De este lado del mundo

Victoria Bayona

Fragmento

De este lado del mundo

La facultad era un monstruo. Un lugar frío, enorme, repleto de caras nuevas. Ana se detuvo frente a la construcción gris unos momentos después de bajar del colectivo. Respiró. El corazón le latía con expectativa y nervios. Aunque la sintió amenazante, había deseado tanto que llegara ese día que no le importó... finalmente podría perderse entre alumnos desconocidos, aprender cosas que le fueran relevantes, hacer las tareas a su ritmo. No sabía si sería así o no; esa había sido su fantasía durante los últimos años de secundaria, en los que cada materia le había resultado una completa pérdida de tiempo.

Su colegio era pequeño; sus compañeros, olvidables. Se había ocupado activamente de encerrarse en una burbuja de auriculares y dibujos para mantenerse cuerda. En algún momento los directivos y el equipo de orientación se cansaron de citar a sus padres y, hacia cuarto año, advirtiendo que ni ellos ni Ana tenían intenciones de que la situación cambiara, la dejaron ser. De todas maneras, no causaba problemas ni tenía dificultades para aprobar las asignaturas. Ana se convirtió en un nombre que entregaba los exámenes, ocupaba un asiento y pasaba de año.

Para el colegio no era más que una chica introvertida y silenciosa; dentro de su universo, las cosas eran diferentes. Allí florecían todo tipo de historias, de escenarios, de canciones. Los brotes de ese espacio íntimo veían la luz en sus dibujos o en sus poesías. Tal vez lo único que la conectaba con el mundo.

Recorrió los pasillos interminables, subió y bajó escaleras hasta dar con el aula en la que tendría su primera clase. Cuando vio que la mayoría de los asientos estaban tomados, se intranquilizó. A pesar de todo lo que la abrumaba, hizo un esfuerzo para no entregarse al miedo. Caminó entre las filas con la mirada hacia abajo hasta uno libre, y lo ocupó. Los minutos pasaban sin noticias del profesor. Pensamiento Científico. Miró a su alrededor en busca de alguna cara que reflejara algo parecido a lo que sentía ella. No la encontró. O charlaban en grupos de tres o cuatro (¿en qué momento se habían relacionado? ¿Eran amigos de antes?), o miraban sus celulares, o dormitaban.

Varios minutos pasada la hora, un joven de estatura mediana y rulos cruzó la puerta, agitado. Por un momento Ana pensó que podía ser uno de los docentes, pero no. Era de su edad. Le resultó graciosa la expresión de alivio que puso cuando se dio cuenta de que la persona a cargo no había llegado todavía. Quedaban solo un par de lugares libres en el fondo. Cuando le pasó por al lado, no pudo dejar de notar que tenía un perfume rico, a shampoo. En la búsqueda de banco, él se cruzó con los ojos de ella y le sonrió. Ana bajó la vista al cuaderno. ¿Se había dado cuenta de que lo estaba mirando? Para aplacar la vergüenza, se puso los auriculares y comenzó a hacer garabatos.

Cuando la profesora llegó —era una mujer—, Ana le daba los últimos retoques al retrato de una joven. Sus cabellos estaban sueltos y desprolijos, su mirada era enigmática y las pecas, espolvoreadas con la birome con la que había bocetado todo, le daban un aire melancólico. Tan ensimismada estaba en la música y el trazo, que no se percató de que varios de sus compañeros se habían agrupado a sus espaldas para ver el progreso de su creación.

—Buenos días. —La docente dejó caer varios bolsos sobre la silla de su escritorio—. Tomen nota de la bibliografía que vamos a estar usando... —Escribió un par de títulos en la pizarra—. Y ya creo que se hizo la hora. Lean los cinco primeros capítulos de este —señaló el tercero—, y nos vemos la clase que viene.

Así como llegó, se perdió acelerada en las entrañas del edificio. Definitivamente aquella experiencia no había sido para nada significativa. Un poco desilusionada, Ana se propuso explorar.

En la planta baja, encontró una cafetería con sillas de colores vivos. El olor del café con leche siempre tenía en ella un efecto reparador, la transportaba a otros lugares, a otras vidas. Recordaba el día en el que había juntado coraje para sentarse sola en un bar y pedir uno por primera vez. Tenía dieciséis años y vivió ese momento como una iniciación. De repente, era grande. Disfrutar de esa situación a solas, en un espacio público, le ponía el alma inquieta. Esas eran las sensaciones que buscaba: las que le permitieran abrir las alas que llevaba ocultas y percibirse única, sensible y especial.

De este lado del mundo

El primer mes de facultad se convirtió en un torbellino de colectivos, datos confusos e incertidumbres solo tolerables gracias a la única —pero indispensable— certeza de que estaba donde quería estar.

—¿De dónde venís? —Una voz la sorprendió una tarde mientras esperaba, algo muerta de frío, en la parada.

—¿Eh? —Ana se volteó. Estaba repasando mentalmente todo lo que tenía que investigar para la tarea que acababan de asignarle en Proyectual.

—¿De dónde sos? —insistió la desconocida.

Era una chica baja, de contextura grande y pelo por los hombros mitad fucsia, mitad castaño.

—De acá, de la facu... —Se dio cuenta de que estaba respondiendo cualquier cosa. Seguía con la mente en otra parte—. ¿Me preguntás dónde vivo o de dónde vengo ahora?

La chica revoleó los ojos, divertida. Ana entendió.

—De Flores, ¿vos?

—Almagro —comentó ella, relajada, atándose el pelo en una cola.

—Ah, cerca —balbuceó Ana, sin saber bien qué decir.

—Cerca. Te pregunto porque nos cruzamos siempre en el 42.

Ana entornó la mirada, como si enfocándola pudiera recordarla. Pero no, supuso que si la hubiera visto antes, su cabello no habría pasado desapercibido.

—Me llamo Luz —se presentó.

—Ana.

Sonrieron con un poco de incomodidad.

Había llovido fuerte hasta hacía un rato. Terminaba abril, y las hojas secas que aún resistían en las ramas habían sido abatidas por el temporal y ahora yacían aplastadas contra el suelo.

“Es una muerte triste”, pensó Ana. “Deberían caer en tierra, descomponerse, transformarse. Pero no, se quedan ahí, en el asfalto, sin poder cerrar su ciclo. Capaz encuentren el camino hacia un desagüe y...”

—¿Te tomás el 42 ahora?

Asintió. Hubiera preferido seguir pensando en el destino de las hojas.

—¿Qué cursaste hoy? —se interesó Luz.

—Proyectual.

—¿Arquitectura?<

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