¡Un Halloween de miedo! (El pequeño Leo Da Vinci 7)

Christian Gálvez

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Personajes

Mapa

Capítulo 1. Un carro guapo, guapo

Capítulo 2. Me caen bien los vampiros

Capítulo 3. Un encuentro embrujado

Capítulo 4. La tienda del cazavampiros

Capítulo 5. Un bosque superanimado

Capítulo 6. El Pantano Fantasmal

Capítulo 7. Un delicioso olor a humano

Capítulo 8. El gran Vlad, el Empapador

Capítulo 9. De puente a puente

Capítulo 10. La posada encanijada

Capítulo 11. A ver cómo me las pinto si caigo en el laberinto

Capítulo 12. Atrapados por los pelos

Capítulo 13. Una chica con carácter

Capítulo 14. La última casilla

Capítulo 15. ¿Truco o trato?

Ahora te toca a ti

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Créditos

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Caca de la vaca Paca. Eso era lo que buscábamos aquella noche de luna llena mi amigo Miguel Ángel y yo, adentrándonos de puntillas en la granja de don Girolamo. ¡Uy, don Girolamo, qué malas pulgas tenía! Claro, que su vaca no era mucho más simpática que él. Cuentan que, hacía un año, a un joven pastor que se le ocurrió ordeñarla para tomarse un vaso de leche con cacao le arreó una coz tan grande que le lanzó volando por los aires en dirección a Marte… ¡y todavía no ha aterrizado!

Pero es que Paca no solo era una vaca karateka, ¡también mordía! Pero no un mordisquito amable y baboso como corresponde al rumiante que es, no. Paca te clava los dientes como los cocodrilos y cuando te tiene bien agarrado, se lía a mugir, a darte pisotones y a tirarse pedos. Y luego se parte de risa. ¿Que qué es lo único que tiene de bueno? Que da el mejor estiércol de todo Vinci. Por eso habíamos decidido robar su boñiga. Os preguntaréis «¿Pa’ qué?». Muy sencillo. Para utilizarla como combustible en el motor del vincicarro, o sea, de mi carro nuevo.

Hace poco descubrí que de esa caca sale un gas que no se llama fulano ni mengano, sino metano, y genera una energía superchula que no contamina y que estoy seguro de que moverá a toda velocidad las ruedas de mi vehículo. Y además, así reciclamos. ¿A que mola mi invento? Pues a Paca no le gustó. Y eso que nos acercamos a ella con sigilo, de buen rollito, para no molestarla puesto que estaba durmiendo.

Miguel Ángel llevaba una pala y yo un cubo para recoger la boñiga. Y, por supuesto, nos habíamos puesto una pinza en la nariz, porque la caca, la mires por donde la mires… ¡huele fatal!

—¡Puaj! Creo que voy a vomitar… —susurró Miguel Ángel, conteniendo una arcada.

—¡Amigo, tienes que ser fuerte! —le supliqué, a punto de echar la cena por el olor nauseabundo—. Coge el Objetivo Cacafuti con tu pala y larguémonos cuanto antes.

—No —me contestó muy chulito.

—¿Cómo que no? —le repliqué, sorprendido.

—Pues no, porque no hay boñiga de vaca por ningún lado.

Y era cierto. Cero caca. Debía de estar estreñida, porque el suelo de aquel establo estaba limpísimo. Sin embargo un «perfume embriagador» delataba inequívocamente la presencia de estiércol. Así que saqué a pasear mis dotes detectivescas y de repente descubrí unas moscas que parecían acudir presurosas a un banquete. Seguí su endiablado revoloteo por todo el establo hasta que se perdieron en una esquina… ¡justo detrás de la vaca Paca! O, para ser más exactos, ¡entre la vaca y la pared! Y estaba claro que, para poder recoger nuestro objetivo, habría que

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