Animarse y saltar

@BleuMinette

Fragmento

Prólogo

«Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad.

Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestra vida como destino».

CARL GUSTAV JUNG

Desde hace un tiempo a esta parte, vengo intentando aplicar esto. Paso a paso, con muchos avances y también con retrocesos: dejar de repetir todo aquello que me hace daño y que vuelve, una y otra vez, como si nunca terminara de aprender la lección. Sigo siendo una persona muy optimista, eso es parte de mi esencia. Sin embargo, observando el modo de actuar de otras personas, a partir de lo que me enoja o me genera rechazo, he reconocido en mí muchas faltas: todavía hay mucho de mí que no acepto, todavía hay mucho de mí que niego. Todavía mucho de lo que callo me sigue enfermando.

No es fácil decir: «Desde hoy no voy a tener miedo de mostrarme tal cual soy, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva, a partir de este momento voy a dejar de tener miedo o de estar triste». ¡No funciona así! No se pueden procesar de la noche a la mañana años de dolor y de información dañina solo porque la voluntad así lo quiere, lleva mucho más trabajo que eso. Sobre todo, cuando desde el seno de nuestras familias aprendimos que para ser queridos teníamos que reprimir u ocultar nuestras emociones o, más doloroso todavía, intentar ser alguien que no somos. Justamente, ni siquiera es algo consciente. Pero de alguna manera hay que empezar. Porque donde hay pena, algo hay que sanar; donde hay malestar, algo hay que modificar. Hay que probar hacer las cosas de otra forma. Hay que animarse a desafiarse, a cuestionarse y cambiar de rumbo si hace falta. Para eso, es indispensable tomar la decisión de integrar todas nuestras facetas, esas que se contradicen entre sí, incluso aquellas que no nos enorgullece mostrar.

Escribir siempre ha sido para mí un proceso de búsqueda. De respuestas a preguntas que me llenan de incertidumbre y no me dejan avanzar, de nuevas preguntas que me ayudan a ratificar o a rectificar mi camino.

Una de esas preguntas ahora es: «¿Qué es lo que me enciende el alma?». Y, con todas las connotaciones positivas que puedan tener esas palabras, no me refiero solo a lo que me hace feliz, que es fundamental, pero que no es lo único que me mueve. También pienso en lo que me angustia profundamente, en lo que me frustra, en lo que no comprendo, en lo que me parece injusto, en lo que me confunde, en lo que me hace temblar de miedo, en lo que rechazo naturalmente desde el fondo de mis entrañas. Lo que me incomoda me impulsa a moverme. Lo que me desagrada, de mí misma o de quienes me rodean, me obliga a salir de mi zona de confort y a explorar otros caminos. Sobre esos temas me permito expresarme también en esta oportunidad, sobre esas emociones también me doy permiso de escribir. No siempre lo hice, creo que, en parte, porque siempre cuidé el efecto que eso pudiera tener en los demás.

En este libro hablo también sobre ansiedad, desde mi perspectiva y mi experiencia propia, sin ninguna intención de reemplazar el espacio que provee un profesional de la salud mental. Si lo hago es porque estoy convencida de que es necesario quitarles el estigma a estas patologías y porque creo que desde la identificación también se puede ayudar a sanar.

Los nudos no se deshacen solos. Las heridas, al aire, siempre sanan mejor.

Este libro no fue escrito en orden ni de corrido. Se fue armando, con el tiempo, como un rompecabezas. Habla de emociones diversas, en ocasiones contradictorias entre sí como la realidad misma. Por lo mismo, tampoco fue hecho para ser leído de una manera determinada. Como siempre, pero esta vez más que nunca, no pretende dar instrucciones a nadie sobre cómo vivir su vida, sobre cómo superar sus miedos ni sus oscuridades. Creo firmemente que las cosas llegan a nosotros justo en el momento en que las necesitamos, ni antes ni después. Y confío con todo el corazón en que mis reflexiones y mis aprendizajes serán de ayuda en el camino de otras personas.

Animarse y saltar

«Ser feliz es darse cuenta» ha sido una de mis frases de cabecera, un pensamiento que me ayudó a despertar en momentos muy difíciles de mi vida. Y sé también que inspiró a muchas personas a hacer lo mismo, lo cual me enorgullece y me alegra hasta el infinito.

Pero luego de algunos años me pregunté: ¿y ahora qué?

Para ser feliz tenés que darte cuenta. Es el primer paso y es fundamental. ¿Y después? ¿Todo termina ahí? ¿Cómo seguimos?

Tiempo después de haber escrito mi primer libro, me planteé esta pregunta. Ahora que ya sé con qué cuento, ahora que ya sé que la felicidad no es una meta a futuro ni una suerte que heredaron los que no tuvieron una «vida difícil», tengo que dar el próximo paso. Tengo que actuar. Soy consciente de lo que tengo y también de lo que me falta, pero aprendí que la felicidad puede convivir con la tristeza, que no es sinónimo de alegría ni de falta de problemas.

¿Cómo es posible que la felicidad conviva con la tristeza o con el dolor? ¿No son, acaso, conceptos opuestos? Me sigo resistiendo a creer que ser feliz es un estado ideal, de ausencia de dificultades, de fiesta continua o de paz absoluta. Si así fuera, nos veríamos condenados a experimentar unos escasos instantes de felicidad en toda nuestra existencia. Y lo demás sería amargura y una cuenta regresiva hacia esos pequeñísimos y efímeros respiros que nos da muy de vez en cuando la vida.

Si así fuera, Anita no me habría contado que cuando salió de una de sus internaciones, cuando aún luchaba contra el cáncer, sintió que el aire que entraba por la ventanilla del auto era el aire más rico del mundo. Que el paisaje era más bello, que el verde era más verde y que el cielo era más grande. Un viaje en auto de vuelta a casa, algo que antes de su diagnóstico podría haber sido un acto absolutamente rutinario y desprovisto de cualquier emoción distinta al aburrimiento, ese día se sentía maravilloso. Ella era feliz. Todavía no había recibido el alta, pero era feliz.

Si así fuera, si ser feliz implicara estar libre de sufrimiento, Alejandro no habría festejado en el penal el haber ingresado a la universidad en un contexto de encierro. Estaba en la cárcel (creo que todavía lo está, no recuerdo cuántos años le quedaban para terminar de cumplir su condena), con todo lo que eso significa, pero sabía que ese paso lo acercaba a cump

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