿No teme que le pierdan el equipaje?

—Nunca pienso en ello, pero ya me ha pasado dos veces, una en Nueva York y otra en Frankfurt.

—Oh, yo detesto viajar. —Chloe suspiró mordiéndose la punta de un índice—. Y sobre todo detesto las llegadas, me provocan verdadera angustia. Cuando paso fuera una temporada, siempre pienso que algo terrible ha ocurrido en mi ausencia, que se ha reventado alguna tubería, que he perdido mi trabajo o que mis cactus se han muerto.

—¿Tiene cactus en casa?

—Varios, me dio por ahí una temporada. Son fálicos, ya lo sé, pero es que pasé un invierno en Arizona y me fascinaron. ¿Usted tiene alguna planta interesante?

—Solo un potus, pero a menudo pienso en la posibilidad de que mis amigos lleguen a odiarme.

7. La conversación discurrió sin rumbo fijo, permitiéndonos entrever la manera de ser de cada uno —como esas instantáneas que uno va captando en una tortuosa carretera de montaña— antes de que las ruedas rebotaran en la pista de aterrizaje, los motores recibieran la orden de frenar y el avión se dirigiera lentamente a la terminal del aeropuerto, donde volcó su carga en la atestada zona de inmigración. Cuando recogí mi equipaje y pasé la aduana, ya me había enamorado de Chloe.

8. Hasta que uno se encuentra a un paso de la muerte es difícil afirmar que alguien ha sido el amor de su vida. Pero resulta que a mí, muy poco después de conocerla, no me pareció descabellado pensar en Chloe en esos términos. No podría decir a ciencia cierta por qué, entre todos los sentimientos disponibles y sus posibles destinatarios, de pronto tuvo que ser amor lo que sentí por ella. No pretendo conocer la dinámica interna de este proceso, ni puedo confirmar estas palabras con algo que no sea la autoridad de la experiencia vivida. Solo puedo decir que pocos días después de regresar a Londres, Chloe y yo pasamos una tarde juntos. Luego, pocas semanas antes de Navidad, cenamos en un restaurante de la zona oeste y, como si fuera la cosa más extraña y a la vez la más natural del mundo, terminamos la velada haciendo el amor en su apartamento. Ella pasó la Navidad con su familia y yo me fui a Escocia con unos amigos, pero acabamos llamándonos por teléfono todos los días, a veces hasta cinco veces, no para decirnos algo en concreto, sino solo porque ambos sentíamos que hasta entonces nunca habíamos hablado así con nadie, que todo lo demás habían sido compromisos y autoengaños, que por fin éramos capaces de entender y de hacernos entender, y que la espera —de naturaleza casi mesiánica— había concluido. Reconocí en ella a la mujer que había buscado con torpeza durante toda mi vida, un ser cuyos atributos se hallaban prefigurados en mis sueños; su sonrisa, sus ojos, su sentido del humor y buen gusto literario, sus angustias y su inteligencia se correspondían perfectamente con los de mi ideal.

9. Y como llegué a sentir que en verdad estábamos hechos el uno para el otro —ella no solo terminaba mis frases, sino que además completaba mi vida—, me resultó imposible aceptar la idea de que mi encuentro con Chloe había sido pura

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