AGRADECIMIENTOS
Gracias, muchas gracias…
A mi papá, que con amor de padre y escritor se introdujo en mi mundo de escritora primeriza y acomodó lo que estaba completamente patas para arriba.
A los primitos Inés y Eduardo Revello, por convertirse en mis investigadores privados en la ciudad de Buenos Aires de 1940.
A Matilde Beruatto, por enseñarme de pájaros.
A Karina Cuirko y su amiga alemana Claudia Trott, por ayudarme a imaginarme Hamburgo en 1940 y por enseñarme qué no diría nunca un alemán mientras besa.
A mis amigos María y Frank Rakowitz (amor nacido entre una argentina y un alemán) por meterse en mi laboratorio de palabras y ayudarme a desentrañar cómo piensa y habla un alemán enamorado.
A la Embajada alemana, por contestarme gentilmente los pedidos de datos.
A Adolfo Talpalar, porque desde tan lejos se preocupó por mí sin conocerme y me dio una clase magistral sobre apellidos judíos.
A Graciela Fernández, que me corrigió con mucho profesionalismo y poca tijera.
A Esteban Llamosa, por contestar gentilmente mis llamadas y mails sin conocerme y por recomendarme material de estudio.
A Silvana, hermanita mía, que sufriste con los personajes más que nadie, porque a veces estuvieron en tus manos.
A Daniela Reverte, por sus generosos y acertados consejos.
A Ana de Flores, Viki Altamirano, Alicia Altamirano, Mami, Belén Giusto y Gachi Racca, por leerme con pasión y darme sus opiniones.
A Manuel Peirotti, gran amigo, siempre presente en cada emprendimiento.
A Victoria y Cristóbal, que me obsequiaron varias de las horas (de las que ellos eran dueños absolutos) en las que yo pude escribir este libro.
A vos, hija, porque me regalaste la crítica literaria familiar-adolescente más teñida de amor que recibí: «Mami: es el libro más hermoso que yo he leído».
A Oscar…
porque no se puede escribir del amor si no se lo conoce, y él me lo ha hecho conocer de una y mil formas.
Buenos Aires, febrero de 2008
Me bajo del taxi, decido seguir a pie hasta el hotel; si me quedo en el vehículo, el amontonamiento de autos y de gente me detendría horas. ¡Ay, Argentina! No hace una semana que estoy en tus calles, y ya no aguanto más tus paros, tus piquetes y el apuro con que vives.
¡La hostia, tío! Es que todos estos años en Madrid, te he extrañado con locura. Y ahora que estoy aquí, entre tus brazos, extraño a mi otro amante: la España tibia que me ha cobijado, y que en las noches de soledad me ha hecho el amor con sus luces a través de la ventana de mi departamentito. Ya tengo el pasaje de avión que mañana me llevará a Córdoba. Allí veré a mi madre, veré a amigos y a hermanos y seguiré buscando la respuesta que necesito. Tengo un mes para encontrarla. ¡Joder, habiendo tanto español superado, me he fijado en un musulmán! Es que me ha mirado con sus ojos de cabrito al matadero, me ha tratado como una reina, como lo hacían los hombres de antes, los menos civilizados, y me ha hecho sentir una diosa. ¡Ay, hombre, mira que eres dulce! le digo cuando me regala rosas y chocolates. Pero ahora me pide que unamos nuestra sangre, casorio que le dicen, hijos y vejez compartida que le llaman. Y muerta de miedo, me he vuelto a mi terruño, tratando de hallar la seguridad para la respuesta que mi querido está esperando.
De veras necesito encontrar una luz que me guíe. Si meto la pata, habré jodido el futuro que con tanto trabajo me he forjado, comiéndome el exilio, el destierro y el desarraigo, para nada. El cuchitril que tengo por consultorio en Madrid y del que mis pacientes salen extasiados con sus flamantes sonrisas blancas dejando muchos euros en mis bolsillos se me antoja triste. Y ya no basta para atarme a esa Europa que, muda y sorda, no me aconseja sobre el futuro. Esa misma Europa que casi por obligación me ahijó, pero pasado el tiempo me quiere de veras, como madre a su hijo adoptivo. Y yo a ella, como hija nueva.
Mientras camino las veinte cuadras hasta mi hotel porteño respiro hondo, huelo patria. Olores familiares flotan en el aire, me abrazan, me siento en casa, aunque aún no haya llegado a mi Córdoba.
Una vez en el cobijo de mi habitación miro TV y me confundo: el idioma es el mismo, pero las z no están. Para consolarme de este sentimiento: de no ser de aquí, ni de allá, pido traigan a mi cuarto un bife argentino que me sabe a gloria y me deja feliz, y satisfecha.
Al fin, con sueño, extenuada, después de dos días en Buenos Aires, me duermo soñando que ya estoy en casa.
Me levanto temprano, el avión me lleva a Córdoba. Y en un momento, como en una película de Almodóvar, me veo abrazando a mi madre loca de alegría de ver a su hija que ha vuelto triunfadora, y encima parece que con novio europeo, como los abuelos…
No sabe que mi amado de europeo no tiene un pelo, que viene de tierras lejanas llenas de arenas, sol y calor. ¿Para qué alertarla y preocuparla? Ya se enterará. Si me decido.
Él me espera. Y yo dudosa, arcaica, prejuiciosa, atenta a las historias que hablan de choque de culturas, de matrimonios malogrados por la diferencia de costumbres, me quedo paralizada sin decidir qué es más importante: si el amor, o toda la sarta de explicaciones coherentes que me refriegan mis colegas universitarias. Es que ¿si me voy a su país, lleno de mujeres con velos en la cabeza, y me toman de garantía, prenda o fianza? Oye, ¿y qué si me vuelvo antigua y de golpe sólo quiero complacer a mi marido, y mi carrera me importa un bledo?
Pues, mira, para averiguar eso he venido. Para eso he vuelto a esta tierra que me ha visto nacer, a mi sangre y a mis raíces bien entreveradas, como argentina nieta de inmigrantes.
Para eso regreso, para encontrar respuesta a si el amor lo puede todo. Para eso he andado más de 10.000 kilómetros y he cruzado el océano.
Ahora que ya estoy en Córdoba pasaré por la casa de Tina. Tina Piboleau de Saravia Flores. Mucho nombre para describir a una mujer sencilla y hermosa por dentro. Ella, una viejita, amiga de la abuela Amalia (madre de papá), tiene algo para entregarme que, según le ha dicho a mi madre, puede servirme de luz en mi decisión.
¿Qué decisión? pregunta mi madre. Ella no le contesta, y mi madre cree que Tina desvaría. Pero la anciana está al tanto de mi dilema amoroso. Su nieta Vicki es mi amiga, mi compañera, mi hermana de infortunios y de aventuras allá en Madrid; las dos con guardapolvos blancos y tornos en mano buscamos hacernos ricas. Ella le ha contado todo a su abuela, en cartas de papel, porque Tina chat y mail no maneja.
Llevo dos días en mi casa paterna, y colmada de mate, charla, comida casera y cariño me siento agradecida, exultante, risueña. Pero de pronto comienza la tracalada de frases guardadas en la garganta de mi madre: Que se te extraña, que desde que murió tu papá se te extraña peor, que Europa es muy frío y no te cuidas, por eso te enfermas tanto, que para cuándo hay casorio, que te pones grande y tienes que tener niños, que la vida se pasa rápido y que… y que…
Y yo con la mollera sensible por la decisión pendiente, zumbándome el corazón, me levanto como una tromba, le doy un beso en la frente y me juro a mí misma que hoy, contra viento y marea, encuentro mi respuesta. Entonces salgo a la calle y me tomo un taxi para la casa de Tina.
El viajecito se me antoja eterno. Pero llego.
La residencia es señorial, austera, con un jardín de rosas inglesas bien cuidadas. Es que Tina es como era la abuela Amalia. Ambas pertenecieron a la aristocracia argentina, en la época en que ésta era verdadera y no sólo una casa en el country y el viaje a Disney en enero.
Golpeo la puerta, y ella sale. Parece que cada año le ha dejado diez arrugas, porque debe tener más de ochocientas. Su cara está surcada por ellas, pero la espalda firme y la mirada digna son de una lady. Me hace entrar. Hablamos de nimiedades durante un rato, hasta que sin rodeos me dice:
—Esto era de tu abuela —sonriendo, extiende las manos, y me da un paquete—. De seguro te sirve, a ella le hubiera gustado que tú lo tengas.
Me besa con beso de abuela, que no conoce de sangre para amar a nieta postiza.
Yo le agradezco el regalo, el beso, el interés… y ya en la puerta, ella insiste:
—Recuerda, para que surta el efecto esperado lo tienes que completar con un viaje a La Falda, al Hotel Edén.
—Sí, lo sé —le digo resignada, porque he buscado en Internet y lo único que he encontrado es que el Hotel Edén es un monumento a la tristeza, y a la decadencia. A lo que fue mi país. A lo que fue Argentina y ya no es. Un testimonio de la riqueza y distinción que hemos perdido, porque alguien se las robó.
De hotel no le queda nada, sólo es una vieja construcción casi en ruinas.
Con el paquete en la mano tomo otro taxi, que me lleva a la terminal. Iré a La Falda.
Ya en el ómnibus, que entiendo tardará dos largas horas en llegar al Hotel Edén, abro tranquila el misterioso envoltorio.
¡Joder, tiene dos bolsas!, una grande y pesada y otra pequeña y delicada. Abro la primera, aparece un cúmulo de hojas amarillentas, escritas a máquina. Las hojeo una y otra vez. Es una novela, y los personajes… ¡parecen ser mis abuelos!
¿Y el autor?, busco curiosa: Amalia Peres Kiev, ¡mi abuela! La abu Amalia. Claro, recuerdo, ella escribió dos libritos en sus años mozos. Ansiosa, abro la segunda bolsa. ¡Válgame el cielo! Es una mata de cabello rubio dorado muy largo que serviría para hacerme las extensiones, esas que en la peluquería de la calle Paseo de Gracia, en Barcelona, me han querido cobrar seiscientos euros. Va atada por una cintita azul descolorida, y eso me da la pauta de que, aunque parezca recién cortado, el pelo es tan viejo como los escritos. La abu Amalia era rubia, ¿acaso habrá sido de ella? Guardo el pelambre y me dedico a la novela.
Ante mí aparece en letras grandes la dedicatoria: «A mi país, mi querida Argentina donde el crisol de razas, la fuerza de los inmigrantes y su lejanía austral hacían de ella, en 1940, el único lugar donde el abanico de posibilidades era tan extenso que incluía amores que estarían prohibidos en cualquier otra parte de este mundo. A mi país, por haberme permitido vivir uno de esos amores».
Me llama la atención, sé que la abu Amalia se casó con mi abuelo, que era suizo.
Comienzo la lectura y la novela me atrapa. La leo hoja por hoja, la degusto. Por momentos me atraganto, como si las palabras fueran piedras, y por otros me endulzan como si fueran miel. No puedo, ni quiero, dejar de leerla.
—¡Última parada! ¡La Falda! —avisa el chofer.
Bajo apurada y voy caminando las cuadras desde la terminal al Hotel Edén, que me parecen mil.
¡Caramba! Cuando llego, me entero de que la primera visita guiada recién sale en dos horas.
Busco una sombra y un pastito cerca de la entrada y me siento a continuar la lectura, que me quema las manos y el corazón. Desde donde estoy veo el Hotel, está semidestruido pero se lo ve imponente, majestuoso, bello a pesar de todo. Puedo imaginar con detalle su antiguo esplendor. Mis ojos mezclan la lectura de las páginas con miradas al edificio. Me parece ver a mis abuelos bajar por las escalinatas de mármol del edificio.
Alrededor de mí la gente va estacionando sus autos, alistándose para la visita. Yo no los veo, no los escucho; las páginas que leo me han metido en el año 1940 y allí estoy atrapada, prisionera.
Cuando viene la primera guía para hacer el recorrido por el Hotel, ni me muevo, sigo con mi libro; para la llegada de la segunda, igual. Recién cuando sale el tercer grupo, me seco los ojos con mis pañuelos descartables y me pongo en fila para el paseo. Recorro El Edén de punta a punta. Emocionada por mi sangre, por los abuelos, por mí, por vos, Argentina.
La guía cuenta detalles: que el Hotel fue construido por alemanes en 1898, que todas las verduras y frutas consumidas allí eran de huerta propia, que la pileta era de agua de vertientes (un verdadero spa, se me ocurre), que tenía una cancha de golf de dieciocho hoyos, un establecimiento bancario dentro, que albergó a presidentes, príncipes, que… y que…
Y recién ahí entiendo. Se me hace un clic en la cabeza, se me juntan la historia del libro, la majestuosidad del Hotel, el amor por mi tierra y mi decisión pendiente y entonces… Entonces entiendo la dedicatoria y muchas cosas mías también.
La decisión que tengo que tomar ya no se me hace tan difícil, ni el miedo que me emplaza, tan negro.
Soy la última en partir del Edén. Me quedo casi hasta que cierran y me vuelvo a casa henchida de emociones, saturada de respuestas, llena de inspiración y bravura. Cuidando mi paquete, mi tesoro encontrado.
Cuando llego abrazo a mi madre, me caen unas lágrimas, y ella, que no entiende muy bien por qué, también me da unas suyas.
Subo al que fue mi cuarto de niña y me tiendo en la que fuera mi cama. Abrazo el manuscrito un rato y con la respuesta enredada en mi corazón, me siento frente a la computadora, la que mamá ha comprado para poder chatear conmigo, y desde allí escribo el mail más importante de mi vida.
Que empieza así: «Amor mío: Si no fuera por la abuela Amalia que…»
Y termina así: «…por lo que prepara las cosas, pues sí tendremos boda».
Ya está. Lo he decidido. El amor todo lo cree, todo lo soporta y nunca deja de ser.
Y repleta de sabiduría robada de la novela de la abu, medito: el amor en ninguna de las etapas es fácil, ni en las dulces primeras, ni en las últimas, llenas de plenitud. Amar es una eterna decisión de cada día. El amor es el premio para los valientes.
Tomo el manuscrito de mi abuela y vuelvo a releerlo desde la primera página.
CAPÍTULO 1
La guerra, y a partir de allí… el caos
Hotel Edén, Sierras de Córdoba, Argentina,
ENERO DE 1940
—Que el cielo nos asista, en estas vacaciones. ¡Espero soportar este maldito hotel! —exclamó Daniel Peres Kiev, mientras descendía de su lujoso Chevrolet, y recibía la mirada de desaprobación de su esposa.
—Querido, la decisión ya está tomada, ahora pongamos nuestra mejor voluntad. Disfruta de la belleza del lugar, que no es poca. Y si ello no te basta, hazlo por mí y las niñas, pero no arruines las vacaciones que tú mismo planeaste —dijo Carmela, su mujer, apoyándole la mano en el brazo, pensando que a veces su marido necesitaba de ella para entrar en juicio.
—Tienes razón, lo intentaré —respondió él. El matrimonio abandonó el vehículo seguido por sus tres jóvenes hijas: un parloteo animado se desperdigó en la tranquilidad del lugar y el chofer estiró las piernas satisfecho de terminar el largo viaje de Buenos Aires a Córdoba, que les había llevado eternas horas.
Daniel Peres Kiev observó el atardecer entre las montañas que hacían de fondo a la imponente construcción, cuyo cartel rezaba en lo alto «Hotel Edén», y volvió a exclamar:
—Lo intentaré… Aunque no sea fácil.
Un gesto de desdén se instaló en su rostro ante los dos hombres, que por la gran escalinata de entrada pasaban hablando en alemán. Su esposa, al percatarse de lo que él observaba, agregó:
—No olvides que aunque los dueños de este hotel sean nazis, como ellos mismos se reconocen, y nosotros una familia judía, todos vivimos en Argentina y el mundo podrá estar en guerra, pero aquí no lo estamos.
Amalia, una de sus hijas, al escuchar el tenor de la charla, dejó la suya con sus hermanas y se acercó a ellos.
—Papito, quédese tranquilo; haga lo que vino a hacer: trabajar con los demás empresarios. Al fin y al cabo para eso está acá, y no se preocupe por nosotras, que sabremos encargarnos de pasarla muy bien. Además, recuerde que aquí estarán nuestras familias amigas de Buenos Aires.
Y dicho esto le estampó un sonoro beso y partió tras sus hermanas que, fascinadas, observaban el enorme y florido jardín.
Daniel Kiev pensó que, como siempre, su lúcida hija Amalia le había dado el toque de objetividad que necesitaba. Si bien complementarían vacaciones y trabajo, él venía a trabajar. Todo el grupo de grandes exportadores-importadores porteños venía al lugar a hacerlo. La guerra desatada hacía cuatro meses por Alemania había trastocado los negocios y la forma de llevarlos adelante, y los empresarios argentinos debían enfrentar juntos los cambios. Venir a este hotel y alojarse en él, aunque sus dueños fueran nazis, era parte de su trabajo, mal que le pesara. Y como bien dijera su esposa, ellos vivían en Argentina, y aquí no había guerra, ni persecuciones. Al menos por el momento.
Comenzó a relajarse, pero recién lo logró por completo al ver ingresar en perfecto estado, a la explanada del Edén, el segundo auto de su propiedad; conducido también por un chofer, en el que habían viajado desde Buenos Aires sus pertenencias y las dos mucamas de su familia.
Las domésticas, una joven y otra mayor, se precipitaron fuera del vehículo, admiradas ante la suntuosidad del lugar.
El hotel serrano era famoso no sólo por el lujo y el servicio sino también por las personalidades que de continuo albergaba: presidentes, artistas como Rubén Darío, príncipes europeos, y el propio Albert Einstein lo habían visitado. Aun el gobernador de Córdoba hacía frecuentes apariciones.
No obstante este verano se esperaba fuera muy particular. Dado que desde el inicio de la guerra las familias distinguidas argentinas habían desistido de las clásicas visitas a Europa, reemplazándolas por viajes locales, éstas de seguro serían unas vacaciones ajetreadas en el Hotel. La conserjería atiborrada de actividad, donde ingresó el matrimonio Peres Kiev a completar el papeleo, daba fe de ello.
Mientras los choferes, mucamas y un botones se dedicaban a bajar el cúmulo de bártulos que traía la familia para sus dos meses de vacaciones, las hijas quedaron en el parque. Las figuras de las chicas Peres Kiev, coronadas por largos y dorados cabellos, no pasaron desapercibidas. Un grupo de caballeros que cruzaba el parque las miró de reojo, sin perderse detalle; la cuidada y reservada elegancia de sus vestidos parisinos no opacaba lo atractivo y sensual en ellas.
Lea, la mayor, tenía veinte años; le seguía Amalia con diecisiete, e Irene con quince. Si bien ni Daniel ni Carmela Kiev eran en extremo agraciados, la mezcla de ambos había acertado en las niñas una exótica belleza. Los rasgos delicados de las tres y sus ojos verdes y pardos les conferían una hermosura llamativa que, sumada a la gracia impuesta a fuerza de clases de protocolo, las hacían sobresalir donde estuvieran.
Ante los ojos de cualquiera eran tres bellas mujeres, pero bastaba escuchar sus diálogos para comprender la realidad de simples niñas en que vivían aún.
—No es justo que los novios de ustedes vengan al hotel y yo me quede sola y aburrida —exclamó Irene, la menor.
—Pues no creas que yo estoy entusiasmada con que venga Pedro. Más desearía la libertad de pasarme las vacaciones sólo con amigos —dijo Amalia.
—Creo que deberían dejar de quejarse y disfrutar el que estemos aquí, que ya es un verdadero milagro. Bien saben que papá no estaba convencido de venir. Y el hacerlo nos permitirá pasar estos meses con nuestras amistades. Por mi parte estoy feliz, ¡vendrá Manuel y su familia! —exclamó Lea, haciendo referencia a su prometido, con quien la relación avanzaba firme.
Irene, recapacitando, agregó:
—¡Yo tengo una buena noticia! Las chicas Tablada Martínez están aquí. Aunque no las he visto, sí me crucé con su mucama.
Amalia, la más extravertida, se alejó de sus hermanas y caminó hacia la fuente de agua de la entrada; algo en ella había llamado su atención. Reconociéndola de cerca, antiguos recuerdos la embargaron. Años atrás había hecho una breve visita al hotel con su familia, y la fuente con sus dos enormes leones le había parecido inmensa. No es lo mismo mirar las cosas con ojos de niña, que con ojos de diecisiete años, observó, completando este pensamiento con la felicidad de saber que ese mes ¡al fin cumpliría los dieciocho!
Risueña evocó el dicho de su padre «Las mujeres menores no hacen más que aumentarse la edad, pero una vez que alcanzan los dieciocho comienzan a quitarse los años».
No, a mí no me pasará eso, estoy feliz de cumplir los dieciocho —meditó. Y se regocijó pensando en los dos meses que disfrutaría en el lugar, lejos de los estudios, recreándose y divirtiéndose en las famosas fiestas del Edén.
Muchas de sus amistades venían cada verano a este lugar; pero su padre se había mostrado renuente a regresar, pese a las súplicas de ella. Con el paso de los años había comprendido las razones: ellos, los Peres Kiev, eran judíos y los dueños del Hotel, alemanes nazis.
Si bien la única vez que se hospedaron en el Edén años atrás, el trato hacia ellos fue excelente, su padre había dicho «todo tiene un límite» y no había aceptado volver; máxime que en los últimos tiempos se decían cosas horribles de los nazis.
Una sola conclusión sacaba Amalia de esta nueva visita: que en Argentina, a las personas todavía las unía o las separaba la posición social y económica, más que la raza o los colores a los que pertenecieran. Ella no había sufrido en su corta vida ningún tipo de discriminación; sus mejores amigas no eran judías y su pretendiente tampoco. En casa de los Kiev no eran estrictos respecto a temas religiosos. La noticia del noviazgo de su hermana con alguien de la colectividad judía los puso felices, pero también lo estaban, y mucho, con Pedro, su novio, por llamarlo de alguna manera.
La decisión de su padre de regresar a este hotel, aun cuando sólo fuera por trabajo, auguraba momentos felices y ella disfrutaría cada uno de ellos. Estos pensamientos vagaban por su cabeza cuando alcanzó a escuchar a su madre desde las escalinatas de la entrada:
—Niñas, comiencen a disponerse para la cena, Dora López les está preparando sus vestidos.
El personal doméstico de los Kiev estaba constituido por dos mucamas: Dora López y Dora Perrini.
Dora López era una mujer mayor, cuyas canas y surcos en el rostro habían aparecido en el transcurso de los muchos años dedicados a las tareas domésticas en la casa Kiev. Conocía a las niñas desde pequeñas, y las malcriaba y amaba como a las hijas que no tuvo. Carmela confiaba en ella en forma plena, para lo que fuera, aunque a veces sentía celos, pues parecía que Dora López conocía más a sus hijas que ella misma.
Dora Perrini, la otra doméstica, era una muchacha italiana que apenas llegó de su país fue aceptada para trabajar en la familia. Sus particulares cualidades de peluquera notable y eximia planchadora de vestidos de fiesta le permitieron desplazar con facilidad a las otras postulantes. Llevaba un año desempeñándose con los Kiev, y a los ojos de cualquiera parecía una muchacha feliz; pero las heridas de miserias sufridas durante años no le permitían serlo en forma completa, como tampoco le permitían contemplar la vida de los Kiev sin que sus ojos se inyectaran de envidia.
Finalmente, los recién llegados tomaron posesión de sus habitaciones: una para el matrimonio y otra contigua para las hijas, ambas en suite. Las dos mucamas se hospedarían en el ala izquierda del hotel, zona destinada en su totalidad al personal de las familias visitantes. El Edén estaba repleto. Desde su habitación, Amalia podía escuchar la agitación del pasillo y las voces, risas y taconeos en la gran escalera de madera.
Parece que este verano, todo el mundo visitará el hotel, reflexionó deseando encontrarse pronto con su mejor amiga, Tina Piboleau, quien le había anticipado vendría el mes siguiente.
También la familia de su novio, y el prometido de su hermana Lea, habían hablado de venir más adelante unos días; por suerte la familia del suyo no había confirmado. El novel y reciente abogado Pedro Saravia Flores le caía bien, su compañía le agradaba, pero sentía que le cercenaba la libertad. Amistad sí, pero compromiso y amor eran otra cosa. Eran… ataduras, concluyó. Y proponiéndose no amargarse por nada en estas vacaciones, especuló: Ya me escaparé de esa relación en cuanto pueda. La misma llevaba sólo cinco meses y había avanzado muy poco.
Resolvió que en el Edén hablaría con sus padres de su falta de interés por Pedro. Ellos comprenderían, estaba segura. Ya estaban al tanto de sus planes como escritora, sobre todo después del éxito de la publicación de su librito Diez cuentos cortos por Amalia K. Y entendían la frustración que le acarreaba tener que resignar, por culpa de la guerra, sus clases en la Universidad de la Soborna, Francia.
Era indudable que sus planes no contemplaban compromisos amorosos, por lo menos no por ahora.
Los Kiev comenzaron a prepararse para la cena. En la habitación de las hermanas se llegó a un acuerdo sobre cuánto tiempo le correspondía a cada una en el espejo del tocador del cuarto; el mismo cumplía un papel fundamental en una familia de tantas mujeres.
Y entre las frivolidades de vestidos y maquillajes, hubo lugar para comentarios profundos que los temores de Irene iniciaron.
—Amalia, ¿tú crees que papá tiene razón en preocuparse de estar en este hotel?
—¡Por supuesto que no!
—Pero dicen que los Eichhorn, los dueños, ¡son nazis y amigos personales de Hitler! Y que hay una foto en su oficina, donde se los ve reunidos con el Führer, tomando el té.
—Irene, no debes creer todo lo que dice la gente. Además no todos los alemanes son iguales —dijo Amalia convencida.
—¡Ay, hermana, qué ingenua eres! —exclamó Lea al escucharla.
—La ingenua eres tú, que crees que todo en la vida es blanco o negro.
—No metas en la cabeza de Irene ninguna idea extraña, bastante tenemos que luchar con las que tienes tú.
Amalia hizo un gesto de fastidio, pensando que rara vez ella y su hermana Lea estaban de acuerdo en las cosas importantes. Se hallaba a punto de continuar la discusión, cuando Dora Perrini entró a la habitación para ayudarlas con los peinados que llevarían esa noche, por lo que las hermanas dieron por terminada la charla.
Amalia resolvió dar un paseo. Cuando su hermana Lea se cerraba de esa manera, se ponía insoportable. Salió al parque dispuesta a aprovechar la última luz del día. Bajó con rapidez y ya frente a los árboles eligió caminar unos metros arriba para observar la piscina del hotel, que según recordaba estaba un poco alejada y ubicada en lo alto de la propiedad, por lo que emprendió la empinada subida.
Jadeaba ya cuando alcanzó a escuchar el sonido del agua, era evidente que alguien nadaba, el chapoteo era rítmico. Le llamó la atención, anochecía. La pileta a estas horas debe estar helada, pensó.
Subió los últimos pasos y allí frente a sus ojos apareció la enorme piscina turquesa rodeada de una arboleda.
En ella un hombre se movía con energía y gracia dando brazadas. El cabello, aunque mojado, denotaba que era rubio. Amalia, impasible, observó el cuadro: la última claridad rojiza de la tarde teñía el cielo y el agua de ese color. Nada parecía moverse en la quietud del lugar, salvo las brazadas armoniosas del nadador que iba y venía. El silencio cubría todo; la exuberancia del verde lo cercaba.
Disfrutando la visión y estupefacta como estaba, vio cómo el bañista daba por terminada su práctica y salía del agua sin siquiera percatarse de su presencia. Amalia, prudente, estaba a punto de marcharse, pero la figura masculina no se lo permitió. El cuerpo perfecto y trabajado, bronceado por el sol y sólo cubierto por un pantalón de baño azul, captó su atención. El joven se peinó el cabello con los dedos y comenzó a secarse lentamente con la toalla blanca, realizando con ella un verdadero ritual de prolijidad. Amalia no recordaba haber visto un hombre así; la imagen apenas iluminada por la última claridad del día la hipnotizó durante breves minutos. Aún estaba sumergida en la quietud y arrobo cuando descubrió azorada que él, toalla en mano, la miraba con sus ojos clarísimos.
Se quedaron así instantes. Sorprendidos.
Él intentó una sonrisa. Amalia nerviosa la devolvió, y de inmediato, al ver la intención del nadador de acercarse, giró sobre sus pasos y comenzó a bajar a prisa. ¿Qué había estado pensando para quedarse mirando de esa manera a un hombre? ¡Y sonreírle a un perfecto desconocido! Creyó morir de vergüenza y aceleró su marcha.
Llegó al edificio y aún turbada se dirigió al cuarto. Dora Perrini la esperaba, era su turno para peinarla.
Al cabo de una hora Daniel Kiev era el único que estaba listo. Ansioso y elegante, bajó en busca de compañía masculina, que no tardó en encontrar.
El hotel deslumbraba por donde se lo mirase, los exquisitos pisos de madera canadiense exhalaban su aroma. Rincones elegidos estaban coronados por alfombras europeas y cómodos silloncitos blancos, en los que era posible sentarse y disfrutar de un momento de paz, al lado de alguno de los ventanales que daban al verde del parque y al canto de los grillos.
Hombres y mujeres lucían elegantísimos. Las reglas del hotel eran claras: estaba prohibido bajar al comedor sin estar ataviado de rigurosa etiqueta. La alternativa para los perezosos era que la cena les fuera servida en su habitación, gracias al sistema creado por el arquitecto constructor: una especie de elevador cerrado e impregnado de vapor caliente, que mantenía la temperatura de los platos y los llevaba directo de la cocina a los diferentes halls del hotel, desde donde eran retirados. En el comedor, duplicado por infinitos espejos, una comitiva de garçons preparaba de manera meticulosa las mesas con la finísima vajilla austríaca; los aromas anticipaban los famosos lomos argentinos, especialidad del chef del lugar, alemán como los dueños del Edén. El hombre había sido traído por ellos del Hotel Schweizerhof de Berna, en Suiza, y hacía un año que disfrutaba de Córdoba y su quietud.
En pleno descenso de las mujeres Kiev por las escaleras, Lea decidió comentar lo que tenía atorado en su pensamiento y garganta:
—Están los Tagle, primos de Manuel. Te pido, te ruego, Amalia, que no te encarames en discusiones literarias como en la fiesta de Adela, que todos terminaron ofendidos con tus opiniones. No quiero que luego nos critiquen a nuestras espaldas.
Amalia hizo un gesto de sorpresa y tranquila respondió:
—No tengo planeado hablar de literatura, esta noche más bien centraré mis discusiones en los vaivenes de la guerra.
Su madre la interrumpió:
—Amalia, compórtate. Te pido que no perjudiques las relaciones con la familia del novio de tu hermana, pronto serán nuestros parientes.
Carmela conocía bien a sus hijas. Lea, la mayor, siempre tranquila, cumplidora, estricta con ella y con los demás. Amalia en el medio, torbellino de rebeldía, alegría y capacidad. La pequeña Irene dulce y mimosa, como buena benjamina.
Los Kiev, exigentes con la educación de sus hijas, habían invertido muchas horas personales en ello, impartiendo conocimientos pero también valores y principios. Y ahora sentíanse orgullosos de la cultura y don de gentes que habían logrado se notase en ellas. Pero ni los muchos idiomas aprendidos con las institutrices contratadas por años, ni la maestra de protocolo que los visitaba cada semana, ni las largas horas estudiando historia y literatura en el Instituto Bilingüe de señoritas habían suavizado el carácter de Amalia tanto como ellos querían. Sí habían dulcificado sus modales, sí habían hecho de ella una verdadera damisela, pero aún tenía en sus ojos ese fuego, que renacía cuando su ser no lograba acomodarse a los cánones impuestos por la sociedad.
Para la madre, tanto su hija mayor como la menor significaban tranquilidad en muchos aspectos. Con Amalia, sólo le quedaba confiar en que los años y un buen marido lograran aplacar su carácter. Y si de marido se trataba, el tema estaba encaminado. La joven mantenía un noviazgo desde hacía algunos meses con Pedro Saravia Flores, joven y promisorio abogado, perteneciente a una familia aristocrática de Buenos Aires. Los años habían enseñado a la señora Kiev que un temperamento como el de Amalia, bien encauzado, podría hacer de ella una triunfadora nata, una mujer exitosa, incluso en un mundo de hombres. Pero también debía reconocer que, si no se lo encaminaba de manera correcta, podía arruinar su propia vida y la vejez de ella y su marido. Sus especulaciones acabaron con la exclamación de Amalia:
—¡Quédese tranquila, mamita, no perjudicaré a mi hermana! ¡Más bien, la beneficiaré con mis charlas y encantos!
La exagerada vehemencia de la frase no tranquilizó a ninguna de las mujeres Kiev. Pero la madre decidió no decir nada y guardó en su corazón las últimas reflexiones.
Y al ver el salón del bar repleto y radiante, se dispuso a disfrutar de las vacaciones que recién comenzaban, sin siquiera imaginar los acontecimientos que, en ese mes y en ese lugar, marcarían la vida de su hija y la de toda la familia.
CAPÍTULO 2
En un rincón del bar, Kiev, con su vaso de Cinzano en la mano, llevaba casi una hora hablando exaltado con su amigo Tulio Tagle, sobre uno de los temas más en boga de esos días:
—Te digo, Tagle, la Argentina no podrá mantenerse neutral en la guerra por mucho tiempo más. Sé por buenas fuentes que nuestro gobierno tiene intenciones de consultar con Estados Unidos para pasar juntos de la «neutralidad» a una «no beligerancia» —dijo Kiev que, como buen liberal, estaba ávido de apoyar a los países aliados contra Alemania.
—Pues no me parece buena idea. ¡Ya no seríamos neutrales! —contestó acalorado Tagle.
—¿Y qué? ¿Acaso no es lo que ha hecho Italia, ayudando a los alemanes sin luchar? —aseveró Kiev alzando la voz.
—Mira, Daniel, no te ofusques, porque aun cuando consultemos con Washington, no creo que a los norteamericanos les interese ninguna propuesta. Y la Argentina sola no decidirá nada, ya que América está obligada a actuar en unanimidad de criterio.
—En eso tienes razón, el continente debe actuar unido. Aunque a Estados Unidos esto lo tiene sin cuidado, salvo cuando están en juego sus propios intereses.
Pláticas como ésta eran el claro reflejo de las diferentes opiniones que había en el país ante la pregunta de si debían o no apoyar a los aliados en contra de Alemania. En realidad la sociedad argentina se debatía entre dos posiciones más profundas: por un lado, las ideas nacionalistas de los germanófilos que se cimentaban en el ejército y algunos círculos intelectuales y juveniles; por otro, las ideas republicanas de los aliadófilos, con seguidores en el radicalismo, socialismo y algunos grupos conservadores.
No había terminado Daniel Kiev de decir la última frase, cuando su mujer y sus hijas lo pasaron a buscar para ir a cenar. Antes de marcharse, apoyó su brazo sobre el de su amigo y mirándolo le dijo:
—Tulio, una cosa es cierta: la guerra traerá espléndidos negocios. Siempre y cuando las decisiones las tomemos todos los exportadores juntos.
—Coincido contigo, Daniel, para eso estamos aquí. En cuanto sepa cuándo es nuestra primera reunión te avisaré.
Carmela concluyó que ya era suficiente y decidiendo rescatar a su esposo, que cuando de hablar de trabajo se trataba era incansable, lo tomó de la mano y dijo a Tagle:
—¡Ay, Tulio!, préstame a mi marido, que las chicas se mueren de hambre.
—Sí, Carmela, claro —se disculpó el hombre.
Y la familia Kiev bajó al comedor, donde el bullicio lo dominaba todo. Las damas, como día sábado, vestían sus mejores galas y las joyas refulgían a la luz de las finísimas arañas de cristal. La despreocupada alta sociedad argentina de 1940 se permitía, sin pudor alguno, disfrutar el lujo y la abundancia que se traslucía en cada rincón del salón.
Daniel observó el lugar y se sintió cómodo. Parte de los temores y prejuicios de su llegada se desmoronaron. Éste era su ambiente. Caras conocidas lo saludaban desde lejos con la mano en alto. Relajado, decidió acomodarse para cenar.
En el ala del hotel destinada a las domésticas e institutrices de las familias, la realidad era otra. Allí las habitaciones eran pequeñas y austeras. Las dos mucamas de los Kiev compartían uno de esos cuartos, y se encontraban ya instaladas. Dora Perrini acababa de peinar a las cuatro mujeres, que si bien esa noche habían requerido peinados sencillos, en general era tarea de muchas horas, sobre todo cuando una ocasión especial lo exigía.
Y ahora la cansada muchacha se descargaba con su compañera en comentarios sarcásticos. Lo hacía mitad en español, mitad en su idioma, mientras esperaban que les llegara la cena a la habitación según lo prometido.
—Qué vida la nuestra, porca miseria. ¡Qué laburo!
—No te quejes, es nuestro trabajo. Que a Dios gracias lo tenemos.
—Hemos laburado hasta reventar. Todavía tenía las piernas hinchadas del viaje y he tenido que peinare a las cuatro mujeres. Ni hablar del trabajo que me dio el pelo de la señorita Amalia. ¡Semejante cabellera!
—Sí, es una preciosidad. No conozco otro igual.
—No me vuelvas loca con tu babeo por las niñas, que no estoy de humores.
—Déjate de gimoteos y ponte contenta que aquí llega la comida —dijo la señora López abriendo la puerta y recibiendo los platos.
Al cansancio de las últimas tareas, se le sumaba el del largo viaje y recién en este momento disfrutaban del primer respiro. Les había tocado desempacar el equipaje, ordenar la ropa de todos en perchas y cajones, y terminar planchando lo que cada miembro de la familia decidió lucir esa noche. Acomodar los bártulos en las dos habitaciones había sido por demás trabajoso, pues incluían desde botas de montar y palos de golf hasta sombreros femeninos, traídos de la sombrerería porteña de la esquina de Arroyo y Pellegrini, perteneciente a las hermanas Alice e Irene Luc.
Habían distribuido en forma prolija una maleta completa de artículos de perfumería sobre las mesas de tocador. Todo lo necesario para que se sintieran cómodos en sus vacaciones había sido traído. Los temores a las enfermedades respiratorias sin cura como la tuberculosis aconsejaban un tiempo mínimo de dos meses en las sierras; y los Kiev tratarían de cumplirlo en este verano, como toda familia pudiente.
A Dora López la intuición y el cariño por sus patrones la llevaban a desconfiar de Dora Perrini, la italianita, que de inocente no tenía nada, según venía demostrándolo en el año que llevaba en casa de los Kiev.
La Perrini asemejaba una mujer atractiva. Lo era por sus cabellos largos y renegridos y su perfecta figura de cintura pequeña y curvas pronunciadas, pero al tenerla cerca, en su rostro resaltaban las marcas que la viruela había dejado deformándolo. Trataba de disimularlas aproximando su pelo oscuro a la cara, o pegando lunares postizos en los cráteres de sus mejillas. No obstante, a la luz del día, las cicatrices eran inocultables.
A Dora López no le gustaba que hiciera tantas preguntas sobre cosas personales de la familia; como horarios, volumen de la fortuna y otras intimidades. Ni tampoco le agradaba el coqueteo que le hacía al señor, acercándole su cuerpo con desparpajo, ni el trato seductor cuando Carmela no estaba. La había visto haciendo señas groseras a la señora cuando ésta no la veía y observar con codicia los vestidos y chiches de las niñas. Y ahí, en el Edén, ni qué hablar de cómo había mirado las joyas de la señora, mientras ordenaban el equipaje. Sus manos pequeñas y huesudas husmearon con detalle en cada cajita, las alhajas elegidas para traer. Ella se las había tenido que arrancar de las manos, a fin de que las cajas fueran llevadas por Kiev al cofre de seguridad del hotel. No le quedaba claro qué era lo que buscaba la Perrini en este trabajo. La misma chica le había contado que no le agradaba y que tenía otras ofertas más tentadoras, incluso como peluquera. Si bien Dora López tomaba sus recaudos en la relación con la italiana, tenía bien claro que por el momento era su compañera en este lugar y pese a sus preocupaciones, una sonrisa se instaló en su rostro, al recordar la imagen de las tres hermanas bajando a cenar minutos antes.
—¿Has visto lo lindas que estaban las niñas? Brillaban entre las demás —comentó mientras comenzaba a comer su carne con papas.
—No seas sentimental. Con todos los maquillajes importados y las ropas nuevas que tienen, cualquiera brilla en un salón —respondió agriamente Dora Perrini.
—¡Y vos no seas mala! Así es la vida. «Siempre habrá alguien que tiene más que uno, pero también siempre alguien que tiene menos» —dijo con la sabiduría y simplicidad que dan los años.
—Brindo por vos, que te das el lujo de tener un buen corazón —exclamó la italiana levantando el vaso que tenía en la mano. Y rio con una carcajada vacía.
—¡Salud! Y veamos si te lo contagio —le respondió Dora López.
A medida que el hambre cedía y los platos fueron vaciándose, la conversación se abrió paso y el centro de ella fue la ostentación del hotel.
Dora Perrini dijo con vehemencia:
—¡Madonna Santa, qué lujo! ¡Éstos sí que saben vivire bene! Agua caliente y luz eléctrica en el medio de la nada. ¿Te fijaste ahí afuera de noche? Parece que estuviéramos en una selva. Lo único que se escucha son grillos.
—¡Es que estamos en medio de una montaña! Afuera hay tanta oscuridad, que hasta miedo me da que aparezca un animal salvaje. De todas maneras, de noche no pienso salir.
—¡Pues a mí no me da miedo para nada! Es más, esta noche me voy a fumar un cigarrito a las oscuridades —continuó desafiante la joven.
—¡Vos estás loca! —se espantó Dora López.
—Loca no, caliente sí. Me espera Ventirello. Ellos regresan mañana en tren —dijo la Perrini refiriéndose a los choferes de Kiev—. Parece que él quiere una despedida privada, al aire libre nomás.
La italiana mantenía con el chofer de la familia frecuentes encuentros sexuales, que comenzaban a transformarse en una desprejuiciada relación.
—Mirá que sos ordinaria para hablar. Pero ya me la veía venir, vi cómo te miraba durante todo el viaje. Tené cuidado, sé discreta, no sea que armes un escándalo en este lugar y quedemos todos mal parados.
—Ay, Dorita, ma perchè mi dici così. ¿Acaso crees que debemos ser los únicos? ¿No has visto la cantidad de mujeres solas que estamos acá abajo? Y la cantidad de hombres solos en la «Zona de caballeros solteros».
Las habitaciones de los hombres solteros que se hospedaban en el hotel estaban completamente separadas de las matrimoniales, pero pegadas a las del personal doméstico, en el ala izquierda del edificio.
Dora López no quiso continuar con la conversación, la misma se tornaba indecorosa para su gusto. La Perrini fue al baño, buscó en su bolso los cigarrillos, se perfumó, se desprendió un botón de la blusa dejando que se asomaran sus pechos y salió por la puerta del pequeño cuarto, no sin antes señalar desde la puerta:
—¡Qué tanto, Dorita! Nosotros los pobres también podemos disfrutar de algunas cosas como los ricos ¿o no?
—Andá, andá y portate bien —contestó Dora López disponiéndose para ir a la cama.
En minutos, la oscuridad de la arboleda cercana al hotel era testigo de jadeos, gemidos y cadenciosos movimientos sensuales que luego, al regresar la calma, darían lugar a palabras cómplices de propósitos siniestros en contra de la familia Peres Kiev.
En el comedor los lugares para la cena habían sido distribuidos de antemano, pero Amalia movió cielo y tierra para conseguir estar cerca de sus viejas amigas: las Tablada Martínez. Se alegró al enterarse de que sus padres, en virtud de los negocios que tenían en común, pasarían esta y otras veladas juntos.
En la animadísima cena, viejas amistades de Kiev lo pusieron al tanto del comentario del día: «Hoy llegó al Edén directamente de Europa una comitiva de alemanes. No se sabe si son del gobierno y tratarán asuntos diplomáticos o vienen por negocios».
Su única respuesta fue una mueca de repulsa y preocupación. Él y su familia eran judíos, aunque sólo de sangre; la malísima relación con su padre y su condición de hijo único sin madre le habían hecho perder los lazos familiares, la práctica religiosa y hasta la fe. Él era un adolescente cuando perdió a su madre. Su padre, al verse viudo y con un hijo, se había vuelto a casar en cuestión de meses, buscando recomponer una familia, pero había terminado dedicándose por completo a su nueva esposa.
Esto, sumado a su rebeldía de muchacho, fue produciendo un distanciamiento entre él y su padre, gestando en su interior una intención irrebatible de cortar lazos con su progenitor. Al punto que al alcanzar la mayoría de edad, abandonó su casa, consiguiendo su título de abogado y gran éxito en los negocios siendo apenas un joven.
Su apellido lo había beneficiado en algunos aspectos, ya que pertenecía a una estirpe de notarios y abogados porteños respetados desde su abuelo. Pero en otros, como en abrirse camino en las importaciones y exportaciones, Daniel Kiev se las había arreglado solo. Y así, ahora sus niñas disfrutaban tanto del apellido renombrado como de las ganancias obtenidas por él, con arduo trabajo. En medio de su turbulenta juventud había conocido a su esposa, que si bien era judía, tampoco tenía inculcado lo israelita; al fallecer sus padres cuando niña, había sido criada por sus tías.
Desde que la conoció la amó y Carmela se convirtió en la familia que siempre le había faltado, a la que luego se le sumaron las tres hijas.
Juntos habían criado la hermosa prole de niñas rubias, que eran su orgullo. Pero también juntos se deslizaron de sus orígenes, creencias y religión: no practicaban rito judaico alguno, ni habían enseñado a sus hijas las costumbres aprendidas por él de niño, las cuales había olvidado en la adolescencia. Y juntos también, habían decidido reforzar la cultura en las niñas, como queriendo cubrir la falta en lo espiritual. Pero bueno… la sangre estaba allí. Él era judío, su familia era judía, aunque no practicara su religión, ni le interesara su origen y sólo lo evidenciaran sus varénikes y su guefilte fish del miércoles a mediodía, compartidos con algunos paisanos amigos en el restaurante de siempre. Y alguna que otra vez, su no tan manifiesto apellido.
Pero algo era seguro: su condición, desde que había comenzado la guerra, no era tan fácil de llevar. Incluso en un país como Argentina, había acechanzas que enfrentar. Se le habían crispado las manos cuando entre ellas tuvo un ejemplar de la revista Clarinada, que se editaba en Buenos Aires y hablaba despectivamente de los judíos. Y tampoco se le olvidaba la noche del acto de adhesión al Reich, realizado también en la ciudad porteña el año anterior; había sido el más multitudinario evento que se hiciera fuera de Alemania, y concluyó con cantinelas ofensivas y todo tipo de violencias.
A él algunas veces se le olvidaba que era judío, pero siempre había alguien dispuesto a recordárselo. Y no precisamente los amigos. Pero eso no era nada comparado con lo que escuchaba estaba sucediendo en Europa, donde la persecución no era sólo ideológica, sino física y cruel; por lo menos así lo explicaban los que venían a Argentina huyendo del Viejo Continente. Sin embargo en más de una ocasión, lo asaltaban las dudas. ¿Podría ser verdad? ¿Podría existir tanta crueldad? ¿No serían todas estas afirmaciones una gran farsa? ¿Era Alemania realmente capaz de llegar a tanto?
Por esa y otras razones, enterarse de la visita de la comitiva alemana lo perturbó y hasta lo indignó. Trató de tranquilizarse pensando que se encontraba rodeado de familias amigas de años y que probablemente vendría uno de sus futuros consuegros, también paisano y ya no sería el único. Y lo más importante, que no debía olvidar: había venido a participar con colegas de decisiones trascendentes para sus negocios.
Durante la cena, la tertulia de la mesa pasó por diferentes tópicos según las edades y el sexo de los comensales: Carmela y la señora Tablada Martínez alardeaban con los adelantos en los estudios de sus hijas y la calidad de los pretendientes conseguidos. Y se consolaban, una a la otra, la preocupación por los cambios que la guerra pudiera traer en su vida cotidiana. La conversación de los hombres giraba entre política, negocios y uno que otro comentario sobre el grupo alemán alojado en el Hotel.
—Seguro que vienen por negocios, sé que Alemania quiere volver a comprarnos carne —dijo Tablada.
Daniel respondió fríamente:
—Puede ser, pero también Alemania tiene pendiente solucionar el asunto de los mil marinos alemanes «internados» del Graf Spee.
La tripulación del acorazado alemán Admiral Graf Von Spee, luego de haber peleado en aguas platenses, en el mes de diciembre contra los ingleses, decidió hundir su barco, para evitar que cayera en manos enemigas. Los hombres se salvaron por decisión de su capitán, quien los hizo trasladar a la costa uruguaya y de allí a Argentina pensando que serían repatriados a Alemania en calidad de náufragos, pero debido a la presión aliada, que exigía se respetaran las leyes internacionales, fueron considerados «internados» por el presidente argentino Ortiz, pues los marinos pertenecían a Alemania, un país en guerra, y Argentina era un país neutral. Y ahora qué hacer con los más de mil hombres era un verdadero problema para el gobierno argentino: los marinos, instalados en el Hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires, aguardaban una decisión sobre si los dejarían o no regresar a Alemania. El tema exasperaba a Kiev:
—No veo por qué se preocupan tanto por esos hombres, tan mal no lo están pasando, no les falta nada. Algunos hasta los reciben como héroes —sus comentarios se basaban en los diarios, que los mostraban sonrientes y bien tratados.
—Sólo son unos pobres muchachos, víctimas de la guerra. Tienen entre dieciocho y veintidós años y están aquí varados, lejos de su país, sin saber cuándo volverán a ver a sus familias —acotó Tablada tratando de suavizar la polémica, y agregó—: Creo que nuestro presidente debería haber intentado un poco más la repatriación y que se equivocó al dictar el decreto que les dio calidad de internados.
—Hizo lo que tenía que hacer: aplicar las leyes internacionales que requería el caso. Los alemanes están peleando una guerra y esto es lo menos que les podía pasar. Aunque tampoco creas que me convence tener mil marinos nazis dando vueltas en Buenos Aires. Sé que la embajada británica está presionando al gobierno, para que haga algo con ellos. Temen nuevas agresiones de su parte —dijo Kiev refiriéndose al atentado sufrido por la embajada británica en Buenos Aires, sólo unos meses atrás.
—No creo que la embajada británica corra peligro otra vez —sentenció Heriberto Tablada, mientras devoraba el último bocado de su ambrosía, y agregó en un tono más bajo—: Pero no te amargues demasiado, que aún te falta una noticia: parece que la comitiva alemana que llegó se quedará un par de semanas en el hotel.
—Lo que nos faltaba, ¡todo esto es una locura! Traer la guerra a un lugar de vacaciones. ¡Pero qué podíamos esperar si los dueños del hotel son alemanes!
—Qué quieres, Kiev, ¡nuestro país está dividido entre los que apoyan a los aliados y los que están con el Eje! No sé cómo terminaremos los argentinos.
—Pues eso depende de cómo termine la guerra.
—Bueno, Kiev, al menos los alemanes del Edén sólo son cuatro.
Mucho no podrán molestar —lo tranquilizó Tablada.
—No estés tan seguro —contestó fastidiado Daniel.
Ya en la sobremesa, las chicas Kiev y las Tablada conversaban animadamente; la risa de las cinco muchachas se escuchaba cada tanto con claridad sobre las conversaciones de los mayores. Las hermanas Tablada pedían detalles sobre el futuro casamiento de Lea y el nuevo novio de Amalia. Lea les hablaba maravillas de Manuel y prometía informarlas sobre la fecha exacta de su boda; según venía organizando, sería para septiembre. Amalia insistía en la parte graciosa de su propio prometido:
—Tendrían que ver lo nervioso que se pone cuando llega a casa. A veces tartamudea. ¡Y tan seguro que dicen que es entre los abogados del estudio de su padre!
Las hermanas Tablada respondían con preguntas:
—Pero ¿es lindo? ¿Es verdad que quiere comprometerse? ¿Te dejan quedarte a solas con él, se besan?
—Lindo… sí, pero… tan serio. ¡Él quiere comprometerse, yo no!
Solos casi nunca, pero algunos besos ha habido.
—¿Estás loca, Amalia? Es lindo, es abogado, un buen partido, ¿por qué no te quieres comprometer?
—Es que tengo tantos planes… ¡tantas locuras por cometer! —dijo alzando la voz, al punto que su madre alcanzó a escuchar la frase y, dándose vuelta, puso cara de desaprobación.
Amalia, sin saber, había proclamado lo que en verdad haría en los próximos días, e iba a dejarle huella para siempre en su corta vida.
Mientras tanto las
