A través de la lluvia (Trilogía Hermanos Hidalgo 3)

Ariana Godoy

Fragmento

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Prólogo

Llueve.

La lluvia me empapa en cuestión de segundos. La ropa se pega al cuerpo, pero esa es la menor de mis preocupaciones en este momento.

Duele.

Me duele el cuerpo, en especial la cara. Me palpita del dolor, me sale sangre de la nariz, me baja por la boca y se mezcla con la lluvia que me cae por la cara antes de deslizarse por el mentón. Tengo un ojo entrecerrado que me hace soltar un quejido cada vez que intento abrirlo.

Nunca he sido una persona violenta. Nunca he instigado una pelea, así que me parece irónico encontrarme en esta situación. Tirado en un callejón, con la espalda contra la pared, a duras penas puedo mantenerme sentado. Los pequeños cortes de la cara que me han hecho los fuertes golpes arden al contacto con el agua helada de lluvia, al igual que los nudillos, que se han roto por intentar defenderme. Hago una mueca de dolor.

He salido para familiarizarme con Raleigh y su vibrante vida nocturna, mi primera noche en la universidad. Vaya que me ha ido mal. Al salir de un pub fui asaltado y golpeado hasta que perdí el conocimiento. No entendí qué necesidad había de atacarme así, yo se lo he dado todo voluntariamente.

«Vamos, no te duermas, Apolo», me recuerdo mientras lucho por mantenerme despierto.

Me han dado muchas patadas en la cabeza y sé que necesito que me mire un médico antes de dormirme, o algo así me explicó mi hermano, que estudia Medicina desde hace años. Sin embargo, es muy difícil.

Mi vista se vuelve borrosa y trago saliva; hasta hacer algo tan simple me duele. Sé que necesito levantarme, pero cada vez que lo intento, mi cuerpo se rinde y caigo contra la pared una vez más. Gritar para pedir ayuda es inútil bajo esta lluvia, con el ruido del agua cayendo con fuerza sobre el pavimento y los botes de basura que me rodean. El frío de otoño me hace temblar y me adormece las extremidades.

Solo voy a dormirme un segundo, solo un momento hasta que pase la lluvia.

Un segundo...

Se me cierran los ojos, la cabeza me cae a un lado.

Cítrico.

El olor de un perfume cítrico me hace arrugar la nariz y me despierta un poco. Me doy cuenta de que la lluvia ya no me golpea la piel. Abro los ojos ligeramente, frente a mí hay una figura borrosa que usa su paraguas para cubrirnos a ambos.

—Ey, ey —susurra una voz femenina mientras la figura se inclina hacia mí—. ¿Puedes oírme?

Asiento porque no tengo fuerza para hablar.

—Ya he llamado al teléfono de emergencias, dicen que estarán aquí en cinco minutos y que te mantenga despierto. —Su voz es tan suave y tan tranquilizadora que solo quiero dormir un poco—. ¡Ey! —Su mano toma mi rostro golpeado y una punzada de dolor me atraviesa y me hace estremecer—. Lo siento, pero no puedes dormirte.

Mi respiración deja mis labios temblorosos entreabiertos y se vuelve visible por el frío.

—Frí-frío —tartamudeo, temblando.

—Por supuesto que tienes frío, ash. —Puedo escuchar la duda en su voz—. ¿Qué hago...? Solo aguanta un poco, ¿sí?

Débilmente, extiendo la mano hacia ella. Agarro el dobladillo de su camisa y tiro de ella hacia mí. Suelta un chillido cuando cae hacia adelante sobre sus rodillas, en medio de mis piernas extendidas sobre el pavimento.

Frío.

Levanto la otra mano y envuelvo los brazos alrededor de su cintura, la abrazo y entierro la cara en sus pechos.

—¡Oye! ¡Ey!

—Calor... —susurro. Tiemblo contra ella y le mojo la ropa.

Ella deja de intentar apartarme y suspira.

—Bien, solo te dejo porque tienes una pinta horrible y estás helado —murmura. Yo solo disfruto de su calor, de su olor, de esa mezcla de perfume cítrico con la fragancia de su piel—. Y te informo de que no dejo que los chicos me abracen en la primera cita, considérate afortunado.

No sé si está bromeando, pero solo quiero quedarme aquí. Tiene el corazón acelerado. ¿Por qué? ¿Tiene miedo?

—Oye, pero no te duermas, ¿sí? Ya puedo oír las sirenas de la ambulancia, estarás bien.

Yo también las oigo y, de pronto, también muchos pasos. Ella me aparta y se aclara la garganta. Quiero protestar, el frío me golpea de nuevo, pero de pronto varias personas están frente a mí con linternas y, desde entonces, todo se vuelve confuso.

Tumbado en una camilla, extiendo la mano hacia ella otra vez y ella la toma.

—Estarás bien —susurra, mientras me aprieta la mano con fuerza antes de soltarla.

Y solo puedo ver su silueta quedarse allí en ese callejón con su paraguas sobre ella. Me ha salvado, así que estoy seguro de que nunca la olvidaré.

Nunca olvidaré a la chica que conocí a través de la lluvia.

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UNO

APOLO

Echaba de menos salir a correr.

Tardé cuatro semanas en recuperarme por completo y en que el médico me autorizara a hacer ejercicio de nuevo. Por lo menos, la parte física ya ha sanado, la mental es otra cosa. Aún me despierto con pesadillas donde esos chicos me atacan y no paran de pegarme, sin mencionar que ahora la lluvia me pone de un humor de mierda.

Son las seis y media de la mañana cuando entro al piso, empujo la puerta para cerrarla. El pasillo de entrada se extiende frente a mí en la semioscuridad porque aún no ha amanecido. Al llegar a la amplia cocina, enciendo la luz. Un despelucado Gregory asoma la cabeza desde el pasillo de las habitaciones.

—¿Qué haces despierto a esta hora?

—He salido a correr.

—A las... —Tiene un ojo entrecerrado e intenta ver el reloj del microondas—. ¿Seis de la mañana?

—Seis y media.

—Ni siquiera mi abuelo se despertaba a esas horas para salir a correr.

—Tu abuelo no corría —le recuerdo y pongo las llaves sobre la isla de la cocina.

—Exacto.

—¿Qué haces tú despierto? —pregunto y abro la nevera para tomar una botella de agua.

—Eh...

—¡Buenos días! —Una energética chica morena con la que ya estoy familiarizado chilla con emoción al salir del pasillo y pasar por al lado de Gregory.

¿Su nombre? Kelly. Es la no-tengo-ni-puta-idea-de-qué-es de Gregory y pasa muchas noches en nuestro piso. A veces actúan como una pareja normal, a veces ni se miran cuando se ven. Siendo sincero, no lo entiendo y no soy tan entrometido como para preguntar. Lo mío es llevarme bien con Gregory, que, aunque lo conocí a través de mi hermano Ares, se convirtió en un buen amigo y ahora es mi compañero de piso.

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