Despertar a la pasión (Espías de la corona | Piratas 3)

Julie Garwood

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Inglaterra, 1802

Era solo una cuestión de tiempo que los invitados a la boda se mataran los unos a los otros.

El barón Oliver Lawrence había tomado todas las precauciones, ya que el rey George había elegido su castillo para la ceremonia. Estaba actuando como anfitrión hasta que llegara el rey de Inglaterra, un deber que había aceptado con tanto entusiasmo como un flagelo de tres días, pero la orden había sido impartida por el mismo rey, y Lawrence, siempre fiel y obediente, la había cumplido de inmediato. La familia de Winchester y los rebeldes de St. James habían protestado con vehemencia por su elección. Sin embargo, sus protestas fueron inútiles, ya que el rey estaba decidido a hacerlo a su manera. El barón Lawrence comprendió la razón que había más allá del decreto. Desafortunadamente, era el único inglés que aún se llevaba bien con las familias de la novia y del novio.

El barón no podría alardear sobre esto durante mucho más tiempo. Pensaba que su estancia en la apacible tierra se podría medir por los latidos del corazón. Como la ceremonia se llevaría a cabo en un campo neutral, el rey pensó que la concurrencia se comportaría. Lawrence sabía que no sería así.

Los hombres que le rodeaban estaban dispuestos a matar. Una palabra dicha con el tono equivocado, una acción considerada amenazadora podían convertirse en la chispa necesaria para encender el baño de sangre. Solo Dios sabía las ganas que tenían de pelearse. Se les notaba en los rostros.

El obispo, vestido con la ropa blanca de ceremonia, se sentó en una silla con respaldo alto entre las dos familias enemistadas. No miró ni hacia la izquierda, donde estaban los Winchester, ni hacia la derecha, donde estaban ubicados los guerreros de St. James, solo miró hacia delante. Para entretenerse, el sacerdote repiqueteaba los dedos sobre el brazo de madera de la silla. Tenía el aspecto de haber comido una porción de pescado agrio. De vez en cuando emitía un agudo suspiro, un sonido que para el barón era igual al relincho de un viejo caballo, y luego dejaba que el maldito silencio envolviera otra vez el gran salón.

Lawrence sacudió la cabeza con desesperación. Sabía que no obtendría ninguna ayuda del obispo cuando se desencadenara el verdadero problema. La novia y el novio esperaban en alcobas separadas. Solo serían conducidos, o arrastrados, hasta el salón cuando el rey llegara. Entonces sería mejor que Dios los ayudara, pues seguramente se desataría un infierno.

Realmente, era un día lamentable. Lawrence tuvo que apostar su propio contingente de guardias entre los caballeros del rey, a lo largo del perímetro del salón, como una medida más de disuasión. Nunca se había oído sobre una medida así en un casamiento, sin embargo, tampoco se había oído que los invitados acudieran a la ceremonia armados como para una batalla. Los Winchester estaban tan cargados con armas que apenas se podían mover. Su insolencia era vergonzosa; su lealtad, más que sospechosa. Aun así, Lawrence no condenaba completamente a los hombres. Era verdad que incluso para él resultaba un desafío obedecer ciegamente a su líder. Después de todo, el rey estaba loco, como una cabra.

Todo el mundo en Inglaterra sabía que había perdido el juicio, aunque nadie se atrevía a comentarlo en voz alta. Perderían sus lenguas, o algo peor, si se atrevían a decir la verdad. El casamiento que se iba a formalizar era un testimonio más que suficiente ante cualquier duda que los Thomas hubieran lanzado acerca de que su líder no estaba bien. El rey le había dicho a Lawrence que estaba decidido a que todos se llevaran bien en su reino. Al barón no le resultó fácil responder a esa expectativa infantil.

A pesar de su locura, George era el rey, y Lawrence creía que los invitados a la boda debían mostrar un poco de respeto. Su conducta injuriosa no podía ser tolerada. Dos de los tíos mayores de los Winchester estaban acariciando las empuñaduras de sus espadas en una obvia anticipación de la sangría. Los guerreros de St. James lo advirtieron de inmediato y respondieron adelantándose al unísono. No tocaron sus armas, y a decir verdad, la mayoría de los hombres de St. James ni siquiera estaban armados. En lugar de ello sonrieron. Lawrence pensó que esa acción era solo intimidatoria.

Los Winchester superaban al clan de St. James por seis a uno. Sin embargo, eso no les otorgaba ventaja. Los hombres de St. James eran mucho más agresivos. Las historias sobre sus correrías eran legendarias. Se decía que le habían sacado un ojo a un hombre solo porque era bizco; que les gustaba patearle los testículos a un adversario solo para escucharle gritar; y solo Dios sabía qué les hacían a sus enemigos. Las posibilidades eran demasiado espantosas para pensar en ellas.

Una conmoción proveniente del patio desvió la atención de Lawrence. El ayudante personal del rey, un hombre de rostro hosco llamado sir Roland Hugo, subió rápidamente por la escalera. Llevaba una vestimenta de fiesta, y las calzas rojas y la túnica blanca destacaban su imponente corpulencia. Lawrence pensó que parecía un gallo regordete. Como era un buen amigo suyo guardó para sí esa desagradable opinión.

Los dos hombres se abrazaron enseguida. Luego Hugo dio un paso atrás y le dijo en voz muy baja:

—Me adelanté. El rey llegará en unos minutos.

—Gracias a Dios —respondió Lawrence con un visible alivio. Se secó las gotas de sudor de la frente con su pañuelo de lino.

Hugo miró por encima del hombro de Lawrence y luego sacudió la cabeza.

—Tu salón está tan tranquilo como una tumba —le susurró—. ¿Tuviste tiempo de entretener a los invitados?

Lawrence le miró con incredulidad.

—¿Entretenidos? Hugo, para entretener a esos bárbaros se necesitaría un sacrificio humano.

—Veo que tu sentido del humor te ha ayudado a superar esta atrocidad —le contestó su amigo.

—No estoy bromeando —replicó el barón—. Tú también dejarás de sonreír cuando adviertas lo volátil que se ha convertido esta situación. Los Winchester no trajeron regalos, amigo mío. Están armados para la batalla. Sí, lo están —le aseguró al ver que sacudía la cabeza con incredulidad—, y traté de que dejaran su arsenal fuera, pero no me escucharon. Hoy no están muy complacientes.

—Ya veremos —murmuró Hugo—. Los soldados que escoltan a nuestro rey los desarmarán enseguida. Estaría loco si permitiera que nuestro señor entrara en una arena tan amenazadora. Esto es una boda, no un campo de batalla.

Hugo demostró que podía cumplir con su amenaza. Los Winchester apilaron sus armas en un rincón del gran salón cuando el enfurecido ayudante del rey les dio la orden. La demanda fue respaldada por unos cuarenta soldados leales que tomaron sus posiciones rodeando a los invitados. Incluso los bribones de St. James entregaron sus pocas armas, pero solo después de que Hugo ordenara que los soldados colocaran las flechas en sus arcos.

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