Anselmo Tobillolargo

Cristina Macjus

Fragmento

5.

Cuando un gigante se enamora, en vez de deshojar margaritas deshoja molinos.

“Me quiere, no me quiere, me quiere... no me quiere”. Cada molino que deshojaba Anselmo respondía una fatalidad: “no”, “no” y “no”. Y como los gigantes no son personas que acepten fácilmente los infortunios que les depara el destino, Anselmo insistía con otro molino.

La cuestión es que a los paisanos no les hacía ninguna gracia que un gigante enamorado saliera del monte y se acercara a sus campos para consultar la suerte con sus molinos.

Se organizaron y fueron a buscarlo allá, en lo profundo de la selva. Le dijeron:

—Anselmo, chamigo: por favor, deje nuestros molinos en paz.

Anselmo estaba tan triste que no los escuchó.

Los paisanos creyeron que los ignoraba, que no los quería escuchar. Y entonces le declararon la guerra:

—La próxima vez que toque un molino lo pagará con su vida.

Ni bien terminaron de decirlo, Anselmo se secó un par de lágrimas y dispuesto a darle al destino otra oportunidad sacó del bolsillo un molino que había arrancado hacía poco y comenzó a deshojarlo: “Me quiere, no me quiere, me quiere... no me quiere... ¡buaaaaaaaa!”, lloró el grandulón.

Los paisanos consideraron que era el colmo, que el gigante los desafiaba delante de sus narices. Entonces tensaron sus arcos y lanzaron sus flechas.

De repente, por primera vez en su vida, Anselmo experimentó la picadura de un mosquito. Se dijo: “Qué raro” y se rascó una rodilla. Se dijo: “Qué raro” y se rascó una oreja. Se dijo: “Qué raro” y se rascó la panza. En los minutos siguientes, le picó absolutamente todo y se puso molesto, lo cual fue bueno, porque le permitió olvidarse por un momento de sus penas.

—A ver, mosquitos, si se dejan de molestar, que estoy muy triste —dijo manoteando al aire para espantarlos.

Los paisanos se sintieron insultados.

—¡Más mosquito serás vos! —respondieron.

Al escucharlos, Anselmo miró para abajo. Se sorprendió al encontrarse con un grupo de personas que lo apuntaban con flechas.

—¡Epa! Por favor, ¿qué les sucede? No es necesario ponerse agresivos.

—¿Cómo que no es necesario ponerse agresivos? El primero que insultó fue usted, chamigo grandulón, que nos llamó “mosquitos”.

—Les pido mil disculpas, esto es una confusión, no quise ofenderlos.

—No aceptamos ninguna disculpa. Estamos furiosos porque nos está destruyendo todos los molinos y no tenemos cómo sacar el agua para nuestras casas y así no podemos preparar el mate cocido y no tenemos en qué mojar las tortas fritas cada mañana. ¿Se puede saber por qué?

Tanta información culinaria dejó un poco confundido al gigante, que por las dudas volvió a pedir perdón.

—Perdónenme, es que estoy enamorado, snif.

—¡Basta de llorar, que no trajimos paraguas!

Anselmo les explicó a los granjeros que era un gigante inútil, tosco y feo, y que se había enamorado de un hada madrina linda y corajuda que no aceptaba sus galanteos. Que si para conseguir que el destino los uniera tenía que deshojar todos los molinos del universo, él lo haría aunque los paisanos le tiraran flechas y los marcianos rayos verdes.

Eso de los rayos verdes impresionó bastante a los paisanos. La violencia no les estaba sirviendo para hacer entrar en razón a un enamorado. Así que decidieron ayudarlo.

Con los arcos fabricaron arpas y flautas con l

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