Aunque siga la tormenta (Serie El legado 4)

Karen Delorbe

Fragmento

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Capítulo 1

¿Era posible enamorarse de alguien con solo verlo en una foto?, se preguntaba Ana María Sforza mientras observaba una imagen sepia descubierta en un viejo álbum familiar. Lo había encontrado de casualidad, en el altillo de la casa de su padre, cuando había subido a revisar un bargueño que había conocido años mejores. En una de sus cartas, su padre le había mencionado dicho mueble. Lo primero que hizo al llegar fue ir a buscarlo. Lo amó a primera vista, como a todo lo que solía amar. Así que pensó repararlo y conservarlo para ella. No podía ser de otra manera.

En la foto, una joven pareja posaba feliz delante de esa misma casa, que no era tan grande todavía ni tan glamorosa. Al parecer, la familia la había ido agrandando con el paso del tiempo.

Con cuidado, sacó la imagen de su protección transparente y la dio vuelta para leer los nombres escritos detrás con tinta descolorida: Ester y Leopoldo Conti, 1920.

—Leopoldo —murmuró, acariciando con los dedos el hermoso rostro de ese apuesto caballero de mirada profunda.

El álbum debía pertenecer a los antiguos propietarios de la casa; esos que se la habían vendido a su padre hacía veinte años. Ella tenía cinco y no lo recordaba. De aquella época, solo guardaba una palabra: divorcio.

Pensó que sería lindo devolver esos recuerdos invaluables a sus dueños legítimos. No le pertenecían y no tenía por qué quedárselos; a excepción de la foto de Leopoldo, que no podía dejar de mirar. Seguro que el hombre había muerto. Una lástima. Le calculaba unos veinticinco, tal vez menos. La casa del fondo era la misma, pero se notaba que había sido modificada. Ya no era tan pequeña, tan humilde. La familia Conti la había convertido en una mansión. Y luego se había desecho de ella, quién sabía por qué. Se notaba que había pertenecido a ellos por generaciones. Varias fotos en el mismo lugar (la entrada de la casa) y diferentes protagonistas así lo atestiguaban. La propiedad iba creciendo, evolucionando como un ser con vida propia.

Su padre nunca se había sacado una fotografía así. Le había enviado una del frente de la casa, pero sin él; acaso vaticinando su inminente ausencia. Se la había enviado con su última carta hacía tres meses, antes de morir.

Querida Mar:

Te escribo esta carta para decirte que te espero pronto. Ya preparé tu habitación, para cuando vengas a pasar las vacaciones, y mandé a afinar el piano. También conseguí una nueva edición de El conde de Montecristo. Te la dejaré sobre mi escritorio. Sé que era tu novela favorita. Insisto que la leas. Deberías tomar un descanso del trabajo. Sabés que no es bueno que te exijas demasiado o podrías volver a sufrir de tendinitis. Espero que no dejes tirado a este pobre viejo. Además, me gustaría presentarte a alguien que acabo de conocer. Parece un buen chico, no como ese francés agrio con el que salís y que siempre se niega a conocerme. Hay otra cosa de la que me gustaría hablarte, pero prefiero hacerlo en persona. Me parece que es importante y tiene que ver con los antiguos dueños de esta casa. Por favor, no demores.

P.D: Te envío una foto para que recuerdes la fachada. También se la mandé a tu hermana.

Te extraña, papá.

De «pobre viejo» no había tenido un pelo. Había levantado por su cuenta una cadena de hoteles internacionales a la que le iba muy bien y su madre se encargaba de administrar, incluso dos décadas después de haberse divorciado. A pesar de su éxito, él había decidido pasar las últimas Navidades solo, encerrado en esa mansión. No había vuelto a formar pareja ni parecía tener intenciones de hacerlo.

Si bien Ana María había pasado su adolescencia en esa casa, y su hermana Juana una parte de su niñez antes de irse a vivir definitivamente con su madre a Milán, nunca la habían considerado suya. Las habitaciones susurraban con las voces de otra familia, sus muebles olían a un día de playa, a poemas viejos, a besos escondidos. La esencia que guardaban las paredes no pertenecía a los Sforza, sino a alguien más. Alguien a quien no conocía. Y en ese momento en que había encontrado ese álbum, podía ponerle apellido: Conti.

Se preguntó si alguno de los integrantes de la pareja que salía en la fotografía seguiría con vida, si tendrían descendientes. Tal vez pudiera contactarlos y volver a venderles la propiedad. Después de la muerte de su padre no tenía razones para conservarla. Su vida no estaba en Buenos Aires.

Cerró el álbum y lo llevó consigo a la sala de estar. No obstante, guardó la foto de Leopoldo y Ester en el bolsillo de su saco de lana. La colocó en la mesa de luz de su habitación, esa que su padre había preparado para ella apenas un mes antes, y se sentó en la cama de dos plazas. La soledad y la noche aumentaban el tamaño de la casa. No se había dado cuenta de que el sol había caído hasta que salió del altillo y se encontró en penumbras en uno de los pasillos interminables del segundo piso. La belleza que a la luz del día resaltaba había sido escondida por la llegada de la noche.

Llamó a su novio Claude. Le había pedido que se mudaran juntos hacía dos meses y, aun así, le costaba verlo. Casi nunca se encontraba en casa. Siempre estaba «trabajando». Por momentos, sospechaba de su fidelidad. En especial, cuando lo llamaba a su oficina y no atendía. ¿Qué hacía durante todo el día? ¿Por qué llegaba tan tarde? Nunca daba explicaciones. A veces, parecía que ella no existía. Solo cuando hablaba de separarse un tiempo él reaccionaba y le decía que la amaba con lágrimas en los ojos. Le pedía perdón y prometía que pasarían toda la vida juntos.

Y lo perdonaba.

Durante su último viaje, había tenido que llamarlo seis veces antes de encontrarlo. Estaba segura de que en su ausencia se refugiaría en los brazos de Brigitte, la viudita del segundo piso. O con Felicia. O con Colette. O con cualquiera de sus amigas. Tenía muchas. Demasiadas.

Colgó el teléfono después de diez minutos esperando que la atendiera. Echaba de menos su departamento frente al río Sena. Lo único que deseaba era meterse en la bañera con una copa de Chardonay y que Claude le lavara el pelo. Siempre tenía que pedírselo. Mimarla nunca nacía de él. «Así somos los hombres», se justificaba. «Deben decirnos lo que necesitan, Anne».

Encendió la radio. Encontró una emisora que transmitía El lago de los cisnes. La música no mitigó su temor a quedarse sola, pero la distraía del viento que se colaba por alguna de las mil ventanas y gemía como una mujer. Iba a tener que contratar a alguien que le hiciera compañía y espantara a los posibles fantasmas. Seguro que los había.

Miró a Leopoldo.

—Espero que no se te ocurra aparecérteme en la oscuridad o me muero. Aunque, pensándolo bien, no me vendría mal la presencia de un hombre lindo en la casa.

Un mueble crujió en alguna parte, y se apresuró a subir el volumen de la música.

Volvió a llamar a Claude.

—¡No ves que estoy sola en una casa de fantasmas? —gritó al teléfono descolgado—. Al menos, tené la decencia de atenderme, estúpido.

Corrió a la cocina con la pequeña radio a cuestas y la dejó sobre la mesada, se preparó un sándwich de queso y, después de comer, regresó a la habitación, donde se encerró hasta el día sigu

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