Cómo construir una superheroína

Sandra Barneda

Fragmento

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Nunca olvidará el día en el que se despertó y sintió que su vida era como un dónut, una rueda de acontecimientos y aventuras a cada cual más jugosa, pero con un gigantesco agujero en el centro de su existencia. Era el día del «todo o nada», de jugársela y, como en la ruleta, esperar a que la bola se detuviera en la casilla deseada. Apenas había amanecido y un rayo de luz se colaba por la brecha de la persiana rota —esa que siempre dice una que arreglará y perdura intacta en el tiempo— cuando sintió un abrupto y violento golpe en las tripas que la doblegó en la cama al instante.

—¡Despierta!

Ivanna sabía que no quería saber, se autoconvencía de que allí no había nadie más que ella, su resaca y... su escasa cordura.

—¡Despierta!

No podía concentrarse con aquella voz. El dolor agudo en lo profundo de su estómago era más poderoso que el miedo a sentir que oía voces. Por desgracia, hacía demasiado tiempo que se había acostumbrado a esa sinfonía. «¿Habré conseguido al fin que las drogas me perforen la mente?». Seguía retorcida, hecha un ovillo con las sábanas y sus propias extremidades. En el fondo sabía que había llegado la hora, pero seguía con sus fantasmas, sus voces y sus golpes de irrealidad para no abrir los ojos ese día. No, no era valiente, jamás había sido de las que, en un arranque de sinceridad, dice lo que piensa, hace lo que le da la gana y se queda más ancha que otra cosa. Pertenecía al grupo de las otras, las introvertidas, las de pienso pero no hago y, cuando repienso, lo hago para olvidarme. Jamás había alzado la voz ni manifestado sus deseos más impuros, ni siquiera los más vacuos como: «¡Quiero helado de fresa y odio los de nata!». Ivanna se pasó toda la infancia engullendo helados de nata, practicando ballet clásico y saliendo con el chico equivocado. Su vida evolucionó sin un brote de sinceridad, con demasiados «no sé» que la llevaron al altar y al principio del destierro. Un drama de vida como el de mucha gente de mediana edad que, por no saber ni quiénes eran, se construyeron la vida a pedazos y ahí siguen, midiendo su felicidad a golpe de materia y número de orgasmos verdaderos.

Seguía estirada, revolcada, mimetizada con la cama. Intentó sin éxito varias veces la cuenta atrás, pero sus ojos se arrugaban con fuerza a cada intento y se metían más para dentro. Su matrimonio apenas duró cuatro polvos y el tiempo suficiente para colgarse el cartel de «inútil de por vida». Su ex, Roberto el Perfecto, había rehecho su vida con la hermosa mujer hostil meneaculos que hace girar miradas con la facilidad de un chasquido de dedos. Ivanna intentó ser de esas que roban el alma con solo respirar; también de las otras, las que deciden esconderse en su madriguera —la suya, de cuarenta míseros metros cuadrados—. Pero ni supo convertirse en un símbolo sexual, ni en un alma que roza la locura al convertir su espejo en su álter ego.

En vez de permitir que el pozo en el que había caído fuera cada vez más profundo, ella decidió construirse un álter ego. Decidió soñar y expresar frustraciones. Como quien hace pasteles para dar rienda suelta a su ansiedad, Ivanna creó una superheroína de cómic, de película romántica del tres al cuarto. Supo encontrar su otro yo. Alguien que viviera lo que ella no se atrevía, que dijera lo que necesitaba sin aplastarse de culpa y que se convirtiera en una abanderada de toda una lista de necesidades, deseos y proclamas reivindicativas.

Solo necesitó un ordenador, un lápiz y una tableta para construir lo que empezó como una vomitera y terminó como su sustento. ¡Nació Vania! La bloguera de mayor influencia del país, porque simplemente es ¡divina!, ¡casi perfecta y sin pelos en la lengua! Una experta en temas amorosos, con arrebato, mucha cara y más clase que la inventada. La mujer, el mito que todas llevamos dentro y con el que vivimos esperanzadas con encontrarnos. Vania se creó a caballo entre la imaginación y la frustración de Ivanna y terminó por ser la mujer más perseguida del país de la moda, la tendencia y las revistas femeninas. Después de dos años de excusas y misterios sin resolver, había llegado el día de salir de la madriguera y convertirse en su álter ego. De ser valiente, prepotente, segura de sí misma y tremendamente sexi. Había llegado la hora de darse el mayor batacazo de su vida o de salir de su exilio forzado. Hacía más de dos años que Ivanna había renunciado a una vida convencional y se había visto obligada a vivir como una superheroína pero al revés; la normal se queda en casa salvo en contadas ocasiones, cuando apenas se sabe que va a ser vista, para dar rienda suelta a la heroína. Sus amigos la habían dado por loca, su ex definitivamente se olvidó de ella, y sus padres... Ellos ya intuían que las rarezas de su hija terminarían por inundarla y convertirla en una asocial.

—Ivaaaaanaaaa... ¡Despiertaaaaaaaaaa!

No podía soportarla. Sentía su prepotencia, sus deseos de éxito... Vania seguía llamándola al orden. A que saliera de la cama, a que cumpliera con lo prometido y la dejara salir al fin. ¿Se estaba volviendo loca? No recuerda la primera vez que sintió ese desdoblamiento. ¿Cómo comenzó a hablar por sí sola su creación? ¿Cuándo fue la primera vez que contestó y mantuvo la primera conversación? Ivanna se dejó llevar por el aburrimiento de la soledad, el peligro de no conversar con nadie, de estar día tras día enganchada al maravilloso mundo virtual sin más vida que la comida rápida y los mensajeros que llamaban a casa para llevarle las compras hechas con PayPal. Lo más excitante que le pasó en esos dos años fue follarse a un mensajero, casado, medio calvo pero muertito de deseo por ella. «¡Los calvos tienen sus ventajas!». A veces nos dejamos llevar más por lo que los demás sienten que por lo que nosotros sentimos. Ivanna lo hizo aquella tarde, tener sexo con un desconocido, sexo físico, porque en cuanto al cibersexo era toda una experta. Se revolcó un par de veces con el Hombre Paquete en la cama de muelles que heredó de su abuela. Hizo crujir la cama de lo lindo, se divirtió y, por unas horas, dejó de sentirse una forastera, rozando la normalidad. Los espejismos duran apenas un instante; subida de bragueta y un portazo en las narices antes de apuntarse su móvil.

—¿Estás loca? Estoy casado, te acuerdas?

Aquella noche de tequilas y algún que otro Valium fue la primera que vez que la vio. «¿Será posible?». Con su pelo lacio, sus pitillos, su camiseta ajustada y sus botas de aguja. Lo que al principio fue una visión borrosa, quizás por el exceso de sal con el tequila, al final fue traspasando la barrera de lo irreal a lo real a la velocidad de las centellas y..., en menos de un ¡zas!, esa figura nítida estaba apoyada en la pared mirándola de forma lastimera. A Ivanna la pilló a medio tequila; se atragantó del susto y vomitó por exceso de cosas vistas e ingeridas.

—¿Se puede ser más patética?

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