Los 47 ronin (El pequeño Leo Da Vinci 10)

Christian Gálvez

Fragmento

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Mi corazón palpitaba como si el hechicero de una tribu lo hubiera tomado de tam-tam; mis manos chorreaban sudor y mi estómago emitía rugidos tan fuertes que habrían asustado al más feroz de los dragones. La cosa no era para menos. Era mi primera cita oficial con Lisa, pues tras nuestro viaje por las Américas (con beso de amor incluido) ahora ella y yo éramos nov…, nov… Bueno, que estábamos juntos. Y qué queréis que os diga, ¡a mí estas cosas me dan una vergüenza…!

—¡Venga Leo, decídete! —me apremió Lisa—. ¿Bajo la sombra de qué torre nos sentamos a hacer un pícnic?

Uf. ¡Menuda pregunta! Estábamos en el pueblo de San Gimignano, en lo más alto de las colinas de la Toscana, conocido por tener torres hasta en la sopa. ¿Que por qué le dio a sus habitantes por construir tantas torres? Para chulear. ¡En serio! Las familias con dinero peleaban por ver quién construía la más alta, por eso ahora había mogollón y yo, entre la abundancia y los nervios del momento, no podía decidirme. ¡Pero esta situación no iba a poder conmigo! ¡Soy un niño inventor! ¡He creado cientos de máquinas churrufantes y he salido victorioso de mil peligros y aventuras! Así que me acerqué a Lisa en plan tipo duro y le dije…

—Bajo la que tú quieras, cari.

Entonces Lisa miró al cielo, no sé si dando gracias o quejándose del cenutrio que le habían enviado como novio, y en cero coma tres segundos tendió un mantel en el suelo, sacó los bocatas, dos velitas, unas flores, dos refrescos y… ¡ya estaba preparada la merienda!

Todo era perfecto. La primavera nos había regalado una temperatura guay del Paraguay, vamos, como para ir sin jersey. El sol, para no molestarnos, comenzaba a ocultarse y hasta el viento parecía estar de nuestra parte al traernos el aroma embriagador de las flores del valle. Pero, sin duda, lo mejor era que ¡estábamos solos! Solos para decirle a Lisa lo mucho que me gustaba. Solos para hacerle un dibujo. Solos para leerle una poesía. Solos para compartir un bocata de chorizo. ¡Solos!

—Oh, sole miiiiio! —sonó de repente, acompañado por un rasgueo de laúd.

Vale. Igual no estábamos tan solos. Volteamos la cabeza a la vez y descubrimos a Rafa y a Boti cantando y tocando con mucho sentimiento a nuestro lado.

—¿Se puede saber por qué estáis aquí?

—¡Anda! —repuso Boti—. ¡Porque tú nos lo pediste!

—¿Tú les pediste que vinieran? —preguntó Lisa.

—Más o menos… —añadió Rafa—. Creo que las palabras fueron «estaremos en San Gimignano en nuestra primera cena romántica». Y para eso estamos aquí, para asegurarnos de que sea «romántica». Porque no te enfades, Leo, pero tú eres un poquito soso…

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—¡Es un soso de narices! —añadió Boti.

—¡Ay, pero qué monos! —respondió Lisa encantada—. Por mí que se queden.

—Pe…, pe…, pero… —balbuceé sin poder reaccionar—. Bueno, vale, ¡pero solo una canción y luego se largan!

—¡Vale! —contestaron los dos a la vez. Y volvieron a cantar—. Oh sole mio…!

Respiré hondo e intenté tranquilizarme pensando que aquello pasaría pronto cuando, de repente…

—¡Beeeeee! —baló una cabra, saltando sobre nuestra merienda.

—¡Fuera de ahí, bicharraco! —le dije—. ¡Quita tus sucias pezuñas de nuestro papeo!

—¡Margherita, por fin te encuentro! —gritó Chiara saliendo de entre unos arbustos.

—¡Madre mía! —grité—. Pero ¿qué haces tú aquí con una cabra?

—¡Pues lo que hago todos los sábados! Venir a San Gimignano con mis padres para ayudarles a vender ganado. De repente he recordado que vosotros también estabais aquí, en vuestra primera cita romántica, y he pensado: «¡Voy a ver si necesita algo mi amiga Lisa!».

—Chiara, ¡a mis brazos! —le dijo Lisa agradecida, casi espachurrándola—. Qué maja es.

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—Sí, majísima… —añadí muy tostado.

—¿Y qué hacen esos dos ahí canturreando?

—¡Eh, cuidadito, que nosotros no canturreamos, deleitamos a los tortolitos con nuestros trinos! —repuso ofendido Boti.

—¡Pues a mí más que trinos me parecen cacareos de gallo afónico! Juas, juas, juas —se burlaron Chiara y su cabra.

—Verás, Chiara, no te lo tomes a mal, pero es que nuestra intención era estar solitos. «Solitos». ¿Lo pillas?

—Y si queréis estar solos, ¿por qué habéis invitado a Rafa y a Boti?

—Eso mismo le he preguntado antes —repuso Rafa.

—¡Que no! ¡Que yo no he invitado a nadie! —dije, a punto de salirme de mis casillas—. Pero la cosa se ha liado tanto que ahora solo falta que venga mi abuela…

—¿Alguien preguntaba por mí? —escuchamos decir a la abuela Lucía de repente.

¡Lo que faltaba! ¡Mi propia abuela en mi primera cita romántica!

—¡Abu! Pero ¿qué haces tú también aquí?

—Traerte una bufanda para cuando refresque…, ¡y una pizza prosciutto por si os quedáis con hambre!

—¡Qué buena idea! —dijeron Rafa y Boti tirándose como leones hambrientos a zamparse la pizza.

—¡Beee, ñam, ñam! —exclamó la cabra, que también se apuntó al papeo.

—¡Pero bueno! —protesté indignado—. ¿Es que nadie se da cuenta de que esta es mi primera cita romántica?

—¡Ooooooh! —exclamó sonriendo mi yaya—. ¡Mi pequeño Leo ya ha hecho oficial su amor por Lisa! Se lo contaré a mis amigas para que vengan a verte, y a mi prima Pascualina y a…

—¡No, ni se te ocurra! —supliqué—. ¡Lisa, esto es horrible!

—Venga, Leo —dijo ella, sonriendo—. No te lo tomes a mal. A mí me parece divertido. Vale, hay mucha gente, pero ¡todos son nuestros amigos!

—No exactamente —matizó Rafa con la boca llena de comida—. Falta Miguel Ángel.

—¡Aquí estoy! —gritó sorpresivamente.

¡No! Aquello no podía estar pasando. ¿Era un complot del destino contra mí?

—A ver, Miguel Ángel. ¡No me digas que tú también has venido a vender cabras o a traerme una bufanda!

—Nasti de plasti. En realidad yo no quería venir, pero estos dos chavales me han suplicado que los trajera ante ti.

—¿Chavales? —pregunté, mirando a todos lados—. No veo a nadie…

—¡Uzuki, Pabluki! —les llamó Miguel Ángel.

En una centésima de segundo, dos niños vestidos con una extraña armadura salieron de sus escondites con una agilidad increíble. Uzuki bajó desde la cúspide de la torre caminando a toda velocidad y Pabluki salió de un árbol y vino hacia nosotros dando volteretas en el aire. ¡Aquello era un espectáculo!

—Konnichiwa —dijeron a la vez que me hacían una reverencia.

—Kochic

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