La compañía negra. Libro III - La rosa blanca

Glen Cook

Fragmento

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1

La Llanura del Miedo

El inmóvil aire del desierto tenía una cualidad como de lente. Los jinetes parecían congelados en el tiempo, moviéndose sin acercarse. Fuimos contando. No pude conseguir el mismo número dos veces seguidas.

El aliento de una brisa gimió en el coral, agitó las hojas del Viejo Padre Árbol. Tintinearon una contra otra con la canción de campanillas de viento. Hacia el norte, el destello de los relámpagos de cambio recortaba el horizonte como el lejano entrechocar de dioses en plena batalla.

Un pie hizo crujir la arena. Me giré. Silencioso contempló boquiabierto un menhir parlante. Había aparecido en los últimos segundos, sorprendiéndole. Rocas furtivas. Les gustan los juegos.

—Hay forasteros en la Llanura —dijo el menhir.

Di un salto. Rio quedamente. Los menhires tienen la risa más malévola de este lado de los cuentos de hadas. Es una risa sesgada. Me incliné hacia su sombra.

—Ya hace calor aquí fuera. —Y luego—: Esos son Un Ojo y Goblin, de vuelta de Curtidor.

Él tenía razón y yo estaba equivocado. Estaba demasiado concentrado en mis cosas. La patrulla llevaba lejos un mes más de lo planeado. Estábamos preocupados. Últimamente las tropas de la Dama han estado más activas a lo largo de los límites de la Llanura del Miedo.

Otra risa del bloque de piedra.

Se erguía sobre mí, dominándome, desde sus cuatro metros de altura. Era de tamaño mediano. Los que miden más de cinco metros raras veces se mueven.

Los jinetes se aproximaban, pero no parecían estar más cerca. Culpo de ello a los nervios. Los tiempos son desesperados para la Compañía Negra. No podemos permitirnos bajas. Cualquier hombre perdido será un amigo de muchos años. Conté de nuevo. Esta vez todo parecía estar bien. Pero había una montura sin jinete... Me eché a temblar pese al calor.

Estaban en el camino descendente que conducía a un arroyo a trescientos metros de donde observábamos, ocultos dentro de un gran arrecife. Los árboles andantes al lado del vado se agitaron, aunque la brisa había menguado.

Los jinetes apresuraron sus monturas. Los animales estaban cansados. Se mostraban reticentes, aunque sabían que estaban ya en casa. En el arroyo. Con el agua chapoteando. Sonreí, golpeé a Silencioso en la espalda. Todos estaban allí. Todos los hombres, y otro.

Silencioso renunció a su habitual frialdad, devolvió una sonrisa. Elmo se deslizó fuera del coral y salió en busca de nuestros hermanos. Otto, Silencioso y yo nos apresuramos tras él.

Detrás de nosotros, el sol matutino era una gran y ardiente bola de sangre.

Los hombres desmontaron, sonrientes. Pero tenían mal aspecto. Goblin y Un Ojo eran los que estaban peor. Pero habían regresado a un territorio donde sus poderes de hechiceros eran inútiles. Tan cerca de Linda no son más grandes que el resto de nosotros.

Miré hacia atrás. Linda había acudido a la cabecera del túnel, se detuvo de pie como un fantasma a su sombra, toda de blanco.

Los hombres abrazaron a los hombres: luego los viejos hábitos se impusieron. Todo el mundo fingió que no era más que otro día normal.

—¿Ha sido malo ahí fuera? —le pregunté a Un Ojo. Estudié al hombre que les acompañaba. No me era familiar.

—Sí. —El hombrecillo negro y apergaminado parecía más encogido de lo que había pensado al principio.

—¿Estáis todos bien?

—Recibí una flecha. —Se restregó el costado—. Solo alcanzó carne.

Desde detrás de Un Ojo, Goblin chilló:

—Casi pudieron con nosotros. Han estado persiguiéndonos un mes. No podíamos quitárnoslos de encima.

—Vayamos al Agujero —le dije a Un Ojo.

—No está infectada. La limpié.

—De todos modos quiero echarle un vistazo. —Ha sido mi ayudante desde que me alisté como médico de la Compañía. Su buen juicio es digno de confianza. Sin embargo, la sa­lud, en definitiva, es responsabilidad mía.

—Estaban aguardándonos, Matasanos. —Linda había de­saparecido de la boca del túnel, de vuelta al interior de nuestra fortaleza subterránea. El sol seguía rojo en el este, un legado del paso de la tormenta de cambio. Algo grande pasó cruzando su faz. ¿Una ballena del viento?

—¿Una emboscada? —Miré hacia atrás a la patrulla.

—No a nosotros específicamente. Buscando problemas. Estaban al acecho. —La patrulla había tenido una doble misión: contactar con nuestros simpatizantes en Curtidor para descubrir si la gente de la Dama volvía a la vida tras una larga interrupción, y lanzar una incursión contra la guarnición del lugar para demostrar que podíamos herir a un imperio que se alza sobre medio mundo.

Cuando pasábamos por su lado, el menhir dijo:

—Hay forasteros en la Llanura, Matasanos.

¿Por qué esas cosas me ocurren siempre a mí? Las grandes piedras me hablan más a mí que a ningún otro.

¿Un doble hechizo? Presté atención. Para un menhir, repetirse significa que considera su mensaje crítico.

—¿Los hombres te dan caza? —le pregunté a Un Ojo.

Se encogió de hombros.

—No van a rendirse.

—¿Qué está ocurriendo ahí fuera? —Ocultarse en la Llanura era para mí casi tanto como enterrarse vivo.

El rostro de Un Ojo permaneció inescrutable.

—Encordador te lo dirá.

—¿Encordador? ¿Es ese tipo que habéis traído? —Conocía el nombre, pero no al hombre. Uno de nuestros mejores informadores.

—Sí.

—No son buenas noticias, ¿eh?

—No.

Nos deslizamos al interior del túnel que desciende hasta nuestra madriguera, nuestra hedionda, mohosa, húmeda, angosta, pequeña fortaleza. Es asquerosa, pero es el alma y el corazón de la Rebelión de la Nueva Rosa Blanca. La Nueva Esperanza, como se susurra entre las naciones cautivas. La Esperanza Burlona para aquellos de nosotros que vivimos allí. Es tan mala como cualquier mazmorra infestada de ratas..., aunque un hombre puede abandonarla. Si no le importa aventurarse en un mundo donde todo el poder de un imperio está contra él.

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2

La Llanura del Miedo

Encordador era nuestros ojos y nuestros oídos en Curtidor. Tenía contactos en todas partes. Su actividad contra la Dama se remonta a décadas. Es uno de los pocos que escaparon a su ira en Hechizo, donde aniquiló a los antiguos Rebeldes. En gran parte, la Compañía fue responsable de ello. En aquellos días éramos su fuerte brazo derecho. Condujimos a sus enemigos a la trampa.

Un cuarto de millón de hombres murieron en Hechizo. Nunca hubo una batalla tan enorme o terrible, ni un resultado tan definitivo. Incluso el sangriento fracaso del Dominador en el Viejo Bosque solo consumió la mitad de esas vidas.

El destino nos obligó a cambiar de lado..., una vez ya no quedó nadie para ayudarnos en nuestra lucha.

La herida de Un Ojo era tan limpia como afirmaba. Lo dejé marchar, fui a mi habitación. Linda deseaba que la patrulla descansara antes de recibir su informe. Me estremecí con la premonición, temeroso de oír sus noticias.

Un hombre viejo y cansado. Eso es lo que soy. ¿Qué fue del viejo fuego, el impulso, la ambición? Durante un tiempo hubo sueños, sueños que ahora han quedado completamente olvidados. En los días tristes los desempolvo y los acaricio nostálgicamente, con un condescendiente asombro ante la ingenuidad del joven que los soñó.

Lo viejo infesta mi habitación. Mi gran proyecto. Cuarenta kilos de antiguos documentos, capturados de la general Susurro cuando nosotros servíamos a la Dama y ella, a los Rebeldes. Se supone que contienen la clave para quebrantar a la Dama y a los Tomados. Hace seis años que los tengo. Y en seis años aún no he hallado nada. Qué fracaso. Deprimente. Hoy lo que hago más a menudo es simplemente hojearlos; luego, volver a estos Anales.

Desde nuestra huida de Enebro han sido poco más que un diario personal. Lo que queda de la Compañía genera poca excitación. Las noticias que conseguimos del exterior son tan escasas y tan poco fiables que muy pocas veces me molesto en registrarlas. Además, desde su victoria sobre su esposo en Enebro, la Dama parece hallarse en éxtasis más que nosotros, que actuamos por pura inercia.

Las apariencias engañan, por supuesto. Y la esencia de la Dama es ilusión.

—Matasanos.

Alcé la vista de una página escrita en viejo TelleKurre estudiada ya un centenar de veces. Goblin estaba de pie en el umbral. Parecía un viejo sapo.

—¿Sí?

—Está ocurriendo algo arriba. Coge una espada.

Tomé mi arco y una coraza de cuero. Soy demasiado viejo para un mano a mano. Prefiero estar fuera de alcance si tengo que luchar. Pensé en el arco mientras seguía a Goblin. Me lo había dado la propia Dama, durante la batalla en Hechizo. Oh, los recuerdos. Con él ayudé a matar a Atrapaalmas, el Tomado que llevó a la Compañía al servicio de la Dama. Esos días parecían ahora casi prehistóricos.

Galopamos a la luz del sol. Otros salieron con nosotros, dispersos entre los cactus y el coral. El jinete que bajaba por el camino —el único camino del lugar— no podía vernos.

Cabalgaba solo, en una mula comida por las polillas. No iba armado.

—¿Todo eso por un viejo en una mula? —pregunté. Los hombres escrutaban a través del coral y por entre los cactus, haciendo mucho ruido. El hambre tenía que saber que estábamos allí—. Haríamos mejor largándonos de aquí discretamente.

—Sí.

Me di la vuelta, sorprendido. Elmo estaba detrás de mí, escudándose los ojos con una mano. Parecía tan viejo y cansado como yo me sentía. Cada día algo me recuerda que ninguno de nosotros somos ya jóvenes. Infiernos, ninguno de nosotros éramos jóvenes cuando vinimos al norte, a través del Mar de las Tormentas.

—Necesitamos sangre nueva, Elmo.

Rio.

Sí. Seremos mucho más viejos antes de que ocurra esto. Si duramos tanto. Porque estamos comprando tiempo. Décadas, espero.

El jinete cruzó el arroyo, se detuvo. Alzó las manos. Los hombres se materializaron, con las armas negligentemente sujetas. Un viejo solo, en el corazón de la fortaleza de Linda, no representaba ningún peligro.

Elmo, Goblin y yo echamos a andar. Mientras avanzábamos, pregunté a Goblin:

—¿Tú y Un Ojo os divertisteis mientras estuvisteis fuera? —Llevan peleándose desde nadie sabe cuántos años. Pero allí, donde la presencia de Linda se lo prohíbe, no pueden jugar a sus trucos de hechicero.

Goblin sonrió. Cuando sonríe, su boca se abre de oreja a oreja.

—Le hice perder un poco la calma.

Llegamos junto al jinete.

—Cuéntamelo luego.

Goblin rio quedamente, un sonido chirriante como agua burbujeando en una tetera.

—Sí.

—¿Quién eres? —preguntó Elmo al jinete de la mula.

—Divisas.

Eso no era un nombre. Era un santo y seña para un correo del lejano oeste. No lo habíamos oído desde hacía largo tiempo. Los mensajeros del oeste tenían que alcanzar la Llanura a través de las provincias más dominadas por la Dama.

—¿Y? —dijo Elmo—. ¿Qué hay con ello? ¿Quieres bajar?

El viejo desmontó, presentó sus credenciales. Elmo las halló aceptables. Luego el viejo anunció:

—Tengo diez kilos de cosas ahí atrás. —Palmeó una abultada cartera detrás de su silla—. Cada maldita ciudad añadió algo a la carga.

—¿Hiciste tú todo el viaje? —pregunté.

—Cada palmo desde Galeote.

—¿Galeote? Eso está...

A más de mil quinientos kilómetros. No sabíamos que tuviéramos a nadie ahí arriba. Pero hay mucho que no sé acerca de la organización que ha ido reuniendo Linda. Pasé mi tiempo intentando conseguir que aquellos malditos papeles me dijeran algo que quizá no estuviera allí.

El viejo me miró como si estuviera sometiendo mi alma a un profundo escrutinio.

—¿Tú eres el médico? ¿Matasanos?

—Sí. ¿Y?

—Tengo algo para ti. Personal. —Abrió su cartera de correo. Por un momento todo el mundo se puso alerta. Uno nunca sabe. Pero extrajo un paquete envuelto en piel impermeabilizada para protegerlo contra el fin del mundo—. Llueve todo el tiempo ahí arriba —explicó. Me tendió el paquete.

Lo sopesé. No era tan pesado como parecía, piel impermeabilizada aparte.

—¿Quién lo envía?

El viejo se encogió de hombros.

—¿Quién te lo dio?

—El capitán de mi célula.

Por supuesto. Linda ha hecho las cosas con cuidado, estructurando su organización de tal modo que sea casi imposible para la Dama destruir más que una fracción. La chica es un genio.

Elmo aceptó el resto, le dijo a Otto:

—Llévalo abajo y encuéntrale un camastro. Descansa un poco, veterano. La Rosa Blanca te interrogará más tarde.

Se presentaba una tarde interesante después de todo, con los informes de ese hombre y de Encordador. Sopesé mi paquete misterioso, le dije a Elmo:

—Iré a echarle una mirada a esto. —¿Quién podía haberlo enviado? No conocía a nadie fuera de la Llanura. Bueno... Pero la Dama no inyectaría una carta en el submundo. ¿O sí?

Un hormigueo de miedo. Había transcurrido mucho tiempo, pero ella había prometido mantenerse en contacto.

El menhir parlante que nos había advertido del mensajero permanecía arraigado al lado del sendero. Cuando pasé por su lado dijo:

—Hay forasteros en la Llanura, Matasanos.

Me detuve.

—¿Qué? ¿Más de ellos?

Volvió a su naturaleza de siempre, no dijo nada más.

Nunca llegaré a comprender a esas viejas piedras. Infiernos, todavía no comprendo por qué están de nuestro lado. Odian a todos los forasteros de una forma independiente pero igual. Todas y cada una de esas extrañas conciencias de ahí fuera.

Me fui a mi habitación, destensé mi arco, lo apoyé contra la pared de tierra. Me senté ante la mesa de trabajo y abrí el paquete.

No reconocí la letra. Vi que no estaba firmada. Empecé a leer.

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3

Historia del año pasado

Matasanos:

La mujer se estaba quejando de nuevo. Bomanz se masajeó las sienes. El latido no cejaba. Se tapó los ojos.

—Saita, sayta, suta —murmuró, con una furiosa voz ofidia sibilante.

Se mordió la lengua. Uno no hacía una escena sobre su propia esposa. Uno soportaba con humilde dignidad las consecuencias de sus locuras de juventud. ¡Ah, pero qué tentación! ¡Qué provocación!

¡Ya basta, estúpido! Estudia el maldito mapa.

Ni Jazmín ni el dolor de cabeza cedieron.

—¡Jodido infierno! —Dio un manotazo a los pesos en las esquinas del mapa, enrolló la delgada seda alrededor de una fina varilla de cristal. Deslizó la varilla dentro del asta de una falsa lanza antigua. El asta brillaba a causa del frecuente uso.

—Besand lo descubriría en un minuto —gruñó.

Rechinó los dientes cuando la úlcera dio un mordisco a sus entrañas. Cuanto más se acercaba al final, mayor era el peligro. Sus nervios estaban de punta. Temía que pudiera derrumbarse en la última barrera, que la cobardía lo devorara y hubiera vivido en vano.

Treinta y siete años era un largo tiempo para vivirlo a la sombra del hacha del verdugo.

—Jazmín —murmuró—. Y llama Belleza a una cerda. —Abrió la puerta de par en par, gritó escaleras abajo—: ¿Qué ocurre ahora?

Era lo de siempre. Una duda persistente desconectada con la raíz de la insatisfacción de ella. Una interrupción de los estudios de él como pago por lo que ella imaginaba que era un despilfarro de sus vidas por parte de él.

Hubiera podido convertirse en un hombre importante en Galeote. Hubiera podido tener una gran casa atestada de obsequiosos sirvientes. Hubiera podido vestir ropas de oro. Hubiera podido alimentar sus grasas con carnes de primera calidad en cada comida. En vez de ello había elegido la vida del intelectual, ocultando su nombre y su profesión, arrastrándola a ella hasta este deprimente y solitario lugar junto al Viejo Bosque. No le había proporcionado nada más que miseria, helados inviernos e indignidades perpetradas por la Guardia Eterna.

Bomanz descendió la estrecha, chirriante, traidora escalera. Maldijo a la mujer, escupió al suelo, deslizó una moneda de plata en su desecada mano, la empujó fuera con la súplica de que, por una vez, la cena fuera una comida decente. ¿Indignidad?, pensó. Te hablaré de indignidad, vieja corneja. Te diré lo que es vivir con una perpetua quejica, un horrible viejo saco de insípidos sueños juveniles.

—Detente, Bomanz —murmuró—. Ella es la madre de tu hijo. Concédele lo que le corresponde. No te ha traicionado. —Si no otra cosa, todavía compartían la esperanza representada por el mapa de seda. Resultaba difícil para ella esperar, sin saber nada de los progresos de él, sabiendo solo que casi cuatro décadas no habían reportado ningún resultado tangible.

La campanilla de la puerta de la tienda tintineó. Bomanz se revistió de su personalidad de tendero. Se deslizó hacia la entrada, un gordo hombrecillo calvo con las manos llenas de venas azules dobladas sobre su pecho.

—Tokar. —Hizo una ligera inclinación de cabeza—. No te esperaba tan pronto.

Tokar era un comerciante de Galeote, un amigo del hijo de Bomanz, Stancil. Mostraba una actitud aduladora, honesta, irreverente, que hacía que Bomanz lo viera engañosamente como el fantasma de él mismo a una edad más temprana.

—No pensaba volver tan pronto, Bo. Pero las antigüedades hacen furor. Es algo que supera toda comprensión.

—¿Deseas otro lote? ¿Ya? Me dejarás sin existencias. —La silenciosa queja no expresada: Bomanz, esto significa que tendrás que reponer tus existencias. Tiempo perdido para la investigación.

—La Dominación es lo que se llevó este año. Deja de romperte la cabeza buscando cosas. Aprovecha lo que tengas a mano, eso es todo. El año que viene el mercado puede estar tan frío como los Tomados.

—Ellos no están... Quizá me esté haciendo demasiado viejo, Tokar. Ya no me gustan las trifulcas con Besand. Infiernos. Hace diez años hubiera ido en su busca. Una buena pelea mata el aburrimiento. Cavar también me agota. Estoy cansado. Solo deseo sentarme en el umbral de mi casa y ver pasar la vida. —Mientras charlaba, Bomanz fue disponiendo sus mejores espadas antiguas, sus piezas de armadura, sus amuletos de soldado y un escudo casi perfectamente conservado. Una caja de puntas de flecha con rosas grabadas en ellas. Un par de lanzas arrojadizas de hoja ancha, antiguas cabezas de lanzas montadas sobre reproducciones de astas.

—Puedo enviarte algunos hombres. Muéstrales dónde deben cavar. Te pagaré tu comisión. No tendrás que hacer nada. Esa es un hacha malditamente espléndida, Bo. ¿TelleKurre? Podría vender toda una carga de armas TelleKurre.

—En realidad es UchiTelle. —Un retortijón de su úlcera—. No. Nada de ayudas. —Eso era lo último que necesitaba. Un puñado de jóvenes listos y ambiciosos mirando por encima de su hombro mientras él efectuaba sus cálculos de campo.

—Solo era una sugerencia.

—Lo siento. No me hagas caso. Jazmín me ha estado dando la lata esta mañana.

Suavemente, Tokar preguntó:

—¿Has encontrado algo conectado con los Tomados?

Con la facilidad que daban las décadas, Bomanz disimuló, fingiendo horror.

—¿Los Tomados? ¿Crees que estoy loco? No lo tocaría si siquiera, aunque consiguiera pasarlo más allá del Monitor.

Tokar esbozó una sonrisa conspiradora.

—Por supuesto. No deseamos ofender a la Guardia Eterna. Sin embargo... Hay un hombre en Galeote que pagaría bien cualquier cosa que pudiera ser adscrita a uno de los Tomados. Vendería su alma por algo que hubiera pertenecido a la Dama. Está enamorado de ella.

—Era famosa por eso. —Bomanz eludió la mirada del hombre más joven que él. ¿Cuánto había revelado Stance? ¿Era esta una de las expediciones de pesca de Besand? Cuanto más viejo se hacía Bomanz, menos le gustaba el juego. Sus nervios no podían soportar esta doble vida. Estaba tentado de confesar solo por el alivio que aquello le proporcionaría.

¡No, maldita sea! Había invertido demasiado. Treinta y siete años. Cavando y raspando a cada minuto. Eludiendo y fingiendo. La más abyecta pobreza. No. No iba a renunciar. No ahora. No cuando estaba tan cerca.

—En cierto modo, yo también la amo —admitió—. Pero no he abandonado el buen sentido. Gritaría llamando a Besand si descubriera algo. Tan fuerte que me oirías desde Galeote.

—De acuerdo. Lo que tú digas —sonrió Tokar—. Ya basta de suspense. —Extrajo una cartera de piel—. Cartas de Stancil.

Bomanz tomó la cartera.

—No he sabido nada de él desde la última vez que estuviste aquí.

—¿Puedo empezar a cargar, Bo?

—Por supuesto. Adelante. —Con aire ausente, Bomanz tomó su lista de inventario de un casillero—. Marca lo que te lleves.

Tokar se echó a reír suavemente.

—Esta vez todo, Bo. Simplemente dime un precio.

—¿Todo? La mitad no es más que basura.

—Ya te lo he dicho, la Dominación es lo que se lleva.

—¿Viste a Stance? ¿Cómo está? —Se hallaba a medio leer la primera carta. Su hijo no tenía nada sustancial que relatar. Sus misivas estaban llenas de trivialidades cotidianas. Cartas de compromiso. Cartas de un hijo a sus padres, incapaces de franquear el abismo sin tiempo.

—Asquerosamente sano. Aburrido con la universidad. Sigue leyendo. Hay una sorpresa.

—Tokar ha estado aquí —dijo Bomanz. Sonrió, danzó sobre un pie, luego sobre el otro.

—¿Ese ladrón? —Jazmín frunció el ceño—. ¿Recordaste hacer que te pagara? —Su grueso y caído rostro estaba encajado en un perpetuo gesto de desaprobación. Generalmente su boca estaba abierta en la misma actitud.

—Trajo cartas de Stance. Toma. —Le ofreció el paquete. Era incapaz de contenerse—. Stance viene a casa.

—¿A casa? No puede. Tiene su puesto en la universidad.

—Se toma un semestre sabático. Viene a pasar el verano.

—¿Para qué?

—Para vernos. Para ayudar con la tienda. Para tener un poco de tranquilidad y acabar su tesis.

Jazmín gruñó. No leyó las cartas. No había perdonado a su hijo el que compartiera el interés de su padre en la Dominación.

—Para lo que viene es para ayudarte a husmear en lugares donde se supone que no deberías husmear, ¿verdad?

Bomanz lanzó miradas furtivas a las ventanas de la tienda. La suya era una existencia de justificable paranoia.

—Es el Año del Cometa. Los fantasmas de los Tomados se alzarán para llorar la muerte de la Dominación.

Aquel verano marcaría el décimo regreso del cometa que había aparecido en el momento de la caída del Dominador. Los Diez Que Fueron Tomados se manifestarían intensamente.

Bomanz había sido testigo de un paso el verano en que vino al Viejo Bosque, mucho antes del nacimiento de Stancil. El Túmulo había tenido un aspecto impresionante con el deambular de los fantasmas.

La excitación contrajo sus entrañas. Jazmín no se daba cuenta de ello, pero este era el verano. El final de la larga búsqueda. Solo le faltaba una clave. Si la encontraba podría establecer contacto, podría empezar a sacar en vez de introducir.

Jazmín rio irónicamente.

—¿Por qué me metí en esto? Mi madre me advirtió.

—Es de Stancil de quien estamos hablando, mujer. De nuestro único hijo.

—Ah, Bo, no me llames vieja dama cruel. Por supuesto que lo recibiré con los brazos abiertos. ¿Acaso no le quiero también?

—No te hará ningún daño demostrarlo. —Bomanz examinó los restos de su inventario—. No queda nada excepto lo peor de la basura. Estos viejos huesos duelen ante el solo pensamiento de lo que tendré que volver a cavar.

Le dolían los huesos, pero su espíritu estaba ansioso. Reabastecer la tienda era una excusa plausible para vagar por los alrededores del Túmulo.

—No hay mejor momento que ahora para empezar.

—¿Intentas echarme de la casa?

—Eso no heriría mis sentimientos.

Con un suspiro, Bomanz escrutó su tienda. Unas pocas piezas carcomidas por el tiempo, armas rotas, un cráneo que no podía ser atribuido porque carecía de la inserción triangular característica de los soldados de la Dominación. Los coleccionistas no estaban interesados en los huesos de los soldados de infantería o de los seguidores de la Rosa Blanca.

Curioso, pensó. ¿Por qué nos sentimos tan intrigados por el mal? La Rosa Blanca era más heroica que el Dominador o los Tomados. Había sido olvidada por todo el mundo excepto por los hombres del Monitor. Cualquier campesino puede nombrar a la mitad de los Tomados. El Túmulo, donde yace intranquilo el mal, está protegido, y la tumba de la Rosa Blanca está perdida.

—Ni aquí ni allí —gruñó Bomanz—. Es hora de ir al campo. Aquí. Aquí. La pala. La varita adivinadora. Sacos... Quizá Tokar tenga razón. Quizá debería buscar ayuda. Cepillos. Ayuda para transportar las cosas. Teodolito. Mapas. No debo olvidar nada de eso. ¿Qué otra cosa? Cintas de reclamación. Por supuesto. Ese retorcido Men fu.

Metió cosas en una bolsa y colgó el equipo en todo su cuerpo. Recogió espada y rastrillo y teodolito.

—Jazmín. ¡Jazmín! Abre esa maldita puerta.

Atisbó por entre las cortinas que ocultaban la sala de estar.

—Hubieras debido abrirla primero, mentecato. —Cruzó la tienda. —Uno de esos días, Bo, vas a tener que organizarte. Probablemente el día después de mi funeral.

Salió tambaleante a la calle, gruñendo:

—Me organizaré el día que tú mueras. Puedes creerlo, maldita sea. Te quiero en el terreno antes de que cambies de opinión.

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4

El cercano pasado: Corbie

El Túmulo se extiende muy al norte de Hechizo, junto al Viejo Bosque tan citado en las leyendas de la Rosa Blanca. Corbie llegó a la ciudad el verano después de que el Dominador fracasara al intentar escapar de su tumba a través de Enebro. Halló a los esbirros de la Dama con una moral alta. La gran maldad en el Gran Túmulo ya no era de temer. Los restos de los Rebeldes habían sido derrotados. El imperio ya no tenía más enemigos de importancia. El Gran Cometa, heraldo de todas las catástrofes, no regresaría en décadas.

Solo quedaba un solitario foco de resistencia, una niña que afirmaba ser la reencarnación de la Rosa Blanca. Pero era una fugitiva, que huía con los restos de la traidora Compañía Negra. Nada que temer allí. Los abrumadores recursos de la Dama podían aplastarlos.

Corbie llegó cojeando carretera arriba procedente de Galeote, solo, una bolsa a la espalda, un bastón fuertemente agarrado. Afirmaba ser un veterano tullido de las campañas del Renco en Forsberg. Quería trabajo. Había trabajo en abundancia para un hombre no demasiado orgulloso. La Guardia Eterna estaba bien pagada. Muchos contrataban trabajadores serviles para que se ocuparan de parte de sus tareas.

Por aquel entonces había un regimiento de guarnición en el Túmulo. Incontables civiles orbitaban su recinto. Corbie se desvaneció entre ellos. Cuando compañías y batallones fueron transferidos a otra parte, ya formaba parte establecida del paisaje.

Lavaba platos, cepillaba caballos, limpiaba establos, llevaba mensajes, barría suelos, pelaba verduras, hacía cualquier tarea que le reportara unos pocos cobres. Era un hombre tranquilo, alto, sombrío, meditabundo, que no tenía amigos especiales, pero que tampoco se ganaba enemigos. Raras veces socializaba.

Tras unos pocos meses pidió y recibió permiso para ocupar una destartalada casa rehuida desde hacía tiempo por la gente porque en su tiempo había pertenecido a un hechicero de Galeote. A medida que el tiempo y los recursos se lo permitieron, restauró el lugar. Y como el hechicero antes que él, prosiguió la misión que lo había traído al norte.

Diez, doce, catorce horas al día, Corbie trabajaba en la ciudad, luego iba a casa y trabajaba un poco más. La gente se preguntaba cuándo descansaba. Si había algo que señalaba a Corbie era que se negaba a adoptar completamente su papel. La mayoría de los trabajadores serviles tenían que soportar un montón de abusos personales. Corbie no lo aceptaba. Si alguien se metía con él, sus ojos se volvían tan fríos como el helado invierno. Solo un hombre siguió presionando a Corbie después de recibir esa mirada. Corbie le dio una paliza con una firme y despiadada eficiencia.

Nadie sospechaba que llevara una doble vida. Fuera de su casa era Corbie, el hombre para todo, nada más. Vivía su papel hasta lo más profundo de su corazón. Cuando estaba en casa, en las horas más públicas, era Corbie, el renovador, que estaba creando una nueva casa a partir de una antigua. Solo en las horas de madrugada, cuando todo el mundo, excepto las patrullas nocturnas, dormía, se convertía en Corbie, el hombre con una misión.

Corbie el renovador halló un tesoro en una pared de la cocina del hechicero. Lo llevó arriba, donde Corbie el investigador surgió de las profundidades.

El trozo de papel tenía una docena de palabras garabateadas por una mano temblorosa. La clave de un código.

Se fundió el hielo en aquel flaco y grave rostro que no sonreía nunca. Unos ojos oscuros chispearon. Unos dedos encendieron una lámpara. Corbie se sentó, y durante una hora no miró a nada. Luego, aún sonriendo, fue abajo y salió a la noche. Alzó una mano en amistoso saludo cada vez que encontraba a la patrulla nocturna.

Entonces ya era conocido. Nadie cuestionó su derecho a cojear por las calles y a contemplar la rueda de las constelaciones.

Regresó a su casa cuando sus nervios se calmaron. Allí no le esperaba el sueño. Esparció papeles, empezó a estudiar, a descifrar, a traducir, a escribir una carta-historia que no alcanzaría su destino hasta después de muchos años.

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La Llanura del Miedo

Un Ojo se detuvo para decirme que Linda iba a interrogar a Encordador y al mensajero.

—Parece consumida, Matasanos. ¿La has observado?

—La observo. Le doy consejos. Los ignora. ¿Qué puedo hacer?

—Tenemos veintitantos años antes de que se muestre el cometa. No sirve de nada que se agote hasta la muerte, ¿no crees?

—Dile eso a ella. Se limita a decirme que todo esto quedará resuelto mucho antes de que el cometa vuelva de nuevo. Eso es una carrera contra el tiempo.

Eso es lo que ella cree. Pero el resto de nosotros no podemos compartir su fuego. Aislados en la Llanura del Miedo, desgajados del mundo, la lucha contra la Dama pierde a veces su importancia. La Llanura en sí nos preocupa a menudo demasiado.

Me doy cuenta de que me proyecto más allá de Un Ojo. Este entierro prematuro no ha sido bueno para él. Sin sus habilidades se ha debilitado físicamente. Está empezando a mostrar su edad.

—¿Disfrutasteis tú y Goblin de vuestra aventura?

No supo si sonreír o fruncir el ceño.

—Te pilló de nuevo, ¿eh?

Su batalla suele empezar al amanecer. Un Ojo empieza siempre. Normalmente la termina Goblin.

Gruñó algo.

—¿Qué?

—¡Atención! —gritó alguien—. ¡Todo el mundo arriba! ¡Alerta! ¡Alerta!

Un Ojo escupió al suelo.

—¿Dos veces en un día? ¿Qué demonios?

Sabía lo que quería decir. No habíamos tenido veinte alertas en dos años. ¿Y ahora dos en un día? Improbable.

Corrí en busca de mi arco.

Esta vez salimos con menos alboroto. Elmo había dejado dolorosamente claro su desagrado en algunas conversaciones privadas.

De nuevo la luz del sol. Como un golpe. La entrada al Agujero mira al oeste. El sol estaba en nuestros ojos cuando emergimos.

—¡Maldito estúpido! —gritaba Elmo—. ¿Qué demonios estabas haciendo?

Un joven soldado permanecía de pie al aire libre, señalando. Dejé que mi mirada siguiera su indicación.

—Oh, maldita sea —susurré—. Oh, maldita, maldita sea.

Un Ojo también lo vio.

—Un Tomado.

El punto en el cielo volaba muy alto, trazando círculos sobre nuestro escondite que se cerraban en una espiral. De pronto osciló.

—Sí. Un Tomado. ¿Susurro o Jornada?

—Es bueno ver viejos amigos —dijo Goblin cuando se unió a nosotros.

No habíamos visto a los Tomados desde que alcanzamos la Llanura. Antes de eso habían estado con nosotros constantemente, persiguiéndonos a lo largo de los cuatro años que nos había tomado llegar hasta allí desde Enebro.

Son los adeptos de la Dama, sus aprendices en el terror. Hubo un tiempo en que fueron diez. En la época de la Dominación, la Dama y su esposo esclavizaron a los más grandes de sus contemporáneos, y los convirtieron en sus instrumentos: los Diez Que Fueron Tomados. Los Tomados fueron enviados bajo tierra con sus amos cuando la Rosa Blanca derrotó al Dominador hacía cuatro siglos. Y surgieron de nuevo con la Dama, hacía dos vueltas del cometa. Y luchando entre ellos —porque algunos siguieron leales al Dominador—, la mayoría perecieron.

Pero la Dama obtuvo nuevos esclavos. Pluma. Susurro. Jornada. Pluma y el último de los antiguos, el Renco, cayeron en Enebro, cuando impedimos la resurrección del Dominador. Quedaron dos. Susurro. Jornada.

La alfombra volante se bamboleó porque había alcanzado los límites donde la nada de Linda era suficiente para contrarrestar su flotabilidad. El Tomado dio la vuelta y cayó hacia fuera hasta llegar lo suficientemente lejos como para recuperar el control.

—Lástima que no viniera directamente hasta aquí —dije— y cayera como una roca.

—No son estúpidos —replicó Goblin—. Simplemente nos están explorando. —Sacudió la cabeza, se estremeció. Sabía algo que yo no sabía. Probablemente algo que había averiguado en su aventura fuera de la Llanura.

—¿La campaña se está calentando? —pregunté.

—Ajá. ¿Qué estás haciendo, aliento de murciélago? —gritó a Un Ojo—. Presta atención.

El hombrecillo negro estaba ignorando al Tomado. Miraba a los riscos carcomidos por el viento al sur de nosotros.

—Nuestro trabajo es permanecer con vida —dijo Un Ojo, tan relamidamente que sabías que tenía algo que iba a hacer enojar a Goblin—. Eso significa que no debes distraerte con el primer espectáculo llamativo que veas.

—¿Qué demonios significa eso?

—Significa que mientras el resto de vosotros está mirando fijamente a ese payaso de ahí, arriba otro se ha deslizado detrás de los riscos y ha depositado a alguien en el suelo.

Goblin y yo contemplamos los rojizos riscos. No vimos nada.

—Demasiado tarde —dijo Un Ojo—. Ha desaparecido. Pero creo que alguien debería ir a atrapar al espía.

Creí a Un Ojo.

—¡Elmo! Ven aquí. —Se lo expliqué.

—Empiezan a moverse —murmuró—. Justo cuando esperaba que nos hubieran olvidado.

—Oh, no lo han hecho —dijo Goblin—. Puedes estar seguro de que no lo han hecho.

De nuevo tuve la sensación de que algo rondaba por su cabeza.

Elmo escrutó el terreno entre nosotros y el risco. Lo conocía muy bien. Todos lo conocíamos. Un día nuestras vidas podían depender de que lo conociéramos mejor que quien nos persiguiera.

—De acuerdo —se dijo—. Iré a ver. Tomaré cuatro hombres. Después veré al Teniente.

El Teniente no sube cuando hay alertas. Él y otros dos hombres acampan en la puerta de la habitación de Linda. Si alguna vez el enemigo llega hasta Linda, lo hará por encima de sus cadáveres.

La alfombra volante se alejó hacia el oeste. Me pregunté por qué no había sido desafiada por las criaturas de la Llanura. Fui al menhir que me había hablado antes. Se lo pregunté. En vez de responderme dijo:

—Empieza, Matasanos. Señala este día.

—Sí. De acuerdo. —Y llamo a este día el principio, aunque partes de él empezaron hace años. Este fue el día de la primera carta, el día de los Tomados, y el día de Rastreador y del Perro Matasapos.

El menhir tenía una observación final.

—Hay forasteros en la Llanura. —No defendió a los diversos voladores por no enfrentarse a los Tomados.

Elmo regresó. Le dije:

—El menhir dice que puede que tengamos más visitantes.

Alzó una ceja.

—¿Tú y Silencioso tenéis las dos guardias siguientes?

—Sí.

—Id con cuidado. Goblin. Un Ojo. Venid. —Juntaron sus cabezas. Luego Elmo escogió a cuatro jóvenes y se fue de caza.

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