Los cinco continentes del amor

Javier Ruescas

Fragmento

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1

Negro mar del corazón

Los fuegos artificiales iluminaban a ráfagas un mar que, para Olimpia, era un manto sombrío e inescrutable. Por más que medio centenar de amigos hubieran acudido a la playa para celebrar su decimoctavo cumpleaños, se sentía más sola que nunca.

Sola y decepcionada.

Aprovechando que se había formado un corrillo alrededor de una hoguera, mientras el guaperas del instituto cantaba a la guitarra It’s so easy to fall in love, sus pies descalzos se apartaron del grupo resiguiendo el límite cambiante entre la arena fría y la espuma del mar.

Cuando hubo puesto suficiente distancia entre ella y aquella fiesta en la que se sentía una extraterrestre, se sentó sobre una duna. Tres palmeras de pólvora se iluminaron sobre la playa de la Barceloneta para luego desvanecerse como una lluvia de chispas.

Hasta aquella noche, que su cumpleaños cayera en la verbena de San Juan siempre le había parecido una feliz coincidencia. Lo había vivido con la ilusión de que la ciudad entera celebraba su nueva edad.

Sin embargo, aquel 23 de junio tanta pirotecnia le pareció una burla cruel. Solo tenía ganas de llorar, y sin duda lo habría hecho de no haber llegado una sombra amigable por detrás.

Cuando se sentó a su lado, en la duna, Olimpia esbozó un intento de sonrisa. Albert era el único amigo a quien se permitía mostrarle sus miserias. Nunca se sentía juzgada por él.

—Hola, chica triste. ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Tenemos cava, cerveza, bebidas energéticas y refrescos con cero azúcar.

—No quiero nada, gracias.

—Si molesto, me voy…

Olimpia apoyó su cabellera ondulada en su hombro y, tras dejar escapar un suspiro, dijo:

—Por favor, quédate. Después de tantos años queriendo ser libre de hacer lo que quiera, sé que ahora debería estar liándola parda. O al menos intentándolo en honor a todos los que han venido. Deben de pensar que soy una borde…

—Que piensen lo que quieran. Además, gracias a tu fiesta se lo están pasando bomba.

Esta última palabra salió de la boca de Albert a la vez que un estallido en el cielo precedía a un enorme castillo de fuego, que fue aplaudido por el grupo de la playa.

—Me alegro de que se diviertan, porque yo esta noche no me aguanto ni a mí misma. Me siento…

Olimpia se mordió el labio mientras luchaba por no romperse.

—¿Vacía? —adivinó Albert.

—Sí, es una forma de definirlo.

—Sé que le echas de menos —dijo él pasándole el brazo por el hombro—. Yo también estaba convencido de que esta noche vendría, pero tiene que haber una razón…

—No busques razones —le cortó Olimpia—. Nada justifica que un padre no aparezca el día que su hija se hace mayor de edad.

Albert calló. Hasta esa primavera que ya habían dejado atrás, aquel economista serio y afable se había desvivido por su única hija. Como contrapeso al carácter impulsivo y caprichoso de la madre, Olimpia siempre había encontrado en él un remanso de paz y comprensión que ahora se había diluido en el negro mar.

Literalmente.

Sin previo aviso, de un día para otro se había despedido de su familia dejando una carta sobre la mesa, y había partido con su yate para dar la vuelta al mundo sin fecha de retorno. Una decisión extraña que, dos meses después, Olimpia seguía sin entender.

—¿Tu madre todavía piensa que hay otra persona? —preguntó Albert, aun temiendo ser inoportuno.

—Da igual lo que piense mi madre. Y puedo comprender que, después de tantos años juntos, uno pueda enamorarse de nuevo.

—Es tan fácil… Ya lo dice la canción.

—Fácil para todo el mundo, menos para mí —dijo resentida—. En cualquier caso, eso no justifica que mi padre no haya dado señales de vida en un día como este. ¡Ni siquiera me ha mandado un mensaje al móvil! ¿Tú no estarías furioso?

—Quizá esté atracado en algún lugar lejano, sin cobertura —trató de consolarla—. ¿Dónde estaba la última vez que te escribió?

—En la isla Ascensión. Según mi padre, un pedrusco a medio camino entre África y América.

Ambos se quedaron en silencio. El rumor lento y constante del mar, punteado por los petardos y cohetes, hizo que Olimpia se sintiera cercana a un ataque de pánico. Aunque la temperatura era agradable, de repente notaba los pies fríos. Y el alma helada.

Siguiendo un impulso, tomó la mano de su amigo y murmuró:

—Albert, necesito pedirte algo.

—Lo que quieras, Oli…

Solo él tenía permiso para llamarla así.

—Voy a marcharme a la francesa.

—¿Vas a irte de tu propia fiesta? —preguntó él con asombro.

—Sí. No estoy nada bien.

Albert la miró preocupado y luego miró al grupo que ahora bailaba al lado de la hoguera.

—Lárgate, anda… —le dijo—. Yo te cubro. Voy a esperar a Dídac, no creo que nosotros tardemos mucho más en irnos. Diré que te ha sentado mal la bebida y te he tenido que meter en un taxi.

—Gracias. No sabes cómo… —murmuró ella con los ojos húmedos.

—Cuando acabe la fiesta, quien necesitará un taxi seré yo, para llevarme el montón de regalos que hay ahí. Mañana te los acerco a casa.

Olimpia se puso de pie y le abrazó con fuerza. Cada vez que lo hacía, le resultaba inevitable pensar en aquellas semanas que habían sido algo más que amigos. Todo iba perfectamente hasta que Albert le confesó que había descubierto que no se sentía atraído por las chicas. Que ni siquiera entendía por qué había tardado tanto en aceptarlo, y mucho menos por qué le había pedido salir en un primer momento. Estaba hecho un lío. No fue fácil para ninguno de los dos, pero el cariño que se tenían acabó secando las lágrimas y aplacó el dolor. Tiempo después, Albert conoció a Dídac y ambos encajaron como la letra y la melodía de una canción.

La voz paciente de Albert la devolvió al presente.

—Vamos, márchate ya o te van a pillar por banda y tendrás que dar mil explicaciones.

—Tienes razón —dijo abrumada—. No sé cómo agradecerte…

Albert se acercó el índice a los labios para pedirle que se callara de una vez.

Conmovida, tras darle un beso en la mejilla, Olimpia se deslizó por la arena con los zapatos en la mano. Caminaba en dirección contraria al mar, buscando la ciudad que celebraba el inicio de un verano que prometía ser un desierto para ella.

Una vez en el asfalto, apretó el paso en dirección al metro, ignorando que, también para ella, la noche estaba lejos de haber terminado.

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2

El atlas del amor

El paquete aguardaba en el buzón, sobresaliendo como una bandera que advertía y tentaba a Olimpia. La añoranza que había guiado sus pasos hasta casa se disipó al advertirlo bajo la luz ambarina de la farola, que se filtraba dentro del portal.

Antes de sacarlo, volvió a abrir la puerta para m

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