Un diario de resiliencia
«Ojalá curar fuera más fácil»: Raúl Incertis, un médico entre las heridas de Gaza
La medicina puede salvar vidas, pero no siempre alcanza para reparar lo que deja la guerra. En Ojalá curar fuera más fácil (Plaza & Janés, septiembre de 2026), el médico español Raúl Incertis reconstruye una trayectoria humanitaria que lo ha llevado de Perú y Senegal a Yemen y Gaza, donde se encontraba el 7 de octubre de 2023 y adonde regresó meses después como voluntario. El libro recorre hospitales y territorios golpeados por la violencia, pero también las batallas interiores de quien trabaja cuando casi todo falta. Incertis, protagonista del pódcast Vivir y morir en Gaza, dirigido por Almudena Ariza, escribe sobre sufrimiento, dignidad y la fortaleza de sus compañeros sanitarios gazatíes. LENGUA publica el prólogo del libro, firmado por la propia Ariza.
Por Almudena Ariza
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Raúl Incertis. Crédito: Alberto Di Lolli / cortesía de Plaza & Janés.
Todo empezó con un mensaje de WhatsApp. Era el 25 de abril de 2025 cuando escribí: «Hola, Raúl, soy Almudena Ariza, de TVE. ¿Qué tal?». No nos conocíamos. Una amiga suya me había enviado un mensaje a través de Instagram en el que me sugería que lo contactara.
Me dijo que era un médico español que había llegado a Gaza como voluntario y de inmediato entendí que su testimonio podría ser de gran valor. Le escribí y me respondió enseguida: «Hola, Almudena. Anna me dijo que me ibas a contactar». Le expliqué que quería entrevistarlo para un reportaje que emitiría el Telediario. «Para lo que necesites, no dudes en preguntarme», escribió. Después, intercambiamos un par de mensajes que él terminó con una larga nota de voz. Ya me pareció, entonces, un hombre dulce, amable y cercano. Llevaba varios días con gastroenteritis, me dijo, pero seguía trabajando en el Hospital Indonesio, en Jabalia, al que acababa de llegar. Llevaba solo tres semanas en Gaza y, desde entonces, no había dejado de atender a víctimas de la brutalidad israelí. Quiso resumir lo que estaba viviendo y me escribió: «Esto es un disparate». Sin duda aquellas palabras se quedaban cortas. Diría que estaba a años luz de explicar la realidad que iba a empezar a contarme.
Le envié un cuestionario para que respondiera grabándose con su teléfono móvil. Elegí hacerlo así porque la red no era suficientemente robusta para hacer una videollamada. Al día siguiente, recibí sus grabaciones, pero la voz no se oía con claridad. Tuve que pedirle que se acercara más al teléfono y que las repitiera, lo que hizo sin una sola queja. Así es Raúl. Acababa de salir del quirófano, pero volvió a grabarlas todas.
Recuerdo que ya entonces me llamó la atención su manera de contar las cosas. No era periodista, pero relataba lo que veía de forma precisa, sin exageraciones, deteniéndose en los pequeños detalles, los nombres, los gestos, las conversaciones y con un profundo respeto por la dignidad de cada persona.
Con esas primeras grabaciones edité un reportaje para el Telediario que apenas duraba noventa segundos. Era, en realidad, solo un destello de lo que Raúl estaba viviendo en Gaza. Le propuse entonces que siguiera enviándome material y a partir de ahí comenzó una relación de confianza que fue creciendo con el paso de las semanas.
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Israel llevaba ya meses impidiendo la entrada de periodistas extranjeros en Gaza y yo dependía casi por completo del trabajo de los reporteros palestinos que seguían informando desde allí. Ellos hacían una labor extraordinaria jugándose la vida cada día para contar lo que ocurría, pero la mayor parte de las imágenes llegaban a través de agencias o de colaboradores con los que el contacto era necesariamente esporádico. De pronto, yo tenía al otro lado del teléfono a un médico español que trabajaba en las Urgencias de uno de los hospitales más castigados de Gaza, que tenía libertad para desplazarse por distintos puntos de la Franja y que podía contarme, casi en tiempo real y sin intermediarios, lo que estaba viendo. Para una periodista era un privilegio difícil de imaginar.
«Raúl nunca me envió una sola foto anónima. En un lugar donde las víctimas corrían el riesgo de quedar reducidas a un número, él se empeñaba en devolverles su identidad. Cada imagen, cada vídeo, llegaban acompañados de un nombre, de una historia»
Creo que Raúl también sentía la necesidad de poner en palabras aquella realidad insoportable. Y así empezaron a llegarme sus vídeos, fotografías y notas de voz que a veces eran reflexiones de madrugada o al término de un día extenuante; incluso hacía entrevistas a sus propios pacientes, a sus colegas sanitarios o a personas que iba conociendo en los alrededores del hospital. Meses después me confesó que el reporterismo era una de sus pasiones. Y desde luego, se le notaba madera de periodista.
Durante las semanas siguientes viví pendiente de las notificaciones de WhatsApp. Cada mensaje significaba, antes que nada, que Raúl seguía vivo. Pero también sabía que su contenido no iba a ser fácil de ver o escuchar. La mayor parte de las veces eran imágenes de una crueldad difícil de asimilar y que mostraban las consecuencias de las bombas israelíes en los cuerpos de quienes no tenían ninguna posibilidad de defenderse. Y muchas veces eran niños.
Id.
Ismail.
Zeid.
Shahed.
Mohanad.
Raúl nunca me envió una sola foto anónima. En un lugar donde las víctimas corrían el riesgo de quedar reducidas a un número, él se empeñaba en devolverles su identidad. Cada imagen, cada vídeo, llegaban acompañados de un nombre, de una historia. Raúl no se limitaba a mostrarme, por ejemplo, a un niño herido de bala. Me contaba quién era, qué le había ocurrido, quiénes eran sus padres, dónde estaban sus hermanos, qué tipo de heridas tenía y cómo le habían salvado. O no.
Y así fui acumulando un inmenso caudal de relatos devastadores que me acompañaban mucho después de haberlos leído o escuchado. Incluso me permitía comentar con él la evolución de algunos de ellos.
—Mira, aquí te envío nuevas fotos de Zaina —me decía.
—¿Y cómo está Sanad? ¿Qué sabes del doctor Mohammed? —le preguntaba yo.
Vivir y morir en Gaza. Un español en Gaza: Episodio 1. Crédito: RTVE Play.
Durante décadas he recorrido algunos de los escenarios más violentos del mundo, he visto ciudades arrasadas, guerras, atentados, terremotos, huracanes, tsunamis, desplazamientos masivos de población, enfermedades, hambre y muerte. Pero nunca, a lo largo de mi carrera, había acompañado con tanta proximidad el día a día de un hospital completamente desbordado por una matanza de civiles que no cesaba. Pensaba que pocas cosas podían sorprenderme. Y me equivocaba.
Abría una fotografía y encontraba el cuerpo sin vida de un bebé. La siguiente mostraba a un niño con el abdomen abierto por la metralla. Descargaba una nueva imagen y veía un charco de sangre bajo una camilla de la que colgaba el brazo de una niña muerta. En otras, aparecían niños con la cabeza atravesada por las balas. Eran los heridos que pasaban por las manos de Raúl y que él y sus colegas sanitarios trataban, con escasos medios, de arrancar de la muerte. Después de las fotos solían llegarme largas notas de voz.
Raúl me daba entonces los detalles de cada historia, con una voz contenida pero en la que era imposible no percibir el dolor. A menudo, mientras hablaba, se escuchaba de fondo el persistente zumbido de los drones o el golpe sordo de alguna bomba que había caído cerca. A veces, también, se oían gritos de dolor de algún paciente o llantos de los familiares. Yo le había pedido que grabara los sonidos de su entorno porque intuía que buena parte de aquella realidad solo podía comprenderse escuchándola.
Otras veces, los mensajes de Raúl tenían un tono diferente. De repente, lo que se oía era la voz de un niño cantando en los pasillos del hospital, o el murmullo del chiringuito improvisado en el que un hombre preparaba café. Me envió una vez la grabación de un peluquero que le cortaba el pelo y que tenía la costumbre de cantar mientras trabajaba. También grababa las conversaciones con los amigos que había hecho allí, con los que hablaba de fútbol y hasta bromeaba, y con los que lograba olvidarse por unos minutos de todo lo demás. Raúl también me enviaba vídeos de la pequeña gatita que había decidido adoptar. La veía corretear entre los escombros del hospital, buscarle, dejarse acariciar. Raúl le daba leche y sonreía delante de esa criatura diminuta. No le tuve que preguntar por qué esa gatita le hacía tan feliz.
Creo que a Raúl le salvaban esos momentos que parecían desmentir la idea de que todo a su alrededor estaba perdido. Vivía rodeado de un sufrimiento constante, que no nacía solo de la desesperación de trabajar sin medicinas, sin camas, sin recursos para atender la avalancha de muertos y heridos. También llegaba de la certeza de que nada ni nadie parecía capaz de detener aquello. Raúl sabía que los bombardeos seguirían al día siguiente, y al otro, y al otro. Y que el mundo no estaba moviendo un dedo por evitarlo. No tardé en darme cuenta del desgaste físico y emocional que esto le provocaba.
Me contaba que dormía muy poco y operaba durante horas sin interrupción, siempre con menos anestesia de la necesaria porque apenas quedaban analgésicos. Compartían jeringuillas y material sanitario porque ya no había suficiente para todos. Las unidades de cuidados intensivos estaban completamente saturadas y los médicos debían elegir a quién intentar salvar cuando los recursos ya no alcanzaban para todos.
«(...) He visto ciudades arrasadas, guerras, atentados, terremotos, huracanes, tsunamis, desplazamientos masivos de población, enfermedades, hambre y muerte. Pero nunca, a lo largo de mi carrera, había acompañado con tanta proximidad el día a día de un hospital completamente desbordado por una matanza de civiles que no cesaba»
Y, sin embargo, me pareció que el horror estaba lejos de endurecerle y que no renunciaba a la empatía, a la compasión, a la ternura. Eso fue, quizá, lo que más me impresionó de él. En algunos vídeos que le grababan sus compañeros de quirófano veía cómo Raúl acariciaba la cabeza de un niño antes de anestesiarlo. Cómo hablaba en voz baja a los pacientes para tranquilizarlos y con qué infinita dulzura trataba a esas víctimas a las que apenas les quedaba un hilo de vida.
Recuerdo especialmente un mensaje que me envió después de entrevistar a un hombre que mostraba el cadáver de un niño en sus brazos. «Ha sido muy difícil grabarlo —me escribió—. Lo único que quería era darle un abrazo».
Nunca le escuché hablar de heroísmo ni permitía que se asomara en él la idea de estar realizando una labor fuera de lo común. Tampoco se quejaba del cansancio, del miedo o del hambre que él también padecía.
Cuando me escribía, casi siempre era para hablarme de los demás. Incluso cuando él mismo estaba al límite, seguía mirando primero el sufrimiento de los otros.
Hubo días en los que dejé de recibir sus mensajes y ese silencio acababa siendo una fuente de angustia. No sabía si Raúl seguía operando, si se había quedado sin cobertura o si una bomba había alcanzado el hospital. Israel ya había bombardeado ambulancias y varios centros sanitarios y lo hacía con total impunidad, afirmando que acogían a miembros o infraestructuras de Hamás, sin aportar pruebas que lo demostraran.
Y así pasaban los días y, cuando menos lo esperaba, llegaba entonces un nuevo mensaje de Raúl. Casi siempre acompañado de otra historia terrible: un bombardeo que había caído muy cerca, una nueva matanza en un reparto de comida o el preocupante avance de los soldados israelíes, que ya rodeaban el hospital. Esperaba esos mensajes porque quería seguir documentando lo que ocurría en Gaza, pero, sobre todo, necesitaba saber que Raúl había sobrevivido una jornada más.
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Raúl Incertis. Crédito: Alberto Di Lolli / cortesía de Plaza & Janés.
A lo largo de casi cuatro meses me envió más de un millar de fotografías, vídeos, notas de voz y documentos. Los conservo todos. Probablemente constituyen el archivo más estremecedor que ha pasado nunca por mis manos. Para mí son una prueba irrefutable del genocidio israelí contra la población palestina.
Con una parte de aquel material hice un videopódcast de seis episodios junto a mis amigos y compañeros Fran Izuzquiza y Alberto Espinosa: Vivir y morir en Gaza, que todavía podéis ver y escuchar en cualquier plataforma. También utilicé algunas de las historias que Raúl me enviaba en mis crónicas y compartí otras muchas en redes sociales con la intención de seguir denunciando la barbarie.
Pero siempre tuve la sensación de que aquello era insuficiente.
La televisión obliga a condensar la realidad en apenas unos minutos. Incluso un pódcast deja inevitablemente muchas cosas fuera. Lo que yo pude contar fue apenas un breve acercamiento, solo una parte de la historia. Raúl conserva mucho más. Porque mientras yo recibía aquellos mensajes, él seguía allí, donde estaba la verdadera historia, esperando a que quien la había vivido encontrara la fuerza para escribirla. Por eso este libro era necesario.
Recuerdo un día en que, después de enviarme un vídeo y un mensaje especialmente duros, Raúl me escribió simplemente: «Gracias por leerme».
No he olvidado esa frase y hoy soy yo quien le da las gracias por haber encontrado, por fin, la fuerza para escribir este libro, que no habla solo del sufrimiento de Gaza. Habla, sobre todo, de la inmensa capacidad que tiene un ser humano para seguir cuidando de otros, incluso cuando todo a su alrededor se ha convertido en una máquina de destrucción que también amenaza su propia vida.
«(...) Me pareció que el horror estaba lejos de endurecerle y que no renunciaba a la empatía, a la compasión, a la ternura. Eso fue, quizá, lo que más me impresionó de él»
Recuerdo muy bien el primer día que nos vimos después de su regreso de Gaza. Habíamos tenido contacto casi diario durante meses, pero nunca habíamos coincidido en persona. Nos encontramos en Valencia y nos abrazamos sin la menor incomodidad porque aquel abrazo llevaba mucho tiempo esperándonos. Raúl había perdido más de diez kilos y, aunque estaba delante de mí, era evidente que una parte de él seguía en Gaza.
Yo también acababa de regresar a España después de más de dos años en Jerusalén cubriendo la invasión israelí y los horribles crímenes perpetrados contra el pueblo palestino. Los dos caminábamos con una carga invisible sobre los hombros y con la incómoda sensación de volver a un mundo al que todo aquello parecía importarle cada vez menos. Mientras Gaza seguía ocupándolo todo para nosotros, iba desapareciendo poco a poco de la conversación de los demás.
Quizá por eso aquel encuentro fue tan reparador. No necesitábamos contarnos demasiado. Los dos sabíamos que hay lugares de los que uno nunca termina de volver del todo y que, a veces, compartir ese peso con alguien que ha recorrido el mismo camino basta para sentirse un poco menos solo. Creo que ese vínculo con las víctimas de Gaza sigue uniéndonos.
También nos une la esperanza de que todo el material que Raúl reunió mientras intentaba salvar vidas —las fotografías, los vídeos, los nombres y las historias que consiguió rescatar— no termine convertido en un catálogo de horrores, sino que algún día sirva para reconstruir la verdad y para hacer justicia. Y ojalá que las personas que aparecen en estas páginas encuentren también un lugar en vuestra memoria. No debemos permitir que el olvido o la indiferencia sean el último capítulo de este genocidio.
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