Juego en llamas (Serie Voyagers 2)

Robin Wasserman

Fragmento

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En el corazón profundo de una antiquísima selva, a cientos de años luz del planeta Tierra, un motor se encendió con un rugido. Instantes después, una reluciente nave color plata se elevó en el aire. Salió disparada por encima de los imponentes árboles y atravesó las nubes como una lanza de luz. La selva emitió gruñidos, gorjeos y gritos ante la insólita escena. Los raptogones echaron hacia atrás sus cabezas, enseñaron los dientes y lanzaron un aullido al cielo. La nave subía vertiginosamente; una estrella en ascenso que resplandecía, nítida y deslumbrante… y entonces desapareció.

A su paso, una manta de silencio fue descendiendo sobre la jungla. Tan solo el suave trino de los pájaros y el zumbido de los insectos alteraban la quietud.

Hasta que… pisadas.

Un niño salió de su escondite entre los árboles.

Un niño que no pertenecía a aquel planeta, y que tampoco pertenecía a la tripulación de la nave plateada.

Un niño con una nave propia.

Iba vestido de negro de la cabeza a los pies y en el hombro derecho llevaba el símbolo de la letra omega. Elevó la cabeza al cielo como para asegurarse de que la nave, en efecto, había desaparecido. De que por fin estaba solo.

Había observado desde las sombras cómo los tres humanos luchaban contra el raptogón gigantesco. En parte había esperado que el reptil de cuarenta y cinco metros de altura se los tragara de un bocado.

Es lo que el niño habría deseado.

En lugar de eso, habían conseguido lo imposible. Le arrancaron un diente a la furiosa criatura y escaparon con vida. Trasladaron un fragmento del diente a la nave, donde lo triturarían hasta convertirlo en polvo. El polvo Rapident era uno de los seis elementos que, al fusionarse, crearían una fuente de energía limpia y sostenible que salvaría a la Tierra, cuyas reservas energéticas estaban prácticamente agotadas.

Los miembros de aquella tripulación corrían toda clase de peligros al rastrear el universo en busca de los seis elementos. El niño los había visto celebrar el descubrimiento del primero de ellos.

Por descontado, ignoraban que él se encontraba allí.

Era mucho lo que ignoraban.

Mientras que él lo sabía todo.

Dash Conroy, Piper Williams y Gabriel Parker. Así se llamaban. Carly Diamond había guiado sus movimientos desde el Leopardo Nebuloso, la nave principal. Por último estaba aquel al que llamaban Chris, al que consideraban digno de confianza.

Los Viajeros del Espacio.

El equipo Alfa, se llamaban a sí mismos con orgullo. Como si el hecho de ser los primeros los hiciera especiales.

El niño conocía esta información sobre ellos, así como todo lo demás que era importante. Sin embargo, ellos no sabían nada acerca de él. Ni siquiera que existía. Ni que los había estado siguiendo.

De haberlo sabido, no habrían dejado atrás una parte del diente del raptogón.

Con paso silencioso, el niño atravesó el suelo de la selva, cubierto de musgo, y se agachó para examinar el fragmento restante del diente. Tenía el tamaño de una puerta y estaba manchado de saliva seca del raptogón. El niño se permitió esbozar una leve sonrisa. Sí, serviría perfectamente. Levantó la mano izquierda y tocó la pantalla táctil que llevaba ajustada como una garra al dorso de la mano. En la distancia, otro motor se encendió en respuesta a su señal. Esperó, impaciente, a que su lanzadera de transporte atravesara la selva a toda velocidad para ir a buscarlo. Estaba ansioso por regresar a su nave principal, no había tiempo que perder. En cualquier momento, el Leopardo Nebuloso podría cambiar a velocidad gamma. Cuando así fuera, él estaría justo detrás.

El niño había permanecido escondido, esperando y siguiéndolos durante mucho tiempo.

Estaba harto.

Pronto, pensó, le llegaría la hora de desvelar su presencia. De mostrar a los miembros de aquella tripulación Alfa contra quién estaban compitiendo. No importaba ya que supieran que los seguía. No podían detenerle. Porque él sabía algo que ellos ignoraban: aunque estés siguiendo a alguien, aún puedes ir un paso por delante.

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Dash Conroy examinó la pantalla táctil situada junto a la abertura en la pared, y con el dedo trazó la ruta que había planeado. Cada símbolo señalaba un cruce diferente en el enorme y enmarañado laberinto de tubos que recorrían la nave. Un solo movimiento equivocado y todo estaría perdido. Dash era el líder del equipo Alfa, el responsable de aquella misión y de cuanto sucedía a bordo del Leopardo Nebuloso. No se podía permitir ningún error.

Comprobó la ruta.

La volvió a comprobar.

Perfecto.

Dio unos toques a la pantalla, finalizando la introducción de datos. A continuación, rodeó con las manos la barra metálica horizontal instalada encima de la abertura.

Había llegado el momento.

La hora de la verdad.

Respiró hondo, se impulsó hacia arriba con un balanceo y entró en el tubo. Una ráfaga de aire lo arrastró y lo lanzó a toda prisa hacia el corazón del Leopardo Nebuloso.

—¡Aaaaaaaaaaah! —chilló Dash, pero el viento ahogó su chillido. Se desplazó en el aire por los túneles relucientes, incapaz de detenerse aunque lo quisiera. Ascendió a una rapidez vertiginosa; luego, giró bruscamente por una bifurcación e inició una bajada tan rápida y empinada que el estómago se le subió a la garganta. Era como el tobogán acuático más salvaje del mundo, excepto que en lugar de ir descendiendo a trompicones por agua gélida, se deslizaba sobre un colchón de aire templado. Dash torció a la derecha. Dio una vuelta de trescientos sesenta grados a la velocidad del rayo; luego, otra más; se lanzó en picado por otro brusco descenso y salió disparado del tubo como una bala de cañón. Aterrizó con un golpe exactamente donde había planeado, en la planta inferior del centro de entrenamiento de la nave.

Misión cumplida.

—¡Yujuuuu! —aclamó Dash al comprobar su tiempo. Un minuto, dos segundos. Un nuevo récord. Cinco kilómetros de tubería preparados para miles de rutas diferentes por toda la nave, y los miembros de la tripulación competían para encontrar la ruta más larga. Carly había conseguido cincuenta y dos segundos en su último trayecto, y Dash había dedicado horas a intentar derrotarla. Juntó las manos con fuerza encima de la cabeza como si fuera un boxeador profesional— ¡La victoria es mía!

Sí, Dash era el líder del equipo a cargo de una misión interestelar que recorría el espacio a velocidades superiores a la de la luz. Sí, ejercía el trabajo más importante del mundo; acaso de la galaxia. Y su trabajo, en realidad, equivalía a cuatro. Piper era la oficial sanitaria de la nave; Carly, la oficial de ciencia y tecnología; Gabriel era el piloto y navegador; y Dash tenía que saber todo cuanto ellos sabían. Por si acaso.

En los cincuenta y cinco días transcurridos desde

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