PRESENTACIÓN, ACLARACIONES, DISCULPAS, ETCÉTERA
28 de junio
Aquella soleada mañana de invierno, Héctor Stark, un joven alto y apuesto que mantenía en secreto su verdadera identidad, pasó de largo por el contenedor de acero donde estaba su traje metálico de superhéroe y se vistió como un ciudadano corriente, con camisa y jean, porque tenía por delante una misión en la que no podía aprovechar su armadura ultratecnológica ni la inmensa fortuna de su padre, sino que tenía que valerse por sí mismo. Héctor terminó su bol con cereales del desayuno, tomó las llaves y el teléfono atómico, lanzó un saludo en voz muy alta para despedirse de su madre (que debía estar en la piscina climatizada o en otra parte lejana de la mansión) y salió a la calle. Pensó por un instante en tomar el colectivo 39, pero…
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Basta, no puedo seguir así. Es ridículo. No puedo escribir como si fuera otro, en tercera persona. Ya de por sí es difícil contar una historia sin mentir un poco. Pero si encima escribís de afuerita, como que es imposible no mentir. Las palabras te llevan solas y terminás diciendo puras mentiras.
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Suenan lindo las mentiras, eso sí. Pero ¿qué sentido tiene inventar una historia para que suene lindo? Y aunque tuviera sentido, no me sale.
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Casi todo lo que escribí en el primer wasap es mentira, de hecho: no soy apuesto, no tengo un traje de metal, ni misiones, ni fortuna, ni como cereales en el desayuno, ni vivo en una mansión con pileta. Soy alto, eso es cierto, pero me salió de casualidad, creo, esa verdad entre tantas mentiras. Ah, sí, y me llamo Héctor.
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Y ya que estamos, también es mentira el título. Lo inventé porque pensé que había que inventar uno, pero es un engaño. Porque:
1) Acá no voy a contar nada fantástico.
2) Tampoco son aventuras.
3) Y yo no soy ningún superhéroe. Soy más bien súper-no-heroico.
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Hasta pensé un título más flashero todavía, diciendo que soy el hijo de Iron Man. Ahí lo dejo como idea, no sé si se podrá, capaz que Marvel te hace un juicio bárbaro si ponés un título como ese. Pero mi apellido tampoco es Stark, sino Fuertes. Y mi viejo, aunque tiene bastante plata, no es multimillonario ni un genio de la tecnología. Ni simpático. Ni mucho menos un superhéroe. Todo lo contrario. Es menos heroico que yo.
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Pero bueno, pensé que un título así podía darle a alguien más ganas de leer que si ponía uno más verdadero, como:
Así es la patética vida de H
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O uno más verdadero todavía, onda:
Un año en la mediocre vida de un adolescente como cualquiera
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A que no abrirías un libro con un título así, eh.
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Porque en realidad no es un libro esto, es solo algo que empecé a escribir en el celu. Para contar la historia desde el comienzo. Eso me pidieron que hiciera, porque “me va a ayudar”, etcétera.
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Okey, la voy a escribir, por más que me lleve mil años.
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Pero si esto de verdad se llegara a convertir en un libro y alguien lo está leyendo y quiere dejar de leer y ahorrarse algunas horas de su vida para gastarlas en algo más interesante, que vaya nomás. No me ofendo, de verdad. Yo odio también cuando me obligan a leer algo. Lo único que te pido a vos, lector que no conozco, es que, si por casualidad compraste el libro, no lo devuelvas y pidas que te reintegren el dinero, porque parte de esa plata que gastaste me llegará a mí. Y seguro que yo la necesito más que vos. Bueno, seguro-seguro no, pero es probable.
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Si esto se publica, seguro van a tener que quitar todas las malas palabras, porque me parece que a las editoriales no les gustan mucho. Y yo digo un montón, obvio. Pero bueno, que los lectores imaginen las malas palabras, si las quitaron del libro. O capaz, si es una edición lujosa, podría venir con stickers atrás con montones de malas palabras surtidas y así podrían pegar los stickers arriba de cada frase que digo yo y quedaría todo más realista. Lo dejo como idea.
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También van a tener que quitar las escenas hot de sexo, para que no se espanten padres y docentes. Bah, mejor dicho: me encantaría que hubiera escenas de sexo y que tuvieran que quitarlas. Pero acá voy a contar mi último año, así que ya sé todo lo que pasó y, lamento espoilear, no hay muchas escenas de esas. El número exacto es: cero. Sorry. No es que no haya intentado.
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Esto, que va a ser la historia de lo que me pasó durante el último año, lo hago porque me lo pidió mi psicóloga. Bah, es la psicóloga de mi mamá, técnicamente, pero cuando me vio abrió grandes los ojos. Y no porque sea lindo. Fue una mirada codiciosa: al conocerme calculó la fortuna que podría ganar en el futuro, si me tenía como cliente.
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Me dijo que me iba a sentir mejor si escribía, ya que no quería hablar mis cosas con nadie. Así que acá estoy, escribiendo. Mi verdadera historia de mi verdadero año pasado. O algo así. Y después vemos si dejo que lo lea alguien, la edición, los stickers, el título mentiroso y todo el resto.
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No, capítulos no voy a hacer tampoco. Menos que menos ponerle título a cada capítulo. Que lo hagan en la editorial, si quieren. Que corten los capítulos donde sea, me da igual. Acá, por ejemplo, podría terminar el capítulo 1.
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H SUENA
Aunque sería medio raro, porque no conté nada como para que ya haya pasado un capítulo entero.
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Pero bueno, empiezo. Me llamo Héctor, pero los amigos me dicen H. Como la letra, sí. Si tenés que hacer un comentario mental o un chiste malo acerca de mi nombre, hacelo ahora, así ya te lo sacás de encima y yo puedo seguir tranquilo. ¿Listo? Bien. Sigo.
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Tengo dieciocho. Casi diecinueve. Es decir que soy lo peor que puede ser un ser humano: adolescente. No sé quién inventó la adolescencia, pero no creo que nadie le haga una estatua para ponerla en la plaza. Cada edad tiene sus pros y sus contras, pero cualquier cosa debe ser mejor que esto. Hasta ser anciano tiene más ventajas. A nosotros deberían cedernos los asientos en los colectivos y dejarnos pasar en la cola del supermercado y darnos plata solo por tener la desgracia de existir.
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O sea: me gustó ser niño. Lo pasaba bien. Mis viejos estaban casados y se llevaban más o menos bien. Teníamos una casa grande, que parecía más grande aún porque yo era más chico. Mis mayores problemas eran tener que ir al dentista, que mi equipo de fútbol perdiera o que en diciembre Papá Noel no recibiera a tiempo mi carta.
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Ahora soy adulto, dicen. En teoría, sí soy, con dieciocho. Pero la verdad, no sé, Rick, parece falso. Cuando sea adulto-adulto, adulto de verdad, todo será mejor. Espero.
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Más directo. Podré hacer lo que quiera y, si me va mal, al menos podré fracasar con estilo. Sé que no es fácil la vida de un adulto, pero por lo menos las reglas están claras. Digo.
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Tener dieciocho, en cambio… No me hagas hablar, amiga. Solo diré que no es amable tirarle a alguien un montón de responsabilidades encima y al mismo tiempo hacerle saber que no puede hacerse cargo de nada. No está bien.
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Mi último año… Estuve a punto de escribir que tampoco quería tocar ese tema, pero es justo lo que tengo que contar, así que no hay más remedio que hablar de eso.
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Mi último año no empezó hace justo un año: doce meses atrás las cosas no habían desbarrancado del todo, o por lo menos yo no me había dado cuenta.
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Tampoco empezó en mi cumple: fue un cumpleaños regular, pero al menos me junté con mis amigos del colegio.
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¿O debería decir ex amigos del colegio, ahora que terminamos el secundario? O sea, somos amigos todavía, algunos, pero ya no vamos al colegio. Graciasadiós.
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En mi cumple jugamos a la pelota en el club, Juli me dio un beso ruidoso en la mejilla, de esos que terminan en muakkk, y me puse colorado como si me hubieran encendido una hornalla adentro. Porque es linda Juli. Por más que fuéramos solo amigos, yo me podía dar cuenta de eso.
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Mi viejo me llamó por teléfono y le corté enseguida, mamá me quiso cantar el feliz cumpleaños con una madalena que tenía encastrada una vela gigantesca y la dejé, porque por un rato eso pareció hacerla sentir contenta, pero mentalmente le corté también.
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Quizá mi año comenzó hace tres años, cuando mi viejo se fue. La dejó a mi mamá, pero también a mí. Se consiguió otra esposa, tuvo una hija con ella; se compró otra familia, bah. Una familia nueva, más cool. Esas cosas pasan en el mundo de los adultos, me dijeron todos. Y no fue nada en contra mío. Así que no lo culpo. Pero sí lo culpo. Re.
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Tal vez mi año empezó hace dos años, cuando mi vieja comenzó a deprimirse. No fue instantáneo, porque primero vino el enojo, cuando mi viejo se fue estuvo mucho tiempo enojada con él. Furiosa, estaba. En ese momento me daba pena ella, pero era porque no me había dado cuenta de que esa era la etapa buena. Porque un año después se le pasó el enojo. Y entonces fue que empezó a ponerse triste. Pero mal. Fue poco a poco, así que tardé en notarlo. Primero aumentaron las botellas, bajaron las risas, ella cada vez hablaba menos, salía menos de la casa, se arreglaba menos, comía menos, tomaba más, trabajaba menos, se reía menos, lloraba más, estaba triste, y seguía y seguía, cada día un poco más triste. Así que en un momento tuvo que ir a un psiquiatra para que le recetara pastillas, pero casi nunca podía tomarlas sin mezclarlas con alcohol y ya no salía de casa y pidió licencia en su trabajo y cuando me di cuenta de que ella estaba así, ya estaba así desde hacía mucho y yo no lo había visto. Lo que no es digno del hijo de Iron Man. Ni de ningún hijo.
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Ahora está mejor, mamá. No sé si está recuperada cien por cien, pero al menos parece que va en subida, en vez de en bajada. Se consiguió un novio, eso ayuda.
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Pero creo que mi año último comenzó de verdad hace unos ocho meses, cuando tuve que empezar a buscar trabajo. Es que la echaron a mamá finalmente (ya hacía más de un año que estaba de licencia). Y encima, al toque la plata que entraba a casa disminuyó, porque mi viejo cortó a la mitad lo que pagaba por mí y dejó solo lo que legalmente tenía que darle a mi madre para mis gastos, que no era mucho y alcanzaba solo para pagar las cuentas de la luz, el gas, las expensas y poco más. Así que cumplí dieciocho y chau, afuera, se acabó esa plata extra que nos daba porque claro, para el mundo mundial, diga lo que diga la ley, yo pasé a ser adulto. Arreglate como puedas, H Niño: un gusto haberte conocido, cerrá despacio la puerta cuando salgas, que tengas buen día.
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Capaz que si le hubiera pedido más plata a mi padre él me habría dado, pero para eso habría tenido que contarle que mamá seguía deprimida y no tenía trabajo, y no iba a hacer eso. No iba a dar lástima. De ninguna manera. Porque mi viejo no se merece ayudarnos. No merece hacer nada bueno por nosotros, después de lo malo que nos hizo. Que se gaste su plata en su familia cool.
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Prefiero quedarme sin casa, antes que tener que sentirme agradecido hacia él. Te juro, amiga.
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Me acabo de dar cuenta de que estoy contando la historia como si estuviera charlando con vos, la persona que estaba en este grupo de chat y se fue, y por eso quedé yo solo y puedo mandar mensajitos tranquilo que nadie los va a leer, salvo que yo los muestre o los reenvíe. O me afanen el celu.
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Me parece que es más fácil contar todo si le voy hablando a alguien. Así que lo siento, amiga: saliste sorteada. Aunque en realidad no te estoy hablando a vos-vos, porque ya no estás acá. Es como hablar con un fantasma. Que vive en un rinconcito de mi cerebro.
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Tampoco sos mi amiga, claro. Es solo una forma de decir.
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¿Por dónde iba? Ah, sí. Entonces empecé a buscar trabajo, lo que es difícil a mi edad, porque todos dicen que los adolescentes somos unos vagos y que deberíamos trabajar, pero claro, no es que sobren los trabajos, que haya trabajos para adolescentes flotando por el aire libremente y uno tenga solo que salticar un poquito para atrapar un trabajo todo flufi, lleno de colores y de sol.
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Ahí comenzó mi año entonces. Era noviembre, faltaban pocas semanas para que por fin terminara el colegio secundario, que se me hizo eterno-eterno, y empezaba mi búsqueda de laburo.
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Ah, sí, los capítulos, me olvidé. Que corten donde quieran, acá, en cualquier lado. Total.
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UN NIÑO CON EXPERIENCIA
29 de junio
Te decía, amiga, que aunque soy, técnicamente, un adulto, en realidad aún soy un niño. Un niño muy alto y con bastante experiencia, podríamos decir.
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Cosas que me gustaban cuando era un niño-niño:
Jugar. A lo que fuera: ajedrez, cartas, jueguitos de computadora, a las figus, a la mancha, al poliladron; con legos y ladrillitos, con la pelota, con muñecos, con mascotas, con plantas. Jugaba con mis amigos de la escuela, con los del barrio, con mis padres, y cuando no había nadie para jugar, jugaba solo.
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Otras cosas que me gustaban: el helado, los recreos, escuchar reggae, hacer dibujos en los bordes de las hojas, mirar animés por la tele.
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Lo que no me gustaba: levantarme temprano en invierno o si llovía, que la comida caliente estuviera fría o la comida fría estuviera caliente, hacer la tarea, correr, mirar deportes en la tele.
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Y ahora, la lista de lo que me gusta y la de lo que no me gusta es casi igual que antes. Por eso, a veces mamá me dice que sigo siendo un niño. Ella lo dice como medio retándome y con pena, como algo que es para preocuparse, pero yo lo tomo como algo positivo. Digo: al menos, muestra una coherencia en la vida, ¿no? Una perseverancia.
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Además, sí hay algunas cosas que no me gustaban cuando era niño-niño y ahora sí: los fideos al pesto, las chicas, ver series de terror, las chicas, los acertijos matemáticos, las canciones de los Beatles, las chicas.
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Está todo bien con los varones a los que les gustan los varones eh, cero problema. Pero creo que tuve suerte en que me gusten las chicas, porque así la vida es un poco más fácil. Y si hay algo que no necesito en mi vida es agregar complicaciones.
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