Las maldecidas

Fernanda Pérez

Fragmento

Las maldecidas

CAPÍTULO 1

Rosa María

La memoria y la culpa no son buenas aliadas. Ambas me rondan la mente y el alma, y mi cuerpo se vuelve tenso de remordimientos. Quiero olvidar y sacudo la cabeza de un lado hacia el otro, como si con eso bastara.

La diligencia avanza lentamente. Creo que el postillón está espantado por el aroma agrio del aire, por las humaredas que llegan desde algunas poblaciones, y por los llantos y gemidos que se escuchan a lo lejos. No quiero pensar, ni imaginar lo que está sucediendo afuera. Cierro los ojos e intento dormir.

De pronto, unos caballos nos rodean y una voz oscura y portuguesa nos obliga a frenar. Asomo la cabeza y grito con energía: “¿Qué pasa?”, por respuesta alguien abre violentamente la puerta y me saca de allí a los tirones. Tres hombres tienen al cochero como prisionero y me miran con desprecio. Vuelvo a consultar con la misma altivez: “¿Qué les pasa, ya no respetan ni siquiera a las mujeres?”. Recibo un golpe seco en la cabeza que me deja atontada, mareada y desparramada en el barro. No puedo comprender lo que dicen, ni tampoco lo que sucede.

Siento que debo incorporarme para retomar el regreso. Pero el cuerpo me duele, me pesa. Empiezo a tararear una vieja copla de mi abuela. “Si han de disputarme tu alma, al menos tendré tu cuerpo”. Y así, sin aviso, arremeten los recuerdos, vidas que, para bien o para mal, ya he perdido…

Cuando solo tenía quince años me casaron con Alberto Berisario, un hombre que rondaba los cincuenta (en realidad eso es lo que yo siempre creí, ya que jamás me atreví a preguntarle su edad) y que a causa de su trabajo como médico había llegado a la casa para revisar a uno de mis tíos.

Vivíamos en un campito, en las afueras de Córdoba. Desde el primer momento me di cuenta de que Alberto se había quedado prendado de mis ojos azules, mis ondulados cabellos claros y mi cuerpo delgado y moldeado a la perfección, que por aquel entonces parecía que despertaba el interés de los hombres, aunque yo me sentía una chiquilla.

Mis padres no estaban en condiciones de desmerecer su oferta. En la casa éramos muchos y Berisario representaba un gran partido para una chica como yo. Entonces sin más preámbulos fui entregada a este sujeto que intentó despertar mi interés llevándome a vivir en una linda propiedad instalada en medio de la ciudad. Recuerdo que previo a la boda lloré semanas enteras, mientras mis hermanos y primos no entendían nada de lo que ocurría. Mi mamá, que jamás tuvo carácter, era consciente de lo absurdo de esa “entrega”, y hasta una vez me dijo en secreto que estaba en desacuerdo, pero igualmente no se animó a oponerse a mi padre. Este, por su parte, estaba entusiasmadísimo con la propuesta, y pasado el tiempo, no me quedó otra alternativa que resignarme.

En mi cabeza siempre he intentado borrar esa horrible época, porque aunque en la ciudad la vida era más atractiva y no trabajaba tanto como en el campo, Berisario me resultaba detestable y en nada se parecía al “príncipe de cuentos” que yo había soñado como esposo.

Cuando rondaba los diecisiete años tuve a mi primera hija. Decidí no avisarle a mi familia, ya había cortado todo vínculo con ellos, no les perdonaba la condena a la que me habían sometido.

La niña trajo un poco de alegría a mi abúlica existencia. La llamé Desolación María.

Berisario se ausentaba por largas semanas, la ciudad me era totalmente ajena, y en la casa ninguna de las empleadas respetaba mis órdenes, seguramente me veían demasiado joven y poco preparada para ser “la señora del hogar”, y por eso hacían las cosas como ellas querían sin siquiera consultarme. Sin oponerme o sentirme mal por las desobediencias, simplemente me instalaba días enteros en mi cuarto a disfrutar de mi pequeña.

Antes de que Desolación cumpliera los tres años, me llegó la noticia de que el doctor Berisario había muerto en las afueras, un problema intestinal lo había consumido. Lejos de cargar con el dolor de una viuda, aquello se transformó en una verdadera liberación, y desde entonces empecé a tomar las riendas de mi vida.

Ya no era la chiquilla calladita y temerosa, ahora era una viuda joven y con un buen pasar económico. Todavía mantenía la belleza y las formas perfectas de mi cuerpo. No estaba dispuesta a aceptar todo lo que hacían las despóticas criadas, ni mucho menos tolerar los desprecios de algunas señoras de la sociedad que me invitaban a tomar el té solo por formalidad. Era más que claro que yo no encajaba en ese sitio.

Durante los años que duró el luto, me hice cargo del hogar y también de algunas tierras de mi difunto marido. Poco a poco fui forjando un carácter duro e implacable, y más de una vez escuchaba que los capataces y las empleadas aseguraban que tenía más personalidad que el propio Berisario. Aquellos rumores me divertían, y me hacían sentir poderosa. Me encerré en mi mundo, me distancié de la gente de esa ciudad (solo me reunía con algunos hombres por cuestiones administrativas, y cuando decían que ese no era lugar para una viuda, simplemente les sonreía con desprecio y orgullo, y entonces las negociaciones seguían adelante sin intermediarios). Me dediqué por completo a aumentar mis ganancias y a criar a mi Desolación, que tenía un carácter difícil.

Mi hija andaba por los siete cuando mi corazón descubrió el amor. Recuerdo que una mañana le conté que iba a casarme nuevamente, ella no entendía demasiado mis palabras, pero yo estaba feliz con el candidato… Nada de médicos viejos y desagradables, el hombre que me había sacado del luto era un militar, el joven y guapísimo Raúl Rojas, descendiente de españoles.

Rojas me descubrió a la salida de una misa del domingo, le había atraído mi carácter y mi voz de mando. Alguna vez me aseguró que al verme, en aquella oportunidad, se había dicho a sí mismo: “Eso es lo que necesito”.

Mi segundo marido tenía treinta y cinco años y debía soportar el asedio de toda su familia que una y otra vez le insistía para que tomara mujer y formara un hogar. A él no le gustaban las jovencitas coquetas y pacatas, prefería aquellas de aspecto más fuerte, más salvaje…, dignas de un loco como él.

Entre homilías, padrenuestros y comuniones, Rojas descubrió que yo también lo observaba: primero de reojo y después esquivando su pícara mirada que me estremecía la piel y me hacía descubrir un sentimiento que no había existido nunca antes en mí. Finalmente ambos nos dispusimos a vivir nuestro romance.

Rojas no contaba con una gran fortuna, pero sus padres estaban ligados con virreyes, y eso le daba un lugar en la sociedad. Además, sus encantadoras formas y esos chispeantes ojos hacían temblar a más de una señorita.

A su familia no le cayó nada bien la noticia de nuestro casamiento. Mi condición de viuda y de madre no les agradaba demasiado, pero como Raúl siempre hacía lo que quería, la boda no tardó en concretarse.

A veces pienso que él no me amó nunca, que simplemente la comodidad de tener cerca a una mujer como yo para que le ordenara su caótica vida lo había decidido a desposarme. Pero como los hombres tienen otro mundo, rápido se adaptó al matrimonio. Yo por mi parte era feliz, ahora sí tenía a mi príncipe de cuentos.

Nos instalamos en unas tierras cercanas a la ciudad, por el camino del norte. Cerré el hogar en el que había vivido los últimos nueve años, dejándolo en guarda a un notario, y regresé al campo, ahora junto a Rojas.

Al año anuncié a mi marido —en una de sus cortas estadías, puesto que siempre había algún pretexto para dejarme sola y viajar— que estaba embarazada, y antes de los nueve meses apareció en el mundo otra niña, a la que decidimos llamar Visitación Gabriela.

La pequeña Visitación tenía tan solo tres meses cuando entré en un estado de desesperación absoluta. Rojas no estaba nunca, yo tenía que lidiar con problemas domésticos todo el tiempo, y me estaba cansando de este “príncipe” que, lejos de ser el enamorado ideal, se iba perfilando como un irresponsable desvergonzado que iba y venía, aparecía y desaparecía de nuestras vidas sin dejar rastros.

Recuerdo que, cansada ya de aguantarle sus eternas ausencias, en una oportunidad lo esperé en la sala y decidí enfrentarlo.

Cuando él llegó, pasada la medianoche, sin preámbulos le lancé una pregunta:

—¿Piensa tenerme toda la vida aquí, apartada de sus actividades, como si esta casa fuera una posada a la que viene cada tanto y cuando puede?

—No me venga con cosas raras, Rosa María. Usted sabía perfectamente cómo era la vida de un militar cuando se casó conmigo, y lo aceptó así.

—Pero ahora tengo una hija suya y quiero que al menos le conozca la cara…

—Mañana mandaré hacer un retrato si eso la tranquiliza.

—No me haga bromas, Raúl. Irresponsable.

—Mi responsabilidad no está entre estas paredes. Además, más le vale que se vaya acostumbrando a esta situación porque en unos días me voy lejos, tengo una comisión cercana a las Intendencias de las Misiones y Paraguay. Ah, y no espere que viaje seguido porque no podré hacerlo.

—¿Misiones, Paraguay?, eso es lejísimo…

—Sí, es lejísimo.

—¡¿Se ha vuelto loco?!… Usted es un aventurero.

—Soy un militar.

—No, es un aventurero.

La discusión se extendió un poco más, y los términos fueron subiendo de tono, pero lo cierto es que algo en mí confirmaba lo que ya sabía: Raúl Rojas era un aventurero al que no le importaba nada, y yo era el capataz ideal para que él se ausentara cuanto quisiera. Total a su regreso todo estaba siempre en orden, su economía prosperaba y tenía quien le calentara la cama.

Palabras más, palabras menos, finalmente gané esa batalla y en menos de cuatro meses ambos partimos junto a Visitación y Desolación a una estancia (que para mí no era más que una chacra grande) ubicada en Santo Tomé, Corrientes.

Ese lugar en nada se parecía a Córdoba, ni siquiera al interior o a los pueblos donde había estado hasta entonces, pero Rojas eligió aquel sitio considerándolo como lo más apto para instalar a la familia.

Santo Tomé estaba poblado mayoritariamente por indios que vivían de una manera bastante más ordenada de lo que pensaba, por aquel entonces, el imaginario popular. También había algunos arrendatarios de estancias, criollos y unos cuantos mulatos.

Aquel lugar era definitivamente otro mundo, donde el guaraní, el portugués y el español se mezclaban. Era un sitio modesto, a excepción de algunas grandes propiedades. La tierra era próspera, pero el clima, no solo el natural sino también el político, hacía bastante complicado el crecimiento y la estabilidad.

Jamás me convenció ese Santo Tomé, y solo había viajado instintivamente a esas tierras guiada por el profundo amor que sentía por Rojas.

Si bien nunca fui una aficionada a la vida social, allí traté de evitarla mucho más. Recuerdo que una y otra vez les decía a mis hijas: “Esta no es gente para sociabilizar”, refiriéndome a nuestros vecinos.

A lo que sí me dediqué con ahínco fue a las cuestiones domésticas y al campo. Mis constantes discusiones con la peonada y los capataces me ayudaron a adaptarme rápidamente a esa situación, aunque adaptarse no fuera arraigarse.

Cuando Visitación festejaba sus dos años, Desolación estaba por los once; ya había entre ellas una diferencia de edad bastante importante, y lo cierto es que la mayor no tenía interés de acercarse demasiado a la pequeña. En realidad a Desolación no le gustaba para nada su hermanita y mucho menos Santo Tomé, y se puso tan rebelde e insoportable que tuve que tomar a mi servicio a una morena (extraña mezcla de india con algo de mulata) llamada Soledad para que me ayudara con las chiquillas. Poco a poco Soledad fue haciéndose cargo de las niñas, y si bien no dejaba de ser una criada, se ganó mi confianza y afecto.

Recuerdo que estaba preparando unos dulces para el cumpleaños de Visitación, mientras pensaba que hacía casi seis meses que no tenía noticias de Raúl. El cambio no había sido muy favorable, él se ausentaba tanto como en Córdoba, y a mí me había tocado defenderme en un mundo desconocido y difícil.

Fue justo en la mañana de los festejos cuando mi marido irrumpió en la casa con un atadito en las manos. Nadie dijo nada, Rojas saludó de lejos y se marchó al escritorio.

Soledad quedó a cargo de mis hijas, y yo lo seguí movida por la curiosidad.

Cuando entré en la sala descubrí a Raúl ensimismado con una beba recién nacida.

—Tome —me dijo Raúl— para que la cuide como si fuera nuestra hija.

—Yo no cuido guachos, bastante tengo con mis niñas. Si se la encontró en el camino, llévela a la iglesia, algo podrán hacer con ella.

—No es una huérfana, es mi hija.

El silencio fue transformando mi mirada en una expresión furibunda, pero eso no alteró para nada a Raúl, que seguía fascinado con la criatura.

—Puede ser su hija pero no es la mía, así que se la lleva para que la cuide su verdadera madre y se acabó el asunto.

—Su verdadera madre está muerta, así que la cuidará usted, Rosa María.

—No voy a hacerme cargo de sus pecados.

—Sin embargo, yo sí tuve que hacerme cargo de Desolación.

—¿Me está echando en cara a mi hija?

—No, pero si la mía no puede quedarse aquí y vivir con los mismos derechos que las otras dos, entonces agarra sus cosas y se regresa a Córdoba, a la casa que compartía con ese viejo.

—¿Cree que no sería capaz de hacerlo?

—Me tiene sin cuidado si es o no capaz… Pero Visitación y la pequeña se quedan aquí. Soledad puede cuidar de ellas perfectamente.

—Visitación es mi hija y tengo derecho a llevármela.

—Yo soy el padre y aquí se queda, con su hermanita.

Raúl Rojas intentó levantarse para salir, mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano para recuperarme del golpe traicionero que me daba aquel hombre, al que amaba tanto que hasta estaba dispuesta a tolerarle sus traiciones. Sentía el corazón oprimido de vergüenza, de dolor, de ira, pero logré mostrarme calmada y entonces le dije:

—Está bien, deme a la niña, la voy a criar. Pero escuche bien, Rojas, diremos que es la hija huérfana de alguno de sus colegas muertos que le pidió que se hiciera cargo. Como yo soy una mujer piadosa, entonces la aceptaré como propia. Esa será nuestra verdad.

—No, esa será nuestra mentira…

—Llámelo como quiera…

Cuando alcé a la pequeña, no podía creer lo que veía: era muy oscura, un pelito negro y lacio rodeaba aquella perfecta cabecita.

—¿Quién era su madre?

—Una india guaraní. Una gran mujer.

La mirada de Raúl se había trasladado seguramente al recuerdo de esa india, y eso me generaba más celos que la hija ilegítima. Tratando de alejarlo de esos recuerdos, proseguí:

—¿Cómo la llamamos?

—Ya tiene nombre, Kintuí.

—¿Kintuí? ¿Qué clase de nombre es ese?

—Entre su gente significa…

—Entre su gente nada. Esta es su gente ahora y va a llevar un nombre cristiano como cualquiera de mis hijas.

—Su madre quería que la llamaran así…

—De ahora en adelante su madre soy yo. —Envuelta en rabia, me acerqué y le remarqué—: Deje de humillarme, Raúl, bastante tengo con aceptar a esta india como mía. No va a llamarse Kintuí, se va a llamar Dolores.

—Nada de Dolores, eso me produce una tristeza espantosa. Yo había pensado en Lucía.

—Está bien, Lucía —asentí.

Raúl se fue de la sala, y yo me quedé con la niña en los brazos, mirándolo con cierta envidia y resentimiento. Llamé a Soledad, y cuando esta entró, le expliqué con claridad la situación:

—Esta que ves aquí es Lucía, es una guacha que mi marido tuvo con una india. Ahora la criaremos nosotros como propia, a la gente se le dirá que es la hija de un compañero fallecido de mi esposo y que su madre murió al parirla. Por eso yo y Rojas, piadosamente, la tomamos como propia. Eso es también lo que se les dirá a mis hijas. ¿Entendido? Esto muere aquí, Soledad, de este lugar no sale.

Soledad bajó la cabeza, como aceptando esas condiciones, y luego tomó a la pequeña entre sus brazos. Me pareció que desde el primer momento le gustó Lucía, era vivaracha y parecía tener una felicidad que no existía entre los muros de mi casa.

—¿Cuál era su nombre indio, señora? —preguntó la morena con descaro, probablemente porque ella también venía de una raza a la que ni siquiera los nombres le habían respetado.

—¿Vos también con eso? —Yo apreciaba a Soledad, solo por eso podía permitirle esas indiscreciones. Antes de salir de la sala, me di vuelta y le contesté con amargura—: Kintuí, su nombre indio es Kintuí. Eso también se muere acá.

Visitación se encariñó pronto con su hermanita, pero a Desolación le era indiferente.

Después de aquello todo pasó demasiado rápido: el nacimiento de Piedad, mi cuarta y última hija, que nunca pudo caminar y a la que mandé armarle, con un indio carpintero, una silla con ruedas… También recuerdo aquel día espantoso en el que mi Raúl murió. Lloré tanto… más de una vez deseé irme con él. Desolación tenía dieciséis años, Visitación siete, Lucía rondaba los cinco y Piedad no llegaba a los tres…

Desde entonces he sentido cada vez más desprecio por Santo Tomé. Siempre he sido infeliz en este sitio y, para qué engañarme, en todos estos años hice el esfuerzo de adaptarme solo por él. Aquí están sus restos, y cuando muera quiero que me entierren a su lado. Pero ¿podrá perdonarme, en el día del Juicio Final, lo que acabo de hacer?

Me ahoga el remordimiento…

El galope de unos caballos que se acercan me liberan de mis recuerdos, intento volver a la realidad y un pensamiento doloroso se cuela por mi mente: “Si tan solo él me hubiese amado…”.

Las maldecidas

CAPÍTULO 2

Había vuelto a sentarse bajo los naranjos que, en sus balsámicas fragancias de azahares y ácidas esencias, eran una especie de testigos mudos de las tantas historias relatadas por los guaranes.

De pequeño también solía quedarse allí, entre aquellos árboles maravillosos que servían de protección para que sus antepasados recordaran —sin piedad ni consideración por los que eran aún niños— los actos de barbarie soportados estoicamente por su raza.

Ellos se habían adaptado a la llegada de los hombres de largas túnicas. El símbolo de la cruz los había llevado a adoptar una vida pacífica en esas humildes poblaciones, dejando para siempre el espíritu errante que los caracterizaba.

Ellos habían sido “guerreros”, el nombre de su tribu así lo declaraba y algo de eso pululaba por las venas de Andrés. Él era un guerrero indómito.

Cuando los jesuitas se fueron, “cuando los echaron porque aña metió la cola, mijo” —según las palabras de su madre—, los portugueses se dedicaron a tomar a los guaraníes como esclavos para venderlos en los mercados paulistas, arrasando despiadadamente con las reducciones.

Allí, en aquel convulsionado rincón del mundo, en un caluroso noviembre de 1783 nacía Andrés Guacurarí.

El hecho de no provenir de un cacicazgo, de no contar con muchas tierras y de haber quedado huérfano de padre cuando era muy pequeño fueron motivos suficientes para que siendo un adolescente se le ocurriera la idea de escapar de la estancia en la que era peón, propuesta en la que fue rápidamente seguido por su hermano. Entonces, sin pensarlo demasiado —y antes de que amaneciera— tomaron unos bultos y se marcharon hacia la campaña oriental, entre San Borja y Montevideo. Según se rumoreaba, había varios indios por aquellos lados que se dedicaban al contrabando de ganado, y con eso obtenían a cambio tabaco, ropa, algo de comida y aguardiente. Los muchachos creyeron que bien valía la pena embarcarse en esa aventura en la que seguramente descubrirían un mundo nuevo. En su pueblo habían tenido la suerte de aprender a leer y a escribir bajo la tutela de un sacerdote, pero había en Andrés una llama que le quemaba el alma y lo hacía mirar con deseos más allá de los límites conocidos.

El joven Guacurarí estaba convencido de algo: él podía ayudar a mejorar las condiciones de vida de su gente, y para eso iba a necesitar mucho más que una buena letra y un correcto castellano. Además, por todos lados ya se hacían sentir los aires de revolución, y esas ideas lo entusiasmaban. “Tenemos que estar preparados, para cuando el momento llegue”, solía repetirle a su hermano Lorenzo, mientras en las noches estrelladas se tiraban boca arriba a mirar el cielo con la caña soltándole la lengua.

* * *

Adaptarse a un sitio nuevo no fue difícil, sobre todo porque Andrés era carismático y su nombre no tardó en sobresalir del resto. Por aquellos años lo conoció a José Gervasio Artigas, y éste quedó impactado por la popularidad, las habilidades y la inteligencia del muchacho. Pronto se generó entre ellos un vínculo fuerte, como si fueran padre e hijo.

Más de una vez el atardecer los encontraba hablando sobre las cosas que, en algún momento, deberían cambiar. A Andrés le gustaban las ideas de Artigas, quien iba moldeando su proyecto de patria. Por su parte, José Gervasio también aprovechaba esos diálogos para que Guacurarí le contara sobre la idiosincrasia de su gente y sobre los principales problemas que existían en esas poblaciones.

Quizá sin gestos simbólicos de ningún tipo, aquellas simplezas cotidianas marcaron un pacto de lealtad y, mucho antes de que ellos se lo plantearan, el destino había unido la vida y los sueños de estos dos hombres.

Guacurarí intentaba retener todo lo que iba aprendiendo: su destreza con las armas lo posicionó fuertemente entre los suyos. Cuando José Gervasio lo observaba veía en el muchacho algo más que un guaraní fuerte e inteligente, estaba convencido de que sería un gran aliado para su campaña futura.

Mientras los deseos de emancipación maceraban, Artigas solía repetirle:

—Andresito, pronto le va a llegar la hora en la que tendrá que hacer algo más que arriar animales. Se vienen los tiempos de las armas y usted va a tener que ponerse al frente de los suyos. Para eso, hijo, hay que ser tan astuto y listo como el español y el portugués.

Cuando le decía ese tipo de cosas, Andrés observaba que Artigas se quedaba pensativo. Seguramente en su cabeza fluían todos los conflictos sociales que se iban gestando, el deseo de muchos por liberarse de los españoles, las diferencias notorias que existían entre unas y otras ciudades, las dificultades que azotaban a la zona fronteriza, los constantes avances del portugués… Él también se quedaba silencioso tratando de imaginar cómo respondería cuando le tocara su hora.

* * *

Mientras Andresito soñaba con su inserción en el cuerpo de blandengues —que por aquel entonces respondía a España— en Buenos Aires la revolución marcó el inicio de una etapa nueva. A los pocos meses el gobernador Rocamora adhería a esas ideas en un cabildo abierto celebrado en Candelaria. Pero pese a ese fuerte gesto político, la frontera era un caldero: mientras los paraguayos seguían fieles al rey, otros respondían a los objetivos de la Primera Junta, y en medio de tantas idas y vueltas, nadie entendía muy bien en qué lo beneficiaba una cosa u otra. Al tiempo llegó una expedición comandada por el general Manuel Belgrano, que si bien intentó enfrentar a las fuerzas paraguayas, fracasó rotundamente.

Guacurarí continuaba por aquel entonces en la Banda Oriental, pero los indios y los criollos iban y traían novedades frescas de todo lo que pasaba en las Misiones. Un mestizo contrabandista, conocido como “el cimarrito”, en una de sus visitas a la estancia de Artigas había contado:

—Lo que pasa es que el Belgrano este dicta leyes y naides le entiende bien lo que dice y escribe. Ahí naides sabe ni las letras… Además quiere que los guaranes salgan de guerra sin sus guaynas, sin sus gurises, el lío que se le ha armao con eso. Que li icha la culpa a los curas de antes, al idioma, a que no le mandan cosas… en cuanto nos agarren los paraguai nos hacen mierda —cuando decía esto último, la peonada se reía a carcajadas sobre todo porque la madre de “el cimarrito” había sido paraguaya, pero a él nada le cercenaba sus palabras, era un errante que no tenía tierra ni patria.

Manuel, el hermano de José Artigas, se había unido a las milicias de Belgrano, en las que había correntinos y guaraníes. Andrés se sentía deseoso por seguir esos pasos, pero recién tuvo su oportunidad militar en febrero de 1811, cuando José Gervasio y Rondeau unieron sus fuerzas a Vera y Benavides para sumarse a la causa de la revolución.

Portando el cargo de sargento, Andresito acompañó a Artigas en aquel éxodo del pueblo rural a la Banda Oriental; el joven indio cubría la retaguardia. Fue un camino extenso, agobiante por el implacable calor de octubre. José Gervasio no quería poner a las familias en peligro y buscaba por todos los medios hacerles entender que era mejor quedarse en el sitio que enfrentarse con semejante travesía. Pero algo había en ese hombre que hacía que la gente confiara plenamente en él. Niños, bebés, mujeres y hasta ancianos iniciaron la marcha, fieles a las ideas de José Gervasio, que eran también las de Andrés.

Desde entonces, la relación entre ambos se consolidó: Guacurarí fue el gran referente de Artigas en toda la región. El indio acrecentaba las milicias, pues con sus discursos sumaba adeptos a la causa.

* * *

Andrés era ya un hombre y por esos días había muchas cosas que le preocupaban.

El general Artigas le había propuesto trasladarlo a Montevideo para mejorar su preparación militar. A él le costaba tener que dejar sus tierras, pero había llegado el tiempo de tomar las cosas con seriedad para enfrentar los cambios que se iban operando en ese país en construcción. Tenía que decidirse de una buena vez.

Ese era uno de sus problemas aquella tarde; el otro —aunque menor— lo dejaba atolondrado: se trataba de una mujer, y lo peor es que ni siquiera era su esposa, la Melchora.

Los naranjos, como tantas veces lo habían hecho antes, amparaban sus preocupaciones, silenciosos, tupidos y azucarados.

Las maldecidas

CAPÍTULO 3

Desolación

Muchas veces creí que mi nombre era una condena. Siempre cargué con este cuerpo desgarbado, rodeada de mis ruidosas hermanas. Muchas veces le rogué a mi madre que me permitiera ir a la escuela a la que iban algunos niños, incluso los indios. Pero las respuestas fueron siempre las mismas:

—Aquí todos son indios o mestizos, no me gusta esa escuela para ustedes. Nosotros tenemos una buena posición, podemos pagar un maestro privado que les enseñe en la casa.

El tema parecía resuelto, pero lo cierto es que poco aprendimos en casa, nunca llegó el famoso maestro y mi madre fue una docente implacable pero demasiado básica. En definitiva, terminamos siendo unas campesinas con ínfulas de grandes señoras.

Muchas veces escuchaba detrás de la puerta algunas charlas entre Soledad y mi madre que me hacían pensar que tal vez nos iríamos pronto de aquel sitio horrible. Pero todos eran simples proyectos que jamás se concretaban. Incluso cuando Artigas fue designado teniente gobernador y los portugueses arremetieron violentamente contra Santo Tomé y La Cruz, pensé que aquel susto serviría para emprender mi tan ansiado regreso a Córdoba, pero no. Recuerdo que nos alejamos de la casa, y cuando las alocadas tropas se fueron, volvimos encontrándonos con grandes pérdidas. Consideré que tal vez mi madre entonces se decidiría, pero a los pocos días ya había comenzado a reorganizar las tareas en el campo y a recuperar ganado. Mis esperanzas fueron decreciendo hasta que se extinguieron para siempre.

Un día, cuando ya tenía veinte años, me mandó llamar. Llegué a la sala, ella se hacía la desentendida y reparando en mi presencia dejó su bordado de lado, me indicó un lugar en el sillón y, una vez sentada, dijo con severidad:

—Me han pedido tu mano y he aceptado. La boda será en unos dos meses, aproximadamente.

—¿Con quién piensa casarme? —repliqué muy nerviosa.

—Con lo único mejorcito o aceptable que hay en esta región.

—Quiero saber quién es, que me diga su nombre.

—Te lo voy a decir siempre y cuando no armes un escándalo…

—Está bien —dije yo mintiendo, porque sabía todo lo que podía desencadenar el bendito nombre.

—Se trata de Rogelio Ibarra.

—¿Qué Rogelio Ibarra? —trataba de recordar algún Rogelio Ibarra, y solo se me venía a la cabeza un muchacho de unos treinta años, con nariz prominente, tez clara, que contaba con un campito en una zona un tanto distanciada de Santo Tomé. Pocas veces nos habíamos visto, él tenía negocios menores con mi madre. Pero no podía creer que fuera ese Rogelio Ibarra del que hablaba. Entonces volví a consultar, casi con desesperación:

—¿Qué Rogelio Ibarra?

—El del campito —dijo, retomando el bordado. Las cosas no salieron como ella quería y mi reacción fue terrible. Me levanté y le grité:

—Jamás voy a casarme con ese estúpido.

—Yo no tengo la culpa de que, de todos los militares que hay en la región, ninguno haya pedido tu mano. Si el único que lo hace es Ibarra, aprovechate pues, al menos no es un viejo que te lleva mil años como me pasó a mí cuando mis padres me casaron con el tuyo.

—Pero mi padre era un hombre culto, limpio, y no un campechano como Ibarra. Y aunque Ibarra fuera ejemplar no me casaría con él simplemente porque… porque no quiero nada con ese hombre.

—El casamiento es un hecho, estamos en un buen negocio juntos y creo que te va a dar bienestar.

—No me interesa el bienestar.

—Sí que te interesa el bienestar, siempre te interesó, así que te callás y aceptás estas condiciones; ¿quién te ha dicho acaso que esta es una consulta, eh? Veanlá a la mocita… Las cosas son así, como yo las digo y punto.

—Antes de casarme con Rogelio Ibarra me mato.

—No me vengas con amenazas bobas —hasta ese momento Rosa María había manejado la situación con tolerancia, pero en ese punto, mostró toda su ferocidad—. Estás bastante grandecita para hacerte la selectiva. ¿No ves lo horrible de este lugar? ¿De dónde vas a sacar algo mejor? Me estoy cansando de mantenerte, así que te casás y se terminó la discusión.

En ese momento empecé a llorar y a rogarle a mi madre que me permitiera irme al menos a un convento, porque no quería estar con Rogelio Ibarra.

—Para meterte en un convento tengo que pagar, en cambio si te casás con Rogelio hasta me vas a traer beneficios económicos. Basta, Desolación, no quiero más escándalos.

Mi llanto fue estruendoso, y Soledad apareció con mis hermanas en la sala atraídas por los gritos.

—¿Qué ocurre, doña? —preguntó Soledad, temiendo lo que ya intuía.

—Es que esta estúpida tiene la posibilidad de casarse y llora.

—¿De casarse con quién? —dijo Lucía con ese tono metiche que la caracterizaba.

—Con Rogelio Ibarra —respondió Rosa María, sin darse cuenta siquiera que la que hacía esa pregunta era la niñita morena de tan solo nueve años, a la que más de una vez hubiese querido hacer desaparecer.

—¿Cuál?, ¿el de la nariz gigante? —preguntó Lucía, quien acompañaba la pregunta con tan exagerado gesto que hizo más desesperada la situación, en especial cuando Visitación y Piedad estallaron en carcajadas.

Entonces mi madre se levantó y le pegó a Lucía un fuerte cachetazo. Ella no lloró, se quedó muda y con la mirada desafiante.

A los pocos meses me casé con Rogelio. Las cosas no resultaron tan mal, en especial porque aunque él siguió con sus campitos, decidió que lo mejor era que viviéramos en una casa cercana al pueblo, por lo que yo trabajaba bastante menos que en mi hogar materno. Lo mío no era la vida de una reina, pero gozaba de ciertas comodidades. Tomé la actitud de mi madre, y al igual que ella decidí encerrarme en mi universo. Nada me interesaba de la gente que nos rodeaba, de alguna manera también armé mi pequeño imperio. Incluso iba muy poco a visitar a mi familia, pues siempre me daba la sensación de que mis hermanas se reían de mí en todo momento. Me molestaba verlas tan felices, quizá lo eran porque yo no estaba allí. Mi madre, por supuesto, no me reclamaba nada.

Cuando iba por los veinticinco años, la preocupación de tener un hijo me perseguía. No entendía por qué era tan difícil para mí cuando para otras resultaba tan fácil. Había armado mi reinado pero no tenía para quién reinar. Llegué a visitar a unos payés para ver si mi problema tenía solución, y aunque me daban menjunjes y rezos, el niño o la niña no llegaban.

Esa era toda mi preocupación, hasta aquella mañana que pasé por la iglesia. En el pequeño templo redescubrí a mis hermanas: Visitación era una linda jovencita de ojos claros, piel blanca y cabellos ondulados castaños que ya rondaba los diecisiete; Lucía era intrigante, con esa piel morena y esos ojos vivaces con tonalidades verdes que reflejaban los sueños de sus quince años; Piedad, ya cerca de los once, tenía en su silla un halo de felicidad poco habitual, tal vez eso era lo que la transformaba en atractiva. Yo, en cambio, tenía una piel blanca aunque poco luminosa, un cabello oscuro sin forma, y una desolación en mis ojos —vaya la coincidencia— que a veces intuyo que me acompañaron desde el momento en que nací.

Pero no fueron mis hermanas las que me llamaron la atención. Lo que me atrajo estaba más allá de la sacristía y era un cuerpo masculino, oscuro, corpulento, que se escurría tras el cortinado, desde donde miraba directamente a Lucía, quien —como era de esperar— no se había percatado de aquello y en vez de prestar atención al oficio religioso se reía por lo bajo con Visitación.

Al finalizar la ceremonia partí a la sacristía, movida más por la curiosidad que por la caridad. En Santo Tomé el contacto con la curia estaba muy lejos de parecerse a esos modos formales de las grandes ciudades. Allí los curas rotaban de pueblo en pueblo y hacían lo que podían adaptando la fe a esa población tan heterogénea.

Cuando entré, vi que el padre Leopoldo (un anciano que hacía años había pedido el traslado por problemas de salud) hablaba con aquel hombre que yo había descubierto detrás de las cortinas. Seguramente era un indio, aunque estaba bien vestido y hablaba el castellano a la perfección. Tendría unos treinta años y bajo sus ropas se percibía lo macizo de su estructura.

—Si vas a asumir este compromiso, debes hacerlo cristianamente, Andrés, no quiero que termines matando locamente por ahí —aseveraba el religioso mientras se sacaba la túnica y la estola que Martincito, un muchachito de pocas luces que hacía de monaguillo, recibía ceremonioso.

—Esté tranquilo, padre, las ideas del general Artigas son buenas para todos, los indios, los criollos, los negros… Es una guerra limpia, ¿hay algo más cristiano que esto que nos mueve? Usted sabe bien, padre, cómo son las cosas —el indio tenía una voz tan oscura como su piel, era un timbre particular y había algo como rítmico en sus palabras. Él se volteó, bajó la cabeza en señal de saludo hacia mí y disculpándose se marchó del lugar, como molesto de ser sorprendido en esa charla. Recién en ese momento el padre Leopoldo se percató de mi presencia.

—Señora Ibarra, no sabía que estaba aquí. Qué gusto, doña. ¿En qué puedo ayudarla?

Yo había quedado como prendada de ese tal Andrés, y me preguntaba el porqué del encantamiento. Pero caí rápidamente en la cuenta de la situación, por lo que atiné a responder:

—Tengo unas ropitas para dejar en la iglesia, ¿mañana usted va a estar, padre, para que se las traiga?

—Sí, hija, por supuesto. Y muchas gracias, si Dios quiere vamos a enviar todo a otros pueblos de las Misiones pronto. Justamente por estos días ha llegado este muchacho (el que acaba de salir), Andresito, quizá él pueda ayudarme a que lo mandemos a Candelaria y a los alrededores. —El cura se tomó la cintura, mientras añadía—: Esta humedad me está matando los huesos, hija. Ya no tengo edad para estos trotes.

Yo no pude hacer ninguna acotación. Di media vuelta y me fui pensativa.

En casa me sentí más tranquila. Cuando vi a Rogelio sentado a la mesa, me vino una imagen terrosa, una imagen salvaje, como la de aquellos ojos de la sacristía, como la de aquel guaraní al que el padre Leopoldo había llamado Andrés.

Las maldecidas

CAPÍTULO 4

—Ya te he dicho que me parece una locura, si mamá se entera nos mata.

—No va a matarnos, tal vez nos encierre por unos días, pero ¿quién nos quita la diversión? —dijo Lucía con un tono alegre, mientras le ajustaba el corsé a su hermana.

—Sabés que hoy es para nosotros un día de luto, es el aniversario de la muerte de nuestro padre —replicó con un tono indeciso Visitación.

—Tu padre querrás decir, que el mío vaya a saber cuándo se murió.

—No digas eso, el mío al menos te dio una vida, sino guacha andarías por ahí.

—Bueno, pero ese no es el caso. Le prometiste a Gutiérrez que irías a la recepción y sería estúpido que no lo hicieras por el luto de un muerto que para esta altura ya debe ser cenizas.

Visitación la miró horrorizada y se persignó. Lucía se rio de su modo, y decidió ayudarla con el cabello.

—¿Te parece que vayamos? —volvió a consultar nerviosa la mayor.

—Sí. Ya le pedí a Eusebio que nos lleve en secreto y aceptó. Además vamos solo un rato, ni siquiera nos quedamos en la fiesta. Le hacemos señales a Gutiérrez, él sale, hablan un poco y listo.

—¿Y si mamá se despierta y se entera?

—No creo que se despierte, Piedad se encargó de eso.

—¿Qué le hizo?

—Nada, solamente le dio una tisana fuerte. En cuanto Piedad nos avise que mamá está dormida, nos vamos.

Visitación estaba dubitativa, pero para esa altura ya tenía casi armado el tocado. Llevaba un lindo y sencillo vestido color amatista. ¿Qué podía hacer? Su hermana tenía todo programado, y además Gutiérrez le había pedido que fuera.

Se habían visto algunas semanas atrás cuando ella compraba unas cosas en el pueblo y él recorría las calles —junto a otros militares— procurando instalar allí una sede del gobierno de Artigas. Gutiérrez era uno de los tantos soldados correntinos que acompañaban a José Gervasio en la odisea de recuperar los territorios de la Banda Oriental. Con solo observarse, ambos sintieron un escozor en la piel. A los pocos días se encontraron en la misa, y en una de esas escapadas que hacían Visitación y Lucía al finalizar el oficio, este las había interceptado para invitarlas a una simple recepción, que darían en una estancia de las inmediaciones del río, en honor al general Artigas y sus soldados.

—No creo que el general pueda venir, pero igualmente la recepción va a hacerse —les comentó. Visitación prometió entonces ir, aunque en el fondo sabía que sería difícil lograrlo por las buenas. De todas maneras, su hermana seguramente ya encontraría la forma de llegar al lugar.

La escapada a la recepción era un hecho, y Visitación se contemplaba espléndida frente al espejo. Lucía, por su parte, se dio cuenta de que estaba muy desaliñada y que —como hacía siempre para evitar las picaduras de los insectos— llevaba un pantalón bajo la falda. Se lo quitó para suplantar el pollerón gris por uno azul, más nuevo. Se decidió por una camisa blanca y con el pelo lacio y más libre que un pájaro, confirmó que estaba lista para hacer de “dama de compañía”.

Piedad tocó la puerta, las dos se miraron asustadas pero se relajaron al saber que se trataba de la pequeña de la casa.

Entró sonriente, en su silla.

—Ya está, profundamente dormida.

—Listo, entonces nos vamos —dijo Lucía dándole un ruidoso beso a su hermanita que con once años parecía una princesita.

—Me gustaría ir con ustedes.

—Todavía sos chiquita, pero cuando seas mayor segurito vas a ir —dijo Visitación.

—Cuando sea mayor no voy a salir porque seguiré sobre esta silla —expresó con tristeza.

—Ah, pero para ese entonces vas a tener un enamorado dispuesto a cargarte hasta el fin del mundo en sus brazos —dijo Lucía y volvió a besarla.

—¿De verdad?

—Claro que sí —volvió a replicar la morena— sos tan bonita, Piedad, que pronto vas a conseguir novio. A vos no te va a pasar como a la Desolación… Miren que casarse con Rogelio Ibarra y su narizota…

Las tres se rieron esforzándose por bajar la voz. Lucía y Visitación se escurrieron sigilosamente por los pasillos y el patio principal. Pronto estuvieron en la galera, y aceptaron el

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