Más allá del mar

Diana Arias

Fragmento

Capítulo 1

CAPÍTULO 1

Almas gemelas que en el triste suelo

de un pensamiento viven;

[…] y acaso pasarán cuando aquí mueran

a amarse en otra esfera.

“Almas gemelas”, EMILIA PARDO BAZÁN

Océano Atlántico, 9 de noviembre de 1906

Las luces danzaban en las bombillas, derramándose sobre los manteles de raso blanco. Los acordes de un arpa rasgaron el aire y Lola reconoció la melodía de inmediato. Oculta entre las cortinas pesadas de terciopelo, sintió que la música la envolvía. Apenas la distrajo el vaivén que la arrullaba cada noche. No quería perderse ningún detalle del espectáculo que se desplegaba en el interior lujoso del barco. Los aplausos coronaron la presentación y dos mozos vestidos de etiqueta ingresaron al salón alfombrado, cargando un gran pastel con quince velas rosadas. Lola sintió que sus mejillas se encendían. Una leve presión en la nariz anticipó el llanto y se llevó las manos a la cara. Sintió vergüenza, el murmullo de saludos crecía y la aturdía. Le dolieron los lagrimales reticentes, hasta que reconoció el alivio de la sal en sus labios. Sostuvo con fuerzas el mantón de lana y corrió hacia una de las puertas, rumbo a la cubierta exterior. Con pasos inseguros halló la salida. Adentro, las damas refinadas y los caballeros de frac seguían cantando. Nadie había detenido el festejo tras la huida. Nadie la había reclamado, ni se había molestado con su repentina ausencia porque nadie sabía que ella, como un polizón, espiaba una fiesta que le era ajena. Un cumpleaños feliz al que no estaba invitada.

El frío de la noche fue un duro contraste para la piel, unos mechones se escaparon y el moño de encaje cayó al piso de madera. Inclinada sobre la baranda, Lola miró el océano. La luna espejaba su luz sobre la superficie mientras las olas mecían el transatlántico. Se quedó apoyada sobre los barrotes hasta que no aguantó más, las manos anestesiadas.

Con cuidado para no perder el equilibrio, caminó hacia el camarote de tercera clase. Los intrincados pasillos del barco estaban apenas alumbrados y le costó encontrar la habitación que compartía con tres jóvenes más que habían sido arrancadas de sus familias para probar suerte en una tierra que, les habían dicho, estaba llena de oportunidades.

Se quitó el vestido y se metió en la cama. Cuando logró entibiarse los pies, acurrucada con el mantón como único consuelo, su mente voló a la imagen de la bella cumpleañera que en la sala principal del barco todavía estaría bailando al compás de la música. Cerró los ojos con fuerza. Estaba en medio de un océano de incertidumbres, viajando sola hacia la Argentina. En el muelle de La Marina habían quedado sus padres y siete hermanos que días atrás la habían despedido.

Con el rosario perfumado entre los dedos, inspiró con suavidad. El aroma a flores secas la apenó y cayó en la cuenta de que aquel día a bordo nadie, ni un alma, le había dirigido la palabra. Lola había transcurrido todo un día sin hablar, ni un sí, ni un no; ni un gracias. Pensó que podía quedarse sin voz y nadie lo notaría. Hizo un esfuerzo por decir algo. Sus compañeras de camarote dormían profundamente, no pretendía despertarlas, pero, aun así, Lola insistió. La garganta le dolía y estaba como sellada. Entonces recordó las melodías que su mamá le cantaba. Canciones de amor que sabía de memoria y que afloraron en forma de suspiros. Palabra tras palabra inundaron el aire como mariposas tímidas. Entonó con suavidad las zarzuelas que la trasportaron a su hogar, imaginó a su madre revolviendo una gran olla de sopa aguada, las caras de sus hermanos más pequeños mirando la única ración de comida del día, y a sus hermanos más grandes, con los rostros cansados de trabajar. Esa noche en el vapor Reina María Cristina la soledad se volvió monstruosa. La canción llegó a su fin, los hermanitos se esfumaron de la mente y con una voz dulce se dijo en un susurro: feliz cumpleaños, Lola.

Aquel 9 de noviembre de 1906, Dolores Núñez Rivas cumplía quince años. A partir de ese día ya era una señorita, una belle dame, como le decía su madre mientras la peinaba en la casa de Carral. Lola había esperado con ilusión ese día, soñaba con ser independiente. Se imaginaba trabajando en una tienda de modas, de esas que había en el pueblo, y hasta llegó a soñar con Madrid. Pero, en los últimos años, las malas cosechas habían quebrado la economía familiar y las caras serias de sus padres mes a mes se volvían más duras. Los hijos mayores abandonaron la escuela para trabajar con su padre en el campo. Lola, por ser la hija mujer con más edad, empezó a ayudar a su madre lavando ropa y cocinando. Ya no la llamaba belle dame, ya no la peinaba y apenas si le hablaba. María había envejecido con las manos llagadas de fregar y la frente arrugada por no encontrar respuestas.

El día que su padre llegó con el boleto hacia América, la esperanza volvió a instalarse en la mesa de los Núñez Rivas. Lola viajaba con la responsabilidad de progresar y, en cuanto pudiera, recibir a sus hermanos antes de que una guerra, la peste o el hambre los mataran. Su historia se repetía hasta el hartazgo en ese barco. Ella era un alma más y no quería sentir pena de sí misma. Quería convencerse, fabricar con palabras la realidad que el corazón necesitaba creer. Lola se incorporó en la cama y, estirándose, tomó el cuaderno de anotaciones y un lápiz nuevo. Con caligrafía redonda y elegante, escribió:

Mis queridos padres y hermanos:

Hoy es mi cumpleaños. Voy a contarles todo porque quiero que conozcan cada detalle de esta nueva vida que todos han procurado para mí, y de la que espero, algún día, estén orgullosos. Los días pasan con rapidez en este barco que lleva familias ricas, algunos excursionistas y más aventureros como yo, que nos lanzamos al mar sin más capital que nuestras ganas de progresar. El embarque, como lo han visto con sus propios ojos, fue laborioso para los pasajeros que no teníamos literas asignadas en el boleto. Por fortuna, una joven grata y atenta me acompañó hasta los camarotes, donde dos oficiales me dieron un número, el ciento ochenta y siete, y así encontré mi cama. La valija con todas mis cosas cabe en el pasillo y además me sirve como mesa de noche. No tenemos luz durante el día porque no hay ventanas, y las tres señoritas con las que comparto el camarote nos conformamos con una bombilla incandescente que se mece al compás de las grandes olas de mar. Nunca volví a ver a la joven que me ayudó el primer día. Pero sentí ansias de imitarla. ¡Qué linda sonrisa tenía cuando le agradecí! Pienso con firmeza que es una buena manera de hacerme de amigos nuevos, estando atenta a las necesidades de los demás. Así, siento que estoy más cerca de ustedes. Ahora, hermanitos míos, tengan prestos los oídos: Ubaldo, Laureano y Antonio, aprendan de esto que digo, ayuden en las labores sin quejarse. Mi dulce Juan, sé guardián de la cocina y cuida las gallinas, que sabemos lo peligrosos que son los perros hambrientos. Maruja mía, no pasa un día en que no te recuerde. Tus moños y cintas le dan color a mi cabello, que el viento se empecina en revolotear. Y a los pequeños Manuela y Manuel, les ruego, enséñenles a cantar, que la música es siempre buena compañera.

Cuídense mucho. Con todo mi amor, Lola

Por la mañana, la flamante quinceañera despertó con la hoja estrujada contra el pecho y los ojos hinchados. Sus compañeras estaban alistándose para el desayuno, que se servía en una de las grandes bodegas de carga, improvisadas como salones de estar. Lola guardó la carta. No iba a enviarla, no podía gastar el dineral que significaba enviar una nota desde altamar. Tal vez, cuando llegara a Buenos Aires y consiguiera el primer trabajo, podría invertir en la correspondencia con España. Por ahora, las notas formarían parte de un diario de viaje. A veces escribía cartas, describiendo los paisajes marítimos, o hacía listas de cosas que le gustaría comer. Otras, contaba anécdotas de la travesía.

Océano Atlántico, 11 de noviembre de 1906

Hoy he presenciado un triste espectáculo. Una mujer, vestida de negro, llevaba a su pequeño hijo en brazos. Otras personas, tal vez familiares, la acompañaron a una prudente distancia. La madre gritaba pidiendo ayuda, entre llanto y palabras que no podría repetir en estas páginas. Los que viajamos en tercera clase apenas tenemos posibilidad de acudir a un doctor si nos sentimos mal, y la mujer necesitaba uno para el bebé. El niño apenas respiraba, y el doctor que a regañadientes se acercó lo hizo con cierta altanería. Cuando le sugirió que no había nada que él pudiera hacer para salvarlo, la mujer le reclamó las medicinas que recibían otros niños. Pero el hombre se negó, diciendo que sería en vano gastar esos valiosos remedios en un caso perdido. Y así, como un rayo impacta furioso en el mar, la mujer levantó la mano y le propinó un bofetón que resonó en el aire. Avergonzado, el doctor sacó del maletín unos frasquitos amarillos que entregó a la madre. Algunos aplaudieron, otros lanzaron improperios, pero sentí que se hizo justicia y eso me alegró el día. Ayer volví a ver a la mujer, con su hijito en brazos, ella sonreía y el pequeño dormía como un angelito. ¡Qué valiente esa madre!

Fue el comentario durante días, y sacó de la rutina a los pasajeros. En el barco, cada día era igual al siguiente, necesariamente idénticos para mantener el orden. Otra realidad era la que vivían los señores que viajaban arriba, en la primera clase, y que contaban con entretenimientos para combatir el hastío. Para Lola, al igual que los demás pasajeros comunes, todo estaba calculado meticulosamente. El desayuno consistía en té con azúcar y unos panes cortados en pequeñas raciones que repartían los encargados de la cocina. Las comidas se hacían por tandas y los lugares eran al azar, por lo que Lola, sin compañía, no tardaba en hallar un hueco donde sentarse y comer. Al principio, las conversaciones eran animadas y un alboroto general dominaba el ambiente, pero con el correr de los días la algarabía mermó hasta convertirse en un murmullo. Habían transcurrido solo diez días de navegación.

El cielo límpido auguraba una hermosa jornada. Lola terminó el desayuno y salió a la cubierta. El entusiasmo la invadió cuando divisó a los músicos que habían tocado en el gran salón y se acercó. Los trajes modestos indicaban que eran pasajeros de segunda o tercera clase, pero afortunados, porque su arte les había permitido pasar una noche en los fastuosos salones del transatlántico, prohibidos para ella.

—Buenos días, señores —les dijo con la voz clara. Los tres músicos, sorprendidos por la espontaneidad de Lola, respondieron al saludo con un gesto cortés.

—Los he escuchado en la fiesta de cumpleaños, vuestra interpretación de Jules Massenet ha sido, en verdad, sublime. Los acordes han sonado con una belleza que hizo vibrar mi alma.

Ante el halago, uno de ellos sonrió y la invitó a unirse al grupo. Lola les contó que se había escabullido para oírlos y ellos, a su vez, le confiaron que, excepto la buena comida, lo demás había sido aburrido y muy estirado. Los músicos también habían salido de España, pero iban rumbo a Uruguay, a la ciudad de Montevideo, a una gran escuela musical que prometía un buen porvenir. Lola escuchaba con asombro los planes de los artistas que se lanzaban a su propia aventura.

Desde ese día, se deleitaba con sus ensayos al aire libre, y cuando el clima se volvía hostil, en el interior de las bodegas. Los pasajeros se detenían a oír las melodías, pero muchos, aburridos de que solo interpretaran música clásica, buscaban otros entretenimientos más populares, como los bailes al compás de la gaita o las partidas de naipes. Quince días más tarde arribaron a Uruguay. Lola pensó que si alguno de sus hermanos venía pronto, sabiendo cuánto amaban la música, podría hablarles de esos violinistas y hasta buscarlos para que siguieran sus pasos. Los despidió desde lo alto de la cubierta, mientras el barco se alejaba. La última noche a bordo se acercaba, eterna.

*

Se despertó al alba, sobresaltada. El revuelo que hacían sus compañeras, el frenesí con que buscaban las maletas y guardaban en ellas las pertenencias, la inquietó. Le costó despabilar, entender que al fin estaban por llegar al puerto de Buenos Aires. Entusiasmada, comenzó a doblar prolijamente la ropa. Sus manos tenían una gracia especial en las que el blanco nacarado de la piel relucía. Los dedos largos y esbeltos, sin anillos, culminaban en las uñas redondas y limpias que parecían diez perlas bailarinas. Todo lo que tenía en el mundo estaba en esa valija de cartón; unos meses antes de la partida había comenzado la confección de las prendas que llevaría a América: tres polleras largas de colores oscuros y dos delantales negros para que no se mancharan, además de dos blusas a las que les cosió pasacintas y algunos moños. Junto con su madre prepararon la ropa interior, bombachas largas y una enagua, más dos corpiños ajustados que ayudaban a definir la figura. En ese momento Lola no fue consciente del cambio de rumbo de su vida. Antes de cerrarla, guardó el cuaderno de notas y los lápices, además del libro que su hermana Maruja le había regalado: Cuentos de amor, de Emilia Pardo Bazán. Sabía leer, pero en verdad prefería escuchar a Maruja hacerlo en voz alta, con esa voz melodiosa que entonaba con naturalidad. Otra vez, Lola, estás en las nubes. Se reprendió, guardó el libro y trabó el cierre de metal.

Fue la última de las cuatro pasajeras en dejar el camarote. A medida que se acercaba a la cubierta, el aire del Río de la Plata la inundó con su intensidad. El sol brillaba con desesperación en los rostros cansados de quienes llegaban al fin de la travesía. Lola sintió que le quemaba la piel cuando miró hacia el horizonte y divisó la estructura del puerto. La urgencia que imperaba en los viajeros la contagió de pronto. Sintió un leve mareo. Lola, no temas, susurró. Apretó entre sus manos el rosario que su madre le había regalado el día de su primera comunión y apenas se consoló. Ni siquiera el Cristo de plata le dio alivio. Lola era invisible dentro de esa marea humana.

Los guardiamarinas sostenían carteles con órdenes precisas, mientras intentaban controlar a los viajeros. Las escaleras estaban abarrotadas de pasajeros deseosos de alcanzar el sector de desembarque y la lentitud del descenso se volvió agonizante. Cuando dos horas más tarde pudo por fin acercarse a la baranda, Lola comprendió por qué el retraso era tan grande: las familias de primera clase se despedían del buque Reina María Cristina con glamour, cruzando a través de escalinatas hacia el puerto, por caminitos decorados con banderines y con una banda de músicos que amenizaba el arribo de aquellos señores a la Argentina.

El espectáculo la distrajo y se sintió mejor. Amaba la música, siempre la alegraba, aunque, al igual que el día de su cumpleaños, no fuera ella la destinataria. La música es sinónimo de libertad, pensó, con la certeza de las ideas bien concebidas. Más tarde lo anotaré en el cuaderno. Una brisa de optimismo la rozó al ver a la joven que días atrás había cumplido quince años a bordo, igual que ella. El vestido de organza verde brillaba con sutileza y el lazo que formaba un moño en la cintura bailaba al compás del viento sur. Lola no aguantó. Buscó un rincón despejado de la cubierta, se sentó en el piso y abrió el cierre metálico de la maleta. Sacó el cuaderno, con la intención de registrar esas ideas. Sintió la urgencia de escribir y bajo el cielo de ese nuevo país que la recibía, anotó:

Puerto de Buenos Aires, 25 de noviembre de 1906

Querida Maruja: hermana mía, te escribo a ti porque sé que vas a comprenderme. Apenas puedo contener las ganas de poner mis pies sobre la tierra. Pero tengo que armarme de paciencia y esperar mi turno. Aquí, como en otras partes del mundo, hay personas que parecen valer más que otras, como las que acabo de ver. Te hubiera encantado el vestido de una señorita muy primorosa que viajaba en este mismo barco. Ella sí es una belle dame, como diría nuestra madre. Mientras esas gentes ricas llegan con finos trajes y son recibidos como reyes, figúrate lo que pensé: que hay cosas que el dinero no puede comprar. Por ejemplo, la música, porque mientras la música suena en el aire no tiene dueño y es un regalo universal, que nadie puede poseer. ¿Ves Maruja mía? Hay que reconocer lo que tenemos en este mundo y este viaje llega a su fin, ha sido largo y me sirvió para pensar. A veces se me ocurren estos pensamientos y me llenan de una extraña felicidad. La emoción que siento por llegar a Buenos Aires compensa mi soledad de tantos días. La ciudad, desde aquí, se ve inmensa y bulliciosa, diferente a todo lo que he conocido antes. Alcanzo a ver que el puerto está lleno de edificios que distingo, son más altos de lo que jamás imaginé, de un color rojizo que me recuerda a las granadas. Ya debo regresar, Maruja mía, te mando todo mi amor.

Lola

Los pasajeros de tercera clase, seis horas después de atracar en la dársena 3 del puerto, tuvieron permiso de desembarcar. Lola sostuvo con fuerza el equipaje y, con gratitud, pisó por última vez las maderas lustrosas de la cubierta. Cruzó el puente colgante que separaba la embarcación del muelle de madera y hormigón de la Dársena Norte diseñado en forma de cuentas de un rosario por el ingeniero Eduardo Madero. A través de las tablas, miró el agua de un color amarronado que le llamó la atención. Sus pies tocaron el suelo argentino y los primeros pasos le dieron la seguridad que necesitaba. Vio carros que transportaban sacos de cereal con caballos cansados. Con su mano de nácar se arregló el pelo y sonrió, siempre se sentía mejor cuando sonreía.

Las filas de recién llegados eran interminables. Mujeres y niños, por un lado, los hombres por otro. Todos listos para presentar documentos. ¿Tenían familiares que vendrían a buscarlos? ¿Sabían algún oficio o tenían algún contacto para trabajar? ¿Estaban en buenas condiciones de salud? Todas esas preguntas resonaron con fuerza en la mente de la quinceañera. Temía que las palabras afectaran su condición de inmigrante, y por eso cuando fue su turno eligió con cuidado las respuestas. Ya no pensó adónde iban las familias ricas, ni qué tratos especiales recibían de los funcionarios argentinos, no podía permitirse una distracción cuando estaba a punto de definirse su futuro.

—Nombre y apellido —dijo un hombre con voz aflautada. Lola sonrió, pensó que el primer argentino en hablarle parecía una persona amable.

—Dolores Núñez Rivas —respondió con orgullo.

Le encantaba su nombre, que lejos del significado sufriente se transformaba rápidamente en Lola, como le gustaba que la llamaran. En el libro de ingreso de inmigrantes, quedó asentado que tenía quince años, que viajaba sola y que venía desde Carral, en La Coruña, provincia de Galicia. Para la columna de ocupaciones, Lola dijo: ninguna. Era un lienzo en blanco. Tenía por delante la inmensa oportunidad de ser quien ella quisiera. Y Lola quería ser modista, vendedora, institutriz. O dueña. Nada más pensarlo se emocionó e imaginó que si quería tener un negocio propio, debía averiguar qué posibilidades tenía una joven española cuyo capital era ella misma y sus ganas de progresar.

—Eh, tú. ¿Eres la joven Núñez? —Oyó una voz pastosa que la sorprendió. Miró al hombre que, al acercarse demasiado, le provocó un escalofrío. Ante el silencio de Lola, los ojos del desconocido se volvieron duros—. Veo que sí, y mejor si no hablas. Tu padre me mandó a decir que venías en este barco, que te vengas conmigo. Nos vamos, sígueme.

Lola miró con desesperación a su alrededor, como pidiendo ayuda, pero se dio cuenta de que nadie se había percatado de aquel ingrato intercambio. Vio a personas abrazadas llorando, otras gritaban nombres al aire, esperando una respuesta. Otros caminaban con la vista perdida. En ese instante, Lola sintió miedo. Ese hombre la obligaba a ir tras él. Tomó su maleta y entre el gentío se abrió camino para no perderlo de vista. Todo su ser le decía que se detuviera, mientras lo seguía observando el saco raído y el cabello sucio bajo un sombrero de fieltro.

Cuando salieron de la zona del puerto, las calles de la ciudad se abrieron ante sus ojos. Caminó con el hombre sin descanso hasta una calle de adoquines filosos, y entraron en una casa enorme y destartalada con patio a cielo abierto, compartido por varias familias. El hombre abrió una puerta que chirrió. Lola entró. Alcanzó a contar seis niños mocosos y harapientos, alrededor de una mujer que alguna vez debió haber sido hermosa, pero su aspecto enfermizo la apenó.

—Por ahora, ayudas a Asunta con los niños. La pobre no sabe ni cómo cuidar a sus propios hijos. —Lola miró con detenimiento. Sintió pena, asco, miedo. Pensó en su madre y en Maruja, en las voces alegres, en las flores que nunca faltaban sobre la mesa de la cocina.

La mujer le señaló un catre para que dejara sus cosas y Lola vio cómo miraba la maleta, con envidia. Tres de los niños jugaban en el piso con un gatito, y una pequeña, que tendría apenas un año, lloriqueaba en un rincón. El cuarto poseía una sola ventana, con un vidrio roto. Sobre la mesa, los restos de un magro almuerzo: migas de pan, platos sucios y una olla sobre la que revoloteaban moscas.

Con quince años y un viaje por el océano Atlántico como única experiencia de vida, supo que no debía permanecer allí. Esa misma noche, cuando todos dormían, huyó.

CAPÍTULO 2

Motta Baluffi, provincia de Cremona, Italia

Mientras Arturo Quarti afilaba la aguja sobre una piedra, escuchó con atención las indicaciones del señor Magni, el hombre de manos curtidas que tenía uno de los oficios más antiguos y requeridos del pueblo. Era el calzolaio1, y desde aquella mañana de 1901, en que Arturo tocó a la puerta, Magni creyó que el joven tenía futuro.

En ese hogar humilde de Motta Baluffi no había espacio, pero consiguió que uno de los vecinos le diera cama, mientras ellos, los Magni, le ofrecieron trabajo, comida y una paga muy magra, que aumentaría acorde a la cantidad de zapatos y botas que pudiese remendar el genovés. Arturo no tenía aspecto de zapatero remendón. Era un uomo fiero2 curtido por el sol italiano, con una mirada profunda y misteriosa. Como si escondiera un secreto, algo que no terminaba de cerrar en su historia. Hablaba con palabras estrafalarias que solo podían compararse con las ideas que poco a poco se animó a compartir en las largas horas de trabajo manual, en el taller viciado de polvo y olores de los pegamentos que utilizaban.

Arturo tenía veintidós años. Más o menos, decía siempre. Porque no tenía certezas acerca del día exacto en que había llegado al mundo. Ni bien nació, en 1879, su mamá lo entregó a un orfanato de la ciudad pujante de Génova, con una nota que decía “Lui è il mio adorato figlio, Arturo3”. Eso era todo. Ni siquiera una referencia, o un recuerdo que su madre dejara junto a las pertenencias, que, además, jamás supo cuáles habían sido.

Los primeros años en el hospicio de niños huérfanos, en un lúgubre barrio de las afueras de Génova cerca del puerto, los tenía borroneados. El joven apenas adivinaba unas sensaciones cuando algún aroma le sorprendía la memoria. Pero nunca eran placenteras. Entonces, Arturo las sacudía como el polvo al terminar la jornada de remiendos. Con sacudones certeros y convencidos.

Sí recordaba con nitidez el día que su familia adoptiva fue a buscarlo al orfanato. El hombre y la mujer que se lo llevaron se veían tan elegantes en ese auto moderno, que Arturo casi no se atrevió a mirarlos. Tenía cuatro años cuando le dieron un apellido: Quarti. El señor de la casa resultó ser un gruñón, y a la esposa de aspecto enfermizo, que todos insistían en que llamara mamá, jamás la vio sonreír. Solamente la mucama, que tendría unos veinte años, lo cuidaba con devoción. En aquella casa de dos plantas y jardines llenos de rosas, le regalaron juguetes, lo vistieron como a un príncipe y comió como nunca en su corta vida. Pero al mismo tiempo descubrió, con resignación, que era muy diferente de sus flamantes padres. Pocos meses más tarde, la mucama amorosa se fue a otro país, y entre llantos se despidió de Arturo que quedó solo con el agriado matrimonio.

Cuando creció, la distancia percibida desde el comienzo se transformó en un abismo. Arturo no cumplía con las expectativas de sus padres de adopción y prefería jugar con el hijo del cochero o escaparse al puerto a ver llegar los barcos inmensos, antes que asistir a l

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