Apocalipsis. 4ª Entrega

Mario Giordano

Fragmento

Creditos

Título original: Apocalypsis

Traducción: Lidia Álvarez Grifoll

1.ª edición: enero 2013

© 2011, Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.31154.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-302-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido apocalipsis-66.xhtml

8

Seth

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LVII

15 de mayo de 2011,

Île de Cuivre, Mediterráneo

La has delatado. La matarán y tú tendrás la culpa.

Esa idea lo dominó mientras lo desataban de la silla de tratamiento y lo sacaban de la sala, y lo colmó de una desesperación amarga por haber fracasado. Peter notó que el efecto de la droga que Creutzfeldt le había inyectado disminuía rápidamente. Recordaba todos los detalles del interrogatorio, el terrible cansancio y la tristeza que lo habían invadido con cada mentira, y la nitidez y la pureza de la verdad. Sin embargo, eso no atenuaba sus sentimientos de culpa por haber delatado a Maria. Se lo había revelado todo. Absolutamente todo. Había sido tan fácil, tan horriblemente fácil.

¡Tendrías que haber sido más fuerte! ¡Más fuerte!

Demasiado tarde. Peter estaba seguro de que el asesino de Maria ya estaba de camino hacia Montpellier. Otro pensamiento se mezcló con esa idea de culpa, como un antídoto contra un veneno letal.

¿Y si estás loco de verdad? ¿Y si Maria y el amuleto son simples delirios de tu paranoia? Entonces, todo estaría bien. Acepta que estás loco y todo irá bien. Así de sencillo.

Pero no era tan sencillo. Porque Peter no quería creer que Maria fuera una simple alucinación. Maria era real, y su culpa era real. La había besado. Y también la había condenado a muerte.

Hasta que oyó muy cerca el oleaje, Peter no se dio

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