El buen nombre

Jhumpa Lahiri

Fragmento

Capítulo 1

1

1968

Una bochornosa tarde de agosto, dos semanas antes de salir de cuentas, Ashima Ganguli está en la cocina de su piso de Central Square y mezcla en un cuenco Rice Krispies, cacahuetes Planters y cebolla roja picada. Añade sal, zumo de limón y rodajas finas de pimiento verde picante. Ojalá tuviera aceite de mostaza... Lleva todo el embarazo consumiendo esta mezcla, vaga aproximación al tentempié que se vendía en las aceras de Calcuta y en las estaciones de tren de toda la India en rebosantes cucuruchos de papel de periódico. Incluso ahora, cuando ya casi no le queda sitio en la barriga, éste es el único antojo al que cede. Se echa un poco en la palma de la mano y lo prueba; sí, también esta vez falta algo. Mira sin ver la rejilla que hay sobre la encimera, de la que cuelgan sus utensilios de cocina, cubiertos todos por una fina película de grasa. Se seca el sudor de la cara con una punta del sari. Está descalza sobre el suelo de linóleo gris jaspeado y le duelen los pies, hinchados. También la pelvis, por el peso del bebé. Abre un armario cuyas baldas están forradas con papel adhesivo a cuadros amarillos y blancos. Lleva tiempo pensando en cambiarlo. Saca otra cebolla roja y arruga la nariz mientras le quita la capa exterior, crujiente y morada. Un calor desconocido le inunda el abdomen y, a continuación, nota un tirón tan fuerte que se dobla y ahoga un grito. Suelta la cebolla, que cae al suelo con un ruido sordo.

La sensación cesa y da paso a un molesto espasmo, más prolongado esta vez. En el baño descubre que tiene las bragas manchadas de una sangre densa y oscura. Llama a gritos a su marido, Ashoke, doctorando en Ingeniería Electrónica en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, el MIT. Él estudia en el dormitorio, con los codos hincados en una mesilla plegable y sentado al borde de la cama, que consiste en dos colchones individuales juntos cubiertos por un batik rojo y morado. Llama a su marido, sí, pero no por su nombre. Cuando piensa en él, a Ashima nunca le viene a la mente su nombre, aunque sabe perfectamente cómo se llama. Ha adoptado su apellido, pero se niega a decir en voz alta esa palabra; no estaría bien. Eso no lo hace una esposa bengalí. Como los besos o las caricias de las películas indias, el nombre del marido es algo tan íntimo que no se pronuncia, que se oculta sabiamente. Así, en vez de gritar su nombre, formula una pregunta que se ha convertido en su sustituto y que, más o menos, podría traducirse como «¿Me estás escuchando?».

De madrugada, llaman a un taxi que recorre las calles desiertas de Cambridge y sigue por Massachusetts Avenue y Harvard Yard hasta el hospital Mount Auburn. Ashima formaliza el ingreso, responde a preguntas sobre la duración y la frecuencia de las contracciones, mientras Ashoke rellena los impresos. Está sentada en una silla de ruedas y la llevan por unos pasillos muy iluminados hasta un ascensor, que es más espacioso que su cocina. En la planta de maternidad le asignan una cama junto a la ventana en una habitación que queda al fondo del pasillo. Le piden que se quite el sari de seda de Murshidabad y se ponga un camisón de flores. Le da un poco de vergüenza porque descubre que sólo le llega a las rodillas. Una enfermera se ofrece a doblarle el sari, pero los más de cinco metros de tela escurridiza la exasperan y acaba metiéndolo de cualquier modo en la maleta azul pizarra. El tocólogo, el doctor Ashley, delgado y apuesto a la manera de un lord Mountbatten, con el pelo entrecano de las sienes peinado hacia atrás, acude para ver si todo va bien. La cabeza del niño está donde tiene que estar, ha empezado a descender. Le dice que el parto aún está en fase inicial, que sólo ha dilatado tres centímetros. «¿Qué es “dilatar”?», le pregunta, y el doctor Ashley junta dos dedos y a continuación los separa, explicándole esa cosa inconcebible que su cuerpo debe hacer para que el niño pueda pasar. «Es un proceso que lleva cierto tiempo», le explica el doctor Ashley. Como se trata de su primer embarazo, el parto puede prolongarse hasta veinticuatro horas; a veces incluso más. Busca el rostro de Ashoke con la mirada, pero él se ha quedado detrás de la cortina que el doctor ha corrido.

—Vuelvo enseguida —le dice su esposo en bengalí.

—No se preocupe, señor Ganguli —interviene una enfermera—. Todavía le queda mucho, tranquilo. A partir de ahora, nos hacemos cargo nosotros.

Ahora está sola, separada por cortinas de las otras tres mujeres con las que comparte habitación. Por los retazos de conversaciones que oye, sabe que una se llama Beverly y otra, Lois. La tercera, Carol, está a su izquierda. «Joder, esto es horrible», oye que dice una. «Te quiero, cariño», replica la voz de un hombre. Palabras que ella nunca ha oído ni espera oír de labios de su esposo; ellos no son así. Es la primera vez en su vida que duerme sola, rodeada de desconocidas. Hasta ahora siempre ha pasado las noches en la habitación de sus padres o con Ashoke al lado. Ojalá abrieran las cortinas para poder charlar con las mujeres estadounidenses. Tal vez alguna de ellas haya dado a luz antes y le cuente qué le va a pasar. Pero ya se ha percatado de que ellas, a pesar de sus demostraciones públicas de afecto, de sus minifaldas y sus bikinis, de que van por la calle cogidas de la mano de los hombres, de que los abrazan en el parque del Cambridge Common, prefieren su intimidad. Apoya una mano en el tambor terso y enorme en que se le ha convertido el vientre, y se pregunta en qué sitio estarán en ese preciso momento los pies y las manos del niño, que ha dejado de mostrarse intranquilo. En los últimos días, quitando algún cosquilleo ocasional, no ha notado ni patadas ni puñetazos ni presión contra las costillas. Se pregunta si será la única persona india del hospital, pero una ligera sacudida del niño le recuerda que, técnicamente, no está sola. A Ashima le parece raro que su hijo esté a punto de nacer en un lugar al que la mayoría de la gente acude para sufrir o para morir. No hay nada que la consuele, ni en las baldosas color hueso, ni en los plafones del techo del mismo tono, ni en las sábanas blancas bien metidas debajo del colchón. En la India, piensa, las mujeres vuelven a casa de sus padres para dar a luz, se alejan de sus esposos, de su familia política y de las tareas domésticas; cuando llegan los hijos, regresan por un breve tiempo a su infancia.

Siente otra contracción, más violenta que la anterior. Grita y aprieta la cabeza contra la almohada. Los dedos se aferran a los barrotes fríos de la cama. Nadie la oye, ninguna enfermera acude al momento. Le han enseñado a medir la duración de las contracciones, así que consulta el reloj, un regalo de despedida que le hicieron sus padres, que se lo pusieron en la muñeca la última vez que los vio, entre los llantos y la confusión del aeropuerto. Hasta que no estuvo en el avión, volando por primera vez en su vida a bordo de un BOAC VC-10, cuyo ensordecedor ascenso acababan de presenciar veintiséis miembros de su familia desde la terraza del aeropuerto Dum Dum, hasta que no estuvo sobrevolando zonas de la India en las que jamás había estado y luego lugares aún má

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