La música y los pétalos
Martes
Cada vez que bajo escucho la música. No quiero ir, me da miedo. La música es horrible. Gritan mi nombre y yo sé que van a pedirme que baje, y no quiero. Siempre hay cosas que traer de Allá Abajo: cacerolas, el tejolote para moler, el asador pequeño, gasolina blanca, o la olla especial en la que mi mamá prepara el pollo cuando alguien viene a cenar… y siempre he de ser yo quien lo suba. ¿Por qué? A veces mamá manda a mi hermano, pero entonces él me manda a mí, y no puedo negarme porque si no…
Tal vez lo que hace mi hermano no sea peor que la música. Pero no me gusta.
Antes estaba bien ir al sótano, inventarme historias detrás de los marcos de pinturas que ya no están, o el baúl con la ropa fina y vieja de los familiares muertos, que de tan estrecha hasta parece que la usaban cuando ya eran esqueletos. A veces me la ponía y paseaba con ella puesta entre los objetos de Allá Abajo. No había qué temer porque jugaba con la luz prendida a un montón de babosadas, recuerdo que una vez hasta me comí una telaraña para ver a qué sabía (a nada, pero se pega horrible al paladar).
Hasta que comencé a oír la música.
¿Cómo describirla? Ta ta ta… tara tá taratá…
Por algo hubo gente muy lista que inventó un método para escribir cómo suena la música, porque poniéndola así creo que no se entiende. Allá Abajo también están guardados los cuadernos con las lecciones de piano que mi hermano abandonó hace años, pero da lo mismo: no quiero bajar.
Me gustaría describir a qué suena. A veces siento que si alguien más la escuchara me diría: «¡Pobrecita, lo que has de sufrir!».
Entonces ya no me sentiría tan sola.
Lunes
Hoy llegaron nuevos vecinos. Mi mamá cuenta que antes esa casa que está junto a la nuestra era la tabacalera de unos parientes, que ahí despalillaban las hojas y las ponían luego a secar, que siempre olía rico, al puro Negro San Andrés sin quemar que aún se hace aquí en los Tuxtlas. Y que en una época el sótano de su casa y el de la nuestra estuvieron conectados. Quedé con la boca abierta imaginando lo enorme que sería Allá Abajo si los juntásemos. Mamá me acarició el pelo. Me atreví a preguntarle: «¿No oyes a veces una música?». «¿Qué dices?», respondió con una risita que lo dejó todo claro. Si la escuchara me habría dicho: «Sí, y no quisiera que la oyeras tú también».
No tiene ni idea, pobre mamá. Mejor así.
Viernes
Los nuevos vecinos son jóvenes. La esposa es muy linda, morena, de rasgos finitos. ¡La piel que tiene!, igual que la madera pulida. Si te acercas mucho a ella huele delicioso, a cucharón nuevo. Al esposo no lo vi, pero otra vecina comentó que se parece a los curas españoles de los cuadros. Quizá hoy en la tarde lo conozca.
Mi hermano ha estado muy tranquilo, pero parece que la vecina lo alborotó. A ver si no se pone pesado conmigo. No quiero escuchar la música. Todo parece tan normal ahora…
La primera vez que la oí yo iba bajando las escaleras. Me habían pedido que subiera una manta de lana, porque el viento soplaba fuerte y en las noches así llega a refrescar. La melodía se escuchaba hueca, apagada, como a través de una pared. Pensé que a lo mejor en la casa de junto alguien estaría tocando un instrumento, ensayando la misma melodía una y otra vez, una muy corta, insistente. Pero claro, la casa estaba vacía. No hay más que decir, solo el aire soplando dentro de un tubo de metal para repetir esa frase. ¿Qué dirá?
Cuando la oigo, siento la misma tristeza que tuve cuando visitamos el faro del puerto. La sirena me sonó como un aullido, pero mamá dijo que el faro salvaba a los barcos de perderse en la noche del mar. A mí me pareció que el faro gritaba: «Den vuelta atrás, porque aquí está el peligro, aquí no hay nada». A eso suena la música.
Es difícil explicarlo. Quizá el día en que lo logre la deje de escuchar.
Sábado
Mi hermano es un hipócrita. Cuando está mi mamá es una seda el hijo de la fregada. Yo no lo acuso porque aquello le daría un gran disgusto, y con lo mucho que trabaja, y tan sola que está…
Ayer, el idiota andaba merodeando entre la parte trasera de las dos casas, aprovechó que la hierba está muy crecida por las lluvias para esconderse. Lo vi mirar a la vecina, que no hacía gran cosa, nomás acomodar trastes en la cocina y buscar por todos lados un paquetito que luego abrió con desesperación. Y en eso llegó el esposo. Por suerte mi hermano nada más miraba, aunque de todos modos el señor se molestó bastante. «¿Qué quieres?», le dijo, muy brusco. «Nada, oí que andaba un animal por aquí», dijo su voz, que adoré escuchar tan temerosa. El hombre, para mi sorpresa, debió intuirme porque volteó a verme en mi torpe escondite detrás de las cortinas. Mi hermano volteó también, y con solo ver la cara que puso supe cómo me iba a ir después.
El señor llamó a su mujer. El nombre de ella, en sus labios, sonó extraño, grave. Mi hermano dio las buenas noches y entró a la casa veloz entre tallos y mosquitos. «Vamos abajo», me dijo. «No», contesté con un hilito de voz mientras me jalaba el pelo y me conducía a las escaleras detrás de la puerta. Escuché la música otra vez cuando mi hermano apagó la luz Allá Abajo; y él, junto con todos los cachivaches, se convirtió en sombra.
A veces no sé qué es más terrible, si la música o la voz ahogada de mi hermano.
En lo profundo de mi cabeza la melodía retumba acompañada de un gemido hondo, seco, la combinación me sumerge en un sopor denso. Me siento tan pesada que me hundo, siento que me paralizo toda, pero lo más extraño es que no es mi cuerpo el que no puede moverse, soy yo. Y sin embargo, ahí estoy, lo veo todo frente a mí ocurriendo mientras las notas se repiten, mientras cosquillea en mis piernas la sensación terrible de que la caída nunca acabará y eso que siento que soy yo y no mi cuerpo se sumerge en un pozo negro de espesas aguas, la música adueñándose de mis manos, de mi carne… Mi hermano recompone su cara de eterno idiota para subir las escaleras. Y es hasta entonces que yo vuelvo de aquella oscuridad, de aquella muerte.
Antes no era así. Las primeras veces duraba poco.
Pero ahora cada vez es más resistente. Más insatisfecho.
Lunes
Hoy salí a dar una vuelta por el río y encontré a la vecina vagando descalza por la orilla. «Ven —dijo—, ¿me ayudas?». Me paré junto a ella y se agarró de mi brazo. Alzó uno de sus pies chiquitos, chiquitos, y con la otra mano sacó la espina que se le había clavado. Me dio las gracias con una coquetería de la que yo carezco. Se fajó el suéter grande que llevaba, necesario a causa de la extraña bruma que cayó en la región por estos días. Rebuscó en los bolsillos para sacar un cigarro que encendió como las señoras elegantes. Habló de varias cosas, pero no le puse mucha atención hasta que el viento me dio escalofríos y ella tocó mi brazo: «¿Tienes frío? Tengo chocolate en la casa, te invito». Y fui.
Su casa es casi igual a la mía, a pesar de que aún le queda aire de fábrica. La vecina sirvió el chocolate en tazas azules, muy lindas, sosteniéndose con los dedos los rizos apretados lejos de la cara. Me dio un poco de lástima. La sentí sola, sobre todo porque se puso a platicar conmigo como si yo fuera una amiga de su edad. Hasta me preguntó si tenía novio (me puse roja, claro). «Estás muy bonita. Si yo te hiciera un peinado así y así —decía mientras me alzaba el pelo en la coronilla, lo retorcía a los lados, lo sujetaba con horquillas—, te tendríamos que espantar a los pretendientes». De repente puso cara triste, me examinó y con un suspiro dijo: «Pero tienes curiosidad de niña todavía». Si supiera. Yo no sabía si una se podía emborrachar con el chocolate, pero sentía la cara hirviendo y la voz valiente, así que le sorrajé la pregunta: «¿Te gusta tu sótano?». Se echó a reír y contestó: «¿Y a ti, el tuyo?». Ven, me dijo, y la seguí por tercera vez.
Abrimos la puerta que conduce a ese otro Allá Abajo, y se nos vino encima una cara sin color, como la parafina de las velas, los ojos idos, vidriosos. Su marido.
«Vamos a bajar», le avisó. El hombre no contestó. Solo la miraba a ella, embelesado y tullido como un muñeco de cera que hubiese bajado, desorientado, de su pedestal. Luego siguió de largo.
El sótano, a comparación del nuestro, tiene menos objetos expuestos. Hay pilas y pilas de cajas, algunos muebles viejos, otros que pertenecían al negocio del tabaco. Mejor iluminado, eso sí.
«Me dijeron que nuestros sótanos están conectados», hablé, todavía borracha de chocolate.
«Sí. Por ahí se pasaba», señaló con una mano lánguida hacia el muro. «Ahora ya está sellado».
Yo no esperaba esa respuesta. Me acerqué. Entre cajas y huacales vi que en la pared se distinguía el resane de una silueta, la de una portezuela, quizá. Parecía una cicatriz irregular y brillosa que hablaba de alguna herida sufrida por las dos casas. Recargado en el mismo muro había un elegante estuche negro. El estuche de quién sabe qué instrumento musical.
«Era de mi padre», me dijo como si me hubiera leído la mente. «El Negro», dijo pateando las palabras fuera de su boca con amarga burla.
Así empezó, sin más. Me sentí incómoda, pero, de nuevo, pensé en su soledad. Hablar de su familia, una vez casada y lejos de los suyos, era lo más lógico.
«Aquí en la esquina lo tenían. Amarrado. Ya sabes cómo era la gente con sus esclavos».
Abrió el estuche con sus dedos largos y morenos. Había una especie de flauta larga, con muchas llaves y tubitos desarmados a los lados.
«Fagot, se llama. Sabrá dios cómo se arma», dijo entre desdeñosa y sonriente.
Cerró el estuche. Cogió el trapo que tenía atorado en su delantal para limpiar las tapas de las cajas, llenas de polvo.
«Tu familia tenía a mi padre desde que era niño, era su peón. Tú debes saber lo que se dice: que fue mi padre el que le pegó el mal a tu tío, el que estaba loco. Pero no fue así. Todos saben que fue al revés… pero había que echarle la culpa al negro…».
Me miró, angustiada. «Ay, yo creo que no te debo hablar de eso…» y lo tostado de su rostro se tornó color ladrillo.
«Sé la historia, mi mamá la cuenta a cada rato», le dije. Mentira. Mi mamá odia hablar de eso. Odia reconocer que mi hermano es como la familia de mi papá, odia recordar que ellos, tan rubios y tan puros, preferían casarse entre sí, que ella había sido uno de los «frijoles en el arroz» de aquella estirpe francesa. Tanto nos despreciaron por manchar su linaje que a regañadientes nos dejaron vivir en nuestra casa cuando murió mi papá.
«Entonces sabes por qué estoy aquí», dijo. Imagino que mi cara de tonta fue evidente porque dio un suspiro largo, se sentó en un huacal, y sacando el paquetito que el otro día buscaba, siguió contándome la historia.
«Mi padre tomaba esto para estar fuerte y lúcido», lo decía a la vez que me enseñaba el puño de pétalos de colores contenido en el paquetito. «¿Qué es?», pregunté. «Otra clase de tabaco», respondió con un brillo raro en los ojos, como aguantándose la risa. Olía a una mezcla de vainilla y ese olor secreto de los hombres que yo solo he conocido en mi hermano. «Tu tío trabajaba con mi padre, algo de él le gustaba. Lo jalaba para todos lados», comenzó a decir, agarrando un puñito de pétalos, algunos secos, otros blandos. «Era su mano derecha, hasta que mi padre se enamoró de mi madre y nací yo. Pero ya sabes cómo era tu tío, ¿o no te contaron?». No me dio tiempo de responder, y no creo que esperara que yo dijera algo. Entrecerró los ojos como para enfocar la imagen de aquel hombre omnipresente en mi casa, en los objetos de Allá Abajo, en las fotografías empolvadas que mi madre nunca quiere ni tocar. «Era muy necio, agresivo. Aquello que quería, lo conseguía. Pero lo perdía la calentura», aquí la vecina se puso los pétalos en la lengua. «Le echó el ojo a mi mamá. Güero como era —así, igualito que tu hermano—, sentía que no había quién se le resistiera, pero con mi mamá no pudo por las buenas… Entonces envenenó a mi padre con esta cosa», dijo sacudiendo los pétalos, que sonaron vivos como los guijarros arrastrados por la lluvia. «Lo volvió loco. Aullaba. Yo me acuerdo».
Afuera, las cigarras y besuconas eran el único ruido del crepúsculo. Sentía la piel pegajosa y húmeda dentro de aquel lugar en el que se trasminaba la vida de arriba: el vapor del chocolate caliente, el perfume del señor de la casa, el regusto de la cal que blanqueaba las paredes, el aroma dulzón de aquellos pétalos. ¿Dónde, de qué árboles o ramas florecerían?
La mujer masticó dos o tres como si fuera tabaco. Los ojos se le agrandaron, parecían más negros, más brillantes. Me miraba raro, pero no me dio miedo. Yo quería saber.
«Tu tío era el loco de nacimiento. Mi padre, el loco fabricado»; y con esta última frase se echó a reír con aspereza, sus rizos enmarañándose cada vez más. «Por el día trabajaba, y al oscurecer lo encerraban acá, en el sótano. Creían que nos lo llevaríamos lejos si se quedaba con nosotras, en nuestra casita miserable. Ni siquiera podíamos decidir irnos con nuestra tristeza a otra parte. Mi madre se vestía de domingo cada que veníamos al sótano, como si el talco o el carmín le pudiesen devolver la cordura. Pero ni su mujer, ni su hija: era la música lo que le devolvía algo de paz. Tu tío le había regalado su fagot porque él nunca aprendió a tocar bien por vago, por fodongo. Por cochino. Prefería entretenerse con otras cosas, hacerles hijos a sus hermanas o a sus cuñadas, aunque estuvieran casadas. Mi padre aprendió a tocar el fagot mientras caminaba en su encierro, en su reino del sótano. Todo un Yanga mi padre. Tocaba precioso…», la vecina entornó los ojos, iluminados de pronto. A mí todo me parecía brillante, espléndido en aquel momento, no sé si ella se daba cuenta. «Como si nos hablara con la música. Las cosas lindas que no podía decir, las soplaba dentro de las notas inflándolas como globos para que las entendiéramos, para acariciarnos con los brazos de la melodía».
«¿Quieres más?», me ofreció el paquetito, sus pétalos tenues, de colores hermosos. Entonces entendí que le había puesto a mi chocolate aquella cosa. Me reí más de la cuenta. Negué con la cabeza y me dejé llevar por esa blanda sensación. La vecina siguió, sus oscuras pestañas haciéndole sombra en los pómulos. «Mi mamá me traía de visita, también vestida de domingo, peinada con listones. Qué hombre grande y oscuro era mi padre. Sus ojos refulgían en la densidad del sótano, muy blancos, muy abiertos. Me tomaba en brazos y me besaba con tanto cuidado, como si me fuera a romper. A mi madre la adoraba. Le acariciaba las mejillas, la veía largo rato. Y luego se echaba a llorar. Tomaba el fagot y tocaba esas canciones tan bonitas que él mismo componía. Hasta que tu tío… bueno. Después de eso solo tocaba la misma melodía, una y otra vez, una canción incompleta, desafinada, horrible».
La vecina perdió la mirada en la esquina del sótano, como si estuviera mirando una atrocidad. Entonces sentí un vacío en el vientre porque la música, mi música, salió de su boca: «Ta ta ta… tara tá taratá…», después me miró. Sus ojos lucían desesperados. Calló un momento. Luego su rostro delicado se transformó. «Tu tío la desgració, aquí mismo. Mi padre ahí amarrado, mirando. Yo dormía. Sabía que mi madre era brava, que algo haría después de semejante injuria. Por eso la mató». Miró los pétalos con desconcierto, tomó un par. Sus ojos cambiaron otra vez, profundos y compasivos como los de un ciervo. «Ay, linda, qué porquería de mundo», dijo con la voz entrecortada.
Martes
«No me gusta que andes fisgoneando con la vecina. Su marido es muy payaso», me dijo mamá hoy. «¿Sabes que somos casi como de la familia?», le contesté con sorna, nunca le había hablado así. Pensé que se enojaría, pero en lugar de eso parecía sorprendida. «Eso supuse», respondió. Lo que confirma que mi madre lo sabe todo. ¿Sabrá también de mi hermano, de mí…?
De todos modos, somos tan miserables que mi desgracia no tiene de dónde heredar una casa que pague las culpas del hijo demente.
Miércoles
He preguntado a las otras vecinas qué saben de la muerte de mi tío. «Murió de lo suyo», me dijeron. Dicen también que lo trataron de espanto, pero no surtió efecto. Otros piensan que lo embrujaron, otros, que murió cundido de rabia. Lo que todas cuentan es que el ataúd estaba vacío, quién sabe por qué. A nadie le pareció raro porque la familia así era con sus cosas: extraña, desapegada. Indiferente. Así serán los locos.
No hizo falta que yo preguntara por «El Negro». En cuanto comenzaron a cuchichear sobre mi nueva amiga, salieron las teorías de sus lenguas largas: que mató a un niño, que huyó por la tarde sobre un caballo color nube, las enormes manos batidas en sangre manchando su crin.
Las otras mujeres de nuestra calle tratan bien a la vecina cuando se encuentran de frente, pero a sus espaldas hablan de su descaro, de que se le transparenta la falda, de que no usa sostén. De que su marido debe andar entoloachado para no darse cuenta de lo que tiene en casa.
Ella me saluda normalmente, haciendo de cuenta que no me contó nada. No he vuelto a escuchar la música. Mi hermano anda entretenido por otros lares, y yo, feliz, ayudo a mi mamá a lavar el cerro de ropa que tiene pendiente, imaginando que estamos solas ella y yo, que nos bastamos para este mundo.
Jueves
Vi desde las cortinas lo que ocurrió.
Mi hermano habló con la vecina. Llevaba unos discos, se los puso. Ella le dio tantita coba, pero después ya estaba muy incómoda. No se sentó con él ni un momento. No es la mujer que las otras aseguran. Creo que ninguna mujer es esa que las vecinas describen y a la que tanto les gusta insultar. Luego mi hermano comenzó a acercarse mucho. Entonces ella abrió la puerta de atrás para que saliera. Él comenzó a reclamarle con palabras y gestos soeces. La vecina hacía pucheros, ponía la misma cara que ponen las niñas a punto de llorar, pero no le regresó las majaderías. Quise salirme, ir adonde estaba mamá, seguramente en alguna de las casas adonde iba a planchar. Pero cuando abrí la puerta de casa, entre la bruma extraña, caliente que hacía, él me salió al paso. «Vamos abajo», me dijo con la voz llena de aquel olor.
Mientras descendíamos, mi hermano gritaba cosas terribles acerca de cómo las mujeres nomás viven
