Un café contigo

Mimi Romanz

Fragmento

un_cafe_contigo-3

Nicolás

Los minutos pasaban lentos, tediosos, como si al minutero del reloj colgado en la pared que tenía enfrente le tuvieran que poner aceite en su engranaje para que se deslizara correctamente. Mi cabeza era como aquel juego en la plaza que tanto me gustaba; subía y bajaba constantemente: una mirada a los papeles que tenía sobre la mesa, esparcidos y ordenados a la vez, una al reloj. Y mi mano, graciosamente apoyada sobre ellos, sostenía la birome que esperaba a escribir las palabras que se dibujaran en mi mente. A un costado, el café doble había dejado de humear y una medialuna mordida descansaba sobre el plato.

Estaba atascado, mi mente se había quedado vacía de vocablos que formaran oraciones acordes al título subrayado que caligráficamente marcaba el espacio superior de la hoja.

Concentrarme, eso era lo que menos podía hacer en ese momento, o, al menos, hacerlo en el artículo que debía escribir, porque mi cabeza apenas si había registrado aquellas palabras. Mis pensamientos estaban en ella, en la mujer que viernes tras viernes, a la misma hora, se sentaba en uno de los rincones de la cafetería, en la esquina donde dos sillones negros, enfrentados y separados por una mesa baja, esperaban a ser recorridos por las pequeñas manitos y pies de la niña que solía acompañarla.

Meneé la cabeza y miré nuevamente el reloj. Pasaban quince minutos de las cinco. Ya era tarde. Desilusionado, bajé la vista a los papeles y leí el título intentando que me diera alguna pista para garabatear unas primeras palabras. Ya lo tenía y me dispuse a escribir, pero mi mano se detuvo a medio camino cuando unas risas tan conocidas para mis oídos me llegaron desde la puerta detrás de mí, y solo unas líneas sueltas fueron lo único que pude anotar. Dejé la birome sobre la mesa y giré para llamar a la camarera, aunque ese gesto fuera pura y exclusivamente para verla a ella pasar cerca de mí y situarse en su lugar habitual. Su perfume me envolvió y me erizó la piel.

La joven que me había atendido carraspeó ante mi silencio, estaba frente a mí y ni la había notado. Le pedí que se llevara el café y que me trajera otro, e intenté, por enésima vez, tratar de escribir algo, pero me fue imposible. Me acomodé en la silla, pensativo, y apoyé el codo izquierdo sobre la mesa para que mi cabeza descansara entre los dedos pulgar e índice, mientras que el resto me daba pequeños golpecitos en la frente. La tinta seguía esparciéndose sobre el papel, pero nada coherente salía de ella, solo creaba garabatos. Sonreí. Si mi madre me estuviera viendo en este instante, sus labios formarían una curva hacia arriba y se reiría de los dibujos que adornaban el papel.

Son extraños los momentos que uno atesora, pero si hay algo que yo jamás podría olvidar, son aquellas tardes después de la escuela cuando me sentaba a la mesa de la cocina a hacer los deberes. Ella, después de dejarme un vaso de leche chocolatada cerca con un paquete de galletitas al lado, se paraba detrás de mí y observaba todo cuanto escribía, aunque más bien debo decir que garabateaba, ya que mi modo de pensar en las soluciones a respuestas o problemas por resolver era dibujando lo que fuera en los márgenes de las hojas. Líneas sueltas, cruzadas, hacia arriba, hacia abajo… Pequeños monigotes, autos hechos con pocos trazos, mi nombre, el de mis padres, el de mi hermana, incluso algunos corazones con iniciales cuando mis hormonas adolescentes estaban revolucionadas por alguna chica. Mi madre tan solo se quedaba allí y únicamente hablaba cuando notaba que había cometido algún error. Pronto comprendí que su trabajo como grafóloga pública tenía mucho que ver en ello, ya que le bastaba con ver mi caligrafía o aquello que perfilaba para que me dijera justo las palabras que necesitaba oír.

De forma inconsciente, o consciente, no sabría decirlo con exactitud, dirigí la vista hacia donde se encontraba la mujer que, sin ella saberlo, yo esperaba. Me quedé embobado con la postal que vi. La pequeña estaba sentada a su lado, apoyada sobre la mesita mientras movía la cabeza y dibujaba en un papel; sus dos trenzas perfectamente atadas con cintas color rosa brillante bailaban sobre sus hombros.

—Listo —la escuché que decía a la vez que levantaba la hoja y se la enseñaba—, dibujé a papá.

Como una maestra evaluando un examen, ella la observó bajo la atenta mirada de la pequeña que esperaba, impaciente, su comentario.

—Pues creo, mi linda niña, que te ha salido igualito. —Sonrió mientras daba vuelta al papel para mostrárselo al hombre sentado frente a ella. Un monigote estaba plasmado sobre la hoja, con colores vivos que apenas salían de los bordes realizados con negro. Los tres rieron al unísono, y yo sonreí ante la felicidad de ellos y sin dejar de observarla.

Sus ojos se posaron en mí en ese instante, y bajé la mirada a los papeles que tenía sobre la mesa. Sentí un calor recorriéndome el cuerpo. Mi mano, automáticamente, escribió unas palabras ininteligibles, y, como si nada hubiera pasado, con un gesto le indiqué a la camarera que me trajera la cuenta. Guardé todo lo que había dispuesto sobre la mesa, saqué unos billetes del bolsillo de mi abrigo y salí sin esperar el cambio.

un_cafe_contigo-4

Agustina

Allí estaba yo, con la pequeña Lucía rogándome para ir al mismo lugar de siempre y con mi hermano que me miraba suplicante al igual que ella. ¿Cómo podía resistirme a sus ojitos marrones que me miraban con tanta ternura? ¿Cómo podía negarme a la sonrisa de él, que me recordaba tanto a la de nuestro padre? Sencillamente, no podía, porque ese era, además, uno de los momentos que más esperaba después de una semana llena de idas y venidas.

Habían ido a buscarme en vista de que estaba más retrasada de lo habitual. El local de venta de ropa de diseño que había abierto hacía un par de meses estaba con la vidriera a medio terminar. La temporada de invierno ya estaba llegando a su fin y la primavera comenzaba a vislumbrarse en cada rincón. Y allí, en ese lugarcito que ya formaba parte de mi mundo, podía distinguirse una colorida variedad de flores naturales dispuestas en hermosas botellas pintadas a mano por mi compañera y amiga.

Pablo golpeó el vidrio desde fuera cuando me vio del otro lado haciendo equilibrio sobre una silla para colgar en su percha el nuevo modelo que acababa de diseñar. Agarrada de su mano, una niña de carita rosada con hermosas trenzas doradas sobre sus hombros tiraba de ella para entrar. Les sonreí y los saludé. Bajé y me acerqué a recibirlos. Lucía se abalanzó sobre mí, y la alcé, dándole un sonoro beso en la mejilla.

—Ya se hizo tarde, tiíta —me dijo, reprochándome. Así solía llamarme, le encantaba usar diminutivos, tal vez debido a su corta edad o al simple hecho de que yo hacía lo mismo—, nos van a ocupar el lugarcito que me gusta si no nos apuramos. —En sus ojitos marrones pude ver el ruego de sus palabras.

—Lo sé, pequeña —le respondí—, a veces me concentro tanto que me olvido de la hora. —La dejé en el piso, saludé a mi her

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos