Al-Qaeda y los orígenes del 11-S
Mark Rossini, entre el FBI y la CIA: la historia detrás del 11-S
¿Se pudo evitar el 11-S? Agente Rossini, del periodista Álvaro Soto, reconstruye la historia de Mark Rossini, el agente del FBI destinado al Centro Antiterrorista de la CIA que tuvo acceso a información clave sobre dos terroristas antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Según relata el libro, sus superiores le impidieron compartir esos datos con el FBI de Nueva York, encargado de perseguir a al-Qaeda. Publicada por Ediciones B coincidiendo con el 25º aniversario del 11-S, la investigación recorre también el ascenso, la caída y la reinvención de Rossini, hoy residente en Madrid, mientras se adentra en las tensiones y errores de los servicios de inteligencia estadounidenses. LENGUA publica la introducción del libro.
Por Álvaro Soto

Mark Rossini. Crédito: cortesía de Ediciones B.
La noche del viernes 28 de noviembre de 2008, un Black Friday, Mark Rossini se emborrachaba en su apartamento del Upper East Side de Manhattan. Tumbado en la cama y agarrado a una botella de Johnnie Walker Etiqueta Negra, su vida se desmoronaba y las peores ideas le rondaban por la cabeza. Él, uno de los agentes antiterroristas más importantes del país, que había consagrado su carrera a la caza de al-Qaeda y Osama bin Laden, acababa de renunciar a su puesto en el FBI por un lío de faldas que era la comidilla de Nueva York. Su relación amorosa con una estrella de Hollywood, que le había convertido en protagonista de la prensa rosa, había cavado su tumba profesional.
«El agente más guapo del FBI», titulaban apenas unos meses antes las revistas de cotilleo norteamericanas. Eran los días de vino y rosas, de restaurantes caros y conversaciones con gente VIP del brazo de una de las mujeres más sexis del mundo. Rossini, que en su juventud había hecho sus pinitos en la publicidad y había protagonizado anuncios de televisión, no podía negar que aquel ambiente le fascinaba. Sabía explotar su propio atractivo, y se movía entre la gente de la farándula con el mismo encanto con el que convencía a los jueces de que sus detenidos eran culpables.
Ver más
Pero todo el glamour había saltado por los aires. «¡Cómo he podido ser tan idiota!», se gritaba Rossini, ya de vuelta a la realidad, incapaz de asimilar lo que había ocurrido. Estaba a punto de confesar a los agentes que llevaban la investigación del caso su papel clave en una extraña historia de filtraciones de documentos confidenciales, en la que la actriz también estaba metida hasta el cuello. Podía reconocerlo todo y aceptar una salida del FBI pactada o afrontar el riesgo más que probable de acabar en la cárcel. Sus enemigos internos habían sabido aprovechar sus errores, se lamentaba Rossini, y sus amigos, pese a intentarlo, no habían podido salvarlo.
Por el momento, el FBI ya le había quitado sus credenciales, el bien más preciado de un agente, con lo que eso significaba: nunca más podría entrar en la sede de la agencia de Nueva York, la más grande y prestigiosa del país, que era como su segunda casa; nunca más podría llevar la placa y la pistola; nunca más estaría al frente de un caso; nunca más cobraría su excelente sueldo.
A ojos de aquellos que antes le admiraban, o le envidiaban, era ahora un apestado. Esa mañana se había pasado por la oficina para recoger sus objetos personales. Había entrado como agente y había salido como civil.
.webp)
Mark Rossini. Crédito: cortesía de Ediciones B.
Entre trago y trago, con el techo dando vueltas encima de su cabeza, Rossini pensaba en todo eso cuando sonó su teléfono móvil. Era Jim Bernazzani, su antiguo jefe en el Centro de Integración de Amenazas Terroristas (TTIC, por sus siglas en inglés), que también había dejado el FBI y se había marchado a Nueva Orleans para fundar una ONG de ayuda a los jóvenes. Sin preámbulos, como hacían los agentes más veteranos, Bernazzani preguntó:
—¿Dónde estás?
—En mi apartamento de Nueva York.
—Sé todo lo que ha pasado. Coge mañana un avión y ven a verme a Nueva Orleans. Tengo un trabajo para ti.
Silencio.
—Coge mañana un avión y ven a Nueva Orleans —repitió tajante Bernazzani.
Y entonces un pensamiento cruzó por la cabeza de Rossini: «Puedo quedarme en mi apartamento y morir o puedo seguir viviendo».
Al día siguiente, cuando aterrizó en la capital del jazz, Rossini se sintió un hombre nuevo con una doble misión. La primera la iba a hacer por él mismo: reinventarse como investigador privado. Pero la segunda era mucho más importante y se la debía a la memoria de su boss, el legendario agente del FBI John O’Neill, el hombre que más había luchado contra al-Qaeda y que, por una maldita jugada del destino, había muerto en el ataque contra las Torres Gemelas. Rossini conocía todos los fallos que condujeron al 11-S. Por sus manos pasaron los documentos que podían haber evitado el mayor atentado terrorista de la historia, pero durante mucho tiempo, por lealtad a la institución o por miedo a perder su trabajo, había guardado el secreto. Ahora que había renunciado a lo que más quería, su puesto en el FBI, y que ya no le debía nada a nadie, haría todo lo posible para que Estados Unidos y el mundo conocieran la verdad.
Otros libros similares
De Al-Qaeda al Estado Islámico
Un viaje por las crisis que están sacudiendo el...

