Falsa calma

María Sonia Cristoff

Fragmento

Falsa calma

Aunque mi padre nació en medio de la Patagonia, todos a su alrededor hablaban búlgaro: mi abuelo había logrado evitar el trabajo en el petróleo que esperaba a la mayoría de sus compatriotas emigrantes y se había comprado un reducto próximo al río Chubut, donde estaba asentada la colonia galesa, en el cual, con el pretexto de cultivar, se dedicó a refundar su propia Bulgaria. Con el tiempo logró que estuvieran ahí, como clones perfectos, los animales, los ritmos de la cosecha y de las lluvias, el yogur que hacía mi abuela, las revistas en caracteres cirílicos y los amigos búlgaros que lo visitaban de vez en cuando. Cuando mi padre salía del reducto para jugar al fútbol con los amigos de las chacras vecinas sabía que las reglas eran pegarle bien a la pelota y manejarse en ese otro idioma que hablaban sus amigos rubios: ya de chiquito se las ingeniaba bien con el galés de potrero. Después volvía a su casa, donde se hablaba poco o se hablaba búlgaro. Un día, cuando mis abuelos calcularon que tendría seis años, lo llevaron hasta un pueblito cercano, Gaiman, y lo depositaron en un banco de escuela. Desde allí mi padre se percató, observando bien a su alrededor, de que muchos, casi diría todos, hablaban un tercer idioma. No se parecía en nada a los que él sabía, y se llamaba castellano.

En su obcecación, mi abuelo se había sumado al proyecto de la patria refundada en territorio patagónico que antes habían intentado tantos otros. Desde emprendedores como Antoine de Tounens —que había querido crear el Reino de la Araucanía y Patagonia en la zona cordillerana— o Iuliu Popper —que llegó a acuñar moneda y ley propia en su colonia de Tierra del Fuego— hasta, dicen algunos, los antepasados de los chicos galeses con los que mi padre jugaba al fútbol. Pero la Pequeña Bulgaria de mi abuelo no pudo evitar, como se ve, que se infiltrara en ella el aislamiento, uno de los rasgos más marcadamente patagónicos. Yo de chica, como tantos exploradores europeos en la Patagonia, veía muy bien ese aislamiento: para ellos había significado la posibilidad de extender sus dominios, para mí la de estar en un lugar donde la rutina se subvertía: los horarios, las comidas, los olores eran distintos de los de mi vida cotidiana en una ciudad próxima, y nadie me preguntaba cómo me estaba yendo en la escuela. Fue después, en la adolescencia, que el aislamiento empezó a parecerme, como a los exploradores argentinos del siglo diecinueve, algo negativo. Para ellos había sido la amenaza de lo no dominable, del territorio que se rebelaba a formar parte de una nación incipiente; para mí había empezado a ser lo que me alejaba del país donde ocurrían las cosas, de la gente que quería conocer, de los libros que quería leer. Se trataba de una cualidad que hacía de la Patagonia un espacio trastocado por alguna lógica pesadillesca en el que yo caminaría y caminaría sin dejar de estar siempre en el mismo lugar. Los estrategas argentinos habían fracasado en muchos de los proyectos que pensaron para el Sur, pero habían sido eficaces en propagar esa idea de que la vida argentina pasaba por Buenos Aires. A principios de los ochenta, entonces, me fui.

Volví dos décadas después, cuando ya no pensaba ni como unos ni como otros, y cuando el tiempo me había llevado a concluir que, más allá de mi historia personal, el aislamiento está presente en todo lo que había encontrado escrito acerca de la Patagonia. En todo, insisto, aunque no me parezca este el lugar para entrar en enumeraciones. Volví para escribir una crónica sobre ese rasgo eminentemente patagónico. Quería ver qué formas toma hoy, quería encontrarlo en sus puntos más extremos, por eso empecé a buscar pueblos que por una razón u otra —no solo la de los censos, quiero decir— pudieran ser calificados de fantasma. Los seleccioné meticulosamente primero y después anduve por esos lugares, me fui quedando. Dispuse de infinidad de horas para recorrer pueblos cuyo perímetro se recorre en una sola. Me senté en una esquina a ver los perros pasar. Me entregué por completo a ese estado de sopor que generan el exceso de luz o de viento o de silencio. Hubo días en que me parecía estar en un decorado de ciencia ficción en el que yo era succionada por alguna fuerza poderosa y no del todo definida. Vi cosas, muchas cosas: lo fantasmal no implica el vacío. Sentada ahí, casi sin preguntar ni moverme, sin hacer ningún esfuerzo, me convertí en una especie de pararrayos, de antena receptora. Los cuentos llegaban a mí, la atmósfera actuaba de ventrílocua. De ahí surgió la voz bifronte que cuenta lo que sigue: todo el tiempo traté de mantener el control pero, tengo que reconocerlo, hay momentos en los que esa atmósfera habla a través de mí.

Falsa calma

Uno

La foto debe tener cinco años, no más. Es la que se sacaron los que terminaron la primaria a mediados de los sesenta. Las edades de todos, entonces, en esta foto, rondan entre los cuarenta y los cincuenta. Sobre el costado derecho hay una mujer de pelo corto que tiene un mechón blanco a lo Susan Sontag y que está flanqueada por dos más flacas, más sumisas. Es evidente la centralidad de la Sontag apócrifa: me pregunto si ese liderazgo se habría planteado ya en la adolescencia o si, de pronto, esa noche del reencuentro, las otras dos se vieron atraídas por el magnetismo inesperado, todavía incomprensible, que les generó la que siempre habían compadecido. La mayoría de los que se reencontraron esa noche, me dice la mujer que sacó la foto de una caja de zapatos forrada con tela para mostrármela, habían dejado de verse durante años. Casi todos eran hijos de los trabajadores más afortunados del petróleo y, por ende, en la adolescencia se fueron para otro lado a estudiar o a casarse mejor. Encaramados a una silla hay una hilera de hombres que miran a cámara, todos con vasos en las manos. Los vasos son de plástico. El del medio de la fila, me dice la dueña de la foto, es el que organizó el reencuentro. Como un año los estuvo rastreando, uno por uno. Como un detective, como un vengador. A algunos los localizó afuera: en España, en Alemania, hasta en Estados Unidos. El que organizó todo, Quique, jamás se movió de acá, de Cañadón Seco. Y por eso, quizá, se le ocurrió la idea; veía ahí ese teatro que a veces era el cine y que otras veces no era nada y pensó por qué no usarlo como máquina del tiempo, para una vuelta al pasado. Quique es flaco, y tiene cara de haber atravesado la vida con una pequeña molestia constante que nunca se detuvo a considerar. En la foto sonríe a cámara

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