Anestesia letal

Robin Cook

Fragmento

cap-2

 

Sábado, 28 de marzo, 8.35 h

Hace un día gris y deprimente detrás de la ventana de mi habitación en el Centro Médico Mason-Dixon. No es precisamente el tiempo primaveral que todos esperamos. Durante los últimos seis meses no me he sentido lo bastante bien como para escribir en mi diario, a pesar de que hacerlo siempre ha sido un gran consuelo para mí. Lamentablemente, por la noche estoy agotada y por el día demasiado ocupada preparándonos a los chicos y a mí para el colegio, pero me esforzaré por cambiar. Ahora me vendría bien ese consuelo. Estoy en el hospital, compadeciéndome de mí misma después de una noche espantosa que, sin embargo, había empezado de forma bastante prometedora; Bob y yo habíamos quedado con Ginny y Harold Lawler para cenar en Sullivan’s Island. Todos pidieron pescado excepto yo, y ahora, pensando en ello, ojalá hubiera hecho lo mismo. Para mi desgracia elegí pato, que ya de entrada prepararon de una forma un tanto extraña; el médico de urgencias me explicó más tarde que posiblemente estaba contaminado, lo más probable es que de salmonela. Empecé a sentirme rara antes incluso de terminar el entrante, y la cosa empeoró poco a poco. Mientras Bob llevaba a casa a la canguro, sufrí el primer episodio de vómitos. ¡No fue agradable! El cuarto de baño y yo acabamos hechos un desastre. Menos mal que pude limpiarlo antes de que Bob volviera. Él se mostró comprensivo, pero estaba cansado después de un día ajetreado en la oficina y no tardó en acostarse. Como seguía sintiéndome fatal, preferí esperar en el cuarto de baño y vomité varias veces más, incluso cuando pensaba que era imposible que me quedara algo de comida en el organismo. A las dos de la madrugada me di cuenta de que cada vez estaba más débil. Entonces desperté a Bob. Él me echó un vistazo y consideró que tenía que verme un médico. Nuestro seguro nos mandó al Centro Médico Mason-Dixon de Charleston. Por suerte, conseguimos que la madre de Bob viniera a casa para estar con los niños. Ella ha sido nuestra salvación en varias ocasiones, y esta es una de ellas. En la sala de urgencias, las enfermeras y los médicos se portaron estupendamente. Claro que me morí de vergüenza cuando continuaron los vómitos y a ellos se sumó una diarrea con rastros de sangre. Me pusieron una vía intravenosa y me dieron medicación; seguro que me explicaron en qué consistía, pero no me acuerdo. También me recomendaron que ingresara en la clínica. Estaba tan mareada que no protesté, aunque siempre me han dado miedo los hospitales. Después debieron de sedarme, porque ni siquiera recuerdo que Bob se fuera, ni que me trasladaran de urgencias a una habitación del hospital. Sin embargo, unas horas más tarde recuerdo despertarme a medias cuando alguien, probablemente una enfermera, entró en la habitación a oscuras y ajustó o puso algo en la vía intravenosa. Parecía que estuviera soñando, porque la persona se me antojó una aparición, con el pelo rubio y vestida de blanco. Traté de hablar, pero no pude, al menos de forma coherente. Cuando me desperté esta mañana me sentía como si me hubiera atropellado un camión. Intenté salir de la cama para ir al cuarto de baño, pero me resultó imposible, al menos al principio, y tuve que pedir ayuda. Esa es una de las cosas que no me gustan de estar en un hospital: que no te puedes valer por ti mismo. Tienes que renunciar a toda tu autonomía cuando ingresas.

La enfermera que me ayudó dijo que en breve pasaría a verme un médico. Terminaré esta entrada cuando vuelva a casa y explicaré cómo este episodio me ha hecho darme cuenta de la poca importancia que le doy a la salud en general. Nunca había sufrido una intoxicación alimentaria. Es mucho peor de lo que había imaginado. ¡De hecho, es horrible! Es todo lo que puedo decir.

Domingo, 29 de marzo, 13.20 h

Es evidente que no he cumplido mi propósito de escribir más a menudo. No terminé la entrada de ayer, como me había prometido a mí misma, porque las cosas no han salido como yo había planeado. Poco después de escribir las líneas de ayer, me visitó uno de los médicos residentes del hospital, la doctora Clair Webster, quien reparó en algo de lo que yo no me había percatado: tenía fiebre. No era una fiebre muy elevada, pero era un cambio, ya que la noche anterior tenía una temperatura normal. Aunque no me daba cuenta, unas máquinas registraban mi pulso, mi tensión arterial y mi temperatura continuamente, y por eso no había visto a nadie durante la noche, salvo a la persona que me había ajustado la vía intravenosa. Incluso la vía está controlada por un pequeño dispositivo informatizado. ¡Adiós al contacto humano en los hospitales modernos! La doctora Webster me comentó que había empezado a subirme la temperatura en torno a las seis de la mañana y que quería esperar para ver cómo evolucionaba antes de darme de alta. Llamé a Bob para avisarle del retraso.

Al final fue más que un retraso, ya que la temperatura no volvió a la normalidad, sino que aumentó a lo largo de todo el día y toda la noche hasta los cuarenta grados, de modo que aquí sigo. Y ha habido más complicaciones. Poco después de que Bob y los niños me visitaran ayer por la tarde (se suponía que los niños no podían venir de visita debido a su edad, pero Bob los metió a hurtadillas en la habitación), empecé a notar mucho dolor; ahora entiendo a lo que se refiere la gente cuando dice que le duelen las articulaciones. Y lo que es peor, he empezado a tener problemas para respirar. Por si todo esto fuera poco, ayer al ducharme me fijé en que me había salido un ligero sarpullido debajo de los brazos y de los pechos: unos puntitos rojos y planos. Por suerte no me pican. La enfermera dijo que también tenía algunos en el blanco de los ojos. Por eso volvió la médica residente, quien me confesó que estaba confusa, porque los síntomas hacían pensar que podía tener la fiebre tifoidea, e insistió en que me viera un especialista en enfermedades contagiosas. El especialista vino y me examinó. Afortunadamente, dijo que no era fiebre tifoidea y adujo varios motivos, como que no tenía una cepa común de salmonela. Aun así, le preocupaba que mi corazón se hubiera acelerado durante mi estancia en el hospital. Para contrastar ese detalle, llamó a un cardiólogo, un tal doctor Christopher Hobart, que también me examinó. Mi habitación parecía un centro de convenciones, con tantos médicos entrando y saliendo. El doctor Hobart pidió enseguida una radiografía de mi pecho ¡porque pensó que estaba sufriendo una embolia grasa! En cuanto tuve ocasión busqué «embolia grasa» en la red (gracias a Dios por internet) y averigüé que se trata de la presencia de glóbulos de grasa en el flujo sanguíneo, una enfermedad que normalmente afecta a pacientes con traumatismos graves, incluidos los huesos rotos. Al no haber sufrido ningún trauma, salvo el emocional, el cardiólogo llegó a la conclusión de que se debía a una deshidratación severa, y como ya tenía la vía intravenosa, decidió que no hacía falta otro tratamiento, sobre todo ahora que mi respiración parecía totalmente normal. Me alegré de oírlo, pero debo decir que todo esto ha hecho que mi fobia a los hospitales se dispare. Hace unos meses leí un artículo en el Post and Courier sobre complicaciones sufridas por pacientes ingresados en hospitales; lo que me estaba pasando se parecía mucho a lo que leí, y me estaba poniendo muy nerviosa. Lo único que tenía cuando ing

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