El piso mil 1 - El piso mil

Katharine McGee

Fragmento

AVERY

AVERY

Dos meses antes

Esta noche me lo he pasado genial —dijo Zay Wagner mientras acompañaba a Avery Fuller hasta la puerta del ático de su familia. Volvían de visitar el Acuario de Nueva York, situado en la planta 830, donde habían bailado a la luz del delicado resplandor de los tanques de peces, rodeados de caras conocidas. No es que a Avery le interesara demasiado el acuario, pero, como decía siempre su amiga Eris, una fiesta era una fiesta, ¿verdad?

Yo también. —Avery acercó la cabeza, de larga y reluciente melena rubia, al escáner de retina. Cuando la puerta se hubo abierto, miró a Zay con una sonrisa en los labios—. Buenas noches.

Zay le cogió la mano.

Estaba pensando que a lo mejor podría entrar, no sé. Como tus padres no están y eso...

Lo siento —musitó Avery, disimulando su irritación con un bostezo fingido. Debería haberlo visto venir, puesto que Zay se había pasado toda la noche aprovechando la menor excusa para tocarla—.

Estoy agotada.

—Avery. —Zay le soltó la mano, retrocedió un poco y se pasó los dedos por el pelo—. Llevamos semanas así. ¿Es que no te gusto, ni siquiera un poquito?

Avery abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada. No sabía qué responder.

Durante un instante, una sombra (¿de fastidio?, ¿de confusión?) cruzó el rostro de Zay.

—Ya veo. Hasta luego. —El muchacho regresó al ascensor, y una vez allí se giró para observarla una vez más, de arriba abajo—. Estabas muy guapa esta noche, de verdad —añadió.

Las puertas se cerraron con un clic. Avery exhaló un suspiro y se adentró en el imponente recibidor de su apartamento. Cuando la Torre se encontraba aún en fase de construcción, antes de que ella naciera, sus padres habían pujado sin reparar en gastos por conseguir aquel espacio: la última planta al completo, la única de todo el complejo que poseía un vestíbulo de dos plantas. Qué orgullosos estaban de aquel recibidor. Avery, por el contrario, lo aborrecía: desde el sonido hueco del eco de sus pasos, hasta los relucientes espejos que ocupaban todas las superficies. No podía mirar a ninguna parte sin ver su reflejo.

Se quitó los zapatos de tacón de dos puntapiés, los dejó en medio del pasillo y, descalza, se encaminó a su habitación. Ya los recogería alguien por la mañana; alguno de los bots, o Sarah, si llegaba puntual, para variar.

Pobre Zay. Lo cierto era que a Avery le caía bien: era gracioso y tenía un carácter chispeante y jovial que la hacía reír. Solo que, cuando se besaban, ella no sentía nada.

Por desgracia, el único chico al que Avery deseaba besar era, justamente, el único del que jamás recibiría un beso.

Una vez en su cuarto, oyó que el ordenador cobraba vida con un suave zumbido para escanear sus constantes vitales y reajustar la temperatura en consonancia. Un vaso de agua con hielo apareció en la mesa que se encontraba junto a su cama con dosel de época; probablemente, la causa era el champán que aún le daba vueltas en el estómago vacío, algo sobre lo que Avery ni se molestó en preguntar. Había desactivado la función de voz del ordenador después de que Atlas, que lo había programado con aquel acento británico y le había puesto el nombre de Jenkins, abandonara la ciudad. Le deprimía demasiado hablar con Jenkins sin que él estuviera presente.

«Estabas muy guapa esta noche, de verdad». Las palabras de Zay resonaron en su cabeza. Solo intentaba halagarla con un piropo, claro; cómo iba a saber él lo mucho que detestaba Avery aquella palabra. Llevaban toda la vida diciéndole lo guapa que era: sus profesores, los chicos, sus padres... A esas alturas, la frase había perdido todo su significado. Atlas, su hermano adoptivo, era el único que sabía que no era buena idea hacerle cumplidos.

Los Fuller habían invertido muchos años y grandes sumas de dinero en concebir a Avery. Ignoraba con exactitud cuánto les habría costado engendrarla, aunque su valor debía de estar solo ligeramente por debajo del de su apartamento. Sus padres, ambos de mediana estatura, apariencia normal y corriente, y pelo castaño cada vez más escaso, habían costeado el viaje en avión desde Suiza del investigador más prestigioso del mundo, para que les ayudara a analizar su material genético. En alguna parte, entre los millones de posibles combinaciones de su más que ordinario ADN, encontraron la única de la que habría de surgir Avery.

En ocasiones se preguntaba cómo habría salido si sus padres la hubieran concebido de forma natural, o si se hubieran limitado a hacerse pruebas para descartar enfermedades, como hacían casi todos los ocupantes de las plantas superiores. ¿Habría heredado los hombros huesudos de su madre o los grandes dientes de su padre? Como si eso tuviese ahora la menor importancia. Pierson y Elizabeth Fuller habían pagado por esta hija, con el cabello dorado como la miel, unas piernas largas y unos ojos de un azul intenso; una hija con el intelecto de su padre y el agudo ingenio de su madre. Su único defecto era su cabezonería, bromeaba siempre Atlas.

Avery hubiera deseado que eso fuera lo único malo en ella.

Se sacudió el pelo, se lo recogió en un moño desenfadado y, con paso decidido, se dirigió a la cocina. Una vez allí, abrió la puerta de la despensa y buscó la manija oculta del panel de control. La había descubierto por casualidad hacía años, jugando al escondite con Atlas. Ni siquiera estaba segura de que sus padres conociesen su existencia; como si alguna vez pusieran los pies allí.

Cuando Avery empujó el panel metálico hacia dentro, del techo de la estrecha despensa se descolgó una escalera. Utilizó ambas manos para recoger los pliegues de su vestido de seda de color marfil, se encogió para introducirse en el reducido espacio y empezó a subir, contando los peldaños en italiano, por instinto: uno, due, tre. Se preguntó si Atlas habría pasado una temporada en Italia este año, si habría llegado siquiera a visitar Europa.

Mantuvo el equilibrio en el último escalón, se estiró para abrir la trampilla y, extremando las precauciones, salió a la oscuridad azotada por el viento.

Por debajo del rugido atronador del viento, Avery oyó el ronroneo de las distintas máquinas instaladas en la azotea, protegidas bajo cajas impermeables o paneles fotovoltaicos. Notaba en los pies descalzos el frío de las planchas metálicas de la plataforma. Los soportes de acero que se elevaban en forma de arco desde cada una de las cuatro esquinas se cruzaban sobre su cabeza para formar la icónica aguja de la Torre.

El cielo estaba despejado, sin nubes en el aire que le humedecieran las pestañas ni le perlaran la piel con gotitas de condensación. Las estrellas rutilaban como esquirlas de cristal sobre la oscura inmensidad del firmamento nocturno. Si alguien se enterase de que Avery estaba allí arriba, la castigarían de por vida. A partir de la planta 150, el acceso al exterior quedaba prohibido; por encima de

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