La rosa del acantilado

Helena Vicente

Fragmento

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Capítulo 1

Erin despertó esa mañana con la certeza de que iba a morir. Al igual que muchas doncellas de la aldea antes que ella, había soñado con la Bestia y el rumor del oleaje en los acantilados que llamaba su nombre.

Era temprano. El segundo día de festividades que pondrían fin a la temporada de cosechas y darían la bienvenida al año nuevo; el segundo día que el risco sería visible desde la costa. Lo que también traería la elección de una nueva joven.

La maldición del mar condenaba desde hacía siglos a la aldea pesquera de Carraig. Ni los más ancianos habían conocido alternativa a los sacrificios que, cada año, entregaban al monstruo con la llegada de la última luna llena del otoño. Una ofrenda a la Bestia era lo único que mantenía a raya a la plaga del mar; lo único que permitía a Carraig disfrutar de unas aguas tranquilas y de la pesca que constituía el sustento principal del pueblo. Una sola muerte a cambio de muchas vidas.

El murmullo de los vecinos reunidos bajo su ventana aceleró el pulso de Erin y reavivó el temor de la reciente pesadilla que todavía la envolvía como la bruma permanente que acompañaba al risco. Empujada por la fatídica corazonada, abandonó la cama de inmediato y caminó apresurada en dirección a la calle. Sus pies descalzos se enfriaron al contacto de la piedra helada y pronto su cuerpo entero se estremeció.

Se detuvo a pocos pasos de la entrada. Su madre, que ya aguardaba junto a la puerta abierta, había adoptado una postura de solemne resignación. La miró sin verla y asintió en silencio.

Los ojos claros de la muchacha se fijaron entonces en la gastada madera de la entrada sin poder disimular el terror que comenzaba a devorarla por dentro. Tal y como temía, alguien había pintado la superficie de un color azul tan vivo como la sangre fresca. Un color tan imposible que no cabía duda de cuál era su significado. La maldición del mar la había elegido a ella como sacrificio.

Erin no lloró. Tampoco gritó, como había supuesto. Simplemente permaneció de pie, inmóvil; enterrando su alma en el color azul pintado en la puerta mientras asimilaba su destino.

Sabía que tarde o temprano ese momento llegaría, que se convertiría en ofrenda y moriría a manos de la Bestia. Había vivido con esa convicción toda su vida. Al menos, desde que comprendió que su belleza destacaba entre las demás niñas de la aldea; que las miradas compasivas que recibía por parte de los vecinos, disfrazadas de elogios, no eran sino una sentencia ineludible. Solo las jóvenes más hermosas, gráciles y correctas eran entregadas en sacrificio.

Erin poseía todas las virtudes de una hija modélica y un encanto natural que embelesaba a todos los muchachos de Carraig. Una mirada alegre y sonrisa fácil acompañaban siempre a su esbelta figura; de piel de nata, ondas de oro y ojos del color del mar en un soleado día de primavera. Erin era pétalos de flores y brisa marina, una canción antigua entonada junto al fuego. A menudo, era comparada con una princesa de cuento, inteligente, delicada, difícil de olvidar.

Durante muchos años, Erin deseó haber nacido fea o con alguna horrible deformidad que la salvara de la Bestia. Incluso pensó en sacarse un ojo, o tal vez los dos. Pero, conforme crecía y se educaba como doncella de Carraig, comprendió que, si no era ella, otra ocuparía su lugar. Su muerte podría salvar la vida de una hija, una amiga o una hermana.

Tan pronto como este último pensamiento cruzó por su mente, distinguió un rostro familiar asomándose entre la muchedumbre. Nadaba contra la marea, ahogándose entre los aldeanos que se apelotonaban en la entrada de la humilde vivienda mientras intentaba darle alcance.

Su mellizo Erwin y ella eran físicamente como dos gotas de agua. Lo más cerca que estaría nunca de contemplarse en un espejo. Por eso mismo, en cuanto vio reflejado en su rostro contraído la misma angustia y desesperación que ella sentía, el miedo ganó la batalla y Erin se vino abajo sin poder evitarlo.

***

—¿Por qué tiene que ser ella?

Erwin no se había alejado de su hermana desde ese instante. Había abandonado todas las tareas que debía cumplir ese día y se había instalado de nuevo en el humilde hogar familiar para permanecer con ella todo el tiempo posible. El poco que les quedaba.

Se encontraba en la diminuta cocina junto a su madre. Ayudaba a preparar la cena, cuchillo en mano. Troceaba el pescado que después asarían en las brasas del hogar, donde ya hervía un sencillo puré de guisantes. Erin, algo más alejada, permanecía ausente, perdida en sus pensamientos y en el risco al que partiría a la mañana siguiente.

Ninguna de las dos mujeres contestó a su pregunta.

Erwin resopló, incapaz de contener el tumulto de sentimientos que lo asaltaban. Se sentía enfermo, al borde de un ataque. Observó su reflejo distorsionado en el filo del cuchillo.

El joven trabajaba en el mercado preparando pedidos y limpiando tripas de pez. Un empleo que le había sido asignado casi por compasión gracias a un conocido de la familia. Aunque eran mellizos, Erin y él no podían ser más diferentes. Físicamente el parecido era extraordinario, sí, pero en cuanto a virtudes, Erin se había quedado con ellas dejando al muchacho huérfano.

A pesar de ser hijo de un honrado pesador, a sus dieciséis años, Erwin parecía ser bueno en nada y un hazmerreír en todo. Le resultaba imposible subirse a una barca y no marearse, no era bueno con los números para poder vender mercancía; dado a su aspecto frágil, poco varonil, tampoco era capaz de transportar cargas demasiado pesadas. Soñaba con alejarse de Carraig y dedicar su vida a algún oficio artesano en la ciudad. Aunque era muy consciente de que ya era demasiado mayor para iniciar una formación como aprendiz, y que tampoco tenía suficiente dinero para emprender un negocio por su cuenta.

Su padre lo consideraba un inútil al que prefería no ver; su madre hacía tiempo que había perdido la esperanza de encontrarle una buena esposa; su hermana, sin embargo, apreciaba su tenacidad y buen corazón. Erwin la quería con locura. Era todo cuanto tenía en el mundo, lo único que de verdad merecía la pena en su vida, e iba a perderla para siempre.

Sintiéndose impotente y frustrado por la situación, dio un golpe enérgico con el cuchillo, que quedó clavado en la madera de la mesa. Su madre se sobresaltó ante el sonido brusco antes de continuar con los quehaceres.

—¡Hay doncellas mucho más guapas en Carraig que Erin! —protestó él, una vez más—. Está… está esa chica morena de ojos verdes que baila en la plaza, por ejemplo. ¿Qué me dices de ella? ¿Por qué han pintado nuestra puerta en lugar de la suya?

—No serviría. La ofrenda debe ser de una doncella virgen… —musitó su hermana por lo bajo.

—¡Oh, vamos! ¡Qué más da! —Dio otro golpe sobre la mesa, esta vez a puño cerrado—. ¿Se va a enterar la Bestia de eso cuando la mate? Y si de verdad es tan importante, nos vamos tú y yo ahora mismo a la taberna a ponerle remedio.

—¡Erwin!

—Esperabas una declaración de Tadhg, ¿no es cierto? Si no lo encontramos ahí, vamos a su casa. Estoy seguro de que en una situación como esta…

—¡No! —se horrorizó—. ¿Cómo puedes proponer algo así?

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