Dos hermanas

David Foenkinos

Fragmento

libro-3

 

1

Al principio del todo, Mathilde le notó a Étienne algo raro en la cara. Así fue como empezó la cosa, de forma casi anodina; ¿no es eso lo propio de todas las tragedias?

2

Si le hubieran pedido que concretase ese «algo», Mathilde habría mencionado que Étienne tenía una nube en la cara, aunque sin saber muy bien en realidad qué quería decir con eso. Hay muchos tipos de nubes: la imagen resulta imprecisa. ¿Qué es lo que le nota a Étienne? ¿Tan solo un mal humor pasajero o el preludio de una fuerte tormenta? Más vale preguntárselo.

—¿Estás bien, amor mío?

—No, ahora mismo no me siento bien.

Lo conocía desde hacía cinco años, los mismos que llevaba locamente enamorada de él. Nunca lo había oído hablar así, expresar con tanta frialdad que se encontraba mal. Se quedó desconcertada, sin saber qué responderle. Mathilde había hecho la pregunta sin pensar, de esa forma intrascendente en que siempre les estamos preguntando a los demás qué tal están, casi sin esperar respuesta. Así que no andaba desencaminada. Llevaba días notando a Étienne raro, como ausente de sí mismo. Sabía que el trabajo lo tenía agobiado, que había un jefe nuevo que lo estaba presionando de forma intolerable; pero, bueno, estaba acostumbrado al maltrato laboral. Había vivido situaciones violentas y nunca se las había llevado, al terminar la jornada, a la vida conyugal. Tanto es así que Mathilde siempre había admirado esa increíble capacidad suya para desconectar. Cómo le pegaba esa expresión. A Étienne le encantaba segmentar su vida. Por primera vez, Mathilde se preguntó dónde encajaba ella. ¿En qué segmento? Tenía como un mal pálpito. El de haber caído en una zona no afectiva; algo así como un erial que anticipa el rechazo.

3

Étienne estuvo taciturno casi todo el tiempo después de cenar, sin querer dar detalles del porqué. Un suplicio para Mathilde. Se decía que lo correcto era respetar su decisión; que a veces también ella se sentía mal y sin ganas de hablar. De hecho, esa era una de las cosas que tenían en común: el silencio les cicatrizaba las heridas.

Debía hacer un esfuerzo para dejarlo a su aire, rumiando lo que lo tenía tan preocupado u obsesionado, y limitarse a ser una presencia benigna. Entregarse a fondo para que él pudiese leerle en la mirada: «Aquí me tienes para lo que necesites». Pero Étienne acababa de apagar la luz del dormitorio; aunque le pasó a Mathilde la mano por la espalda antes de darse la vuelta en la cama. A ella aquel gesto le resultó desapasionado, por no decir platónico. Quiso volver a encender la luz, decirle que no conseguiría de ninguna manera conciliar el sueño después de semejante sobremesa, pero le fue imposible articular palabra. Para tranquilizarse, decidió viajar hacia los recuerdos de ambos. Se encaminó mentalmente a las imágenes del último verano. Habían pasado dos semanas en Croacia, incluidos varios días en una isla casi desierta. En pleno paraíso, habían contemplado la posibilidad de casarse pronto. Étienne estaba listo para tener hijos. Todo era muy hermoso y muy intenso; como el amago de algo eterno.

4

A la mañana siguiente, Étienne seguía sin ganas de hablar. Se marchó a trabajar un poco antes que de costumbre, y antes de salir del piso volvió a pasarle a Mathilde la mano por la espalda. Otra vez ese gesto automático; y a ella le pareció ahora que se lo hacía como por pena. Mathilde le había dedicado una sonrisa que esperaba que resultase radiante, pero ¡él había vuelto tan deprisa la cabeza! Cuando se quedó sola, le apeteció un cigarrillo, pero no tenía. Estuvo un momento quieta, delante de la mesa del desayuno que había dispuesto con esmero. Le había añadido unos toques de discreta belleza, pensando que si hermoseaba las cosas todo iría mejor quizá. Los ojos de Étienne no lo notaron, no se fijó en esos pocos pétalos de rosa que salpicaban la mesa. Ese era un rasgo recurrente del carácter de Mathilde, esa forma de querer ser positiva y benigna; cuántas veces Étienne se había despertado maravillado de compartir sus días con una mujer así…

5

Mathilde no había llegado nunca tarde al liceo, tenía fama de ser una profesora concienzuda, que quería a sus alumnos «como si fueran sus propios hijos». Eso lo había dicho tal cual el padre de un alumno, en una junta de evaluación. Como de costumbre, llegó puntual al centro escolar del extrarradio parisino. Se quedó un minuto en el coche, mentalizándose de que tenía que librarse de la desazón antes de enfrentarse a la vida social. Pero las palabras de Étienne la tenían obsesionada; era solo una frase, de acuerdo, pero en su mente adquiría las proporciones de una novela rusa. Se observó en el retrovisor; curiosamente, tardó unos segundos en reconocerse.

Cuando por fin salió del coche, se cruzó con el señor Berthier en el aparcamiento. El director era un hombre alto y delgado, como esos que caen del cielo en los cuadros de Magritte. Le tenía a Mathilde un aprecio particular, y cuando al concluir el curso anterior quiso contratarla un centro privado parisino, hizo cuanto estuvo en su mano para que se quedara; al final Mathilde rechazó aquella oferta que parecía muy ventajosa. Por fidelidad, por el apego que les tenía a sus alumnos, y seguramente también porque valoraba que le fuera tan propicio el hombre con el que se cruzaba ahora. No obstante, cuando este le dirigió la palabra, fingió que se había dejado algo olvidado en el coche. Una excusa para no tener que caminar unos metros a su lado. Esa primera conversación matutina la superaba.

6

Cuando estuvo en el aula, delante de sus alumnos, Mathilde se sintió con ánimos para sacudirse de encima el disgusto; aunque, bien pensado, no, puede que no estuviese disgustada, sino más bien preocupada.

Antes que nada, cruzó unas palabras con Mateo, cuyos resultados escolares habían caído en picado desde el divorcio de sus padres. Siempre tenía con él algún detalle para animarlo, y a veces se quedaba un rato más por las tardes, ayudándole a comprender mejor los textos literarios. Cabía creer que estaba dando frutos porque en los últimos días Mateo progresaba a ojos vistas. Quizá la forma de actuar de Mathilde fuera a cambiarle el destino; aún era pronto para saberlo.

En la hora de literatura estaban estudiando un pasaje de La educación sentimental. Todos los años, a Mathilde le gustaba compartir la pasión que sentía por esa novela; en su opinión, era el libro más hermoso de Flaubert. Se acordaba de haberlo estudiado en el liceo y de cómo le había cambiado la vida: a partir de ese momento ya no pudo vivir sino en compañía de la literatura. Así fue como nació su vocación. Empezó a leer el famoso instante en que Frédéric Moreau ve por primera vez a la señora Arnoux; es el nacimiento de una pasión. Flaubert describe así el sentimiento extático del joven: «Fue como una aparición». Pero, al pronunciar esa frase, Mathilde sufrió un lapsus y enunció: «Fue como una desaparición».

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