Health Coach

Fragmento

CAPÍTULO 1

Un poco de historia: del malestar al Bien-Estar

Hace unos años, como la mayoría de las personas hoy en día, me sentía muy estresada, con varios temas profesionales y personales en juego. Empecé a sentir molestias y dolores intestinales que atribuí a la famosa gastritis que padezco desde chica, y que había permanecido inactiva por un tiempo.

Hasta que un día no me pude levantar de la cama. Tenía mucho dolor, ardor en la boca del estómago, me sentía muy hinchada y no me podía mantener erguida. Además ¡estaba con mareos y náuseas!

Al cuarto día, cuando me pude levantar de la cama, fui a ver a una gastroenteróloga, la doctora Florencia Eguren, y le conté mis síntomas. Enseguida me pidió varios análisis de sangre y cuando volví con los resultados me dio la noticia: me habían dado positivo dos de los cuatro anticuerpos de la celiaquía. Yo no tenía idea de lo que implicaba ser celíaca. La doctora me aclaró que tenía que hacer una biopsia para confirmar el diagnóstico. Pero que, mientras tanto, fuera investigando el tema.

El tiempo de espera hasta que me confirmaron el diagnóstico fue un mes largo que pareció una eternidad, sobre todo por el continuo malestar que sentía. En la biopsia se vio que tenía el intestino muy dañado, con las vellosidades “severamente atrofiadas”.

Ya estaba confirmado: era celíaca.

Empezando el cambio

Lo primero que tuve que investigar fue sobre los alimentos que contienen gluten. Y aprendí que este está presente en muchísimos productos que ni nos imaginamos. Por ejemplo: fiambres, salsa de soja, caldos industriales, saquitos de té, aderezos, helados, golosinas. Todo el mundo me decía: “Vas a ver que cuando empieces la dieta sin gluten vas a sentirte bárbara otra vez.” Pero comencé la dieta y me seguía sintiendo mal, no podía digerir la comida, tenía reflujo, ardor, perdía peso, estaba anémica y débil. Los resultados de una densitometría indicaron que tenía osteopenia (un paso previo a la osteoporosis) y a todo esto se sumaba que no podía dormir de noche, me acostaba agotada y me despertaba de madrugada sin poder volver a dormirme.

Así empezó mi “rally” por diferentes médicos y nutricionistas que mi entorno me iba recomendando. Incluso una psicóloga, ya que al verme tan mal todos intentaban darme una mano.

Las personas que nos enfrentamos con estos diagnósticos, tenemos que hacer frente a todo tipo de obstáculos. Uno de ellos, y no el menos complicado, es el cambio en nuestra vida social. Enfermedades como la celiaquía, aunque muy comunes, son desconocidas por la mayoría de las personas en cuanto a qué implican. Por ejemplo, el peligro de la contaminación cruzada: al principio, incluso mi propia familia pensaba que estaba exagerando cuando yo pegaba un grito si alguien tomaba mis cubiertos para cortar el pan, la milanesa, las papas fritas. O cuando alguien hacía un asado y ponía el pan en la parrilla al lado de la carne, el pollo o las verduras que yo iba a comer.

Una anécdota: en una de mis primeras salidas con amigas a tomar el té después de mi diagnóstico, llevé un snack de arroz sin gluten y una de mis amigas insistía en que yo probara una tarta de manzana: era casera, me decía, y tenía muy poca harina. Le agradecí, pero le expliqué que mucha o poca, yo no podía comer nada de harina. Ella entonces separó el relleno de la masa y me lo volvió a ofrecer. Respiré hondo y le expliqué que no podía comer lo que me estaba dando porque al tomar contacto con la masa, el relleno tenía gluten. Me sentí muy mal, porque seguía insistiendo. Y me fui apenas pude.

Pero con el tiempo, aprendí a “educar” a las personas, a no sentirme incómoda y a que no se sientan incómodos quienes me rodean cuando, por ejemplo, pregunto todos los ingredientes de un plato en un restaurante. También aprendí que lo mejor y más fácil para mí es llevar mi propia comida, pero me costó mucho acostumbrarme a ocuparme de antemano. Una persona celíaca no puede ir a cenar a casa de nadie sin tener pensado qué va a comer, los anfitriones no saben qué cocinar o sienten que no tienen nada para ofrecer.

Por eso, un consejo: si alguien de tu familia o amigos tiene intolerancias alimenticias, nada hace sentir mejor a una persona que padece estos problemas que el hecho de que sus seres queridos se tomen el tiempo de preguntar qué puede comer o contarle qué se va a servir en la mesa. Es un detalle que los que sufrimos algunas de estas enfermedades valoramos inmensamente.

Dieta sin gluten y algo más…

La cocina sin gluten es un tema aparte. Incluso a una persona como yo, que me encanta cocinar y siempre me gustó recibir gente en casa con comida diferente y casera, le resulta muy frustrante. Tiré mucha comida que salió horrible, en especial ¡el pan! La versión sin gluten de comidas como el pan, pastas, pizza, empanadas, es muy diferente. Hasta ahora no probé ningún pan que tenga la misma textura y gusto que el pan tradicional.

Y a pesar de haber adoptado la dieta sin gluten a rajatabla, seguía sintiéndome mal, bajando de peso, sin energía y ¡sin dormir! El día que volví a la consulta con la gastroenteróloga, me largué a llorar. No podía más. La doctora me recomendó que eliminara los lácteos porque muchas veces la celiaquía viene de la mano con la intolerancia a la lactosa. Así que dejé de tomar la poca leche que tomaba, dejé de comer queso y yogur.

Estaba enojada y frustrada. Los ardores y dolores intestinales continuaban. Me hicieron una nueva biopsia de control y además de la celiaquía descubrieron que tenía gastritis erosiva y esofagitis por reflujo. Luego, se agregaron episodios de colon irritable que me dejaban sin fuerzas. Más adelante, me diagnosticarían colitis microscópica linfocitaria, otra enfermedad autoinmune que produce una inflamación a nivel microscópico a lo largo de todo el colon y se puede asociar con la enfermedad celíaca.

Un día, una compañera del gimnasio se me acercó y me comentó que no me veía bien. Cuando le conté lo que me pasaba, ella me recomendó una nutricionista que había ayudado mucho a su hijo autista con una dieta sin gluten ni lácteos. Yo ya no tenía ganas de seguir rotando por más médicos o especialistas, pero me insistió tanto que al final accedí. Al salir del consultorio de la nutricionista estaba más que confundida y pensé que no era capaz de seguir cambiando mi dieta todo el tiempo. Ya había eliminado el gluten y los lácteos ¡y con eso no era suficiente! Además, siempre hice mucho ejercicio y entrenaba varias veces por semana. Sentí que no iba a tener suficiente fuerza para hacer todo lo que yo estaba acostumbrada a hacer.

La nutricionista me recomendó que, como tenía mi intestino muy dañado, lo ideal para sentirme mejor era comer comida natural, sin procesar, y verduras cocidas para poder digerirlas mejor. Tenía que eliminar los lácteos por completo, los edulcorantes, las gaseosas, el café, las ha

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