Dímelo con besos (Dímelo 3)

Mercedes Ron

Fragmento

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Prólogo

KAMI

Nadie hubiese imaginado que eso ocurriría. Si me dejasen echar la vista atrás, a lo mejor hubiese podido ver las señales, las pistas que de alguna manera me había ido autoconvenciendo de no saber interpretar. No quería verlo... ¿Por miedo?

No lo sabía, pero sí sé que sentí algo extraño aquella mañana al entrar al instituto. No me preguntéis exactamente qué fue, pero podía olerse algo en el aire... Podéis llamarlo intuición, premonición..., no lo sé, pero cuando ocurrió, mi mente sintió alivio, no un alivio real, claro, pero sí la sensación de haberse quitado un peso de encima, de haber comprendido por fin ese extraño presentimiento que desde hacía semanas recorría mi cuerpo y mis pensamientos, alertándome de que algo iba a ocurrir, de que algo se estaba gestando en esos pasillos abarrotados de adolescentes, en esas clases donde las mentes funcionaban para alcanzar lo que la sociedad nos imponía desde que éramos capaces de hablar: «Estudia, aprueba los exámenes, entra en una buena universidad, pide una beca, estudia, endéudate hasta las cejas, estudia, trabaja, paga los préstamos, trabaja, cómprate una casa, un piso, o vive de alquiler, búscate a alguien que te soporte y que te quiera, ten hijos, ahorra para tus estudios, trabaja...».

Y así hasta el infinito.

Levanté la cabeza del examen final de física, igual que hicieron todos mis compañeros, y un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.

Inmediatamente después del primer estruendo, vino el segundo y luego un tercero.

Se hizo el silencio durante unos segundos infinitos y acto seguido oímos los gritos.

El profesor Dibet se puso lentamente de pie y yo tuve el impulso de hacer lo mismo. De levantarme y correr, pero ningún músculo de mi cuerpo reaccionó, así como tampoco lo hicieron los de mis compañeros.

—Que alguien llame al 911 —dijo lentamente acercándose a la puerta de la clase.

Nadie se movió.

—¿A qué estáis esperando? —nos apremió, y por fin a mi alrededor los alumnos empezaron a moverse.

Abrí la boca con voz temblorosa.

—Nadie tiene los teléfonos, profesor...

La mirada del profesor Dibet se clavó en la mía y vi el miedo cruzar sus facciones.

Solté un grito cuando se oyó el estruendo del siguiente disparo, esta vez mucho más cerca.

—¡Todos debajo de los pupitres! —ordenó el profesor—. ¡Ahora!

Obedecimos sin decir nada, aunque los llantos no tardaron en llegar a mis oídos.

Miré hacia mi izquierda.

Kate parecía totalmente aterrorizada, su cuerpo temblaba y se abrazaba a sí misma con fuerza.

Me hubiese gustado poder decirle algo, poder acercarme y rodearla con mis brazos, sentir el abrazo de quien fue mi amiga desde la infancia... aunque ya no nos hablábamos, todo lo que había pasado entre nosotras no tenía importancia en ese momento.

Cuando escuché el susurro que salía de sus labios, no fui capaz de encontrarle una explicación lógica a sus palabras:

—Esto es culpa mía, es culpa mía.

Cerré los ojos con fuerza cuando el siguiente disparo llegó a oídos de todos. Me tapé automáticamente las orejas con las manos y empecé a rezar en silencio.

Thiago.

Taylor.

Oh, Dios mío... Cameron...

Así empezó la pesadilla..., pero mejor comenzar desde el principio.

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PRIMERA PARTE

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1

KAMI

Nadie tenía ni la menor idea de dónde estaba Julian. Había pasado ya una semana desde que Thiago había viajado a Nueva York para descubrir que el acosador del instituto, el que había estado manipulando a todos y alejando y poniendo a la gente en mi contra, había sido Julian Murphy, alias Jules. El mismo que la noche que viajamos a Falls Church me había invitado a ver una película en su habitación para drogarme y grabar un vídeo mío desnuda y subirlo a las redes para que todos lo vieran. El mismo que había estado metiendo mierda entre una de mis mejores amigas y yo, el mismo que había subido fotos privadas a mi propio Instagram después de chantajear a mi hermano pequeño para que entrara en mi habitación a robarme... El mismo que se había hecho pasar por gay para llegar hasta mí, el mismo que había jurado ser mi amigo.

Dejé de apretar el lápiz contra el folio y pasé el dedo por encima del agujero que acababa de hacerle a mi dibujo debido a la fuerza con la que sin darme cuenta había estado presionando el papel.

No era nada del otro mundo, garabatos sin sentido, pero que, si los mirabas con perspectiva, te podían llegar a poner los pelos de punta. Nada que no fuese lúgubre salía últimamente de aquellos lápices, algo que ya era de esperar.

¿Podía ir a peor ese maldito curso?

No lo creía..., no podía tener tan mala suerte.

Lo que había estado pasando en el instituto me tenía tan distraída que las últimas semanas ni siquiera había pensado en el divorcio de mis padres. Mi madre estaba irreconocible, inestable por todo lo sucedido, por enterarse de que a sus dos hijos les hacían bullying en el colegio, harta de que su propia madre, mi abuela, le dijese que no tenía ni la menor idea de cómo criarnos, cansada y preocupada al ver que la paga que mi padre nos enviaba no le bastaba para mantener su alto nivel de vida, al que poco a poco iba a tener que ir desacostumbrándose.

Al menos ahora parecía un poco más humana, no tan Barbie y no tan estúpida y llena de superficialidades. Ya no tenía tiempo para eso, no desde que era ella la que ahora debía llevar la casa, llevarnos y recogernos del colegio, hacernos de comer, encargarse de mi hermano pequeño...

El día anterior me acompañó a la comisaría a poner una denuncia oficial contra Julian por acoso, abuso sexual y difamación por medio de un vídeo privado. No lo había tenido claro, no sabía si me veía capaz de enfrentarme a algo así, de ir a juicio contra alguien a quien hasta hacía poco había considerado mi amigo. No quería volver a verle la cara, no podía, pero mi madre y mi abuela habían insistido, habían insistido muchísimo; aun así, los que finalmente me convencieron de hacerlo fueron los hermanos Di Bianco.

¿Qué tenían aquellos dos chicos para entrar en mi cabeza y arrasar con todo? ¿Qué tenían para que su opinión, su concepto de mí, fuera tan importante como para borrarme el miedo y conseguir en una simple conversación que hiciera lo que ellos y mi familia querían que hiciese?

No me había olvidado de ese último momento que había compartido con Thiago en su coche el día que se descubrió la verdad y Julian se llev

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