Jonas, el marido que no podía volver a desposarse (Trilogía Ducado de Mildre 2)

Verónica Mengual

Fragmento

jonas_el_marido_que_no_podia_volver-2

Prefacio

Desde el principio

Jonas Maximilian Lacrose se había levantado satisfecho esta mañana. Hoy cumplía cuarenta años y el día estaba a su gusto. Ni demasiado caluroso, ni demasiado frío, con una brisa que permitía a los árboles mover sus ramas sin alterar el paisaje que contemplaba por la gran cristalera del comedor sentado al frente de la gran mesa de madera maciza. Miró su reloj para ver que efectivamente iban a dar las nueve de la mañana. Faltaba un minuto exacto para que se terminase el plazo que tenía su hija Loren para presentarse a desayunar. Las normas estaban para cumplirlas y él, el duque de Mildre, y su familia estaban obligados por nacimiento a ser los más respetables y un modelo de rectitud.

Habían pasado cinco años desde que su esposa lo abandonó dejándole con sus dos hijos. Una nota fue lo que encontró en la habitación de ella cuando tras tres días de no presentarse a comer ni a cenar se interesó por su localización. Había sido un matrimonio de conveniencia desavenido. Ella no lo satisfacía a él y él tampoco a ella. Se largó con algún hombre, de eso Jonas estaba seguro. Pero le daba exactamente igual, había dejado a sus hijos, lo malo era que el duque no tenía ni idea de cómo criarlos o qué hacer con ellos. Con su heredero, Gabriel, conde de Malzard, la cosa fue fácil porque lo envió al mejor internado que el buen dinero pudo pagar. Lo veía en vacaciones y evaluaba satisfecho los progresos de su heredero.

El problema era lady Loren Lacrose. Su hija, que fue traída al mundo con el único fin de asegurar el título con un nuevo reemplazo, resultó ser inútil para el cometido que se le había asignado antes de nacer. Lady Loren era una niña que jamás había contrariado a su padre. Si él decía salta, la pequeña preguntaba ¿a qué altura padre? No era a causa de que su progenitor fuese un duque, al que todos mostraban respeto y temor porque en la escala social estaba en la cúspide, no. Loren, al igual que el resto de quienes eran partícipes de la vida de Jonas, sabía, tanto como lo sabía él mismo, que era un hombre que estaba en posesión de la verdad y su palabra era la ley. Él pedía; el resto sabía que era lo correcto hacer su voluntad.

Desde la cuna había intentado que sus vástagos comprendiesen que su título debía ser respetado y que sus actos eran el reflejo de la esencia de su familia. Ni los mocos se habían sonado ambos hijos en presencia del criado más humilde, cuando ya no les tocaba a otros limpiarlos. Su refinamiento, su educación, sus maneras eran dignas de la realeza. Nadie diría que Loren no era hija de un rey y que su hijo no parecería un príncipe.

Además, desde que Megan, su esposa, se marchó por problemas de salud —según la versión oficial porque nadie sabía que lo había abandonado y él no iba a armar un escándalo—, era importante hacer desaparecer de su hija ciertos comportamientos que le recordaban a aquella pérdida. Loren se convertiría en una gran duquesa como mínimo, y en su mano estaba erradicar los comportamientos inapropiados que podían aflorar por el mero hecho de ser hija de Megan.

La señorita Miles, la institutriz que había decidido que se haría cargo de su hija de nueve años fue una de las veinticinco aspirantes al puesto.

La mujer tenía unas referencias excelentes, las mejores de todas las candidatas a las que había tenido intención de entrevistar. En su decisión de asalariarla no había influido que la señorita Miles fuese bonita y todo lo contrario a lo que representaba la madre de sus dos hijos, dado que era morena, alta, algo entrada en carnes y con los ojos casi negros. Eso fue un plus añadido que era más que bien recibido. Cierto que anuló las diez citas que tenía concertadas con el resto de posibles empleadas tras verla, pero eso fue porque, si ella presentaba las mejores referencias, y él era un hombre que se consideraba práctico, habría sido un desperdicio seguir buscando cuando ya tenía a la mejor. Además que tener que tratar con la señorita Miles era un suplicio. Si le preguntasen diría que ella no le gustaba… cosa que tampoco le impedía llamarla para consultarle cualquier cosa sobre la educación de su hija, por minucia que fuese y a cualquier hora del día o la noche.

Loren necesitaba mucha mano dura. Mildre se vanagloriaba de ser un buen padre, un excelente padre, el mejor que hubiese en el mundo. Se vigilaba bien lo que la joven debía o no comer para estar saludable y mantener una figura acorde con la moda. El duque también esperaba de Loren que fuese alta, por lo que había dado instrucciones para que cada mañana ella permaneciera durante diez minutos delante de la puerta donde era medida estirando la cabeza a fin de alcanzar una medida justa que no la hiciera ni tan alta como la señorita Miles, ni tan baja como lo era su madre. Estos ejercicios finalizarían cuando su excelencia así lo dispusiera, ni antes ni después.

No únicamente se ocupaba y supervisaba todo lo concerniente a lady Loren, sino que había dispuesto una dote más que suculenta que había sido prevista en el mayor de los secretismos, porque el duque de Mildre no estaba dispuesto a atraer la atención de los cazafortunas.

—Buenos días, excelencia. —La niña hizo una perfecta reverencia que fue juzgada por el padre como de mejorable.

—Hija mía, ¿has realizado los ejercicios de esta mañana?

—He comenzado con los estiramientos de cuello como cada día, luego he aclarado la voz con zumo de limón como recomendó la señorita Mails.

—Muy bien. ¿Qué más?

—Me han cepillado el pelo las cien veces que la institutriz ordenó.

—Estupendo. ¿Y…? —la animó a seguir.

—Me he puesto el ungüento para evitar la aparición de más pecas, y ahora, tras el desayuno comenzaré con las pautas para que el tono de mi voz sea ni muy agudo ni muy grave.

—Entonces desayuna rápido, hija, porque la lista de tareas de hoy es larga. —El hombre se había esmerado mucho en conseguir traer al campo al mejor escritor para que su pequeña tuviese una caligrafía exquisita, al más valorado instructor de baile y canto para seguir dotándola de gracia artística.

—¿Puedo probar hoy un bollito, padre?

—¿Qué marca el menú que confeccionó el galeno que vino a determinar sobre tu futura figura?

—Gachas —explicó con repugnancia pero sin dar a entender su disgusto, porque su padre no consentía que nada fuese salido de todo. La voz debía tener el volumen exacto para no trasmitir ni felicidad ni congoja. Los sentimientos estaban sobrevalorados y desde que su madre se marchó, Loren no sabía muy bien dónde, dejándolos a ella, a su hermano mayor y a su progenitor, las muestras de afecto habían sido anuladas.

—Entonces no debes.

—Por supuesto. —La niña miró el bollito y salivó más de lo debido en su boca, y pese a que el duque no podía advertir la cantidad de saliva que se estaba formando en el interior de la cavidad, Loren temió que él lo adivinase y la reprendiera por ser excesiva. Se apresuró a tragarla por si él se daba cuenta.

—Loren, dispones de cinco minutos para que comience la clase pintura. Te aconsejo que no te demores. La puntualidad es indispensable para una persona bien educada y de tu posición.

—Sí, padre. —La pequeña comenzó a llevar la cucha

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