El día del fin del mundo

Lawrence Wright

Fragmento

1. Ginebra

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Ginebra

En un gran auditorio de Ginebra, una asamblea de responsables de sanidad celebraba la última sesión vespertina sobre emergencias sanitarias causadas por enfermedades infecciosas. Los asistentes estaban inquietos, agotados tras las reuniones que se prolongaban durante todo el día y preocupados por llegar a tiempo a sus respectivos vuelos. El atentado terrorista ocurrido en Roma tenía a todo el mundo con el alma en vilo.

—Un cúmulo poco habitual de víctimas mortales adolescentes en un campo de refugiados de Indonesia —estaba diciendo el penúltimo ponente del congreso. Hans Nosequé. Holandés, alto, arrogante, de buen año. Una maraña de pelo rubio ceniza le cubría el cuello de la camisa, las puntas que le caían sobre los hombros brillaban bajo la luz que proyectaba el PowerPoint.

En la pantalla apareció un mapa de Indonesia.

—La primera semana de marzo se emitieron cuarenta y siete certificados de defunción en el Campamento Número Dos de Kongoli, en Java Occidental.

Hans señaló el lugar con el puntero láser, y prosiguió con diapositivas de refugiados en la más horrible miseria. El mundo rebosaba de personas desplazadas, hacinadas a millones en campamentos montados a toda prisa, encerradas tras las vallas como prisioneros, con raciones insuficientes de alimentos y sin apenas servicios médicos. A nadie le sorprendía que se propagara una epidemia en lugares así. El cólera, la difteria, el dengue... El trópico era siempre un caldo de cultivo.

—Fiebre alta, secreciones con sangre, transmisión rápida, letalidad extrema. Pero lo que realmente diferencia a este conjunto de casos... —empezó a decir Hans mientras colocaba una gráfica en la pantalla— es la edad media de las víctimas. Las enfermedades infecciosas suelen afectar a todas las generaciones de forma aleatoria, pero en este caso la mortalidad se dispara precisamente en la franja de población que debería ser la más resistente.

En el gran auditorio de Ginebra, los responsables de sanidad estiraron el cuello para examinar la curiosa diapositiva. La mayoría de las enfermedades mortales acaba con la vida de niños pequeños y ancianos, pero en lugar de la habitual gráfica en forma de U, esta se parecía a una tosca W, con una media de edad de las víctimas mortales de veintinueve años.

—Basándonos en los esquemáticos informes del brote inicial, se estima que la letalidad global es de un setenta por ciento —prosiguió Hans.

—¿Infantil o neonatal...? —Maria Savona, directora de epidemiología de la Organización Mundial de la Salud, interrumpió el silencio causado por el desconcierto.

—Se ha tenido muy en cuenta en el estudio de cohorte —repuso Hans.

—¿Podría tratarse de una enfermedad de transmisión sexual? —preguntó una doctora japonesa.

—Es poco probable —respondió Hans. Se estaba divirtiendo. Su cara se solapó con la presentación y proyectó una gran sombra abultada sobre la siguiente diapositiva—. El número de muertes notificadas se mantiene estable a lo largo de las semanas que siguen, pero el total general cae de forma significativa.

—O sea que se trata de algo puntual —concluyó la japonesa.

—¿Con cuarenta y siete cadáveres contabilizados? —saltó Hans—. ¡Es una auténtica orgía!

La doctora japonesa se sonrojó y se cubrió la boca para disimular una risita.

—Muy bien, Hans, ya nos has tenido en ascuas bastante tiempo —dijo Maria con impaciencia.

El holandés paseó la mirada por la sala con aire triunfal.

Shigella —anunció, lo cual provocó lamentos de incredulidad—. Lo habrían deducido de no ser por el vector de mortalidad invertido. A nosotros también nos sorprendió. Es una bacteria común en los países más pobres, la causa de innumerables casos de intoxicación alimentaria. Preguntamos a las autoridades sanitarias de Yakarta y su conclusión fue que, en un contexto de hambruna, las únicas personas lo bastante fuertes para hacerse con los escasos recursos alimentarios son los jóvenes. En este caso, la fortaleza física ha resultado ser su perdición. Nuestro equipo ha deducido que el origen más probable del agente patógeno fue la leche sin pasteurizar. Ofrecemos nuestra experiencia a modo de moraleja sobre cómo los estereotipos demográficos pueden cegarnos ante hechos que de otro modo resultarían obvios.

Hans bajó del podio entre aplausos mecánicos mientras Maria llamaba al último ponente.

Campylobacter en Wisconsin —empezó a decir el hombre.

De pronto, un tono autoritario lo interrumpió.

—¿Una virulenta fiebre hemorrágica mata a cuarenta y siete personas en una semana y desaparece sin dejar rastro?

Doscientas cabezas se volvieron a la vez para localizar de dónde procedía la potente voz de barítono. A juzgar por ella, se diría que Henry Parsons era un hombre corpulento. Pero no. Era bajito y menudo, y estaba encorvado a causa de un episodio de raquitismo infantil que lo había dejado algo deforme. Sus rasgos faciales y su tono de catedrático no encajaban con su modesta figura, pero el hombre se conducía con el aplomo de quien conoce su valía a pesar de su menguada apariencia. Quienes estaban al tanto de la leyenda que lo precedía hablaban de él con una mezcla de reverencia y regocijo y, a sus espaldas, le llamaban Herr Doktor o «el pequeño tirano». Era capaz de dejar a los internos hechos un mar de lágrimas si se equivocaban al preparar una muestra o les pasaba desapercibido un síntoma que, en realidad, solo él consideraba importante; pero se trataba de Henry Parsons, la persona que había dirigido un equipo internacional en el brote del virus del Ébola ocurrido en África Occidental en 2014. Localizó al primer paciente documentado de la enfermedad —el llamado caso inicial—, un niño de dieciocho meses procedente de Guinea, infectado por murciélagos frugívoros. Se habló mucho del doctor y se habría hablado mucho más si él hubiera dado pie a que se le reconociera el mérito. En la interminable guerra contra las nuevas enfermedades, Henry Parsons no tenía nada de pequeño; era un auténtico gigante.

Hans Nosequé aguzó la vista y localizó a Henry en la penumbra de las gradas más altas.

—No es tan raro, doctor Parsons, si se tiene en cuenta la causalidad ambiental.

—Ha utilizado la palabra «transmisión».

Hans sonrió, contento de retomar el juego.

—Las autoridades indonesias al principio sospecharon de un agente vírico.

—¿Qué les hizo cambiar de idea? —preguntó Henry.

Maria estaba intrigada:

—¿Estás pensando en el ébola?

—En ese caso observaríamos una probable migración hacia núcleos urbanos —dijo Hans—. No ha sido así. Bastó con eliminar la fuente contaminante y la infección desapareció.

—¿Llegó a estar en el campo de refugiados? —preguntó Henry—. ¿Recogió muestras?

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