Monólogos

Camilo José Cela

Fragmento

Nota sobre esta edición

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La etiqueta común de «monólogos» hilvana precariamente las tres novelas reunidas en este volumen, que si comparten un rasgo de verdad destacable es la libertad y la audacia insólitas con que fueron escritas. Las tres retan al lector desprevenido y lo someten a la exigencia de deponer todas sus expectativas en relación con lo que supone leer una novela. Las tres, de hecho, admiten ser tomadas, cada una en su momento, y en el mejor sentido, como obras de vanguardia, de la más radical y arriesgada vanguardia, bastante por delante de lo que ha solido tomarse por tal cosa en la narrativa española de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta. Es esta pulsión vanguardista lo que las distingue y las aúna, más allá de que, en efecto, las tres estén escritas en segunda persona, una segunda persona del singular que interpela agriamente a un «tú» que no deja de ser un desdoblamiento del propio «yo» y que combina libérrimamente los recursos propios tanto del monólogo dramático como del monólogo interior.

Para hacerse una idea del desconcierto que en su día produjo Mrs. Caldwell habla con su hijo, conviene recordar la fecha en que fue publicada: junio de 1953. Apenas hacía dos años que la anterior novela de Cela, La colmena, había sido editada en Buenos Aires, para sortear la censura, y faltaban aún otros dos para que se autorizara su circulación en España (1955). Es difícil calcular cuántos, entre los lectores más bien escasos que en su día tuvo Mrs. Caldwell habla con su hijo, conocían ya La colmena, cuyo impacto se hizo sentir en España desde el momento mismo de su aparición. Probablemente fueran la mayoría, como hace suponer el prólogo que Cela antepuso a la primera edición de la novela («Algunas palabras al que leyere»), donde dice que «Mrs. Caldwell habla con su hijo es la quinta novela que publico y la quinta técnica de novelar —¡qué horrorosa y pedantesca expresión!— que empleo», y a continuación pasa a enumerar las cinco, entre las que se incluye, cómo no, La colmena, a la que se refiere con toda naturalidad, comentando incluso los juicios de que venía siendo objeto por parte de la crítica. Todo hace suponer, pues, que Mrs. Caldwell habla con su hijo fue leída mayoritariamente en contraste con la novela que la precedió, como acredita, por ejemplo, la perspicaz reseña que, al mes escaso de su aparición, le dedicó Antonio Vilanova en la revista Destino, en la que tiene bien presente La colmena. Vilanova se apresura en señalar la enorme «desemejanza» entre las dos novelas, y a continuación describe con bastante exactitud la materia narrativa de Mrs. Caldwell habla con su hijo, de la que dice que es una «colección de cartas imaginarias que Mrs. Caldwell dirige a su hijo muerto, en las que rememora con morbosa complacencia los diferentes momentos de su vida»; la serie de cartas —añade Vilanova— «no posee una continuidad narrativa ni una trama argumental precisa, sino que reproduce el coloquio alucinado de su mente enferma que, en su patético extravío, dialoga con el fantasma del ser querido, que sólo existe ya en su recuerdo». Más certero aún es el juicio que al mismo Vilanova le merece el resultado: «Verdadera colección de poemas en prosa, cuya exquisita belleza posee una calidad excepcional, nada más lejos del mero lirismo sentimental y subjetivo o de la pura ornamentación formal de palabras e imágenes, que esta sucesión ininterrumpida de angustias secretas y minúsculos dramas […] A través de los soliloquios y rememoraciones de Mrs. Caldwell y de su lúcido extravío, el autor ha revestido de íntimo dolor y angustioso patetismo el desesperado amor de esta mujer, su extraordinaria abnegación, su inconsciente egoísmo, sus celos inconfesables y sus turbios deseos, rodeándola insensiblemente de un clima viscoso y denso, alucinado e irreal, que la acompañará hasta la locura y la muerte que ponen fin a sus días».

Otras reseñas de la novela enfatizaron su calidad lírica, su condición poemática, y la emparentaron con los «pequeños poemas en prosa» de Baudelaire y de Rimbaud. Pero hacerlo entrañaba, en la mayoría de los casos, sustraerse al reto que en esta novela, como en casi todas las suyas, plantea Cela al género mismo, del que empezaba por decir, en el prólogo mencionado, que no sabía en verdad en qué consistía. Provocativamente declaraba allí: «Es posible que la única definición sensata que sobre este género pudiera darse fuera la de decir que “novela” es todo aquello que, editado en forma de libro, admite debajo del título, y entre paréntesis, la palabra novela».

Asombra el modo tan consecuente y aventurero con que el mismo Cela hizo suya esta definición, a despecho de la incomprensión y de la irritación que su imprevisible trayectoria como narrador produjo tan a menudo entre propios y extraños. No es de extrañar que Juan Luis Alborg, en su Hora actual de la novela española (1958), dijera de Mrs. Caldwell habla con su hijo que «en realidad no es una novela ni nada: es un libro absurdo que ni siquiera posee el valor de un experimento»; mientras que Eugenio G. de Nora, en el tercer tomo de La novela española contemporánea (1962), advertía que el libro se acerca «a ratos a la simple y descarada tomadura de pelo».

«Mrs. Caldwell habla con su hijo no fue muy bien entendida a su aparición y me temo que aún hoy, salvo entre lectores con un delicadísimo sismógrafo en la conciencia, todavía no lo sea demasiado. Debo aclarar que no me extraña la suerte corrida por mis páginas, que fueron probablemente escritas con cincuenta años de antelación»: así de displicente se mostraba Cela, a la altura de 1969, en el prólogo que antepuso a la novela con ocasión de ser recogida en sus Obras completas (y que en esta edición se conserva en su lugar). «La cabeza, la geometría y el corazón», se titula el prólogo en cuestión, que extrema el desafío que en su día planteaba la novela misma, sumándole un «introito» deliberadamente abstruso, lleno de fórmulas y esquemas, destinado a desalentar y disuadir incluso al más voluntarioso lector.

En este nuevo prólogo aludía Cela a las supresiones que en su momento impuso a la novela la censura, y que tuvieron por efecto —dice él mismo— romper su muy planeada geometría. La reedición de 1969 reparaba las supresiones de 1953 (casi todas relativas a las insinuaciones incestuosas sobre la relación madre-hijo) y, como se ha visto, confiaba irónicamente en que los lectores del futuro supieran reconocer que, «en su aparente desorden», la novela es «un homenaje al orden y, en su ilógica evolución, mi proclamado tributo al rigor lógico».

De Mrs. Caldwell habla con su hijo dijo Cela (en la presentación de un volumen de Mis páginas preferidas) que fue «escrita en trance y atomizada en doscientos trece capitulillos» en los que «me dejé llevar de mi más auténtica y peligrosa vena poética». La novela fue escrita en dos períodos; el primero, en 1947, y el segundo en 1952. Su gestación, pues, se entr

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