La parcela

Alejandro Simón Partal

Fragmento

Capítulo 4

4

Los albergues son los hoteles de los pobres o de los jóvenes. Estos últimos pueden ser ricos o pobres. El hijo del rey de Dinamarca habrá dormido en algún albergue en su juventud, pero ahora solo se acercaría a uno si se lo impone la agenda por alguna catástrofe humanitaria. Los pobres pasan largas temporadas en albergues; los ricos de verdad no suelen quedarse más de veinte horas en un mismo hotel. Los albergues son espacios para personas arruinadas, no porque no haya minibar ni carta de almohadas (una de las buenas ofrendas del cielo), sino porque impiden el ritmo lento del amor, e impedir eso a las personas es imponerles una pobreza sin concesiones. Casi nadie vive en hoteles. Es virtud del buen rico no usar el body milk ni el cepillo del baño —sí la esponja para los zapatos—, apenas deshacer la cama, tumbarse sobre el edredón y dar una cabezada; tener que marcharse casi sin bajar a desayunar cuando hacen noche completa, tomando si acaso un café solo y un cruasán antes de salir apresurado con su maleta ligera —tiene que ser ligera— hacia el taxi de la puerta, que ya lo estará esperando. Nada más distinguido que no saber conducir. Por mi parte, nunca había pasado tantos días en un albergue. Reservé una semana, tiempo que a priori parecía suficiente para encontrar un piso en el que alojarme y mantenerme esos días hasta que cobrase el primer sueldo. Estuve un mes. Treinta y cuatro días, para ser precisos. En este albergue no había ni armarios con candados, que es lo único que uno espera de un sitio así, que al menos no le quiten lo que le queda. Me pidieron el pasaporte, pero únicamente apuntaron mi apellido en una cartulina azul. La cartulina es el papel de lo efímero, el lugar donde se anota o dibuja lo que no cuenta, lo que no compromete. Me dieron una toalla que en su momento tuvo que ser blanca y ahora era beige, y un juego de sábanas que habían sido lavadas con un potente desinfectante. El hombre del mostrador estaba iluminado por la pantalla de un videojuego que dejó en pausa mientras me atendía sin quitarle ojo a la partida. Tenía un acné vivo, radiante, a pesar de aparentar unos cuarenta y cinco años. Cada grano parecía un corazón lleno de vino tinto. Ese hombre me dio la contraseña del wifisin mirarme a la cara, y por eso no pudo percibir mi acné apagado que quizá nos hubiera unido para siempre y que en mi adolescencia traté con un medicamento llamado roacután, una droga que en su prospecto alertaba de ideaciones suicidas, y que también tomó Daniel, el hijo de la escritora Piedad Bonnett, que acabó suicidándose. «La mayoría elige las camas inferiores de las literas para dejar las maletas debajo del colchón», me dijo mientras me alejaba del mostrador. Le contesté con un seco merci, que no tenía nada de agradecimiento y sí todo el desconsuelo por lo que intuía que me esperaba en el sexto piso de ese edificio de arquitectura soviética. Me duché poniendo los pies sobre los filos del plato, intentando no pisar el desagüe, que es como me enseñaron a hacerlo cuando era niño para evitar así los hongos de los vestuarios de mi colegio, y me metí en la cama. En un albergue no se lee en la cama. Hay que mirar el móvil o dormir directamente. Leer es un síntoma de vulnerabilidad, de accesibilidad, lo mismo que si en el patio de la cárcel tejes petit point. Me puse un pijama de franela que mi madre me regaló el día de mi santo. En la parte de arriba podía leerse basketball, con letras de terciopelo rojo junto al dibujo de un oso medio humano con un balón bajo el brazo. Uno de esos animales que aparecen en las cajas de cereales. Percibí lo patético de mi imagen y, a la vez, quise a mi madre más que nunca. Pensé en que si alguno de mis siete compañeros de habitación sospechara sobre el origen de mi pijama o pudieran leer esas letras redondeadas me partirían la boca por tres sitios y me sacarían del cuarto a patadas.

Un chico que decía ser de por allí y que llevaba una especie de albornoz que seguramente hiciese la función de abrigo matutino y de manta, me advirtió con una sonrisa rígida de que por esa zona había depredadores sexuales, y me explicaba moviendo lentamente los brazos la manera en que solían actuar. Durante unos minutos que se me hicieron noches con sed de noches, me contó acercando su aliento al caracol de mi oreja que son tipos que no quieren hacer daño, que buscan compañía y esa es su manera de reclamarlo, de llamar la atención. Me preguntó si había oído ya esta historia. Le contesté que no llevaba ni cinco horas en la ciudad. «Todo ese rato por aquí, ¿y aún no te han dicho nada? ¿Aún no has oído hablar de ellos? Me estás vacilando, ¿verdad, español?» Si alguien se dirige a ti con tu procedencia es que algo va a pasarte. Le respondí que no mientras por dentro rezaba para que se acostara de una vez o siguiese contándole la historia al de la cama de arriba, al que no sentí moverse ni respirar seguramente para evitarlo. De nuevo. «Pero de verdad que son buenas personas. Te lo prometo. No quieren hacer daño a nadie.» Le contesté con una de esas sonrisas que levantan el pánico, así como el que muere abre los ojos y la boca cuando ya no hay nada que decir ni nada que atender. No dormí en toda la noche. Tampoco lo hizo otro hombre que se masturbaba una y otra vez en la cama de enfrente, y que nunca acababa su tarea, sino que la abandonaba y retomaba. Sí que durmió el que con sus enormes pies bloqueaba la puerta de salida, lo supe porque llamaba insistentemente a un tal Hugo, que intuí como su hijo por la angustia con la que pronunciaba ese nombre, y al que yo estaba poniendo cara, pasado y casi oficio hasta que otro le gritó que cerrara la boca de una puta vez, y Hugo desapareció de mi mente y de ese cuarto.

Con las primeras luces de la mañana nuestro dormitorio parecía calmado por la misericordia. Todos dormían plácidamente y con la oportunidad del nuevo día eran como hermanos en una cabaña que, tras los párpados cerrados por el sueño, aguardaban nuevos paraísos. El amanecer ofrece lo que para la noche fue curiosidad. Salí de la cama sin hacer ruido para ducharme solo y planificar mi jornada. Las duchas comunes desprenden el vaho exagerado de la infancia, donde lo decisivo se prepara en secreto.

Capítulo 5

5

Me puse el traje para mi primer día de clase. Creía que en Francia se solía enseñar en traje, sin corbata, pero al llegar al departamento todos mis compañeros me miraron con desconfianza, y pensé que sería por eso. Adiviné que eran compañeros por sus miradas, sus silencios y calvicies, no porque se presentaran o discutieran entre ellos. Sí que lo hizo una profesora catalana, Concha, q

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