Las alas del tiempo (Guardianes del destino 1)

Karen P. Sánchez

Fragmento

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Prólogo

La gente ya no cree en los ángeles. Y menos aún se oye a alguien contar haber visto a uno a lo largo de una vida. Ya nadie dedica una mirada al cielo ni se para a encender una vela, pero allí arriba, en su reino, los ángeles siguen desempeñando sus tareas, observando a la humanidad y velando por nuestro destino y el orden en el universo. Amaya era una de esas personas, aunque no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Hacía mucho que los ángeles no intervenían en el curso de la humanidad, pero esta será una ocasión que requerirá su atención. Existen ciertas reglas que no se deben romper, y desafiar las leyes del reino celestial puede llegar a tener consecuencias devastadoras.

***

Se giró rápidamente sobre su hombro, pero no vio a nadie, a pesar de estar segura de que alguien la observaba. Una ráfaga de viento agitó su melena junto a un sonido de fuerte aleteo, y sus ojos se movieron de un lado a otro de la playa en busca del origen. No vio nada. Solo estaba ella en la pequeña cala, sentada muy cerca de la orilla, con los pantalones ahora cubiertos de arena debido al cambiante capricho del viento. Aún con el corazón inquieto, clavó sus ojos verdosos en el vaivén de las olas. Siempre le había gustado la tranquilidad con la que el agua se movía en aquel trozo de paraíso, escondido de las fuertes corrientes y del ajetreo de los barcos pesqueros que poblaban la costa. Seguía viniendo cada semana a visitar su lugar secreto. El lugar de los dos. Aunque ahora solo estuviera ella. Los granos dorados de arena se escurrieron entre sus dedos cuando cogió un puñado. Imaginó que sostenía la mano de Álvaro en lugar de la cálida arena, aunque el sol de la tarde y el rumor de las olas ahora le parecían más fríos que nunca. Quizá fuera su alma la que se había helado, al menos eso era lo que decía la gente del pueblo. La chica del corazón de piedra, la que no tiene sonrisa. Sacudió aquellos pensamientos de su cabeza. Nunca le había gustado formar parte de los chismorreos de los vecinos.

—¿Por qué no me llevaste contigo? —le dijo al viento. Aunque en realidad aquellas palabras iban dirigidas a él.

Su cara de pillo apareció ante ella como una vieja foto.

«No seas tonta, aquí te aburrirías como una ostra» habría respondido. Eso le decía cada vez que Amaya sugería quedarse en el pequeño pueblo costero junto a él y sus padres. Su hermano sabía que las inquietudes de ella iban más allá de las bonitas calas y los fines de semana navegando en el mar. La había visto devorar una y otra vez los libros de Julio Verne cuando era pequeña, su favorito era La vuelta al mundo en ochenta días. Le gustaba jugar a imaginarse la protagonista de su propia aventura, donde debía recorrer todos los lugares maravillosos del planeta para encontrar la felicidad, igual que en el final de la novela. Y no es que ella hubiera sido infeliz durante su niñez, era la preferida de las vecinas por su simpatía y su risa contagiosa. Incluso los marineros de los barcos de pesca se desvivían por hacerla reír cuando acompañaba a su padre durante alguna jornada tranquila. Él era el patrón del barco Celestina, que había pertenecido a su familia durante varias generaciones.

«Un barco pesquero no es lugar para una niña de seis años», habría gritado su madre al regresar del mar, esperándoles a ambos ansiosa en el muelle y con una cuchara de cocina en la mano, como si fuera a darles un escarmiento con ella. Suspiró con nostalgia ante aquellos recuerdos. A veces su madre se preocupaba demasiado, pero luego sonreía al ver la enorme dorada que su marido había guardado para ella. Le encantaba invitar a los vecinos a cenar y enseñar orgullosa sus deliciosos platos. En ningún lugar se comía tan bien como en aquella casa, era el hogar del pescador y la mejor cocinera de Leira. Casi pudo evocar el olor humeante a patatas asadas y romero de la última vez que las había degustado, aunque ahora se daba cuenta de que no había sido en mucho tiempo. Su madre, tras el fallecimiento de Álvaro, había terminado cogiendo un trabajo como cocinera en el mesón del pueblo. Decía que la ayudaba a estar distraída, aunque sus platos ya no tenían ese toque especial de antaño.

Todo había cambiado en casa y, aunque su padre se esforzaba por mantener el ánimo, Amaya sabía que la ausencia de su hermano era al que más le dolía. Álvaro llevaba varios años ayudándolo con la pesca, desde que acabó el instituto. Quería ser tan bueno como él para un día convertirse en el patrón de la Celestina, como en su día su padre tomó el relevo de su abuelo. Habían pasado tanto tiempo juntos que se le hizo muy difícil salir a navegar tras lo ocurrido, aunque al final pasó a convertirse en una rutina más, algo que debía hacerse para seguir trayendo dinero a casa, pero solo eso.

Se incorporó para estirar las piernas y sacudirse la arena. Dio un par de pasos hacia la orilla. La burbujeante espuma acarició sus pies desnudos, haciéndola estremecer. El sol había hecho bien su trabajo durante el día, y el agua no estaba tan fría para ser todavía el comienzo de la primavera. El aroma a sal le inundó las fosas nasales. Aspiró profundamente. Ya no quería salir en busca de aventuras ni viajar por el mundo. Se aferraba a aquella playa, a los acantilados y al mar como si fuera lo único que le quedaba de él. No podía abandonarlo.

Cuando la luz del sol comenzó a atenuarse, dio media vuelta para recoger sus cosas. Mientras se ataba las zapatillas, el viento arrastró algo hacia su lado. Estiró la mano para recogerlo. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Era una pluma. Una larga e inmensa pluma blanca que resplandecía con un tono plateado a pesar de la escasa luz de la tarde. No halló al animal de la que podía provenir, ni allí en la playa ni surcando el cielo, y, acariciándola con suavidad, se preguntó cómo de grande debía ser. Le pareció un bonito gesto del destino, o quizá un obsequio de su hermano allí donde estuviese, por lo que guardó la pluma cuidadosamente en el bolso.

Mientras caminaba de vuelta a casa no despegó su mirada del camino, a pesar de seguir teniendo esa rara sensación de que alguien la observaba. Se preguntó si sería él, velando por ella.

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Capítulo 1. Amaya

Los frascos de cristal tintinearon cuando pasó los dedos por la estantería.

«Aceite de eucalipto, romero, argán, monoï, árbol de té...», leyó los nombres de las etiquetas de cada frasco. «¿Dónde va el aceite de rosa mosqueta?».

—Sebastián —lo llamó, tímida. Ya era la cuarta vez que le pedía ayuda en solo una mañana.

Este apareció junto a ella como un rayo, esbozando una sonrisa. Parecía disfrutar cada situación en la que Amaya rompía su silencio para dirigirse a él.

Esta le hizo un gesto desde la escalera de madera en la que estaba subida, mostrándole la caja llena de frascos de aceite de rosa mosqueta.

—¿Sabes dónde va esto?

—Estabas b

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