Los ojos de Luna y el fin de los cometas

Javier Allard De Landa

Fragmento

Los Ojos De Luna

EL CANAL DORADO

Utrecht, otoño de 1997

Las niñas aún duermen. Es una mañana tranquila de sábado en casa de los Dufer. Luna también duerme, con el sueño a medias, con la angustia de que el día que ha estado evitando toque a su puerta. La serenidad del momento se ve interrumpida súbitamente por el repiquetear del timbre, que suena una y otra vez. Albert Dufer, despierto desde temprano, baja por las empinadas escaleras para abrir.

Utrecht se asienta a orillas del río Rin. Por varios siglos fue la ciudad más importante de los Países Bajos; llegó a ser una conocida fortaleza romana, luego un gran centro medieval y hasta un destacado territorio religioso, lugar de residencia de obispos, incluso, el primer papa no italiano de la historia, hace medio milenio, era de Utrecht. Hoy es conocida, entre otras cosas, por su universidad, una de las más prestigiosas en Europa.

En el centro de Utrecht todas las casas son similares, sobre todo las que se encuentran a orillas de algún canal. La casa de los Dufer no es la excepción. Apenas cruzando el umbral de la entrada hay unos escalones que conducen al primer piso, donde está la cocina, la sala y un pequeño comedor. En los siguientes dos pisos están las habitaciones y el cuarto de baño, y en el último, el de forma de triángulo, sólo está la habitación de Luna, quien despierta al escuchar el timbre. A través de su ventana mira a un hombre con gabardina negra y no tarda ni tres segundos en intuir que se trata de la visita que ha temido durante tres años. Ha practicado tantas veces lo que haría en esa situación que no puede fallar y, aunque el desconcierto le llena el alma, sabe muy bien cómo actuar. Tras un profundo respiro, se cambia velozmente de ropa y se acerca a la puerta para escuchar con atención lo que sucede en la planta baja.

El señor Dufer abre la puerta con tranquilidad, sin imaginar quién podrá estar afuera.

—Buenos días —saluda Albert a aquel extraño.

—Buenos días, mi nombre es Johan Platt. Necesito hablar con usted un momento.

—Dígame en qué puedo ayudarle.

Albert comienza a entender el propósito de aquel hombre pero mantiene una actitud neutral.

El visitante da un paso adentro de la casa y, mostrándole una foto en la que aparece Luna, le pregunta:

—¿Conoce usted a esta joven?

Luna, al escuchar la pregunta, se cuelga a la espalda su pequeña mochila y abre la puerta del armario, que es una salida secreta, un clóset sin ropa donde hay una escalera que sube a la azotea. Se cuela rápidamente por ahí.

El señor Dufer intenta entretener durante el mayor tiempo posible a Johan Platt.

—No, señor, no creo haberla visto. Déjeme ver bien la foto.

El señor de la gabardina comienza a perder la paciencia.

—Sé que ella vive aquí y tengo órdenes de revisar esta casa —insiste con un tono de voz más elevado.

—Definitivamente no la conozco. Al menos explíqueme bien lo que sucede.

—Lo siento, señor Dufer, tengo que pasar.

Habiendo dicho esto, el hombre entra sin que Albert intente detenerlo.

Sobre los tejados, Luna entra a la casa de junto y baja corriendo para salir a la calle. Los vecinos, que nunca están en fin de semana, acostumbran dejar sin llave la puerta de la azotea por si hubiera alguna emergencia.

Mientras Luna escapa, Platt revisa la casa de los Dufer piso por piso. Después de veinte minutos ya no es necesario seguir buscando. Ella no está.

—Su casa quedará vigilada, señor —dice el hombre de negro, clavando los ojos en Albert—, y si Luna regresa, nos la llevaremos. Por el bien de usted, si sabe algo de ella, hágamelo saber. Aquí le dejo mis datos.

El intruso sale de la casa y se va caminando hacia la estación de tren. En ese momento, Luna ya está lejos. Corre lo más rápido que puede por la orilla del canal principal. Algunas cuadras después gira a la izquierda y continúa corriendo hasta que el cansancio y la razón le hacen detenerse.

No puedo seguir corriendo, piensa. Debo tranquilizarme.

Se sienta en el hueco que se forma debajo de cinco escalones que llevan a la entrada principal de una casa desocupada. Su cuerpo tiembla y su respiración es entrecortada, tiene miedo, pero Luna confía en que puede enfrentar esto y sabe que no debe permitir que ese miedo se convierta en un pánico que la paralice. Minutos después comienza a llover. En ese momento su cuerpo y su respiración empiezan a relajarse, siente nostalgia. La pequeña Utrecht tiene cierto parecido con Ámsterdam, que está a cuarenta kilómetros de distancia; es una ciudad antigua y romántica, con canales, puentes y calles de ladrillo, pero es más relajada. También es un lugar alegre, sobre todo en primavera, cuando se llena de tulipanes. Sin embargo, este día de otoño a Luna le parece la ciudad más melancólica sobre la Tierra. Se escucha la lluvia, sin el sonido de una bicicleta o las risas de algún estudiante caminando por la calle. Todo se ve gris, excepto el canal frente a ella, que parece haberse teñido de dorado con la cantidad de hojas que han caído en los últimos días. Cada gota de agua sobre cada hoja seca parece formar una melodía que va tomando más fuerza. Es como si el canal cobrase vida propia, las hojas comienzan a moverse de un lado a otro y caen más para seguir pintando el agua de dorado. Luna se recarga en el brazo, se relaja y, tranquilamente, espera a que la lluvia cese.

Los Ojos De Luna

HANS

Las niñas Dufer preguntan por Luna, pero Albert no sabe qué responder. Está tranquilo, sabe que ella escapó a tiempo y que pronto recibirá noticias; también sabe que quizá no volverá a verla y le duele, sobre todo por sus dos hijas, quienes la extrañarán aún más.

Silencio, frío y humedad. Ambiente típico de otoño. Luna intenta tranquilizarse. Respira profundamente, mira de nuevo el canal con las hojas doradas que se han vuelto a inmovilizar y que, además, se han duplicado. Finalmente, pasa junto a ella un taxi y lo llama haciendo una señal.

—¿A dónde la llevo, señorita?

Luna lo mira, pensativa. Espera callada como si fuese él quien debiera decirle su destino. Él también la mira, levanta las cejas y sonríe como diciendo: “Anda, niña, que llevo prisa”. Ella sonríe también y le responde:

—Se lo digo en un momento, mientras conduzca por favor hacia una avenida en la que podamos avanzar más rápido.

—¿Está todo bien, señorita? ¿Tiene algún problema?

—No, s

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