La fiesta de primavera (La casita bajo tierra 2)

Catalina Gónzalez Vilar

Fragmento

cap-1

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La primavera había llegado de nuevo a Rocadeliciosa, cubriendo de flores el claro de los Peregrinos.

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Las noches eran aún frescas, pero el sol calentaba cada día más y las currucas, los pinzones y los verdecillos habían regresado al valle.

En el hogar de los Zarzamora, en la Gran Encina, la primavera no solo significaba la llegada del buen tiempo, sino también la proximidad de la fiesta más esperada: el cumpleaños de los trillizos.

—¡Ya solo queda una semana! —dijo Tom, descolgando el calendario de la cocina para señalar el sábado siguiente con un círculo rojo.

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—¡Solo una semana! —exclamó su madre, pensando en el regalo que estaba preparando en secreto para los trillizos.

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Lena, que estaba leyendo su libro de cuentos, levantó la mirada de las hermosas ilustraciones.

—Me encanta que nuestro cumpleaños sea en primavera —dijo, suspirando de felicidad—. Mamá, ¿merendaremos fuera? Podríamos poner una mesa entre la hierba y adornarla con jarrones llenos de flores. Así se parecería a las fiestas de mi cuento.

Mirna sonrió.

—Es muy buena idea. ¡El claro está tan bonito que merece la pena disfrutarlo!

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Lena, contenta, alcanzó el calendario y comenzó a dibujar un círculo verde alrededor del rojo.

—¿Y papá preparará la Tarta Especial de los Zarzamora? —preguntó Tom, esperanzado.

—¡Por supuesto! —dijo Sam Zarzamora, que bajaba en ese momento de la buhardilla en la que escribía sus artículos para el periódico—. No sabía si este año también la querríais.

—¡La queremos! —gritaron los tres, pues aquella tarta de chocolate y bizcocho de almendras era una tradición familiar a la que no estaban dispuestos a renunciar. ¡La mejor tarta del valle! Y no eran los únicos que lo pensaban.

—Muy bien —respondió su padre—. Pues tendré que ir pensando en comprar los ingredientes. ¿Cuántos vamos a ser?

Oli, que había terminado de colorear las invitaciones, las extendió sobre la mesa. En cada una de ellas aparecía, rodeado de purpurina, el nombre de uno de sus amigos. Las fue señalando mientras contaba:

—Iris y Alex. Jara. Dante, Leo y Simón. Nora y Tina. Gabi y Bruno. Vera y Pau. En total... doce invitados.

Sam comenzó a calcular.

—Doce invitados, más vosotros tres, son quince. Más vuestra madre y yo, diecisiete. Y quizá se acerque Matías. ¿Crees que también vendrán Érica y Beni?

—Estando tan cerca es posible que sí... —dijo ella, revisando el interior de los armarios de la cocina en busca de lo necesario para el cumpleaños—. Tenemos manteles de papel, vasos, platos y cubiertos para todos. Pero quizá hagan falta servilletas.

—Yo debería comprar harina, huevos y almendras —murmuró Sam, comenzando a tomar nota de los ingredientes en la libreta que siempre llevaba encima—. Y aceite, limón, leche, frambuesa, semillas, pasas, chocolate de algarrobo...

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—¡Y palomitas! —pidió Oli.

—¿Palomitas? —dijo Lena.

—¡Sí! —respondió su hermana—. Podemos hacer como aquel cumpleaños en Piedras Blancas, ¿os acordáis? Intentamos lanzarlas al aire y atraparlas con la boca. Fue muy divertido.

—¡Pero entonces éramos pequeños! —protestó Tom, mientras Lena torcía también el gesto—. Este año tenemos que pensar algo mejor.

—¿Algo mejor? —dijo Oli—. ¿Cómo qué?

—No sé —dijo él—, pero algo se me ocurrirá. Algo emocionante.

— ¡Una fiesta de hadas y duendes! —dijo Lena, soñadora.

—Pues a las hadas seguro que les encantan las palomitas —opinó Oli, aunque tan bajo que solo la escuchó Orejitas. Y cogiendo el calendario, pintó un círculo azul celeste rodeando el rojo y el verde de sus hermanos.

Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes... La semana avanzó a gran velocidad. Las invitaciones fueron entregadas y todos los amigos aseguraron que asistirían a la merienda. Sam visitó el molino de los Buenamiga para comprar harina, almendras y levadura, y dio largos paseos para obtener otros ingredientes de primera calidad. Mirna, por su parte, estuvo muy ocupada toda la semana. Hizo misteriosas escapadas al almacén la Hazuela de Plata, y a otras tiendecitas del valle. Además, en cuanto podía se escabullía a su taller de carpintería, situado en la planta baja de la Gran Encina, donde trabajaba en algo con gran misterio. Ante estos preparativos, el nerviosismo de los trillizos iba en aumento de día en día.

—¿Ya se te ha ocurrido una idea emocionante para nuestro cumpleaños? —le preguntó Oli a Tom el viernes por la noche.

—No, pero algo se me

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