Oryx y Crake (Trilogía de MaddAddam 1)

Margaret Atwood

Fragmento

Mango

Mango

Hombre de las Nieves se despierta antes del amanecer y permanece tendido, inmóvil, mientras escucha cómo sube la marea, una ola tras otra pasando por encima de las diversas barricadas, chis chas, chis chas, el ritmo del corazón. Cuánto le gustaría creer que todavía está dormido.

En el horizonte, hacia el este, se levanta una neblina gris, iluminada ahora con un resplandor mortecino y rosáceo. Qué raro que ese color aún parezca delicado. Las torres de la costa recortan sus siluetas oscuras contra ella y se elevan de manera inverosímil contra el rosa y el azul pálido de la bahía. Los graznidos de las aves que allí anidan y el batir lejano del mar contra los falsos escollos, que en realidad son piezas oxidadas de coches y ladrillos amontonados y cascotes varios, suenan casi como el ruido del tráfico en un día festivo.

Por pura costumbre mira el reloj de acero inoxidable, con su gastada cadena de aluminio, aún reluciente aunque ya no funcione. Ahora es su único talismán y lo que le muestra es una esfera muda: las cero horas. Esa ausencia de tiempo oficial le produce un escalofrío de terror. Nadie, en ninguna parte, sabe qué hora es.

Cálmate, se dice. Respira hondo unas cuantas veces y se rasca las picaduras, se frota alrededor, no en los sitios que más le escuecen, con cuidado de no arrancarse ninguna costra: sólo faltaría que se le infectara. Baja la vista en busca de algún resquicio de vida salvaje, pero todo está tranquilo, ni rastro de escamas o colas. Mano izquierda, pie derecho, mano derecha, pie izquierdo, va bajando del árbol. Tras sacudirse las ramitas y las cortezas, se envuelve con la sábana sucia como si fuera una toga. La noche anterior colgó de una rama la gorra de béisbol de los Red Sox —una réplica auténtica— para ponerla a buen recaudo, y ahora mira en el interior, sacude una araña y se la pone.

Se aleja un par de metros hacia la izquierda y mea contra los arbustos. «Espabilad», les dice a los saltamontes que se alejan brincando tras el impacto. Luego se dirige al otro lado del árbol, lejos de su meadero habitual, y se pone a rebuscar en el escondrijo que ha improvisado con unos bloques de hormigón envueltos en tela metálica, para que las ratas y los ratones no puedan entrar. Allí mantiene ocultos unos mangos en una bolsa de plástico bien atada, una lata de salchichas vegetarianas de cóctel de la marca Sveltana, una muy preciada botella de whisky medio llena —no, más bien queda un tercio— y una barrita energética con sabor a chocolate rapiñada de un parque de caravanas, dura y pegajosa en el interior de su envoltorio. No se decide a comérsela; tal vez sea la última que encuentre. También guarda un abrelatas y, aunque no sabe para qué, un picahielos; y seis botellas de cerveza vacías, que conserva por razones sentimentales y también para almacenar agua. Además de sus gafas de sol, que se pone. Les falta un cristal, pero mejor eso que nada.

Desata la bolsa de plástico: sólo le queda un mango. Curioso, creía que había más. Las hormigas se han colado dentro, aunque apretó el nudo con todas sus fuerzas, y ya le están subiendo por los brazos; hormigas de las negras y también de esas pequeñas y amarillas, que son aún peores. Sorprende lo fuerte que llegan a morder, sobre todo las amarillas. Se las sacude de encima.

—El estricto cumplimiento de las rutinas diarias redunda en el mantenimiento de la moral y en la preservación de la cordura —dice en voz alta.

Tiene la sensación de estar citando la frase de algún libro, algún precepto obsoleto y cargado de sentido común escrito para ayudar a los colonos europeos al mando de alguna plantación. No recuerda haberlo leído, pero eso no significa nada. Tiene muchos espacios en blanco en lo que le queda de cerebro, donde antes se alojaba su memoria. Plantaciones de caucho, de café, de yute (¿qué era el yute?). Les habrían recomendado que se pusieran salacots para protegerse del sol, que se vistieran para la cena, que se abstuvieran de violar a las nativas. No habrían dicho «violar», claro. Que se abstuvieran de confraternizar con las lugareñas. O, dicho de otro modo...

Pero está seguro de que no se abstenían. Nueve de cada diez veces, no.

—En vista de los atenuantes... —dice.

Se descubre de pie, con la boca abierta, intentando recordar el resto de la frase. Se sienta en el suelo y empieza a comer el mango.

Desechos

Desechos

Por la playa blanca —coral molido y huesos rotos— camina un grupo de niños. Seguro que han estado nadando, aún siguen mojados y brillantes. Deberían ir con más cuidado, quién sabe qué infesta la bahía, pero ellos son imprudentes, no como Hombre de las Nieves, que no metería un pie en el agua ni de noche, cuando el sol ya no puede hacerle daño. Corrección: mucho menos de noche.

Los mira con envidia, ¿o es nostalgia? No, no puede ser eso: de niño nunca se bañó en el mar, nunca corrió desnudo por la playa. Los niños escrutan el terreno, se agachan, recogen desechos que las olas arrastran a la orilla; luego deliberan, se quedan con algunos artículos, descartan otros; sus tesoros van a parar a un saco medio roto. Tarde o temprano —de eso no cabe duda— lo descubrirán allí sentado con su sábana hecha jirones, rodeándose las piernas con un brazo y sorbiendo el mango a la sombra de los árboles, porque el sol cae a plomo. Para los niños —que tienen la piel gruesa, resistente a los rayos ultravioleta—, él es una criatura de la penumbra, del anochecer.

Aquí vienen.

—¡Hombre de las Nieves, oh, Hombre de las Nieves! —gritan como en una letanía.

Nunca se acercan demasiado. ¿Es porque lo respetan, como le gustaría creer, o porque apesta?

(Apesta, eso lo sabe de sobra: es fétido, pestilente, hiede como una morsa —grasienta, salada, con olor a pescado—; nunca ha olido una, pero ha visto fotos.)

—Oh, Hombre de las Nieves, ¿qué hemos encontrado? —canturrean mientras abren el saco.

Extraen varios objetos, los levantan como ofreciéndoselos para que se los compre: un tapacubos, la tecla de un piano, un trozo de botella de gaseosa color verde claro pulida por el mar. Un frasco vacío de pastillas GozzaPluss; una caja de ChickenDeli de DeliCachesen, también vacía. El ratón de un ordenador, o más bien sus restos machacados, colgando de una cola de cable en espiral.

Hombre de las Nieves tiene ganas de llorar. ¿Qué puede decirles? No hay manera de explicarles qué son esos curiosos artículos, o qué eran. Pero seguro que ya han adivinado qué les va a decir, porque siempre repi

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