Antes que desaparezca

Sylvia Iparraguirre

Fragmento

De golpe, el pasado invadiendo la clase de literatura rusa una mañana de otoño en Buenos Aires. Estoy hablando de Pushkin frente a una de las ventanas de la biblioteca del Museo; llueve y me concedo unos segundos, al fin y al cabo soy quien da la clase, absorta en la belleza de las esculturas del moderno patio interior bajo la lluvia, la transparencia del agua deslizándose sobre el bronce, cuando giro y con las palabras al filo de decirse descubro, sacudida por la sorpresa, la presencia de Clara sentada en la última hilera de sillas y con ella como un viaje en el tiempo el pensionado Hermanas del Calvario, su escalera de mármol, sus pisos brillantes, tan nítidos como una visión iluminada dentro del claroscuro de abedules donde Pushkin, sigo diciendo, cruza al galope la noche de las aldeas y clava en la puerta de las iglesias epigramas contra el pope corrupto. Clara, asistente al curso de Literatura Rusa Clásica, tan anacrónica entre el zar y el poeta, se acopló de inmediato a la de mi memoria, detonando en mi mente imágenes de fines de la década del sesenta. El zarpazo del tiempo estuvo a punto de hacerme saltar fuera de la clase. ¿Era posible? No sólo era posible, sino que de esa manera se comporta la realidad, pensé varias horas más tarde en el taxi que me llevaba de vuelta a casa, cuando reflexionaba sobre la marea interior que el encuentro con Clara había desatado. Mirando pasar plazas y edificios anochecidos, que empezaban a iluminarse bajo la lluvia, me gustó imaginar que el encuentro encubría algún sentido oculto. Pero no había ningún sentido oculto ni nada. Y si hubo algo fue el súbito giro del tiempo, ya que lo que verdaderamente me intrigaba era fijar ese punto de desconcierto cuando la cara de Clara, sonriente ante mi sorpresa, entró en foco, se sumergió en mi corriente de pensamiento, por decirlo así, y la memoria, súbitamente punzada, fue un arrebato del recuerdo en el momento preciso en que Pushkin le escribía a su hermano: “No puedo soportar más la santa Rusia”, a los veintiséis años, desterrado en el campo, en Pskov. El galope violento barría las aldeas dormidas. Los campesinos murmuraban: “¡Es Pushkin!”. Había algo salvaje en el hombre, a la vez que mundano. A los veinte años era ya una leyenda. Y en el momento en que dije era ya una leyenda centelleó un punto en lo profundo de la conciencia y fue el desbocarse del tiempo, vi el brillo gris del río, la escollera, las monjas. Quedé con los ojos fijos en Clara que se sobreponía al poeta, lo eclipsaba, y emergía de una Buenos Aires alocada y remota que habíamos habitado juntas mientras, en la Rusia de 1830, la censura no lograba ocultar el virtuosismo mozartiano de Pushkin, amado por el pueblo, su ductilidad genial, digo, dotado de manera tan misteriosa por la fortuna o el destino, que subyugó y a la vez despertó la ira de sus contemporáneos. Humillaciones y destierros fueron cerrando el lazo alrededor de su garganta en una asfixia lenta, momento en el que Clara me devolvió una mirada, neutra a la vez que incisiva, como si quisiera decirme algo, para hacer enseguida un gesto, un ida y vuelta rápido con la mano entre ella y yo y señalar afuera, indicándome que a la salida del curso nos reuniéramos.

Clara. La misma sonrisa luminosa, la misma generosa disposición. Salimos, yo todavía sin poder asimilar del todo la sorpresa, la incredulidad de tenerla frente a mí, de reencontrarnos, de estar hablando, juntas. Es mediodía, llovizna. Caminamos las dos bajo mi enorme paraguas chino, que ella elogia. Cruzamos Figueroa Alcorta y dejamos atrás el Museo buscando un lugar donde sentarnos. Sin darnos cuenta, se nos pasan las cuadras, muchas, y no sé por dónde vamos. En un momento busco el celular y aviso a casa del encuentro con Clara, que voy a llegar tarde. Calle tras calle gastamos los consabidos estás igual, qué alegría verte, cómo no nos vimos antes, retórica de la que al rato nos desprendemos para descubrir, yo, que con Clara las cosas son como fueron siempre, la soltura, la comodidad. Y que a ella le pasa lo mismo.

—Mirá la foto que traje para vos —dice cuando entramos en un bar, por Palermo, El Imperial, alcanzo a leer en la puerta vaivén, uno de esos bares hondos, estilo bodegón, que me gustan especialmente.

Suelta el bolso, busca algo en su interior y pone una foto sobre la mesa. Me doy cuenta de que es su momento esperado. “Para esto me anoté en el curso”, dice, riéndose, “No, mentira, también quiero saber todo de los rusos”. Miro la foto: ahí estamos, formando un grupo. La hermana Tina, las chicas reunidas tras el respaldo del sillón grande del living, Victoria, Clara, Aline y yo adelante, sentadas en el piso, los mosaicos en damero blanco y negro, todas alrededor de un centro: Ma mère. Atraídos por la foto, como limaduras que se precipitan hacia un imán, acuden en tropel el patio de mayólicas, las escapadas nocturnas a fumar y cuchichear hasta la madrugada debajo de la mesa del comedor, Nacho, lo jóvenes que éramos, nuestra imbatible inmadurez. Buenos Aires, que se desplegaba y brillaba como un pavo real. Los años que compartimos con Clara. El mundo que había sido entre la muerte del Che y la llegada del hombre a la Luna. El tiempo, como la gran ola de Hokusai se desplomaba sobre mí, arrastrándome al pasado.

—Hace años volví al pensionado —le cuento a Clara, foto de por medio—. La casualidad fue que, en el 95, nos mudamos por Yrigoyen, a tres cuadras. Hasta subí a la terraza. ¿Te acordás de la terraza, donde a veces tomábamos sol? Fue… una experiencia rara. Esa tarde, cuando llegué a casa, me senté a escribir de nosotras, de Ma mère, de la facultad y seguí, bastante. Después, puse todo en una carpeta y lo dejé.

Clara termina de acomodar el impermeable en el respaldo de la silla, da la vuelta y se tira el pelo a la espalda con un gesto rápido, inconsciente: una pinza entre el índice y el mayor y zap zap, a derecha e izquierda. Me sobresalta. Tan propio de ella, tan típico, me la devuelve junto a una avalancha de imágenes inconexas.

—Esperá, ¿me estás diciendo que escribiste sobre nosotras, sobre aquella época?

—Sí, pero después te cuento.

Clara levanta el índice.

—Apaguemos los celulares.

Lo hacemos.

Vuelvo a la foto, estoy capturada por la imagen que me devuelve: ¿yo había sido tan joven? Observo a la Clara de antes y a la de ahora, que me mira y habla a través de una mesa de bar, el mismo pelo suelto, sus mismos gestos que empiezo a recobrar. El tiempo no nos ha maltratado, pienso, pero no lo digo. Tampoco digo que también somos, de golpe, dos desconocidas. Dos mujeres que hace demasiado tiempo no se ven. Y sin embargo fuimos tan unidas. Conocernos de nuevo o reconocernos, pienso, cuando me viene Aurora a la memoria y huyo hacia ese lado.

—¿Por qué no estará Aurora? —indago en la cara de Clara.

—¡Volviste al pensionado! —exclama ella—. Por una cosa o por otra, yo nunca pude. Sólo volví una vez al poco tiempo de irme. ¡Cómo quise visitarlo! Pero primero me fui a Italia, después volví, me casé. Con Daniel, mi marido, nos fuimos a vivir a Colombia, unos a

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