Aventura en la nieve (Colección Emily 4)

Duncan Ball

Fragmento

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1. El terrorífico tira y afloja de Emily

 

 

Un día, los maestros y los niños del colegio de Emily salieron todos juntos a la pista deportiva que había detrás del colegio. Iban a jugar al tira y afloja con una cuerda muy gruesa. Como Emily tenía un ojito en la punta del dedo, se puso su capuchón de plástico especial para protegerlo.

La maestra de Emily, la señorita Redondo, trazó una línea en el suelo. Los maestros se colocaron a un lado y los niños a otro. Luego, agarraron los dos extremos de la cuerda, cada cual el suyo, y se dispusieron a estirar.

Emily miró en dirección a Tom Chuleta, que estaba almorzando, algo apartado de los demás.

—¿No nos vas a ayudar? —le preguntó.

—Ese juego es una bobada —replicó Tom.

—Muy bien, Tom, pues tendremos que ganar sin ti —dijo Emily.

La señorita Redondo gritó:

—¡A vuestros puestos! Preparados, listos… ¡Ya!

Los dos equipos empezaron a estirar con todas sus fuerzas. Al principio, nadie se movía del sitio. Luego, los niños fueron arrastrados hacia la línea. Jana Estrella estaba a punto de pisarla, pero sus compañeros tiraron con tantas ganas que fueron los maestros quienes se aproximaron a la raya del suelo. La batalla continuaba, primero hacia aquí y luego hacia allá.

—¡Estirad! ¡Podemos conseguirlo! —gritó Jana.

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Justo cuando los maestros estaban a punto de perder la batalla, Tom dejó el bocadillo en el suelo y echó a correr hacia el lado de los niños. Estiró con toda su rabia y pronto los maestros cruzaron la línea.

—¡He ganado! ¡Los he machacado! —gritó Tom, y se señaló el pecho con el pulgar—. ¡Soy más fuerte que los maestros!

—Hemos ganado todos —le corrigió Emily—. No has ganado tú solo.

—¡He ganado yo! —siguió chillando Tom—. ¡Vosotros no teníais ninguna posibilidad!

—Hay demasiados niños y muy pocos maestros —suspiró la señorita Redondo—. Tendremos que reclutar a más adultos.

—¡Yo, yo y yo! —berreaba Tom, que ahora corría en círculos—. ¡He sido yo! ¡Soy el mejor! ¡Soy el niño más fuerte del mundo!

—Tom es un pelma —dijo Jana.

—No le hagas caso —le aconsejó Emily—. Esa es mi táctica.

Por fin, los maestros volvieron al colegio para almorzar, todos menos la señorita Redondo, que aquel día era la encargada de la vigilancia.

Emily se sentó a la sombra de un árbol y empezó a comerse el almuerzo. De pronto, oyó el zumbido de un avión, que sonaba cada vez más cerca.

—¡Mirad! —dijo Emily—. ¡Vuela muy bajo!

El motor del minúsculo avión se detuvo de repente, luego volvió a funcionar y por fin se paró.

—¡Tiene problemas! —exclamó Emily—. ¡Y se dirige directamente hacia nosotros! ¡Creo que el piloto intenta hacer un aterrizaje de emergencia!

—¡Niños! —gritó la señorita Redondo—. ¡Apartaos de ahí! ¡Venga! ¡Corred, corred! —añadió dando unas palmadas.

—¡Se va a estrellar encima de mí! —chilló Tom Chuleta—. ¡No quiero morir!

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Los niños echaron a correr en todas direcciones y muy pronto la pista deportiva quedó despejada. El avión planeaba en silencio en dirección a la tierra.

—¡Oh, no! —exclamó Jana—. ¡Va a chocar contra los árboles del otro lado de la pista!

Y así fue. El avión rozó las ramas superiores de un árbol muy alto. Luego dio vueltas en el aire antes de estrellarse contra la copa de otro gran árbol.

Horrorizados, los niños observaron cómo el aeroplano se quedaba en equilibrio sobre las ramas, con el hocico apuntando al suelo. Emily vio a dos personas en el interior, parecían mareadas.

—¡Quedaos donde estáis, niños! —chilló la señorita Redondo—. ¡Voy a buscar ayuda!

Tras decir eso, la maestra echó a correr hacia la escuela para llamar a emergencias.

Emily vio cómo un hombre y una mujer intentaban salir del avión arrastrándose hacia una rama. Sin embargo, en cuanto el hombre abrió su portezuela, el avión se desplazó y cayó unos cuantos metros. Por suerte, una rama detuvo la caída.

—¡No te muevas! —le chilló la mujer— ¡Si lo haces, el avión se estrellará contra el suelo!

—Nuestra maestra ha ido a pedir ayuda —les gritó Emily—. Quédense donde están.

—¿Se ha estrellado? —preguntó una vocecita.

Emily se dio media vuelta y miró hacia los arbustos que tenía detrás. Allí estaba Tom, sentado entre las plantas con los ojos tapados.

—¿Por qué te has escondido? —dijo Emily.

—No me he escondido. Es que no quiero morir. ¿Qué ha pasado?

—El avión se ha quedado enganchado a un árbol —explicó Emily.

—Los aviones no se enganchan a los árboles.

—Ese sí. Sal y míralo tú mismo.

Mientras Tom salía de su escondite, se levantó viento. La ráfaga de aire sacudió el árbol, agitando así el aeroplano también.

—Si sigue soplando el viento, el avión se caerá —le dijo Emily a Jana—. Ojalá pudiéramos hacer algo.

—Pero, ¿cómo podemos evitarlo? —preguntó Jana.

En ese momento, Emily se quedó mirando la cuerda, que seguía en el suelo de la pista deportiva.

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—Tengo una idea —anunció.

—¡No hagas tonterías, Emily! Espera a que lleguen los equipos de rescate.

—¿Y si entonces es demasiado tarde? —observó Emily—. Tenemos que ayudarlos ahora mismo.

Dicho eso, Emily salió disparada y agarró la cuerda. Hizo un gran lazo a un extremo y echó a correr hacia el árbol. Se rodeó la cintura con el lazo y empezó a trepar por el lado del tronco que quedaba más alejado del avión.

El hombre la vio ascender.

—¡Eh, niña! —le gritó—. ¿Qué haces? ¡Baja ahor

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