La historia de Poodle Springs

Raymond Chandler

Fragmento

Capítulo 1

1

Linda detuvo el Fleetwood descapotable frente a la casa, sin meterse en el camino de entrada. Se reclinó en el asiento, miró la casa y luego me miró a mí.

—Es una parte nueva de Springs, cariño. Alquilé la casa para la temporada. Un poco cursi, pero Poodle Springs es así.

—La piscina es demasiado pequeña —dije—. Y no hay trampolín.

—El dueño me ha dado permiso para poner uno. Espero que te guste la casa, cariño. Solo hay dos dormitorios, pero el principal tiene una cama hollywoodiense que parece tan grande como una pista de tenis.

—Estupendo. Si no estamos de acuerdo, podemos guardar las distancias.

—El baño no es de este mundo; es increíble. El vestidor adjunto tiene una moqueta rosa de pared a pared de esas en las que te hundes hasta la pantorrilla. En los tres estantes de cristal hay todos los cosméticos de los que hayas podido oír hablar. El retrete, si me permites la familiaridad, está aparte, en un anexo que tiene puerta, y la tapa tiene encima una enorme rosa en relieve. Y todas las habitaciones de la casa dan a un patio o a la piscina.

—Casi no puedo esperar a darme dos o tres baños. Y luego a la cama.

—Son solo las once de la mañana —dijo ella, recatada.

—Esperaré hasta las once y media.

—Cariño, en Acapulco…

—Acapulco estuvo muy bien. Pero solo teníamos los cosméticos que tú te habías traído, y la cama no era más que una cama, no un prado, y había otras personas que podían tirarse a la piscina, y el baño no tenía moqueta.

—Cariño, a veces eres un bastardo. Vamos a entrar. Estoy pagando doce mil dólares al mes por este garito. Quiero que te guste.

—Me va a encantar. Doce mil dólares al mes es más de lo que gano como detective. Será la primera vez que me mantengan. ¿Puedo ponerme un sarong y pintarme las uñas de los pies?

—Maldita sea, Marlowe, no tengo la culpa de ser rica. Y si tengo el dichoso dinero, voy a gastármelo. Y si tú estás cerca, algo te caerá. Tendrás que hacerte a la idea.

—Sí, cariño. —La besé—. Me compraré un mono y dentro de una temporada no podrán separarnos.

—No puedes tener un mono en Poodle Springs. Has de tener un caniche.[1] Ya he encargado uno que es una preciosidad. Negro como el carbón y muy listo. Ha dado clases de piano. A lo mejor puede tocar el órgano Hammond que hay en la casa.

—¿Tenemos un órgano Hammond? Eso es algo de lo que nunca pude prescindir.

—¡Cállate! Estoy empezando a pensar que debí casarme con el conde de Vaugirard. Era bastante encantador, pero usaba perfume.

—¿Podría llevarme el caniche al trabajo? Tendría un órgano eléctrico pequeñito, uno de los que se pueden tocar aunque tengas menos oído que un bocadillo de carne en conserva. El caniche puede tocarlo mientras los clientes me mienten. ¿Cómo se llama el caniche?

—Tinta.

—Se mataron a pensar.

—No seas desagradable o no… Ya sabes.

—Sí, ya sé. ¡Si apenas puedes esperar!

Hizo retroceder el Fleetwood y se metió por el camino de entrada.

—No te preocupes por la puerta del garaje. Agustino meterá el coche, pero no es realmente necesario en este clima desértico tan seco.

—Ah, sí, el mayordomo, criado, cocinero y consuelo de corazones tristes. Buen chico. Me gusta. Pero aquí hay algo que está mal. No podemos tener solo un Fleetwood. Yo necesito otro para ir a la oficina.

—¡Al diablo contigo! Si no eres educado, sacaré mi látigo blanco. Tiene incrustaciones de acero en la tralla.

—La típica esposa americana —dije, y rodeé el coche para ayudarle a salir.

Ella cayó en mis brazos. Olía de maravilla. Volví a besarla. Un hombre que estaba cerrando un aspersor frente a la casa de al lado sonrió y saludó con la mano.

—Ese es el señor Tomlinson —dijo ella a través de mis dientes—. Es un corredor de bolsa.

—Corredor o cargador, ¿a mí qué? —Seguí besándola.

Hacía tres semanas y cuatro días que nos habíamos casado.

Capítulo 2

2

La casa era muy bonita, pero apestaba a decorador. La pared delantera era de cristal, con mariposas dentro. Linda dijo que la habían traído de Japón. El suelo del recibidor estaba alfombrado de vinilo azul con dibujos geométricos dorados. Al lado había un gabinete. Estaba lleno de muebles, entre ellos cuatro candelabros de cobre y el escritorio taraceado más bonito que yo había visto nunca. Junto al gabinete había un baño de huéspedes, al que Linda llamaba «aseo». Había aprendido a hablar inglés durante el año y medio que pasó en Europa. El baño de huéspedes tenía una ducha y un tocador con un espejo de tres cuartos encima. El sistema de alta fidelidad incluía altavoces en cada habitación. Agustino los había puesto a bajo volumen. Apareció en la puerta, sonrió y se inclinó. Era un muchacho de buen aspecto, medio hawaiano, medio japonés. Linda se lo había traído de un corto viaje que hicimos a Maui antes de ir a Acapulco. Es increíble lo que puede traerse uno cuando tiene ocho o diez millones de dólares.

Había un patio interior con una palmera grande y unos cuantos arbustos tropicales, y varias piedras cogidas del desierto, puestas allí sin ningún fin, pero que habían costado doscientos cincuenta dólares cada una. El baño, acerca del cual Linda no había exagerado, tenía una puerta que daba al patio; este, a través de una puerta, se comunicaba con la piscina y esta, a su vez, daba acceso al patio interior y, a través de otra puerta, al patio exterior. La moqueta del salón era gris pálido, y el órgano Hammond tenía incorporado un bar en el extremo opuesto al teclado. Aquello casi pudo conmigo. En el salón también había sofás a juego con la moqueta, butacones contrastados y una enorme chimenea con campana, a casi dos metros de la pared. Había un baúl chino que parecía muy auténtico y, en la pared, tres dragones chinos grabados. Una de las paredes era totalmente de cristal; las otras, de ladrillo en colores que combinaban con la moqueta hasta una altura de metro y medio, y más arriba, de cristal.

El cuarto de baño tenía una bañera a ras del suelo y armarios con puertas correderas lo suficientemente grandes como para contener todos los trajes que se quisieran comprar doce debutantes en socieda

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