Historia de la violencia

Édouard Louis

Fragmento

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Para Geoffroy de Lagasnerie

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Uno

Así que, unas horas más tarde de eso que la copia de la denuncia que guardo doblada en cuatro en el cajón llama tentativa de homicidio, salí de casa y bajé la escalera.

Crucé la calle bajo la lluvia para llevar a lavar las sábanas a noventa grados en la lavandería, ahí abajo, a menos de cincuenta metros de la puerta de mi vivienda, con la espalda curvada por la bolsa de ropa, demasiado voluminosa, demasiado pesada, y las piernas que flaqueaban bajo su peso.

Aún no era completamente de día. La calle estaba vacía. Estaba solo y caminaba a trompicones, no tenía que dar más que unos pocos pasos y sin embargo la prisa me hacía llevar la cuenta: Medio centenar de pasos más, vamos, una veintena más de pasos y habrás llegado. Me apresuraba. También pensaba, impaciente ante el futuro que de alguna manera enviaría, ubicaría, reduciría aquella escena al pasado: En una semana te dirás: Hace ya una semana que ocurrió, vamos, y en un año te dirás: Hace ya un año que ocurrió. La lluvia helada, no un chaparrón sino una lluvia muy fina, minúscula, desagradable, empapaba la tela de mis zapatos y el agua se filtraba hasta las plantillas y el tejido de los calcetines. Tenía frío, y pensaba: Él podría regresar, él va a volver, ahora estoy condenado a errar, él te ha condenado a errar. En la lavandería estaba el gerente del establecimiento, bajito, rechoncho. Su busto sobresalía por encima de las máquinas alineadas. Me preguntó si estaba bien, le respondí No, con tanta dureza como fui capaz. Esperé su reacción. Quería que reaccionara. Él no quiso saber más, se encogió de hombros, volvió la cabeza, entró en su angosto despacho disimulado tras las secadoras y yo lo detesté por no haberme preguntado.

Regresé a casa con la ropa limpia. Subí la escalera sudando. Volví a hacer la cama, parecía seguir impregnada del olor de Reda, así que encendí unas velas, quemé incienso; no era suficiente; agarré el ambientador, el desodorante, también el perfume que había recibido por mi cumpleaños, colonia, y rocié con ellos las sábanas, enjaboné las fundas de las almohadas aunque acababa de lavarlas, el tejido escupía el agua jabonosa en forma de pequeñas pompas superpuestas, agrupadas. Enjaboné las sillas de madera, pasé una esponja empapada por los libros que él había manoseado, froté los pomos de las puertas con toallitas antisépticas, limpié de polvo minuciosamente y una a una las láminas de madera de las persianas, desplacé e intercambié de lugar las pilas de libros depositadas en el suelo, abrillanté la armazón metálica de la cama, rocié con un producto con aroma a limón la superficie lisa y blanca del frigorífico; no podía parar, como impulsado por una energía cercana a la locura. Pensé: Más vale estar loco que muerto. Fregué la ducha que él había utilizado, eché varios litros de lejía en el retrete y en el lavabo (por lo menos más de dos litros, es decir, una botella de litro y medio todavía llena y otra que estaba a medias), fregué todo el cuarto de baño; era absurdo hasta el punto de limpiar el espejo en el que él se había mirado, o mejor, admirado, aquella noche, y de tirar a la basura toda la ropa que él había tocado, porque lavarla no hubiera sido suficiente; no sé por qué era suficiente en el caso de las sábanas pero no en el de mi ropa. Fregué el suelo, a cuatro patas, el agua humeante me quemaba los dedos, la bayeta iba arrancándome tiras delgadas y rectangulares de la piel reblandecida, que se enroscaban sobre sí mismas. Hacía una pausa, inspiraba profundamente, en realidad olisqueaba como un animal, me había convertido en un animal rastreando aquel olor que parecía no desaparecer pese a mis esfuerzos; su olor no se iba y llegué a la conclusión de que no estaba en las sábanas ni en los muebles, lo llevaba encima. El problema venía de mí. Me metí en la ducha, me lavé una, dos, tres veces y continué haciéndolo. Usaba jabón, champú, acondicionador, para perfumar mi cuerpo todo lo posible, era como si su olor se hubiera incrustado en mí, dentro de mí, entre la carne y la epidermis, y me rascaba por todas partes con las uñas, me restregaba, con fuerza, encarnizadamente, para llegar a las capas internas de mi piel y librarlas de su olor, maldecía, Puta mierda, y el olor persistía, dándome aún más náuseas, mareándome. Deduje: El olor está en el interior de la nariz. Sientes el olor del interior de tu nariz. El olor está bloqueado en mi nariz. Salí del cuarto de baño, regresé a él y vertí suero fisiológico en mis fosas nasales; solté aire por ellas, como cuando te suenas, con el propósito de que el suero se extendiera por su interior, ése era el efecto que quería producir, no sirvió para nada; abrí las ventanas y salí en busca de Henri, el único amigo que estaba despierto a las nueve o a las diez de aquella mañana del 25 de diciembre.

Es mi hermana quien describe la escena a su marido. Estoy escondido detrás de la puerta y oigo su voz y la reconozco a pesar de tantos años de ausencia, su voz en la que se mezclan siempre la furia y el resentimiento, también la ironía, la resignación.

Llegué a su casa hace cuatro días. Había imaginado ingenuamente que una estancia en el campo era la única manera de repo

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