Mirabelle y la clase de pociones (Mirabella 3)

Harriet Muncaster

Fragmento

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—¡Yujuuuuu!

Era por la tarde y yo estaba en el jardín, entretenida haciendo piruetas por el aire antes de la cena. ¡Volar en mi escoba es una de las cosas que más me gustan! Me encanta bajar en picado, dar vueltas y sentir cómo me alborota el pelo el viento.

—¡Mirabella! —me llamó mamá desde casa—. ¡Es la hora de cenar! ¡Papá ha hecho de postre merengue de hadas!

—¡Ooooh! —dije emocionada. Bajé volando inmediatamente y aterricé en la hierba con un derrape.

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Tiré al suelo la escoba y entré a toda prisa, con mi dragoncita Violeta revoloteando detrás de mí.

—¿Has metido en casa tu escoba? —preguntó mamá cuando me senté a la mesa.

—Ups. No —respondí—. ¡Pero prometo que iré a buscarla después de cenar!

—¡Que no se te olvide! —dijo mamá—. A las escobas no les gusta que las dejen a la intemperie, y va a llover esta noche.

Pero, cuando acabó la cena, me olvidé completamente de mi escoba. Mamá me había comprado un libro nuevo y quería leerlo enseguida. En cuanto se acabó el merengue de hadas, subí corriendo a mi cuarto y me acurruqué con Violeta para leer. El libro era muy bueno: ¡trataba de una bruja que inventó una poción que hacía que tu pelo se convirtiera en hilos brillantes de purpurina! ¡Me ENCANTÓ la idea de tener el pelo como la purpurina! ¡Y había una lista de ingredientes al final del libro para hacer tú mismo la poción! Salté de la cama antes siquiera de terminar la historia y reuní todas las cosas que necesitaba, incluyendo mi caldero de viaje, y las dejé sobre mi almohada.

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—Mirabella —dijo mamá, asomando la cabeza por la puerta—. ¡Ya ha pasado tu hora de dormir!

—¿Qué? —Había estado leyendo tanto tiempo que no me había dado cuenta de que afuera había oscurecido—. Solo quiero hacer una poción rapidita, mamá. Mira, ¡ya tengo los ingredientes preparados!

Mamá echó un vistazo a mi almohada y frunció el ceño.

—La almohada no es el sitio adecuado para poner ingredientes de pociones —dijo—. Asegúrate de recogerlos antes de meterte en la cama. Y ya no da tiempo de hacer la poción. Hace veinte minutos que deberías estar dormida.

—¡Vaaaaaaaaleeeeeee! —suspiré.

La poción tendría que esperar al día siguiente. Me puse el pijama, me cepillé los dientes y me acurruqué en la cama para terminar mi libro nuevo a la luz de la varita.

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No uso demasiado mi varita de hada (la magia de bruja es mucho más interesante), pero a veces es útil como linterna. Mamá y papá vinieron a darme un beso de buenas noches.

—Creía que te había dicho que guardaras los ingredientes de la poción —dijo mamá—. ¡No puedes dormir con ellos así, en la almohada!

—No lo haré —le prometí—. Es que todavía no he tenido tiempo. Lo haré en cuanto termine este capítulo.

—De acuerdo —dijo mamá, levantando las cejas—. ¡Pero más vale que lo hagas! —Después se agachó y me dio el beso de buenas noches antes de salir de la habitación.

Bostecé y seguí leyendo mi libro tan a gusto, abrazadita a Violeta.

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«La bruja volaba por el cielo. Su pelo plateado dejaba una estela tras ella, como una estrella fugaz. La gente que estaba abajo…».

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Volví a bostezar y cerré los ojos por un momento. Estaba tan cómoda tumbada en mi cama… Ya podía ver a la bruja resplandeciendo bajo mis párpados, dejando un rastro brillante en la oscuridad… y atrayéndome a la oscuridad del sueño.

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