A través de ti (Trilogía Hermanos Hidalgo 2)

Ariana Godoy

Fragmento

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Prólogo

4 de Julio

Los fuegos artificiales retumban por toda la plaza, iluminan el cielo nocturno y lo dotan de coloridos círculos que se expanden hasta desaparecer. La gente celebra, grita y aplaude mientras yo me paso las manos sudadas por mis pantalones para intentar secarlas.

«¿Por qué estoy tan nervioso?».

«Por ella...».

Echo un vistazo a mi lado y la observo, pensándolo todo de nuevo, calculando, repasando en mi mente lo que debo decir, cómo debo decirlo si es que puedo decirlo. Estamos sentados en la hierba, ella está sonriendo, su mirada perdida en el espectáculo, los fuegos artificiales se reflejan en su cara, que va adquiriendo tonos rojos, azules y de muchos más colores.

Ella siempre ha estado a mi lado desde que éramos unos críos y a medida que hemos ido creciendo una parte de mí siempre ha sabido que lo que siento por ella no es solo cariño o amistad. Quiero mucho más que eso y después de semanas armándome de valor he decidido dejarle claro eso hoy.

«Vamos, tú puedes».

Vuelvo a mirar el cielo colorido y lentamente desplazo mi mano sobre la hierba y la pongo sobre la suya. Mi corazón se acelera y me siento como un idiota por no poder controlarlo. No me gusta sentirme vulnerable, jamás pensé que llegaría a tener sentimientos por alguien, no era algo que buscaba. Ella no dice nada, pero tampoco quita su mano.

Puedo sentir sus ojos sobre mí, pero no me atrevo a mirarla, no soy bueno con las palabras, nunca lo he sido. Así que cuando finalmente decido hacer frente a la situación, actúo tan rápido que me sorprendo a mí mismo. Con mi mano libre, la tomo del cuello y estampo mis labios contra los suyos. Sin embargo, el roce de nuestros labios es tan fugaz como los fuegos artificiales desapareciendo en el cielo. Ella me empuja con fuerza, alejándome de su cuerpo en cuestión de segundos. Su reacción me deja sin aliento, sin palabras.

La amarga sensación del rechazo se asienta en mi estómago, mi pecho apretándose. Ella abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar, no sabe qué decir para no herirme, lo puedo ver claramente en sus ojos, pero ya es muy tarde. Aprieto la mandíbula, me levanto y le doy la espalda, no quiero su lástima.

—Artemis... —la escucho susurrar a mi espalda, pero ya estoy alejándome, dejándola atrás.

Esa noche decido dejarla atrás y cerrarme de nuevo por completo a las emociones. Nadie volverá a herirme de esta forma, no volveré a ser vulnerable de nuevo, no vale la pena.

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I

«¿Por qué nunca quieres hablar de él?»

4 de Julio

Cinco años después

CLAUDIA

«¿Qué se siente al vivir con tres chicos atractivos?».

«Eres tan afortunada».

«¡Qué envidia!».

«Vivir con esos dioses, qué privilegio».

«¿Cómo puedes vivir con ellos?».

«¿Te has tirado a alguno?».

«¿Podrías conseguirme su número de teléfono?».

Esos son solo algunos de los comentarios con los que he tenido que lidiar desde que los hermanos Hidalgo crecieron y se convirtieron en el sueño húmedo de las chicas y chicos por igual de este lugar. Artemis, Ares y Apolo Hidalgo, con los que crecí, aunque no seamos familia, son los responsables de muchos suspiros femeninos en las calles. ¿Cómo llegué a vivir con ellos? Bueno, mi madre ha trabajado como empleada de servicio para los Hidalgo desde que yo era una niña. El señor Juan Hidalgo nos abrió las puertas de su casa y nos dejó vivir aquí, por lo que le estaré eternamente agradecida. Él se ha portado siempre muy bien con nosotras; cuando mi madre enfermó hace un año y no pudo seguir trabajando, él dejó que yo ocupara su lugar de trabajo en la casa.

Muchas personas me envidian, creen que mi vida es perfecta solo porque vivo con chicos atractivos, pero están muy alejados de la realidad; la vida no se trata solo de relaciones, sexo, chicos, etc. Es mucho más que eso para mí. Las relaciones solo traen complicaciones, problemas, discusiones y, sí, tal vez traigan felicidad temporal, pero ¿vale la pena arriesgarse por destellos de felicidad? No lo creo, prefiero la estabilidad y la tranquilidad mil veces a lo que pueda ofrecer una relación, por eso me mantengo alejada de eso, ya tengo suficiente con lo que tengo que lidiar ahora.

Y no solamente me refiero al amor. Me resulta muy difícil establecer amistades porque no tengo tiempo para eso. Trabajo en la casa Hidalgo durante el día, cuido y alimento a mi madre cuando tengo descansos, y voy a la universidad a clases nocturnas. Mi día comienza a las cuatro de la mañana y termina casi a medianoche, apenas tengo tiempo para dormir. Con veinte años debería tener muchas amistades, pero tengo una sola amiga y eso es porque vamos a las mismas clases en la universidad. Claro que considero a los chicos mis amigos, sobre todo a Ares y Apolo. Artemis es otra historia.

En realidad, Artemis y yo solíamos tener una relación muy estrecha mientras crecíamos. Pero todo cambió hace cinco años, aquella noche del 4 de Julio en que lo rechacé después de que me besara. A partir de entonces, la relación entre nosotros dejó de ser cómoda y relajada y pasó a ser distante. Él solo me hablaba cuando era necesario. Ares y Apolo lo notaron, pero nunca hicieron preguntas al respecto y lo aprecié porque hubiera sido muy incómodo tener que explicarles lo ocurrido.

Tampoco a él le resultó difícil evitarme, ya que al final de ese verano empezó la universidad. Dejó la casa y se fue a vivir al campus universitario durante los cinco años de carrera. Sin embargo, se graduó hace un mes y va a volver a casa.

Hoy.

La vida puede ser muy irónica cuando se lo propone. Tenía que volver hoy, precisamente cuando se cumplen cinco años de aquella noche. Su familia ha organizado una fiesta sorpresa para él. No puedo negar que estoy nerviosa, la última vez que lo vi fue hace seis meses y solo fue un segundo cuando vino a buscar unas cosas a la casa. Ni siquiera me saludó. Honestamente, espero que esta vez podamos tener una relación más civilizada, ya han pasado cinco años desde aquella noche, no creo que aún la recuerde. No digo que volvamos a ser tan cercanos como antes, pero espero que por lo menos podamos hablar distendidamente sin que resulte incómodo.

—¿La comida está preparada? —Martha, mi madre, pregunta por tercera vez mientras me ayuda a subir el cierre de la parte de atrás de mi vestido negro. Sofía, la señora de la casa, me ha ordenado que lleve este vestido, quiere que todo el personal que ha contratado para atender a sus invitados luzca elegante, y yo no puedo ser la excepción—. Claudia, ¿me estás escuchando?

Me giro hacia ella con una sonrisa.

—Todo está en orden, mamá, no te preocupes, duerme, ¿vale? —La obligo a acostarse y la arropo para darle un beso en la frente—. Volveré pronto.

—No te metas en problemas, ya sabes, quedarte callada es...

—Mejor que ser honesta —termino por ella

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