Once segundos

Carlos Aletto

Fragmento

Once segundos

1

Treinta y cinco años después hoy vuelve a ser 22 de junio de 1986. Maradona ya murió una mañana de primavera que se fue convirtiendo, con el correr de los días, en una fecha sin milagros. A pesar del dolor todavía intenso, que por las noches horada el pecho e invade el territorio de los sueños, me sumo a los Durante para mirar en su casa, en vivo y en directo, el segundo gol a los ingleses.

Pasaron casi nueve minutos de las cuatro de la tarde, hora puntual en la que comenzó en el estadio Azteca el segundo tiempo. “Es lateral para Inglaterra”, dice el relator. El 2 inglés se para erguido. Tiene la pierna derecha flexionada hacia atrás. La puntera del botín está casi clavada en el horario que aparece en el ángulo inferior izquierdo de la pantalla. La figura del jugador —con camiseta blanca, medias y pantaloncitos celestes— inmóvil entre la hora y la raya del lateral parece la de un modelo vivo que va a ser esculpido con los brazos en alto sosteniendo la pelota.

En el preciso momento en que el horario en la pantalla de Canal 8 de Mar del Plata pasa de 16:08 a 16:09 puedo sentir que mi cuerpo se estremece, como si una corriente eléctrica en el aire anunciara un rayo. Los músculos de la espalda se agrupan en los hombros para escuchar el trueno. No cierro los ojos. El tiempo está en suspenso. Faltan un poco más de treinta y cuatro segundos para que Maradona les haga otro gol a los ingleses. Rayo y trueno.

Tiene razón mi amigo Daniel: no puedo vivir sin saber dónde vi el gol. No me puedo resignar a que todo esto no exista. No la jugada de Diego, que de todas formas quedará grabada para siempre en la memoria colectiva. Ni el gol que acaba de sacar de la galera hace un instante: estos cuatro minutos terminarán convirtiendo indefectiblemente a Maradona en un héroe épico. Es verdad, no me puedo permitir que nadie conozca la historia que transcurre en los once segundos finales de la jugada, los hechos que nunca existirán si yo no los escribo. Por eso me sumo a ver el segundo tiempo en la casa de los Durante.

Hace veinte minutos, en el entretiempo, pensé en voz alta, delante de Daniel, que ya no quiero ser escritor:

—La cheta de Buenos Aires te dejó medio estúpido —me dijo mientras cruzaba el alambrado, encorvado, con la mitad del cuerpo en su terreno y la otra en el de mi casa. Yo le sostenía dos alambres: uno con el pie para abajo, el otro con la mano para arriba—. ¿Y quién va a contar nuestra historia? —me preguntó.

Recién ahí noté que había pensado en voz alta. Era verdad que María Laura, “la cheta de Buenos Aires”, como él la llamaba, me había dejado obnubilado (digo solo “obnubilado” para ser indulgente con el muchacho que fui), pero de ninguna manera le iba a confesar a Daniel que estaba hablando solo. Yo había dejado caer la idea sin ninguna convicción y se lo expliqué:

—Es una forma de decir, Dani. Como cuando vos gritás “me quiero matar” porque se te embarró un zapato.

Daniel se detuvo. Creí que iba a hablar. Me miró. No dijo nada.

“Alguien tiene que escribir la historia de los que no escriben”, pensé de inmediato, arrepentido, hace menos de veinte minutos. Esa es “nuestra historia” para mí. En ese momento él, ya en su terreno, me sostenía los alambres. Me desenganchó el pulóver para que terminara de pasar. En la casa de los Durante, en el preciso momento en que empieza la histórica jugada, todavía siento el pinchazo de la púa en la espalda. Duele.

En el transcurso de las décadas que llevo escribiendo, muchas veces me debatí entre si debía o no abandonar la figura de escritor y solo dedicarme a escribir. Esa tarde no era tan sofisticado mi pensamiento, seguramente me sentía desilusionado por el esfuerzo que me llevaba avanzar con una novela sobre María Laura o estaba enredado en el final de un cuento.

La pregunta de Daniel, “¿Y quién va a contar nuestra historia?”, quedó parpadeando como una lucecita de alarma en alguna parte de mi cerebro. Seguramente él se refería a escribir la historia de dos chicos de barrio que prometen encontrarse cuando sean grandes y uno de los dos se haya hecho millonario. Para él, esa sería “nuestra historia”. Daniel pensaba que yo ganaría mucho dinero siendo escritor. Por lo que voy viendo, sospecho que no será así. Me consuela imaginar que puedo dejar en la superficie de las páginas que escribo la historia de mi familia que, como todas, se terminará enterrando bajo el peso de las nuevas generaciones.

Por todas estas razones, y algunas otras íntimas, comienzo a contar esta historia.

Con Daniel y su hermano Mario solíamos pasar algunas tardes en el basural de Venturino. Era un predio de varias hectáreas que estaba cruzando el club Urquiza, mucho más al fondo de la ciudad que nuestro barrio. Antes de llegar a Batán. Eran unos campos donde los camiones de recolección arrojaban la basura y se formaban paisajes de coloridas montañas rodeadas de una extensa laguna que se creaba en una hondonada, que para ser charco era grande. De alguna forma era nuestro cerro de los colores. No digo de los siete porque mentiría si dijera que alguna vez me puse a contar las capas geológicas de mugre.

En 1979 recién empezaba a acumularse la basura. Alrededor se habían formado unas laderas de desperdicios que nos disputábamos los pibes. Íbamos con el entusiasmo y la esperanza con la que soñábamos visitar una juguetería. A los olores del lugar te acostumbrabas y terminaba siendo atractivo. Daniel decía que así como el blanco era la suma de todos los colores el olor del basural era la suma de todos los olores. Que por eso no era desagradable.

—Decir que el basural tiene mal olor es como decir que el blanco es un color feo.

La teoría se le caía a pedazos cuando encontrabas dentro de las bolsas gatos o pájaros muertos, o cuando arrojaban en el campo cadáveres de perros, caballos y hasta de vacas. Los hedores en el basurero se alteraban, se hacían insoportables.

Recuerdo que Daniel —por supuesto, sin haber leído nada sobre el tema—, cuando nos paramos frente a una vaca con la panza estallada de gusanos a la que le sobrevolaban moscardones, moscas y otros insectos, me habló de lo que más tarde leería en las Geórgicas de Virgilio. Me explicó cómo del cadáver de una vaca nacen espontáneamente todo tipo de insectos voladores y que en el campo se aprovechaban para crear enjambres de abejas. El titular de la cátedra de Latín, Armando Pérez González, quien años más tarde sería mi amigo, explicaba que esa creencia se llamaba “bugonia”. “Del griego βóς, buey, y γονíα, creación”, especificaba, mientras yo recordaba ensimismado a mi amigo de la infancia en los campos de Venturino, dándome esa misma explicación sin tantos nombres ni etimologías. La facultad me ayudó a ordenar los saberes que había ido aprendiendo y a poner un orden al desorden de las lecturas. Fue como acomodar en estantes, con etiquetas y fichas, todos los libros amontonados caóticamente en el suelo de la memoria.

En el basural también encontrá

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