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From: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Sent: Friday, December 12, 2008 11:59 AM
To: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Ref. Motor Ashton Smith 5,9 G6 – Potencia 150 Kva – Cilindrada 5,9 – Peso 2400 Kg.
De mi consideración: atendiendo a su pedido de hace dos semanas, le informo que el grupo ya está listo para ser enviado a la dirección consignada. Las especificaciones técnicas son según acordó usted con el Ing. Aberdazi. Estimamos que el envío llegará por la mañana entre las 9 y 10 30.
Estamos en contacto.
Carlos Levirosky
Gerente
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Friday, December 12, 2008 12:22 AM
To: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Señor Levirosky, gracias por confirmarme el envío. Estaré esperando en el local a esa hora. Una duda. ¿Usted vendrá para controlar la entrega? Si no es así, acláreme por favor el nombre de la persona que vendrá a instalar el equipo.
Muchas gracias.
From: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Sent: Monday, December 15, 2008 09:11 AM
To: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Ref. Motor Ashton Smith 5,9 G6 – Potencia 150 Kva – Cilindrada 5,9 – Peso 2400 Kg.
De mi consideración: es muy probable que yo no pueda asistir con el envío. Seguramente va a ir solo el Ing. Aberdazi. Hay otras entregas en tres sitios y el cronograma se me complica. Puede manejarse con el Ingeniero en todo lo que necesite, pero seguimos en contacto para cerrar el tema financiación.
Saludos.
Carlos Levirosky
Gerente
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Monday, December 15, 2008 16:23 PM
To: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Había entendido que podíamos tratar tema financiación el mismo día, ya que nos urge dejar eso definido para saber de qué tiempo hablamos de aquí a 2010 para usar el equipo. En todo caso, ante cualquier duda, ¿hay algún celular al que pueda llamarlo para consultas?
Gracias.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Tuesday, December 16, 2008 11:29 AM
To: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Buenos días, quedé en espera de su contestación para el envío de ayer, que no se efectuó. Quería ya definir eso para mi propia organización interna. Si tiene un momento, ¿podría terminar de confirmarme el día del envío?
Gracias.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Wednesday, December 18 2008 09:15 AM
To: Carlos Levirosky (carloslevirosky@tenerc100.com.ar)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Hola, necesitaría por favor recibir una contestación para este tema. Esta indefinición le genera a mi local un perjuicio considerable. ¿Podría por lo menos comunicarse brevemente conmigo en el número de celular que me proveyó en su momento?
Gracias.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Thursday, December 19 2008 15:34 PM
To: Carlos (levirovolador@gmail.com)
Subject: SOS UN HIJO DE PUTA
¿Para qué me pedís que no te escriba acá si por el otro no me contestás, basura? ¿Vos me estás cargando? ¿Me hacés silencio de radio ahora? ¿La semana pasada me estabas cogiendo en mi cama y ahora me ignorás? ¿Me arriesgué a usar mi casa mientras mi marido viaja para que me hagas este desprecio? Sos una mierda, me cansé. A mí vos no me hacés esto. Voy a hablar. Andá preparándote. No me importa ni la boluda de tu esposa, ni el imbécil de mi marido. Sos una mierda sin registro del otro, de las necesidades del otro, de la existencia del otro. Egoísta hijo de puta. Vos te lo buscaste, que te quede claro, vos te metiste y me metiste en esto.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Thursday, December 19 2008 16:02 PM
To: Carlos (levirovolador@gmail.com)
Subject:
Estoy escribiendo un mail para tu querida esposa. No sabés las cosas lindas que le voy a contar. Hablame o lo mando.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Thursday, December 19 2008 17:00 PM
To: Carlos (levirovolador@gmail.com)
Subject:
Tengo el mail en borradores, hago clic y ¡puf! Parte por el ciberespacio a los ojos de tu mujercita. ¿O te pensabas que no sabía el mail de ella? Te envío copia a vos cuando le cuente todo.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Thursday, December 19 2008 21:23 PM
To: Carlos (levirovolador@gmail.com)
Subject: SOS HIJO, SOBRINO Y NIETO DE UN CAMIÓN LLENO DE PUTAS
La vas a pagar.
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Saturday, December 20, 2008 11:13 AM
To: TENERC100 (informes@tenerc100.com.ar)
Subject: pedido grupo electrógeno
Buenos días. Les escribo porque finalmente no hubo confirmación por tema entrega del grupo electrógeno. El señor Levirosky no me contesta los mails. Quería saber cuál es el inconveniente, ya que nos urge definir este tema. Por favor, necesito saber lo antes posible si el envío sigue en pie.
Muchas gracias
From: Osvaldo Aberdazi (osvaldoaberdazi@tenerc100.com.ar)
Sent: Saturday, December 20, 2008 11:50 AM
To: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Subject: RE: pedido grupo electrógeno
Ref. Motor Ashton Smith 5,9 G6 – Potencia 150 Kva – Cilindrada 5,9 – Peso 2400 Kg.
Señora Dusaldi: tengo que comunicarle que deberemos posponer el envío del Grupo Electrógeno Modelo Ashton Smith G-217 por motivos de fuerza mayor. Como quizás se haya enterado este fin de semana, Carlos Levirosky falta de la empresa desde el lunes pasado, para consternación nuestra y de su familia. La policía ya está informada y está efectuando una búsqueda exhaustiva, pero lamentablemente no tenemos noticia del paradero de Carlos todavía. Como los informes y el papeleo estaban en su maletín, por el momento hemos perdido el contrato y el preacuerdo, y deberemos confeccionarlo de nuevo. Le pido disculpas por las molestias ocasionadas y seguimos en contacto para poder en la semana definir un nuevo envío.
Muchas gracias.
Ing. Osvaldo Aberdazi
Gerente Técnico
From: Carla Dusaldi (cdusaldiexe@hotmail.com)
Sent: Saturday, December 20, 2008 12:05 PM
To: Carlos (levirovolador@gmail.com)
Subject: ¿Dónde estás?
¿Tengo que creer todo esto? ¿Dónde te metiste? Estoy muy angustiada. Mejor que tengas una buena explicación para lo que pasa. No podés jugar así con la gente. No podés jugar así conmigo. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
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12 de enero, 2009
A las once menos cuarto de la noche, la terraza del edificio parecía flotar, solitaria, sobre un abstracto mar de luces.
Ella pensó que detrás de algunas ventanas alguien podría oírla si gritaba fuerte. Pero no llegarían a tiempo. Saldrían a sus balcones para asomarse e identificar el origen del grito, pero nada más. Alguien quizás podría ubicarla, podría verla gritar otra vez, levantando los brazos. Pero en el segundo en que marcase 911, ya sería tarde.
Se quedó arrodillada en la oscuridad, en el rincón de la terraza, inmóvil. La sábana que recién había colgado le tocaba la cara, movida por el viento leve. Abrazaba la bolsa llena de broches y el balde en donde había llevado la ropa.
No podía mover las piernas. Sentía la línea de brea de las baldosas lastimando sus rodillas. Su ropa colgada armaba un telón formado por sábanas, toallas y bombachas a través del cual veía la puerta de chapa de salida, y por sobre ella el aplique de luz cilíndrico, semejante a un farol de barco o de puerto, que ahora estaba apagado. Mientras terminaba de colgar la ropa, la luz se había ido, y el camino hacia la puerta de chapa había quedado a oscuras.
Y en esa oscuridad casi sólida que aplastaba la terraza, sabía que alguien la esperaba.
No podía verlo, pero estaba ahí. El tipo que se había metido en su casa y ahora la había seguido hasta la terraza. O tipa, quizás era una mujer. Pero no, se dijo, pese al miedo en la garganta y en el vientre se puso a razonar consigo misma, una mujer no podía ser. Una mujer no haría algo así. La acometió una alegría reivindicativa de género que pronto se disolvió, pero se dijo que cuando pasara todo recordaría ese chispazo de comedia stand up surgido por un segundo, se lo comentaría seguramente a una amiga o a un compañero de trabajo, o a sus padres, o a algún amante ocasional.
Pero antes, tenía que salir de la terraza.
Había sido un día perfecto para lavar, no tanto calor y no tanto viento, con una insólita baja humedad, ideal para que en dos horas todo estuviese seco. Se había olvidado de subir la ropa porque estaba terminando la nota sobre Israel y quería mandarla al diario. Pero no podía escribir. Cada dos párrafos, saltaba al navegador Opera y se metía en favoritos y se perdía media hora. Luego abría el navegador en modo oculto y entraba a otra página que le interesaba, y se sentía estúpida porque usaba el modo oculto del navegador aunque vivía sola. Nadie, en estos días, iba a revisar su laptop, nadie estaba cerca de ella como para quererla si todo estaba bien o para oler un engaño si las cosas se estaban pudriendo.
Luego volvía al texto del trabajo y comprobaba que todo lo que había escrito era una cagada. En un momento escuchó la voz de su terapeuta que le aconsejaba detenerse y pensar cuáles eran los motivos que hacían que no pudiese concentrarse en un texto muy sencillo para ella, y que entregase trabajos uno o dos días más tarde de lo habitual. Entonces se alejó de la laptop y sacó un yogur de frutilla de la heladera, al que le agregó granola, y se lo comió con rapidez, con movimientos rápidos de la cucharita. Le molestaban esos vacíos que minaban el orden que intentaba tener. No era un Orden con mayúsculas, y mucho menos un Nuevo Orden Mundial, pero era al que aspiraba, y estaba lejos. En su lugar había un preciso Caos que la atenazaba implacable.
Tenía tres trabajos: el del diario, la producción de la radio los sábados, y la revista web, pero no había podido ahorrar para unas dignas vacaciones. Y “dignas” significaba algo en el interior, la costa o Córdoba, y en un esfuerzo mayor, Uruguay. Pero este fin de año las cuentas no le cerraban ni para ir a Chascomús, a conocer la famosa laguna que siempre había eludido. Pasando a cosas mayores que alimentaban más su ego, estaba la novela autobiográfica que había intentado escribir y le salía a borbotones torpes para luego quedar estancaba por días (un mes se iba a cumplir, un mes sin escribir una sola línea). 2009 solo traía incertidumbre, pero era preferible a las certezas horribles que había tenido en 2008. La más dolorosa era la de entender que su novio de los últimos seis años, el hermoso Lucas, era un hijo de puta sin vueltas. Se consolaba: durante milenios la gente pensó que la Tierra era plana, pese a la clara evidencia física.
La ruptura con Lucas había sido en mayo. Ya habían hablado por teléfono, y ella hubiese preferido no verlo más, pero él empezó a insistirle para encontrarse, porque una historia de años no podía cerrarse por teléfono. Ella accedió. Por incomprensibles motivos, Lucas la convenció de ir al primer local de Starbucks que se abría en Argentina. Estaba lleno. Cuando la empleada les preguntó los nombres para llevarles los cafés, ella se sintió mal del estómago. La charla fue todo lo espantosa que ella había previsto, pero nunca podía estar preparada. Ya sabía que él estaba con otra porque Lucas era tan imbécil que no podía pensar que, si se metía con una de sus alumnas, otra exalumna, que era ella, podía enterarse fácilmente. Ella y Lucas habían empezado a salir durante la cursada de la carrera de Medios y nunca se habían cuestionado si era ética la relación entre profesor y alumna. Lucas había argumentado que, en este caso, que era de amor “único”, él no tenía problemas en romper la ética. Ella ahora se preguntaba si esta nueva alumna era también un caso de amor “único”. Sin duda Lucas era un ser privilegiado al lograr encontrar en su camino tantos amores “únicos” seguidos. Por suerte, estas preguntas trascendentes ya no iban a ocupar más su mente. Por suerte, todavía no convivían, aunque eran los planes. Por suerte, el velo se caía cruel y limpiamente, pese a todo lo compartido, las lecturas, el cine, las salidas a recitales, las notas escritas a cuatro manos…
Todo ese balance mental duró lo que dura un Mocha Frappuccino, que finalmente tenía un perfecto sabor a mierda. Excelente título para la versión posmoderna del famoso bolero. “Sabor a mierda”, en tu boca quedará.
Salió de esa charla con puntadas en la cabeza y una íntima sensación de vergüenza y suciedad. Pese a la decepción, la rabia, la impotencia y las ganas de tirarse frente a un colectivo y anular toda complicación innecesaria en la vida, ella siguió adelante con un pequeño plan que se le había ocurrido durante ese último café helado.
Días después se miraba en el espejo oval del living, a las once de la noche. Era alta, era hermosa, su pelo negro y sus ojos grises eran su marca personal. Tenía 26 años. Hubiese deseado más tetas, pero las actuales no se caían aún y eran preciosas igual. Le gustaban sus piernas, le gustaba que la celulitis fuese una palabra aún ajena a su cuerpo. Se puso una mini que solo con sus piernas podía ser usada, y se fue a la fiesta de aniversario del diario, que era en Olivos, al borde del río. Estuvo hablando y tomando y bailando hasta que terminó en un sofá con Mechón, el nombre que le puso a Darío, el camarógrafo que se llevó a la cama. Tenía el pelo negro con una fina franja blanca que lo cruzaba, como un personaje de un comic franco-belga, tenía un cuerpo trabajado de gimnasio, pero con inteligencia, más fibroso que musculoso, algo que a ella le gustaba. Su cara era calma y sus ojos eran de dos colores como los de Bowie. Heterocromía se llamaba eso, y ella pensó que ese tema Mechón lo debía haber hablado con todas las mujeres que se habría cogido. A ella no le molestaba no ser una excepción.
Fueron a su departamento en Villa Crespo. El viaje fue largo y el ambiente en el auto alcanzó niveles de temperatura cercanas a la incineración por combustión espontánea. Él la miraba de vez en cuando mientras manejaba, y ella sentía que cada mirada era como un mar que la golpeaba y la envolvía en una onda prepotente y segura. Empezó a sentir que se le cerraba la garganta de placer, y cuando bajó del auto temblaba un poco. Él pensó que era por el frío y la abrazó. En el ascensor empezaron a besarse. Entraron a un monoambiente que no desmentía la profesión de Mechón, con sus afiches de películas y su rincón con dos modelos de cámara vintage. La cama era king size y se movieron en ella febrilmente. Él le levantó la mini y en un segundo sostenía su bombacha entre sus dedos y la tiró a un lado. Antes de que pudiese pensar, lo cual era tendencia en las últimas dos horas, Mechón se acostó sobre ella, le puso una mano sobre la boca, y la penetró. Ella emitió esos sonidos inarticulados inevitables, al tiempo que se daba cuenta de que él no estaba usando forro. Ella todavía no había cortado los anticonceptivos que usaba con Lucas, y se tranquilizó estúpidamente, porque sabía que su seguridad sanitaria no estaba a resguardo contra cualquier otra cosa infecciosa que Mechón pudiera guardar en su cuerpo fibroso. Pero, bueno, el muchacho parecía sano y además así es el placer, no te deja pensar, te reduce al estado de un animal, y además esta aceptación de Mechón y su empuje amatorio implicaban una concisa y dulce venganza que quería regalarle a su Lucas.
Una hora y media después, mientras Mechón dormía desnudo boca arriba, ella le sacó algunas fotos con su celular. A la mañana siguiente se las mandó a Lucas por mail. Le puso de texto: “Se llama Darío. Miralo bien para entender qué es un hombre de verdad. En treinta segundos me hizo su hembra y me hizo sentir lo que nunca sentí con vos en seis años. Besito”.
Después cerró la laptop y empezó a llorar. Lo hacía como siempre, sin que su bella cara se deformara en ninguna mueca impropia, solo con las lágrimas bajando lento por sus mejillas. Pensaba que el raid amatorio con Darío había sido grotesco, y había enmascarado una violación consentida. Odió a Mechón, que sin preguntarle nada había acabado adentro de ella, sin forro. Sintió asco y vomitó en el baño, luego el mal sabor de boca dio paso al miedo, a la fragilidad. Se acurrucó en su cama. Su celular sonó y por supuesto era Lucas. No contestó. Chequeó sus mails, habían entrado tres de él y uno de Mechón. Los borró sin leerlos. Más tarde metió todos los objetos de Lucas y todos sus regalos en una bolsa de consorcio, la cerró, y con un viejo palo de hockey le pegó hasta destruir todo lo que contenía. Fue el momento estelar del día. Bajó a la calle, tiró la bolsa en un container y volvió a su departamento. Se metió de nuevo en la cama y no salió en todo el domingo. Al otro día fue temprano al diario, y no se levantó de su escritorio por doce horas.
Durante un par de meses su vida consistió en desayunar, trabajar, merendar, ver televisión, cenar poco y levantarse extraños en bares, o a través de internet, casi una vez por semana. Los jueves eran días de happy hour que servían para la trampa a los casados o en pareja. Los sábados eran para los solitarios y el material se volvía denso. Una noche se fue con una mujer por primera vez, pero no sintió nada, estaba muy nerviosa, así que simuló su orgasmo. Otra vez se fue a la cama con un tipo viejo, muy viejo para ella, pero pulcro y amable.
Se las arregló para encubrir su sordidez con una pátina bien aplicada de despreocupación. Ni sus amigas ni sus padres sospechaban la corriente subterránea por la que se movía, una versión nocturna de ella que lograba activar y desactivar con pericia inédita.
El punto culminante de toda esa andanada de liberación ocurrió el 19 de julio. Fue una noche que todavía le costaba procesar, y que había guardado en el cuartito trasero de su mente para revisión posterior. Luego de esa noche, ella había caído en una especie de sopor, un automatismo que la hacía vagabundear por los sectores despoblados de la ciudad. Una noche estaba esperando el último subte D, a eso de las once y media, cuando se quedó mirando fijamente las vías, un riel de acero en donde se reflejaba una línea de neón azul, y ya no pudo sacar la vista del brillo que la llamaba como la línea azul moribunda de un viejo televisor recién apagado. Ladeó la cabeza pensando de repente si los colores tenían o no olor, o si los sonidos tenían o no textura (ese cruce de sentidos se llamaba sinestesia, lo sabía por la nota que escribía en ese momento), y no vio ni escuchó ni sintió el último tren entrar a la estación, pero sí registró el tirón hacia atrás que le dio una encargada de seguridad del subte que la había visto inclinándose demasiado por sobre el borde del andén.
A la semana siguiente empezó terapia, y organizó una dieta, y empezó a pensar en la novela, y parecía que el panorama se abría y un nuevo paisaje empezaba a formarse en el futuro, más hospitalario y calmo, en donde podía guarecerse.
Pero, sin aviso previo, llegó la paranoia.
Comenzó a dormir mal, a tener sueños en los que Mechón la violaba brutalmente, o sueños en los que Lucas y su nueva novia, en un salón de fiestas lleno de columnas romanas rotas, se reían de ella y luego se lanzaban a atacarla, y también tenía extrañas pesadillas con la noche del 19 de julio, con cuartos de colores y cuerpos indistintos (como si esa noche ya de por sí no hubiese sido lo bastante onírica), y siempre esos sueños basculaban entre el placer y el dolor, pero indefectiblemente terminaban en dolor.
Empezó a no contestar los llamados de sus padres. Se puso en guardia en la calle y en la oficina, y en los pasillos con recodos y en las escaleras oscuras. La interacción de los hombres con ella, la densidad y el acoso, que siempre había sabido manejar, ahora la cercaban, la asustaban, empezaba a creer que entre la gente estaba plantado un agresor, alguien que en el momento más inesperado y en el lugar más desprotegido la iba atacar y no iba a parar hasta verla sangrar.
Estaba alerta por los hombres en las calles y en el tren y el subte, y en los colectivos. No tomaba taxis, no hablaba mucho con nadie. Eliminó los encuentros casuales en una reacción inicial de miedo concreto. Se horrorizó de lo que había hecho, como si hubiese contemplado el comportamiento de una mujer promiscua que no era ella. Abandonó el sexo automático y amargo, el estallido de placer que daba paso al vacío, el hastío de las tardes huecas.
Para septiembre se calmó un poco y logró un precario equilibrio. Diversificó su trabajo pese a que ello no trajo beneficios económicos.
Una mañana de diciembre se le pegaron los ojos.
Se levantó con los párpados sellados por una conjuntivitis furiosa. Tuvo que buscar a tientas los saquitos de té y la preparación fue toda una tortura: estuvo ciega hasta una hora después, cuando uno de sus ojos se despegó y logró calmarse. Una médica le recetó gotas antibióticas que la sanaron, pero en este último mes la afección había vuelto dos veces más. Quiso volver a consultar, pero los turnos de su obra social eran absurdos, y la guardia era una vergüenza de ineficiencia y caos. Por suerte aún le quedaba medicación, y ya estaba entrenada para aplicarse las gotas. Esa mañana la conjuntivitis no la había atacado, pero ella sabía que no se había ido del todo.
Intentó cerrar la nota de Israel en la redacción, pero calculó mal los tiempos, así que se volvió a su casa con la perspectiva de terminarla, ver el episodio nuevo de True Blood y después dormir. Al llegar, cayó en la cuenta de que era enero y de que el 70 por ciento de la gente de su edificio no estaba, incluyendo a sus tres vecinos de piso.
El panorama desértico la afectó. Esperó el ascensor con cierta aprensión. Incluso el encargado, Vargas, ese desagradable ser al que tanto aborrecía, parecía estar de vacaciones, ya que no se había llevado las bolsas de basura del día anterior, lo cual sumía al pasillo en un olor a descomposición ácido y furioso, parecido al de algún animal muerto. Aunque quizás no lo parecía, quizás realmente a alguien se le había muerto el gato o el perro y, ante la situación complicada, había optado por meter a la mascota fallecida sin preámbulos ni exequias en una bolsa de consorcio.
Casi empujada por el vaho se metió al ascensor y pulsó el botón cuatro. Ya sostenía las llaves en la mano cuando las puertas automáticas se abrieron en el segundo piso.
Pero nadie entró al ascensor.
Se quedó mirando el pasillo vacío mientras esperaba que las puertas se cerrasen nuevamente. Estaba segura de que ella no había apretado por error también el botón del piso dos, así que alguien lo había hecho desde el piso mismo. Quizás se habían olvidado algo y regresado a su departamento, y por eso ahora no se veía a nadie en el pasillo, pero el silencio era tal que a ella le pareció que nadie podía haber llamado el ascensor en ese piso. Eran solo dos posibilidades. O ella apretó el botón o alguien lo llamó desde el piso dos. Antes de seguir imaginando, apretó el botón de cierre de puerta repetidas veces.
Este era el momento en el que, antes de que las puertas se cerrasen, unos dedos irrumpían desde el pasillo oscuro y evitaban el cierre, y alguien entraba al ascensor y le saltaba encima.
No pudo evitar un vergonzoso alivio cuando las puertas se cerraron y el ascensor prosiguió hasta su piso.
Cuando entró a su departamento, puso en práctica el ritual de siempre. Dejó pasar unos segundos, prendió la luz del hall y tiró su mochila en la banqueta de la entrada. En esa banqueta ella se había sentado desnuda arriba de un hombre, el único que se había llevado a su casa. La convenció la forma de hablar del tipo, del cual ya no recordaba el nombre. Era muy tranquilo y muy centrado, y su cara no expresaba nada que la alarmase. Sabía que se arriesgaba al llevarlo, pero estaba claro que quería arriesgarse. Quería llegar a ese borde. El recuerdo de ese riesgo le activó una puntada en el estómago, y se prometió deshacerse de la banqueta al día siguiente.
Dio dos pasos, se metió en la cocina y prendió la luz. Cerró con rapidez la puerta y se apoyó sobre ella con las dos manos. Gracias a Dios que no tenía cocina integrada. No respiró. Se sentía absurda, atrapada en el maldito cuento de Cortázar, pero era inevitable. Esperó un minuto hasta calmarse y abrió la puerta.
Se asomó al living.
—¿Hola? —preguntó a la oscuridad. Y su propia voz la intimidó. Pensó en qué habría hecho si alguien le hubiese contestado.
Se paró en el medio del living. El espejo oval le devolvió su imagen, una mujer con la cara algo desencajada, compartiendo su silencio.
Estas ridiculeces que hacía cada vez más seguido cuando volvía no terminaban de tapar el hecho de que empezaba a sentir el peso de regresar a casa y que nadie la esperase.
A Lucas sí que lo esperaban. La alumnita, o vaya a saber quién. El primer mes desde la ruptura solo podía imaginar a Lucas cogiendo con la alumnita. Le era imposible pensar otra cosa. Luego esos pensamientos se fueron debilitando, la reiteración hizo que dejaran de herirla, se volvieron vacuos y ya no la torturaron. Pero dieron paso a otras imaginaciones más dolorosas, las de momentos de Lucas con la otra en los que no había nada superficial y la pareja ya se había adentrado en una relación sólida, profunda e importante. Se preguntaba si Lucas era feliz, algo absurdo, ya que esa palabra siempre le había parecido una de las más infladas de la historia. Hasta la sonoridad de la palabra le resultaba insufrible. “Feliz”. Incluso en inglés sonaba mal: happy. No tenía fuerza. Una palabra aguda jamás podía generar respeto, no podía nunca representar un sentimiento tan relevante.
Prendió todas las luces del departamento, las del techo, las lámparas, los apliques. Necesitaba barrer cualquier rincón que no estuviese iluminado. Fue al baño, se colocó las gotas antibióticas en los ojos porque empezaba a sentirlos de nuevo pegajosos, hizo fuerza para cerrar la canilla del lavatorio que goteaba, fue a su escritorio cerca de la ventana que daba al balcón y siguió con la nota de Israel. Una hora después se levantó de la silla y fue a la cocina. En un rincón tenía el lavarropas ya lleno y listo para sacudir ropa acumulada. Lo puso a lavar con el programa largo. Después volvió al baño. Abrió la ducha y se metió bajo el chorro de agua fría. Gritó, se le despejó bastante la cabeza. Se miró en el espejo del lavatorio. Se miró a la cara, preguntándose cuál era el problema, qué era lo que no encajaba. ¿No era hermosa? ¿Qué mierda le pasaba? De nuevo perdía agua la canilla, la cerró ahora con más fuerza hasta extinguir su goteo.
Volvió a trabajar.
Enseguida se le secó la garganta. Necesitaba tomar algo, pero nada de lo que tuviese en la heladera, que era solo agua fría. No quería alcohol, sino algún jugo o gaseosa que le diese color a su noche. Se dio ánimos y logró salir al pasillo, pero no bajó por el ascensor, hizo los cuatro pisos por escalera.
Fue al chino de la esquina. No era el más limpio del barrio, pero sí el que cerraba más tarde. Además de la encargada de la caja, solo había un tipo en bermudas y camiseta de Vélez que estaba llevando un pack de Heineken. Era gordo y alto, con el pelo gris que le llegaba hasta los hombros. La miró fijamente cuando se la cruzó, y se puso atrás de ella cuando estaba en la caja pagando. Sentía su aliento en el omóplato derecho, y tuvo una nueva puntada en el estómago. Pagó su Schweppes pomelo que no era light, pero le gustaba, y la china de la caja le sonrió fugazmente.
A media cuadra del súper vio que el tipo de la camiseta salía y caminaba en su misma dirección, así que apuró el paso y entró al palier de su edificio.
El ascensor no estaba en planta baja, pero igual no quería usarlo. El tipo pronto iba a pasar por la puerta, y seguro la miraría. Se lanzó hacia las escaleras y de nuevo trepó hasta su piso, ya súbitamente cansada, no tanto físicamente, sino tomada por una debilidad que minaba su interior.
Al llegar hasta la puerta del departamento, comprobó que estaba sin llave.
Percibió con certeza que el corazón se le aceleraba, y que cada latido era como si dentro de su pecho algo la estuviese mordiendo.
Era una puerta con manija de los dos lados, algo que ella siempre quiso cambiar, aunque nunca lo había hecho. Si no cerraba con llave, la manija podía moverse desde afuera y alguien entrar fácilmente.
¿Se había olvidado de cerrarla?
Se quedó mirando la puerta, decidiendo si entraba al departamento o no. Era como si toda la paranoia de los últimos dos meses la estuviese bombardeando en un desesperado ataque final.
Entró al departamento.
Inmediatamente sintió que el aire se había vuelto más denso a su alrededor. Estaba segura de que se había producido un murmullo, una vibración, un ruido bajo y constante, que se cortó inmediatamente cuando ella abrió la puerta. Como si algunas cosas invisibles se hubieran puesto de acuerdo para callarse. “¡Shhh, silencio, llegó Mariana!”, habían dicho los seres ocultos detrás de estanterías y adentro de armarios.
Percibía una vibración baja, como un motor encerrado, o un perro que gruñía y acechaba pero que aún no atacaba. Tuvo el impulso de huir, de irse a lo de sus padres, para calmarse. Pero sabía que tenía que combatir la irracionalidad de todo el asunto. Estaba parada en el hall, sabiendo que pronto la luz del pasillo del edificio iba a apagarse y tendría que hacer algo, cuando un ruido cortante la asustó por un segundo, antes de reconocerlo. Era el centrifugado del lavarropas. Todo su cuerpo se distendió un poco. El Candy modelo 1992 que le había legado su madre y que todavía se comportaba heroicamente la devolvía a la normalidad con un gesto piadoso.
Metió la ropa en un balde, se colgó al hombro la bolsa de broches y subió a la terraza.
La puerta de chapa era dura de abrir y el picaporte le manchó la mano con grasa. Salió a la terraza puteando de nuevo al portero, encendió el aplique de pared y caminó hasta encontrar un espacio disponible para colgar ropa en las filas de sogas. Pasó cerca de la baranda baja (demasiado para su gusto) que daba al vacío y a la calle catorce pisos más abajo. Un viento húmedo le movió el pelo y la hizo mirar hacia la noche. Mientras colgaba la ropa pensó en lo estúpida que era, y lo complicada que era su vida. Su imagen en apariencia sin defectos encubría una personalidad que parecía una ciudad bombardeada, con soldados locos que se escondían entre las ruinas, peleando por órdenes recibidas hacía tiempo por jefes ya muertos. Le gustó la imagen y la archivó en su cabeza para usarla en la novela. Sabía que si no la registraba se olvidaría, así que mecánicamente llevó la mano al bolsillo del pantalón para sacar el celular y grabar la frase, y entonces recordó que lo había dejado abajo. Empezó a repetir en voz alta la frase para fijarla.
La luz de la terraza se apagó.
Quiso gritar, y solo le salió un gemido que se cortó muy rápido. La terraza había quedado totalmente a oscuras, y ella apenas veía las filas de ropa y la puerta de salida. Supuso que pronto su vista se acostumbraría a la oscuridad, pero cuando eso sucediera, ¿qué vería?
El miedo la abrazó como ningún amante lo había hecho nunca.
En la terraza había alguien. Podía sentirlo, esta vez no era la paranoia. Estaría a unos cuatro o cinco metros de ella, no más. Quizás detrás de alguna sábana colgada, o debajo de la escalera que subía a la sala de máquinas.
Podía intentar correr hacia la puerta, pero no iba a llegar, la iba a agarrar antes. Seguro era alguien hábil para esconderse, para filtrarse en las casas. ¿Sería el de la camiseta de Vélez que estaba en el chino? ¿Cómo pudo entrar al edificio?
Abrió la boca y no logró proferir ningún sonido. Se le aflojaron las piernas y cayó de rodillas.
Ahí estaba, en el limbo del miedo. ¿Cómo podía reactivar su cuerpo, hacer que le obedeciese de nuevo?
Cerró con fuerza los ojos, deseando que se le pegasen para siempre, tratando de anular todo a su alrededor. Se encogió para convertir su cuerpo en algo insustancial que nada del mundo físico pudiese afectar. Cuando era chica soñaba con ser invisible, pero no era suficiente, porque la materialidad seguía estando. Necesitaba transformarse en una bruma que nadie pudiese herir.
Un bocinazo sonó abajo, en la calle lejana. Ese ruido la trajo de nuevo al ahora, a lo real, a la textura de la baldosa, a la humedad que se le colaba por la boca. A sus pechos apagados, a su vientre retraído, a su frente que pulsaba.
Se puso de pie de golpe y abrió los ojos. Negro, gris, gris más claro, formas de ropa y paredes, una puerta lejana que se dibujaba de a poco…
Levantó el balde y lo lanzó hacia la zona más oscura de la terraza.
—¡Dejame en paz! —gritó Mariana.
El balde voló y golpeó contra una pared, cayó al suelo, rebotó una vez en el piso, se detuvo. Ella ahora podía verlo, volcado de lado, como la cabeza perdida de un robot extraño. Podía ver toda la terraza, vacía. Ahora que podía mirar, harta de su miedo imbécil, comprobó que no había ningún rincón en donde el atacante de las sombras pudiese esconderse. Se sintió triunfante. Tirar el balde fue un gesto que le devolvió la entereza.
—¡Boluda, pelotuda y boluda! —se gritó a sí misma. Se pegó un cachetazo en la sien, se rio y la risa lastimó su garganta. Se pasó una mano por la cara mojada y salada, caminó a grandes pasos hacia la puerta de chapa.
—Enferma mental… —llegó hasta la puerta y la abrió.
Una figura humana levantó los brazos hacia ella. Mariana gritó. La figura también gritó.
—¡Querida, casi me das un infarto! —dijo la vecina del piso de abajo.
—¡Haydeé, Haydeé! ¡Perdón! —la tomó de los brazos y la besó en la mejilla. Se encendió la luz de la terraza.
Haydeé tenía 86 años, había sido empleada de la municipalidad toda la vida, y también corredora de maratones. Seguiría corriendo si no se hubiese roto la cadera hacía dos años. Le habían dicho que no iba a volver a caminar, pero con una anciana maratonista no se jode. Ahí estaba Haydeé, caminando por todo el barrio. Mariana absorbió la fuerza vital de ella, quería invitarla a tomar té a su casa, adoptarla como abuela, regalarle algo. Un collar verde se vería bien con sus ojos. Era igual a la vieja de Titanic, pero no tan vieja, claro. Bajaron juntas en el ascensor.
—La luz esa a veces se apaga sola porque la tecla está como vencida y se mueve. O hace falso contacto. A mí me pasó una vez.
—No sabe el susto que me di.
—Yo te entiendo. Además, no hay mucha gente ahora en el edificio. Acá nadie paga las expensas, pero todos se van de vacaciones. Andá con cuidado. No te quiero tocar porque me ensucié con la grasa de esa puerta de porquería.
—La puerta que Vargas no arregla nunca.
—Mejor no hablemos de eso.
Estaba eufórica. Entró al departamento con ganas de bailar. Se sentía casi renacida. Lo que le había pasado era un ejemplo claro de la necesidad de un cambio radical en su vida. Fue como si todas las trampas que siempre se había fabricado hubiesen orquestado una pantomima final contra ella, un espectáculo oscuro, un abismo para que ella cayese. Pero había atravesado ese abismo. Entendió que los últimos meses se había estado mintiendo a sí misma con prolija crueldad.
Antes, cuando estaba arrodillada en la terraza, muriendo de pánico, no había podido evitar desear que Lucas estuviese allí, salvándola. De inmediato entendió que eso no iba a pasar. Entonces se levantó y se salvó ella sola. La anécdota era tan pueril como el peor libro de autoayuda, pero no por eso menos cierta. Sintió que un viento purificante le limpiaba la frente. Lucas, pobre. Buscando mujeres que reafirmen su atractivo. Condenado a la repetición narcisista, a estar encadenado a un deseo imperfecto. Pobre Lucas, pobre ella. Años con la realidad trastocada.
Tenía mucho para hablar en terapia. Incluso quizás cambiase de terapeuta. O quizás dejase, ¿por qué no? Todo era posible ahora, en este nuevo cielo despejado que erradicaba las sombras.
Decidió ducharse otra vez. Se sacó la ropa en el living y se quedó desnuda, mirando las cortinas de la ventana que daba al contrafrente. Entró al baño y encendió la luz del espejo. Se miró, se sonrió, bajó la vista.
La canilla goteaba de nuevo.
Se quedó mirándola, viendo de reojo en el espejo cómo su cara se congelaba en una mueca de perplejidad.
Ella había cerrado bien la canilla la última vez que había entrado al baño. La había cerrado con fuerza porque el goteo la irritaba. Pero ahí estaba la porfiada gota, cayendo en el lavatorio. Siguió el derrotero de la gota con atención, sabiendo que otra vez la versión obsesiva y enferma de Mariana surgía para tomar el control. La gota se deslizó por la curva de loza blanca del lavatorio, irrefrenable, hasta llegar al círculo de latón del agujero del desagote y desaparecer. Pero allí, a unos milímetros del lugar por donde había desaparecido, había otra gota.
Y era una gota negra.
Su mente se disparó, y ya no se detuvo.
Bienvenidos otra vez al show del pensamiento paranoico. En una secuencia rápida de imágenes, reconstruyó todo lo que había pasado. Alguien la había seguido. No el pobre tipo de la camiseta de Vélez. Ese era demasiado brutal y visible como para hacerlo. Este otro era alguien con talento para acechar. Una especie de artista. Quién sabe desde cuándo la estaría vigilando, revisando sus movimientos. Esperando el momento justo para actuar. Debió haber entrado al edificio cuando ella fue al chino. Ella había salido muy rápido, y el cierre de la puerta ofrece un margen para colarse, tarda un par de segundos. Entró, subió, abrió la puerta con una ganzúa, una llave maestra o algo así. Hay instrumentos para abrir cerraduras que se compran por internet. Su puerta no tenía una cerradura reforzada, era muy fácil de abrir. Él se había metido en su departamento, por eso ella percibió algo cuando entró. Estaba escondido en algún rincón. Podría haberla atacado en ese momento, pero ella no le dio tiempo. Subió a la terraza con la ropa lavada, y él la siguió. Quizás le gustaba jugar con sus víctimas, demorar el momento para caer sobre ellas. Abrió con cuidado la puerta de chapa. Esperó a que ella empezase a colgar la ropa, y apagó la luz de la terraza. La tuvo a ella a su merced, disfrutando, tensando los músculos antes del salto, quizás con el inicio de una fuerte erección entre sus piernas. Pero llegó Haydeé, y él logró escabullirse y volver a su departamento.
Y acá viene la cuestión. Un tipo como él debe ser un obsesivo, alguien que piensa que cada detalle cuenta, que cada pieza de los mecanismos que arma debe estar en su lugar. Cuando volvió al departamento de ella, se dio cuenta de que se había manchado la mano con grasa al abrir el picaporte de la puerta de chapa que el imbécil de Vargas nunca limpia. Todo atacante violador que se precie sabe que el trabajo no puede hacerse con las manos sucias. Así que fue al baño y se lavó las manos. Lo hizo a conciencia, limpiando luego el lavatorio. Lo limpió más que nada por detallista, porque en realidad ya no importaba: iba a consumar su acto de placer supremo cuando ella volviese.
Ahora estaba escondido, detrás de las cortinas de la ventana del living, a punto de moverse hacia ella.
Una gota hace la diferencia.
Una gota de semen que elude los controles necesarios puede originar un embarazo. Una sola gota de grasa negra en un lavatorio blanco es suficiente para estimular la imaginación de una periodista con ambiciones de escritora.
Aquí estaba ella, inmóvil, con la vista detenida en la gota, sumando dos más dos.
En su mente se disputaba una partida de ajedrez. Las piezas blancas se movían a través del raciocinio, la lógica y la tranquilidad. Las piezas negras discutían todo, establecían otra versión de los hechos, el reverso desquiciado de la historia. Era una imagen bastante básica, pero a ella siempre le servía. Recién, por supuesto, habían movido las negras. Las blancas contestaron. Había muchos puntos débiles en su construcción. ¿Por qué el tipo dejó la cerradura abierta cuando entró a su casa? ¿Por qué la siguió a la terraza, si hubiese sido más fácil atacarla en su propio departamento? ¿Qué pasa con lo del ascensor, que se detuvo en el segundo piso? ¿Cómo explicaba eso? Además, ¿estás totalmente segura de que cerraste bien la canilla del lavatorio? Y acá viene una movida que te pone en jaque: ¿no te manchaste vos también con grasa con la puerta de chapa? ¿Estás segura de que esa gota negra no la causaste vos misma? ¿No estás sucumbiendo demasiado a tu mente desbordada? ¿No estás teniendo fantasías de violación, algo bastante comprensible teniendo en cuenta que atravesaste una ruptura y varios meses de vida promiscua y autodestructiva?
Apoyó las manos en el borde del lavatorio y en la boca se le formó una sonrisa dura. Sabía que cuando eso pasaba significaba que estaba haciendo esfuerzos por reprimir una inevitable risa, pronta a explotar sin control. Respiró hondo y retuvo el aire, luego lo soltó lentamente.
OK, acababa de derribar al rey negro. Se rendía. Y al mismo tiempo esa rendición era un triunfo. Mate de las blancas. Aquí empezaba el resto de su nueva vida. Se iba a mudar, iba a alquilar un PH en un barrio más tranquilo. Se proponía trabajar como una alienada los próximos dos años. Iba a juntar plata e iba a pedir licencia para escribir la novela. Saldría a caminar todos los días, cambiaría su dieta y haría más ejercicio. Oxigenaría su alma carcomida por la miseria pasada. Basta de loops enloquecedores en su mente. Y si el destino le traía a alguien, una nueva historia, un nuevo amor, sería el amor más sano del mundo, sería…
Todas las luces del departamento se apagaron.
FASE UNO
EL ESPEJO DETRÁS DEL ESPEJO
“Kathy, I’m lost”, I said, though I knew she was sleeping.
PAUL SIMON
1
5 de febrero, 2009
No vio al nene hasta que lo tuvo a un metro de distancia.
Fue raro. Entre Fabián y el pasillo del Barolo había dos puertas de madera lustrada, pero de bisagras ruidosas, aun con los cuidados más sigilosos. Además, él siempre oía, o mejor dicho detectaba, los movimientos de otros ocupantes del piso: Valeria Mayo tenía una consultora de algo en el 11 F; un tipo gordo que a veces parecía bajo y a veces alto ostentaba en su puerta la palabra “brokers” con la letra “s” borrada; y en la otra punta del pasillo trabajaba un colega con el cual había cambiado alguna palabra de vez en cuando en el ascensor. Fabián registraba a esa gente, la contabilizaba como la población inamovible del piso, sus movimientos no le pasaban desapercibidos.
Pero el nene ahora estaba frente a él, surgido de una nada imprecisa.
—¿Fabián Danubio?
—Sí.
—Necesito que me ayude.
Tendría 11, 12, o quizás 10 años. Pelo oscuro, ojos marrones casi negros, cejas anchas. Desgarbado. Cuando pegase el estirón sería de verdad alto. Sus pies, por ahora, eran algo desproporcionados en tamaño para su altura. Vestía una parka excesiva para la época del año, que tenía estampados los nombres Phineas y Ferb, con la figura de una especie de pato con sombrero de detective de película antigua. Más abajo, unos pantalones jogging con diseño de camuflaje militar, pero en un anómalo color gris y negro, que le quedaban algo cortos. Tobillos color hueso, enfundados en soquetes que apenas asomaban por el borde de las zapatillas, unas Nike negras con el logo pintado con fibrón azul.
—¿Te perdiste?
Era la pregunta más ridícula que podía hacerle a ese nene, pero todavía no lo sabía. Por el momento parecía perdido, parado frente a él. Recordaba que a veces había visitas guiadas al edificio, y más de una vez algún chico se descarriaba y se lanzaba a explorar los pasillos. Pronto supo que ese no era el caso.
—Vine a verlo. Usted habló con mi mamá hace casi dos meses.
—¿Quién es tu mamá?
—Esther Levirosky.
El nombre no le decía nada. Fabián suspiró en forma inaudible. Se estaba haciendo una idea de lo que pasaba.
—¿Y por qué tema hablé con tu mamá?
—Por la desaparición de mi papá.
Ya estaba claro. Alguien más que entraba a esta oficina y no necesitaba precisamente sus servicios como arquitecto.
—¿Cómo es tu nombre?
—Ian.
—Ian. Mirá, quizás le dije esto a tu mamá, pero yo no hago esos trabajos. No busco gente que desaparece.
—Usted encontró a su hija.
Se tomó un instante antes de contestarle.
—Sí, la encontré. Tuve suerte. No soy profesional en eso. Yo soy arquitecto. O intento serlo. ¿Ves? —Con un ademán abarcó la oficina—. Planos, una maqueta. Un tablero de dibujo que casi no uso, una PC. De esto trabajo.
El nene (Ian, se llamaba Ian y el nombre era un sonido en la boca que expulsaba el aire y ya no lo sostenía) miró el lugar. Más que mirarlo, parecía barrerlo con un haz invisible y preciso, registrando una imagen 3D, grabando un holograma en sus ojos. Ian era impasible, sin movimientos superfluos. Fabián empezó a inquietarse.
—Muchas cosas de acá no son de un estudio de arquitecto. Los arquitectos no usan globos terráqueos. Ni armaduras.
—No, por lo general no.
—¿Eso que hay arriba de la armadura es una gallina?
—Sí. Se llama Marcia. También heredé un gato, pero ahora no está. Debe haber ido a cazar a la terraza. Casi todo era del dueño anterior del lugar.
—¿El detective?
—Sí.
—¿El que murió?
—Sí. El que murió.
Ian había hecho trabajo de campo.
—Sentate.
Ian lo hizo. Se sentó sin mirar, como si la silla ya hubiera estado fijada en su memoria desde el momento en que entró en la oficina. Fabián se aclaró la garganta, casi juntó las manos para hablarle, pero era un gesto que detestaba y logró evitarlo.
—Lamento mucho lo de tu papá. Sé lo que sentís. Pasé por lo mismo. Leíste los diarios, internet. Parecés un pibe despierto. Yo soy arquitecto. Punto. La policía se está encargando de lo de tu papá. Tené confianza en ellos.
Se sintió falso al decirlo, pero no podía hacer otra cosa. Él también había tenido ansia de esperanza, y se aferraba a cualquier madera flotante que pudiese darle una respuesta. No iba a negarle nada de eso a este nene. A Ian.
Ian lo miró desde la silla. Los dedos de sus manos tenían las uñas metódicamente comidas. Hizo un leve movimiento con la boca, una contracción discordante en el estilo directo de su cara. De una riñonera que Fabián no había visto antes sacó un cilindro de plástico, lo colocó sobre la mesa, lo abrió y extrajo un rollo de billetes. Eran dólares.
—Esto es lo que puedo darle por ahora. Más adelante puedo conseguir más. Tengo euros también. Unos pocos. —Ian se mordisqueó el dedo y lo miró con expresión de anhelo. Un mechón de su pelo negro caía sobre su ojo izquierdo—. Es para que sepa que hablo en serio.
—Estoy seguro de que hablás en serio. Pero no lo puedo aceptar.
—¿Por qué?
—Porque no es mi trabajo, te lo dije.
—Pero no parece tener mucho trabajo como arquitecto.
—¿Cómo sabés?
—Está solo acá. Si tuviese trabajo, habría más gente. Mi papá conoce arquitectos con trabajo. Sus estudios siempre tienen gente.
—Yo trabajo solo.
—Y tiene solo una obra. Y no muy grande.
La capacidad de deducción de Ian era certera. Fabián estuvo tentado de decirle que investigara él lo de su padre, que parecía estar bastante capacitado. Por lo menos más capacitado que la policía. Pero se contuvo. Si la vida había sido cruel con Fabián, eso no lo habilitaba para ser cruel con otros. Aunque recién había tenido ganas de serlo.
—Tenés razón. No es un momento de mucho trabajo. Pero me arreglo bien con la obra que tengo.
—Necesita ganar algo más.
Fabián se inclinó sobre el escritorio. Se sentía ridículo estableciendo una especie de duelo con un chico de 11, 12, o quizás 10 años.
—Ian, te juro que cuando seas grande te voto para intendente. Parecés muy capaz. Pero no gastes tiempo ni plata acá. Te repito: no hago ese trabajo. Te deseo suerte.
Admitió con algo de vergüenza que estaba irritado. Había un gesto de Ian que generaba su fastidio y ahora lo localizó: Ian no lo miraba todo el tiempo a la cara cuando él le hablaba. Fijaba su vista en un punto indeterminado, como si su atención se desviase hacia otra zona más útil. Como si mirar a lo lejos le ayudase a pensar mejor. Pero ahora sí lo miró, directo a los ojos. No había desafío ni algo cercano al enojo en su cara. Solo una comprobación empírica del fracaso. Parecía casi un autómata triste.
Se levantó de su silla. Recogió el rollo de billetes del escritorio y lo guardó en su riñonera. Sus labios casi ni se movieron cuando habló.
—Le pido perdón por molestarlo, señor Danubio.
Y caminó hacia la salida.
Fabián se quedó sentado, viendo la puerta cerrarse quedamente. Desde la cabeza de la armadura, Marcia lo miró. Le pareció oír que cloqueaba, pero no estuvo seguro.
Alcanzó a Ian en el pasillo, frente al ascensor.
—Tengo que bajar a comprar algo.
Mientras esperaban el ascensor, Fabián lo observó de reojo. Ian vigilaba el marcador de pisos, seguía el movimiento de la aguja de latón que describía un arco. Ian no miraba, absorbía.
Ricardito les abrió la puerta del ascensor. Vestía su habitual traje de botones de un hotel que ya no existía.
—Piso 11. Purgatorio —dijo con solemnidad.
Fabián le hizo un gesto con la cabeza. La cabina del ascensor empezó el descenso. Ian era un poco más alto que Ricardito. Este lo observó con una mano en la palanca de accionamiento del ascensor, palanca que Fabián sospechaba era un elemento solo decorativo y teatral, pero aún no había podido comprobarlo.
—¿Lo encontraste al final? —preguntó Ricardito.
—Sí, gracias —contestó Ian.
El ascensor siguió bajando.
Salieron al enorme hall y caminaron hacia la calle. Ian se volvió a medias e hizo un gesto con la mano hacia Fabián, despidiéndose. Llegó hasta las puertas de cristal y salió al exterior. Fabián se volvió hacia Doménico, el encargado de blazer negro que siempre estaba detrás del mostrador de recepción.
—¿Ese chico no vino con nadie?
—¿Qué chico?
Fue a la calle y lo vio entre la gente, llegando a la esquina de Avenida de Mayo y San José. Caminaba decidido y directo. Llegó hasta él antes de que entrara al subte.
—¿Viniste solo?
—Sí.
—¿Cómo?
—Google Maps —dijo Ian.
Antes de entrar al Taunus, Ian apreció el auto durante un par de segundos.
—¿Es vintage? —preguntó mientras se ajustaba el cinturón de seguridad que Fabián había renovado hacía poco.
—No sé. ¿Cuántos años tiene que tener para serlo?
—Veinticinco, creo.
—Es de 1984 —Fabián calculó, pero Ian le ganó de mano.
—Este año se vuelve clásico.
Fabián asintió y puso en marcha el auto.
—¿Dónde vivís?
—En Victoria.
—Supongo que no es la de Entre Ríos.
—No. Es Zona Norte.
—¿Antes o después de San Fernando?
—Antes. Pero la verdad, no hace falta que me lleve.
—Sí hace falta. Un chico de tu edad no puede ir así solo por la ciudad.
—¿Por qué?
—Porque es peligrosa. ¿Llamo a tu mamá y le aviso que vamos?
—Mamá ni se enteró de que me fui.
—¿Cómo sabés?
—Porque está durmiendo ahora.
—¿A las seis y media de la tarde?
—Toma pastillas.
—Ah.
Fabián salió del garaje, dobló en Hipólito Yrigoyen y encaró hacia el Bajo. Era día laborable, pero era verano. La primera marea de gente ya había vuelto del enero turbulento de la costa, y ahora la ciudad atravesaba la transición de un febrero intermedio, en donde empezaba a aparecer en el horizonte un marzo que implicaba el retorno a la actividad. Viajaron sin hablar. Ian no parecía sentirse incómodo en el silencio, se sumergía en él sin problemas. A Fabián le recordaba un poco a Moira, pero creía que Ian y ella no necesariamente congeniarían por eso.
Recién cuando pasaron por el Carrefour de Vicente López, Ian habló.
—Fue el 15 de diciembre. El salió del trabajo como todos los días. Pero no llegó a casa.
Eran casi dos meses. En la escala de un caso de desaparición, era una eternidad. Fabián había sufrido esa eternidad, segundo a segundo, derramándose sobre él.
—¿Los de Búsqueda qué dicen? ¿Tienen alguna idea?
—Sí, una. Que mi papá se fue.
—¿Por qué dicen eso?
—Por el auto. Después de setenta y dos horas…
—… descartan secuestro extorsivo, sí. Y el auto todavía no apareció.
—No.
—¿Y hay algo más que indique que tu papá se haya ido? ¿Qué pasa con la plata? ¿Cuentas de banco en actividad, retiro de dinero, algo? ¿Ropa de tu papá faltante, algo que haga presumir que planeaba irse?
—No hay nada de eso. Pero ellos dicen lo del auto. Que todavía no haya aparecido.
—¿Las cámaras en los peajes no registraron nada en esa fecha?
—No. Igual se sabe que hay peajes en donde las cámaras no andan.
—Es raro que justo haya pasado por un puesto en donde la cámara no funcionase.
—Entonces el auto no salió de la ciudad.
—Quizás.
Ian se acomodó el cinturón de seguridad, que le apretaba un poco.
—Yo creo que no le quieren decir a mi mama que… mi papá podría … que no esté vivo. Pero por lo menos yo sé que él no se fue.
—¿Por qué?
—Porque él no me hubiese dejado así.
Fabián apretó el volante del Taunus con las dos manos y siguió manejando. Dejaron atrás la catedral de San Isidro, que se recortó sombría contra el cielo que se apagaba de a poco.
La casa de los Levirosky era un chalet de los setenta que había tenido varias modificaciones. Si originalmente su estilo era indeterminado y caótico, los subsiguientes cambios habían vuelto la casa imprecisa e inclasificable. Evidenciaba bastante plata invertida, sin embargo. Fabián pudo ver un anexo detrás de la vivienda, un volumen vidriado que protegía una pileta climatizada.
Ian sacó un llavero que era la miniatura de la cabeza de Darth Vader. Abrió el portal de entrada. Caminaron por un corto parque hasta la puerta de acceso a la casa. Ian abrió la segunda puerta.
Entraron a un gran living atiborrado de muebles de distintos estilos, aunque una mano rectora (la de la madre de Ian, casi con seguridad) había unificado de alguna forma la variedad, dándole al lugar un carácter envolvente, que Fabián bautizó como “estilo clase media alta, origen Buenos Aires Design”. El sofá, las sillas, la mesa del comedor, los aparadores de guardado, las bibliotecas, todo respondía al diseño establecido por los shoppings. Parecía que una voluntad sistemática hubiese leído las revistas de fin de semana de los diarios para recabar información, y hubiese anotado las direcciones allí apuntadas para luego recorrer con determinación los negocios que vendían todos esos dudosos muebles, seguramente más caros que de calidad.
Había una limpieza anómala en el lugar y en todas las cosas. Alguna mujer realizaría esa limpieza con eficiencia, y Fabián no creía, dadas las circunstancias, que fuese la madre de Ian.
El chico encendió las luces, grupos de dicroicas organizadas en sectores barrieron el ambiente con cortinas de luz que le daban al lugar una inevitable teatralidad impostada. Luego caminó hacia un pasillo y desapareció. Después de unos instantes, regresó. Se había sacado la parka y tenía una remera negra con el símbolo de Linterna Verde.
—Está dormida todavía.
—¿Qué toma?
—Las cajitas dicen Rivotril.
—¿Está consultando a un médico?
—Ahora no.
Fabián, flanqueado por Ian, se asomó a la habitación de Esther Levirosky. Ella estaba acostada en el centro de una cama de dos plazas y media, tapada con un cubrecama de rombos blancos y negros. Fabián se acercó y escuchó la respiración profunda y sostenida de la mujer. Vio una cabeza con pelo color rubio ceniza, largo, sujetado parcialmente con un rodete, derramándose desordenado en la almohada.
—Está bien —dijo Ian—. Su respiración es normal.
Fabián sintió una súbita indignación hacia la mujer dormida. Una mujer que se llenaba de pastillas y dejaba que su hijo de once años atravesase la ciudad, una ciudad y unas calles que podían masticarlo de un momento a otro, sin siquiera escupir sus restos.
La mujer se movió levemente y un hombro desnudo asomó desde abajo del cubrecama. Ian sacó una frazada de una cajonera y tapó el hombro de su madre. Volvieron al living.
—En un rato se va a despertar. Tipo diez, creo. —Ian consultó un reloj que llevaba en la muñeca. Hacía mucho que no veía a un chico de esa edad con un reloj de pulsera, que además parecía quedarle grande.
—¿Vas al colegio mañana?
—Estamos en febrero.
Fabián asintió. El tiempo era una variable rara para él últimamente. Se organizaba en su trabajo y en la vida con Moira, pero perdía la noción de los días de la semana (se había levantado para trabajar un domingo más de una vez), y el calendario del año se volvía borroso. Pagaba sus cuentas y se ordenaba bien en general, pero no tenía relación directa con el almanaque.
Quería irse de esa casa, pero no se decidía. Ian lo miraba de pie en el living, con una de las dicroicas del techo que derramaba su luz amarilla sobre él y le armaba alrededor del cuerpo una suerte de halo envolvente.
—¿Qué vas a comer?
—Tengo patitas de pollo en el freezer.
—OK.
Fabián no sabía qué decir. Caminó hacia la puerta. Ian lo seguía con las manos en los bolsillos.
—¿Te acordás del nombre del policía de Búsqueda que lleva el caso? —le preguntó a Ian.
—El apellido. Kiprik.
—¿Con “k”?
—Sí.
No lo conocía. No había estado en las últimas reuniones por su caso. Cambiaban las figuritas todo el tiempo.
Fabián se dio cuenta de que estaba esperando que Ian le pidiese ayuda de nuevo, pero eso no iba pasar. Quizás Ian estaba en una edad en la que no detectaba discordancia entre lo que se decía y lo que se hacía, entre el hablar y el actuar de la gente. Pronto se decepcionaría de su lógica hasta ahora inalterable. Este chico ya había sufrido un golpe enorme: la vida no era lo que parecía, no verificaban los cálculos, se desbordaba en absurdos vericuetos. Ian, como tantos otros, había sido lanzado al vórtice violento del sinsentido, pero ahí estaba, erguido apenas en medio de la tormenta incomprensible. Fabián deseó poder hablarle, poder hacer un gesto al menos que cambiase ese día para él. Quiso ponerle una mano en el hombro, transmitirle una energía que él no tenía. Hizo el esfuerzo por darle algo, algo mínimo pero importante. Pero no pudo.
—Cuidate.
—Gracias.
Entró al Taunus y arrancó. Miró de nuevo hacia la casa. Ian no estaba a la vista, aunque detrás de las inmaculadas cortinas Fabián divisó la sombra casi desvanecida del niño caminando por el living de la casa silenciosa.
2
Cuando estaba por llegar a su casa, se acordó. Él había hablado con Esther Levirosky. La mujer lo había llamado por teléfono cuando recién se había instalado en la oficina del Barolo. Se había comportado con ella en forma confusa, primero rechazándola, luego dándole un margen de esperanza, para después ya no contactarse con ella. No recordaba si había sentido culpa por eso. Imaginaba que ella tampoco tuvo mucho tiempo para pensar en ese rechazo. Lo cierto es que, desde que se había resuelto su caso, por lo menos una docena de personas lo habían contactado para pedirle ayuda por algún caso similar.
Recordó con cierta vergüenza que un tipo lo había interceptado en el hall del Barolo para pedirle encarecidamente que encontrara a su perro perdido, y le había ofrecido una suma nada desdeñable por el trabajo. Fabián le había dejado instrucciones a Doménico de no dejar pasar a nadie que preguntara por él. Todos los que iban a su oficina ya tenían cita previa. Los que no entraban en esa ecuación, no pasaban. Todavía tenía la incógnita de cómo Ian pudo atravesar ese filtro.
Dejó el Taunus en el garaje Calíope, que antes había sido un cine de barrio, y caminó despacio hacia su departamento. Antes de subir, desde la vereda, vio la silueta de su padre, con su caminar pausado y sus hombros caídos, recortándose a través de la ventana del living.
Cuando entró, Ernesto ya se ponía el saco color arena que para el verano resultaba bastante caluroso.
—¿Todo bien?
—Todo perfecto. Está en su pieza.
—¿Te quedás a comer?
—Hoy no, gracias.
Ernesto Danubio se acomodó la camisa y agarró del sofá su maletín, que sobrevivía de su época de escribano, y ahora era usado mayormente para transportar libros o cuadernos manuscritos. Amagó con sacarse los anteojos de leer, pero se los dejó puestos.
—¿Cómo estuvo?
—Tranquila. Me sigue asombrando cómo lee.
—¿Por qué?
—Devora las páginas. Yo a la edad de ella leía Patoruzito.
—Lila siempre me contó que de chica leía mucho.
Ernesto se abrochó un botón del saco. Se alisó la solapa, afirmó su mano en el maletín y miró a Fabián.
—Me voy. Te llamo mañana antes de venir.
Iba a preguntarle si lo acompañaba abajo, pero recordó que su padre tenía llaves.
Se paró en la puerta del cuarto de Moira. Estaba muy ordenado, y no tenía demasiado mobiliario. Había sido el cuarto de Fabián mientras él estuvo solo, pero ahora habían hecho un intercambio y se lo había pasado a Moira ya que este era más amplio. Solo había una cama, un escritorio con una PC que Moira no usaba, y un placard que abarcaba toda una pared. Opuesta a la pared del placard estaba la ventana, a través de la cual se veían dos cipreses del parque de la casa vecina. Moira estaba sentada en la cama, con las manos en el regazo, mirando hacia la puerta, como esperando que Fabián se asomase.
—Ey —dijo Fabián.
—Ey —contestó Moira.
Ella no parecía de 14. Era muy alta y flaca, al punto de que sus huesos, su cuerpo, se estilizaban como si hubiese nacido en un planeta con menor gravedad. Pero no era solo su cuerpo el que daba idea de otra edad, era su cara. No solo los ojos, que eran idénticos a los de Lila, marrones, rasgados, levemente inclinados hacia abajo, casi como derramándose; además la forma de la cara, ovalada, la eximía del círculo inocente o del cuadrado áspero. Era un óvalo como un cero, y ese alargamiento en un eje vertical por sobre el horizontal le daba a la cara de Moira una geometría que respiraba una madurez inesperada, que había llegado antes de tiempo, fatalmente. La boca de Moira, cerrada en una línea o abierta en una explosión súbita cuando sonreía (casi nunca), también desmentía su edad cronológica. Tenía una cara que podía ser su distintivo en los próximos cuarenta años, sin grandes cambios visibles. Y era hermosa. Fabián imaginó que Moira preservaría esa cualidad atemporal de su rostro aun cuando fuese anciana. También se preguntó dónde estaría él en ese momento, pero desechó esa idea de su cabeza, porque ahora estaba mirando algo que siempre que entraba allí lo absorbía y lo r
